Meditaciones de Cuaresma- Personajes de Cuaresma: colegio apostólico

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Hasta aquí hemos tratado, digamos, de forma separada, a una serie de personas que son, ciertamente, especiales. Así, por ejemplo, desde Jesucristo, pasando por la Madre, hasta el apóstol Pedro o el más joven de ellos, Juan.

Pero, como es obvio, entre los doce aún había unos cuantos (incluido, todavía, Judas) que andaban con el Hijo de Dios, de los que nada hemos dicho.

Aunque, en realidad, no tengamos datos de cómo se encontraban los Apóstoles (ciertamente, algo sabemos por el Nuevo Testamento, claro está) lo bien cierto es que debían estar a la expectativa. 

De alguno de ellos ya hemos hablado (de Juan, en concreto) pero la gran mayoría de ellos estaban, aún, esperando qué iba a pasar con su Maestro, con Aquel que habían estado por los caminos del mundo aprendiendo aquello del Reino de  Dios que, según parecía, había ya venido…

La inquietud en los corazones de aquellos rudos hombres que había escogido Jesucristo para que fueran sus heraldos allí donde estuviesen debía ser grande. Y es que les había dicho varias veces que debía ir a Jerusalén. Ciertamente, allí habían ido en muchas ocasiones y no veían la razón de la preocupación que ocupaba sus corazones.

Sin embargo, había algo distinto en aquellos días. Y es que, como otras veces, iban a la Ciudad Santa a celebrar la Pascua pero aquella Pascua no iba a ser como las otras que habían celebrado en alguna casa que les habían dejado. No. Jesús, al parecer, quería ir a Jerusalén…¡A morir!

No era la primera vez que ellos habían escuchado aquello de la muerte de su Maestro. Es más, en una ocasión, el que era considerado primero entre ellos, Pedro, le había dicho a Jesús que eso no podía ser. Pero la respuesta del hijo de María no había sido de lo más agradable. Y es que había llamado a Pedro ¡Satanás! Porque no quería cumplir con la voluntad de Dios que, al parecer, no era otra que pasara aquello que algunas veces les había dicho que iba a pasar.

Los corazones de los Apóstoles debían andar más que preocupados en aquellos días previos a la Pascua. Ya quedaban pocas semanas para que buscaran sitio para celebrar aquella tan importante fiesta del pueblo escogido por Dios. Y no era tal lugar el que les preocupaba (siempre había habido algún discípulo del Maestro que les había dejado una habitación para celebrar la Pascua) sino el ambiente que podían encontrar en Jerusalén.

Es verdad que los Apóstoles no acababan de entender, del todo, el mensaje y la doctrina que Cristo había tratado de inculcarles. Sin embargo, había algo que entendían a la perfección y que no les dejaba dormir tranquilos: su Maestro había llegado a enemistarse tanto con los poderosos del pueblo judío (sobre todo con los del Templo) que, conociendo el tipo de personas que eran, nada bueno podían esperar de su reacción ante la presencia, otra vez, de Jesús, en aquellas santas calles. Y es que sabían que tenía muchos seguidores y eso había empezado a preocuparles desde el momento en el que los habían abandonado a ellos para irse con el carpintero de Nazaret.

Pero aquellos hombres que seguían tan de cerca a Jesucristo que lo habían dejado todo para eso, sabían que nada podían hacer en contra de lo que les había dicho su Maestro. Es decir, si sostenía que debía ir a Jerusalén a morir de aquella forma tan terrible (traicionado y vejado por los ancianos), ciertamente, poco iban a hacer para evitarlo.

De todas formas, aún quedaban algunos días para que los que serían de Pascua (allá por el mes de Nisán) les hiciera acudir a Jerusalén. A lo mejor pensaron, a pesar de todo lo dicho y hecho por Cristo, que podían convencer al Maestro de que su idea de ir a la Ciudad Santa no era la mejor de todas. Aunque bien sabían que no sería nada fácil hacer eso  porque parecía que Jesús estaba más que convencido de lo que debía hacer y por nada del mundo se iba a desviar de su camino.

Ellos veían venir lo peor pero, como aún no acababan de comprenderlo todo, andaban por aquel pequeño mundo con cierta esperanza. Lo que pasaba era que su esperanza no era la misma que tenía el Hijo de Dios sino, seguro, más humana y menos divina.

Y es que ellos eran, aún, hombres más carnales que espirituales  y aún deberían llegar los peores días de la Pasión, muerte y Resurrección de Jesucristo para que fueran hilando cabos o, por decirlo de una forma más precisa, formando un puzzle que pudiesen entender con aquellas piezas que les había ido dando el Hijo de Dios.

Eleuterio Fernández Guzmán

Nazareno

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