Meditaciones de Cuaresma- Personajes de Cuaresma: Juan, Boanarges

Resultado de imagen de San Juan, discípulo de Cristo

Se suele decir que es el propio Juan, Evangelista, el que se nombra, por decirlo así, el “discípulo amado” por Cristo. Sería como una especie de autobombo que lo pusiera por encima de sus compañeros de apostolado.

Esto, a lo mejor, es cierto en cuanto a lo escrito pero no podemos negar que Jesús tenía cierta preferencia por aquel joven que, al fin y al cabo, sería el único que lo acompañó, si hablamos de sus Apóstoles, en el momento trágico de la Cruz.

Eso lo manifestó el Hijo de Dios en varias ocasiones cuando, por ejemplo, le dijo a Pedro que si quería él que estuviera allí aquel joven apóstol, a él qué le importaba. También sería uno de los que lo acompañó en el episodio de la Transfiguración o, por último, sería uno de los que acompañarían a Jesús en el Huerto de los Olivos antes de ser apresado por los enviados del Mal.

Juan era, junto con su hermano Santiago, de aquel grupo de dos al que Jesucristo llamó Boanerges porque, al parecer, tenían una personalidad muy fuerte y en una ocasión no tuvieron mejor idea que pedirle al Maestro que si pedían al cielo que hiciera caer fuego sobre un pueblo que no quería acogerlos… a los que Jesús tuvo que reprender porque, según parecía, no acababan de entender qué era eso de la misericordia.

Juan, de todas formas, se encontraba muy cerca de Jesucristo. Seguramente, en muchas ocasiones había hablado con el hijo de María a solas y tenía un conocimiento más profundo de todo lo que, en apenas unos días, iba a suceder. Por eso cuando sucedería aquello del sepulcro, entró en el mismo y vio los ropajes de la forma cómo los vio… “vio y creyó” como nos dice el texto bíblico. Y es que en aquel momento todo le cuadró perfectamente al joven que, habiendo querido seguir a Jesús y dejar a su maestro Juan, el Bautista, había querido estar lo más cerca posible de Quien tanto les iba a enseñar.

Siempre imaginamos a Juan muy cerca, también, de la Virgen María. Y es que por ser el más joven de entre los Apóstoles casi lo tendría María como un hijo más. Y seguros estamos que también estaba muy cerca de María Magdalena y de otras mujeres que acompañaban al Maestro y, por eso, en el momento de la Pasión de Nuestro Señor estuvo tan cerca, aquel pequeño grupo de fieles seguidores de Cristo, de Aquel que todo lo estaba dando por su salvación.

 

Muchos piensan que haber conocido a Jesús me debe de haber reportado algún tipo de beneficio para el cuerpo; que, quizá, podría hacer prodigios o que, en último caso, sería una persona especial, dotada de artes incomprensibles y de poderes fuera de lo normal, como si el contacto con el Cristo reportara ricos manjares para el uso caprichoso del que los recibiera.

El caso es que ese conocimiento no me ha influenciado en mi beneficio que, aunque así haya sido, lo ha hecho de cara a los demás, los que han esperado de mi vida un ejemplo que seguir en estos tiempos de difícil existencia para nosotros, los que confesamos nuestra fe en un Dios único, tan alejado de esta diversidad de divinidades que pululan por todos y cada uno de los rincones del Imperio. Porque no se ha tratado de llevar a cabo grandes actos, ni de, por presumir, convertir a miles de personas de una religión pagana a un seguimiento del Hijo de Dios que conocí y, aunque ya pocos, conocieron otros directamente. De lo que se ha tratado ha sido de vernos en sus acciones, influenciados por sus actos y aceptados por su corazón, mensajeros de un mensaje que, aunque a veces, no comprendiéramos, nos veíamos obligados a transmitir, pues nos considerábamos obligados por esa obligación que nace de la amistad entre Cristo y nosotros.

Por eso digo tantas veces que os améis unos a otros como él nos amó, y como así nos enseñó porque yo, estando al pie de la cruz con su Madre, que entonces ya era nuestra y que ya está en su presencia, comprendí que su vida no había sido inútil, que su sufrimiento iba a servir para que otros sufrieran con alegría, que tantos otros iban a seguir sus mismos pasos para llegar a su mismo Reino, el que profetizó y que hizo ya presente entre nosotros. Entonces, triste por aquella situación por la que pasábamos pero con la seguridad de la certeza de sus palabras, que ahora, entonces, comprendí y muchos, de forma inmediata, comprendieron, fui capaz de ver claras tantas cosas que mi ceguera me impedían ver porque tenía, como diría… como ofuscados mis ojos por un barro del mundo que, con esa paz que pude gustar con todos mis sentidos, en aquel sanguinolento pasar, lo que el Espíritu Santo nos entregaría días después, cuando Jesús mismo, sí, hermanos, Jesús mismo, exhaló sobre nosotros su aliento y, por primera vez, se nos abrió el entendimiento que, embotado como lo teníamos no nos dejaba entender.

 

Juan, que así nos escribe desde su distancia histórica, sabía más que bien que todo lo que había hecho su Maestro no cabría en todos los libros del mundo y que, lo escrito, lo había sido para que creyéramos en el Hijo de Dios y en la salvación que nos había conseguido.

 

Eleuterio Fernández Guzmán

Nazareno

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