Camino a Nochebuena y Navidad – Lo que pasaría por el corazón de María

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A lo largo de estas semanas vamos a ir dando pasos hacia Nochebuena y hacia Navidad. Cada uno de ellos supone una avance en nuestra comprensión de qué suponen estos días al acercanos a unos tan importantes como son el 24 y el 25 de diciembre, fechas en las que, tradicionalmente, celebramos el nacimiento del Hijo de Dios. 

Que nos sean de provecho es lo que, desde aquí, pedimos a Dios. 

Camino a Nochebuena y Navidad –  Lo que pasaría por el corazón de María

 

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Nosotros, tantos siglos después de que viniera al mundo el Enviado de Dios y Mesías, el Cristo, el Hijo del Todopoderoso, sabemos mucho acerca de lo que pasó entonces. Tenemos, por eso mismo, mucho a nuestro favor. Y eso, antes que nada, supone que no podemos hacer como si no tuviéramos tales pruebas de la bondad del Creador. Pero de eso no corresponde ahora decir nada sino de algo más importante.

 

Es fácil imaginar, sin embargo, que nadie de los que serían entonces sus discípulos sabía nada de nada. Seguían con su vida como si cualquier cosa y, es más, más de uno ni siquiera habría nacido cuando lo hizo el hijo de María (Juan, que sería apóstol, por ejemplo)

 

Con esto queremos decir que, una cosa es lo que nosotros podamos pensar ahora mismo, en pleno siglo XXI y otra, muy distinta, lo que estuviera pasando por el corazón de los de entonces a los que, bien podemos llamar, los otros nosotros pues allí estaban los que serían nuestros antepasados en la fe. 

Pues bien. Hay una persona, había entonces queremos decir, que tampoco sabía lo que iba a ocurrir pero que, sin embargo, estaba pasando por el momento de esperanza que supone siempre saber que un hijo va a ser traído al mundo. 

María, aquella joven que, meses antes, había dicho sí a Dios ofreciéndose como su esclava y haciéndolo con el corazón de Virgen e Inmaculada (esto último es casi seguro que ella no lo supiera, claro está aunque es posible que se acercara algo a saber con aquello que le dijo el enviado de Dios de “llena de gracia”; lo primero sí lo sabía con total seguridad) pasaba por unos momentos de esperanza.  Y lo decimos así porque aquel fue el primer Adviento de la historia de la Salvación. Entonces esperábamos la venida al mundo del Salvador y ella, que había escuchado atentamente las palabras del Ángel Gabriel, sabía que no iba a ser un niño como otro cualquiera, aún siéndolo como hombre que iba a ser. Y, en tal sentido, podemos decir que tiempo de Adviento, de esperar a Quien viene, fue todo su embarazo… sólo para ella y en ella, claro. 

María tenía en su corazón, antes de guardar aquello que con el tiempo guardaría (y de lo que nos habla el Nuevo Testamento) para llevarlo siempre con ella, lo que puede tener quien confía en Dios, en primer lugar y, consecuentemente, se pliega a su Voluntad. Pero se pliega a ella de forma consciente, voluntaria y gozosamente y no de forma forzada o como obligada por las circunstancias. No. Aquella joven, hija de Ana y de Joaquín, siempre había estado muy dispuesta a las cosas de Dios y, se suele tener por verdad en nuestra Tradición que se había consagrado a su Creador porque lo quería, como tantas veces había orado y rezado, con todo su corazón, con toda su alma y con todas sus fuerzas. 

Ella, la que sería Madre de Dios (eso ella ya lo sabía desde el episodio de la Encarnación y qué debió pensar entonces aquella apenas muchacha lo sabremos algún día en el Cielo) sabía que iba a traer al mundo a un niño que, por sus especiales circunstancias de concepción, iba a suponer mucho bien para la Creación. Sabía, por tanto, que cada paso que diera tendría importancia y que nada de lo que hiciera, en el fondo de su corazón, sería tenido por nada sino, al contrario, por mucho y muy mucho. 

María, aquella joven embelesada ante el Amor que Dios había tenido y mostrado por ella (“Dios ha hecho cosas grandes por mí”, diría luego ante su prima Isabel, otra mujer muy favorecida por el corazón del Creador, como sabemos) sólo podía esperar lo mejor aunque algo le dijera que no todo serían rosas y alegría sino que también tendría que pasar por malos momentos. Pero eso llegaría cuando Dios quisiese que llegase. Ahora, apenas a unas semanas (si las cuentas le salían bien…) de que viniera al mundo su hijo (y el de Dios, ¡pensemos qué significaba eso para ella, la elegida!) sólo podía gozar con un momento que la humanidad creyente había estado esperando desde hacía muchos siglos. Ya los profetas habían escrito sobre eso pero sólo ella (y José en lo que eso pudiera ser, que era mucho) sabía que quien iba a venir al mundo iba a salvar al mundo y que sería, por eso, muy especial. 

Y ella lo llevaba en sus entrañas, allí, donde el Espíritu Santo-Dios se había unido con el Hijo. Allí mismo.  

Eleuterio Fernández Guzmán

Nazareno

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Llama el Beato Manuel Lozano GarridoLolo, “panecillos de meditación” (En “Las golondrinas nunca saben la hora”) a los pequeños momentos que nos pueden servir para ahondar en determinada realidad. Un, a modo, de alimento espiritual del que podemos servirnos.

Panecillo de hoy:

Caminar sabiendo que Quien viene es el Hijo de Dios da alas a nuestro corazón, para que camine, sabiendo lo que supone la Venida.

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