Camino a Nochebuena y Navidad – Segundo paso - ¿Hacia dónde queremos ir?

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Hemos revisado, como dijimos ayer, nuestro corazón. Queremos que el mismo esté limpio porque ansiamos que el encuentro con el Hijo de Dios sea fructífero y lo será más en cuanto demos aquel primer paso conscientemente de lo que supone con Quién nos vamos a encontrar y cómo queremos que eso acaezca. 

El caso es que, como es fácil deducir de todo esto, lo que está bien siempre está bien y eso, tener el alma limpia es de lo que mejor que nos pueda pasar entonces y, claro está, siempre. 

Hay, de todas formas algo que va más allá de un día concreto o de dos, si tenemos en cuenta la Nochebuena y la Navidad. Y es, por decirlo así, que, más allá de eso, de los momentos concretos, nosotros debemos tener muy claro cuál es nuestro destino. Ahora, ahora mismo, sin solución de continuidad, debemos manifestar, pensar para nuestro corazón o, en fin, siquiera plantear, hacia dónde queremos ir. Así de simple pero, ¡Ay!, así de difícil. 

Es simple, sí, porque la cosa no es nada elevada: debemos saber, precisamente, cuál es nuestro destino espiritual; es difícil en cuanto, a lo mejor, nosotros lo que ansiamos no es, tanto, el encuentro, sino el cumplimiento pero en el sentido de cumplo y miento… 

En fin, no se trata de ponernos pesimistas pero sí de ver todos los puntos de vista que tiene este camino que realizamos y del que, hasta ahora, apenas hemos dados un par de pasos. 

Nosotros queremos lo mejor para nosotros. De eso, además, en una sociedad hedonista como la que nos ha tocado vivir, no es nada extraño… Pero, aquí no se trata de eso, de lo material, de lo pragmático sino, yendo mucho más acá de nuestro corazón, de algo más íntimo, más nuestro, más de nosotros mismos. Sí, se trata de un “mejor”, un saberse bien, que tiene relación con una persona. Y es aquí, como se dice muchas veces, ansiamos y anhelamos el encuentro con “Alguien”. 

“Dónde” tiene acento, lleva la tilde que le ponemos, porque tiene un sentido muy distinto a cuando no hacemos eso, cuando no puntuamos. Queremos preguntar porque queremos una respuesta. Y la misma ha de salir de nuestro corazón. No esperamos, por tanto, que nadie nos responda a la misma porque sería poner la esperanza en otro que no es el Otro. Y creemos que nos explicamos, claro está. 

La esperanza, sobre todas las cosas, está en el Hijo. Y el Hijo, de Dios, tiene todo que ver con la pregunta del “Dónde”. 

El caso es que lo tenemos muy claro. Es decir, la teoría la sabemos muy bien porque llevamos algo así como dos mil años sabiéndola. Sobre eso no hay duda alguna: nosotros queremos ir al Cielo. Ya está dicho. Así se fácil es responder a esto. 

Pero, para eso, tenemos que dar pasos que van más allá de los que nos llevan al nacimiento del Hijo de Dios.

Y, sin embargo, sin tal venida al mundo, nada de lo demás tendría sentido ni lo tendrá si no caminamos de forma adecuada y si no damos los pasos conforme quiere Dios que los den sus hijos del mundo. 

Lo tenemos, pues, más que claro: queremos ir hasta el mismo momento en el que una nueva criatura abre los ojos y sabe que ha nacido. Entonces nosotros, y los que entonces vieron aquello en directo, en persona, sin los intermediarios de los siglos pasados desde entonces, nos daremos cuenta de que hemos sabido caminar bien y de que, a pesar de todos los pesares que nos aquejan y de todas las asechanzas del Maligno para que nos salgamos del camino y nos quedemos, como poco, mirando, lo que supone el nacimiento del Mesías (cuando no haciendo risa de la misma repetición…), hemos puesto, primer, un pie (con la limpieza del alma) y, luego, otro pie, sabiendo a dónde vamos 

Es bien cierto que todo esto no es más que la teoría y que el meollo de nuestra vida nos ha de dar la señal de si hacemos bien las cosas o si no las hacemos como debemos hacerlas. Pero, al fin y al cabo, nosotros somos hijos de Dios que conocemos qué va a pasar. Ni, por tanto, nos puede coger desprevenidos ni podemos hacer como si no fuera más que una nueva celebración del inicio festivo de nuestra fe. 

Nosotros queremos ir al encuentro con el Niño-Dios porque sabemos, además lo sabemos, que nos espera con los ojos, los brazos y el corazón abiertos. Y no podemos hacer otra cosa que dar gracias a Dios por tanta gracia dada, a sus hijos, de forma gratuita aunque, no por eso, no pidiendo nada de su semejanza. 

Y es que Dios, a quien nadie gana en generosidad, no se le puede escapar el cómo de nuestro camino y, en fin, el cómo de nuestra voluntad y corazón. 

Eleuterio Fernández Guzmán

Nazareno

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