Camino a Nochebuena y Navidad – Sexto paso: ansiar las promesas mesiánicas

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Camino a Nochebuena y Navidad – Sexto paso: ansiar las promesas mesiánicas

 

Demos un paso más en este tiempo de Adviento: ansiemos, ansiemos, ansiemos lo que Dios quiere para nosotros. 

Suele decirse, a este respecto y porque es verdad, que el Antiguo Testamento no es un libro, digamos, propio del pueblo judío y ya está. No. En realidad, como forma parte de la historia de la salvación del ser humano tiene mucho que ver con el ahora mismo. Y, claro está, tiene que ver mucho con la venida del Mesías a quien el pueblo elegido por Dios estuvo esperando durante muchos siglos (era promesa del Todopoderoso enviarlo). 

Decimos estuvo esperando porque ahora, precisamente ahora, en estos días que van desde que el Primer domingo del tiempo de Adviento hasta la Nochebuena y la Navidad, recordamos que sí, que vino el Enviado de Dios y que vuelve a nacer. 

En realidad, lo que dejaron escritos muchos autores inspirados por el Espíritu Santo en aquellos antiguos libros no es, sino, la fijación por escrito de que, en efecto, la promesa de Dios iba a cumplirse. Y eso lo vemos, más que bien, en el profeta Isaías cuando describiría a la perfección el sufrimiento del Cordero de Dios. 

Eso, claro está, ocurriría mucho más tarde de lo que ahora vamos a celebrar. Pero valga este ejemplo para decir eso tan sabido según lo cual en el Antiguo Testamento está Cristo entre las líneas de tan sagrado y amado texto. 

Pues bien, es de esperar que, como eso es así, lo que ansiaba el pueblo escogido por Dios sea, también, esperado por nosotros. Y, por decirlo de una forma que sea fácil de entender ahora, en este tiempo de Adviento, nosotros también debemos ansiar las promesas mesiánicas que no han pasado ni de moda ni de tiempo. Y es que nada de aquellas ansias quedaron ancladas en siglos tan antiguos sino que son realidad tan presente porque, a veces por desgracia, la segunda venida del Hijo de Dios ha necesidad de que ansiemos determinadas realidades aunque, claro está, la necesidad no es por parte de Cristo sino de nosotros mismos.

 

Decimos lo de las promesas mesiánicas porque cuando hablamos de ellas vemos fácilmente que suponen una mejoría muy notable en la vida del hombre. Y esto por lo que sigue. 

En primer lugar, nosotros ansiamos la paz. 

El caso es que la paz que queremos no es la del mundo. No. El mundo, el siglo, se conforma, si es que se conforma, con la no existencia de conflictos entre naciones o, en pequeño, entre seres humanos. Pero nosotros lo que queremos es la paz de Dios. Y la paz de Dios tiene que ver con un corazón humilde y sencillo y , también, con un saber que el prójimo es hermano nuestro y que, por tanto, no podemos procurarle malestar alguno. 

Tal forma de ver las cosas no es, precisamente, la que se difunde ni ahora ni lo ha sido nunca. No. Siempre se ha preferido la otra paz que, en apariencia puede suponer una falta de conflictos pero que, en realidad, puede encerrar unos corazones que odian aunque no manifiesten, a lo mejor por prudencia, tal odio. Y esa paz no es la que trae el Mesías ni la que trajo cuando, entonces, nació. No. Su paz es una que lo es mucho más amplia pero más cercana: lo primero porque debe abarcar a todo el género humano; lo segundo porque está y parte de nuestro mismo corazón purificado con la Voluntad de Dios y transformado por la bondad y misericordia del Padre. Ahí si que nace una paz duradera y para siempre. 

No podemos olvidar que ansiamos, también, la justicia. 

Tampoco se trata, aquí, de una justicia humana o, por decirlo así, que cumpla los cánones de leyes y reglamentos establecidos por el hombre. No. Nosotros ansiamos la justicia de Dios. 

Que Dios es justo es algo que tenemos por verdad porque lo es. Por eso sabemos que sólo cuando miramos al mundo con la voluntad de que la justicia divina sea de aplicación entre los hijos de Dios es cuando encontraremos, además, verdadera paz. Y es que la justicia de Dios tiene todo que ver con el Amor que el Padre tiene por nosotros, su imagen y semejanza y, por eso mismo, da el perdón eterno cuando, para el hombre, podría haber condenación eterna. 

La justicia de Dios es infinitamente mejor que la humana. Claro, que se podría decir que está muy bien que se nos perdonen los pecados pero que eso no va a terminar con la ausencia de paz. 

Sin embargo, es el camino que, más recto, nos lleva al definitivo Reino de Dios donde, por cierto, también se nos ha de juzgar aunque no allí mismo sino cuando dejemos este mundo. Pero, entonces, la justicia de Dios brillará en todo su esplendor aunque, a lo mejor, a nosotros nos parezca poco “adecuada” para nuestra situación… 

La justicia de Dios, en el mundo, también la ansiamos porque es una promesa que el Creador ni va a rechazar cumplir ni lo hará nunca. 

Es necesario, también, que la exista una relación verdaderamente fraternal. 

Al respecto de esto, cualquiera podría decir que eso es cosa de cada uno de nosotros y que qué tiene eso que ver con una promesa por Dios. Sin embargo, si vemos las cosas más de cerca nos daremos cuenta de que el Creador mantiene la promesa de que el mundo sea un mundo en el que el hermano no se enfrente al hermano. Y ya sabemos qué quiere eso decir si sabemos que todos somos hijos de Dios y, por tanto, todos somos hermanos. 

¿Podemos, de todas formas, hacer posible tal promesa? 

Dios lo quiere. Tal expresión, propia de otro momento de la historia de la salvación, nos muestra que sí, que es posible conseguir una relación tal entre hermanos de la que pueda predicarse que es verdaderamente fraternal. Entonces, no habrá querellas entre nosotros ni odios ni envidias y, en fin, la paz que Dios quiere para nosotros, se irá cumpliendo y se hará realidad. 

Es posible, por tanto, hacer posible una promesa que Dios, por decirlo así, la hace muy nuestra: por su parte, que haya verdadero amor entre sus hijos es ansia propia de un tal Padre; por la nuestra, depende de tener un corazón de carne y no de piedra. 

Y, en fin, digamos por último que ansiamos que un nuevo mundo nazca de todo lo que tiene que ver con la venida del Mesías. 

En esto, seguramente, se resume todo lo dicho hasta ahora. Y es que si el mundo no viene a ser otro y si la paz, la justicia y la fraternidad no se hacen realidad, al estilo de Dios queremos decir, nada de lo que ahora hacemos y, luego, lo que celebremos cuando lleguen los días 24 y 25 de diciembre, tendrá sentido alguno pero, ¡Ay!, aún menos realidad alguna. Y eso ha de poner triste a Dios que, queriendo lo mejor para nosotros, quizá pueda ver que nosotros no ansiamos lo mismo. 

Mantenemos, de todas formas, la esperanza intacta en el corazón del hombre que, pudiendo hacer lo mejor… puede hacerlo.

 

Eleuterio Fernández Guzmán

Nazareno

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