Meditaciones de Adviento – Viernes II de Adviento. En realidad, todo conduce a Belén

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Todo lleva a Belén. 

Esto, realmente, no supone descubrimiento alguno porque, en efecto, sabemos dónde nació el Mesías. Y eso no era nada nuevo para los que conocían las Sagradas Escrituras judías. Y es que el profeta Miqueas (5,1; Mt 2,6) ya dejó escrito “Mas tú, Belén Efrata, aunque eres la menor entre las familias de Judá, de ti me ha de salir aquel que ha de dominar en Israel, y cuyos orígenes son de antigüedad, desde los días de antaño”. 

Por eso, cuando Herodes preguntó a los conocedores de un momento tan importante como era el nacimiento del Mesías, ellos le contestaron (Mt 2,5) “En Belén de Judea porque así está escrito por medio del profeta”. 

Es más, en el Evangelio de San Juan (7, 42), cuando se produce una polémica acerca de Jesucristo y de aquello que decía pero, sobre todo, de cuál era su origen, su nacimiento, se recoge que “¿No dice la Escritura que el Cristo vendrá de la descendencia de David y de Belén, el pueblo de donde era David?” 

Y, como todo debía cumplir la voluntad de Dios (el hijo de Dios debía nacer en Belén, como hemos dicho arriba y ser hijo de David, cf. Lc 1, 23: “Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre”, por esto último), la misma, pues, se cumple como recoge San Lucas (2, 4) cuando, al hablar del censo que se ordena hacer y que obligaba a cada uno a acudir a su pueblo de origen, dice que “Subió también José desde Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por ser él de la casa y familia de David”. 

Podemos ver, con lo apenas dicho, que todo apunta a un lugar determinado a la perfección. Es decir, Belén no está ahí puesto sin razón alguna sino que en la historia de la salvación, donde todo sucede según debe suceder, ocupa un lugar destacado. 

Todo, pues, apunta a Belén. 

Decimos que todo apunta a Belén y eso ha de querer decir algo porque, en materia de fe católica, las cosas no suceden porque sí sino que tiene alguna (o algunas) razón para que los acontecimientos sucedan como suceden. 

Como suele suceder en temas de espiritualidad, a Belén se llegaba por un camino (seguramente por varios) pero a nosotros nos interesa, en esto, saber qué es lo que nos lleva a tal lugar bien determinado o, por decirlo de otra forma, cuál es nuestro camino hacia un momento concreto de la historia del ser humano que va a ser salvado. 

Nuestro destino es Belén porque allí nació el Hijo de Dios.

Eso debería bastar. Y zanjar aquí la cosa no sería extraño y a nadie debería llevar a rasgarse las vestiduras. Y es que siendo así como fue el nacimiento de Cristo, poco más podemos decir. 

Pero nosotros preferimos no ser tan parcos y, si es posible, abundad en el propio camino, en cómo llegamos a Belén y, en fin, en si somos capaces de obtener frutos espirituales del mismo. 

En primer lugar, a Belén debe conducirnos el conocimiento de que Dios, que nace y se hace hombre en tal lugar, ha de ser nuestro. Es decir, debemos anhelar que en nuestro corazón nazca Quien viene a nacer para que seamos salvados del abismo del que tanto escribió el salmista. 

Pero también a Belén, en cuanto destino de nuestro espíritu, llegamos a través de la oración que es, como sabemos, el hilo conductor que nos lleva hasta Dios y, ahora, en esto, hasta Quien se va a hacer carne en un sencillo portal de un lugar no muy grande del mundo de entonces. 

Belén, por decirlo así, es un destino al que llegamos a través de un camino que pudiera estar empedrado de muchas tribulaciones. Y Jesús, el Niño que va a nacer bien pronto, no quiere que caigamos en ellas y nos salgamos, sin remedio alguno, de la senda que nos lleva, directamente, hasta el lugar exacto donde estarán los pastores adorándolo y donde unos reyes venidos de lugares lejanos irán para entregarle sus tesoros más preciados. 

Belén también es un destino al cual llevamos, por nuestro particular camino, aquello que consideramos lo mejor que tenemos. Por eso no podemos llegar con el corazón vacío y seco. Y es que el Hijo de Dios, aún recién nacido, nos conoce por nuestro nombre y sabe muy bien si allí hemos llegado con ansia de conocer o sólo por estar presentes en un gran acontecimiento misterioso que Dios ha puesto para que lo bueno prevalezca sobre lo malo, oscuro y tenebroso. 

El camino hacia Belén lleva a Belén. Es decir, no nos conviene, para nada, creer que vamos al lugar donde nacerá el Mesías y, luego, quedarnos por el camino porque no sabemos a qué atenernos frente al más limpio y puro de los hombres. No. Dios nos comprende y conoce lo que somos y queremos. Por eso, debemos dejar a un lado, atrás, lo que nos sobra para adorar al Niño como lo hacen otros niños limpios de corazón. 

Todo lleva a Belén, decimos. Y lleva todo porque así lo ha querido Dios, nuestro Padre del Cielo que quiere hacerse hombre a través de una Virgen santa e inmaculada joven. Por eso debemos afrontar el camino que allí nos lleva con una alegría sana y santa. Y hacerlo así porque es la única manera de que nos reciba con los brazos y el corazón abierto Aquel que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo: por obra al descender sobre María; por gracia mediando la que es de Dios Padre y completar a la que era, ya, la llena de gracia. 

Es cierto que el camino que lleva a Belén puede tener obstáculos. Y es que ya sabemos cómo somos los seres creados por Dios a su imagen y semejanza: volanderos, caprichosos, a veces demasiado libres como para no reconocer lo que nos importa y conviene. Pero aún así, el Niño nos espera allí y esperará allí hasta cuando seamos capaces de mirar al portal y ver la luz de la estrella que lo ilumina como un dedo de Dios que señala el mejor destino que ser humano pueda tener por bueno y mejor. 

En realidad, todo conduce a Belén porque todo ha sido hecho según la Voluntad de Dios que nunca se tuerce ni se equivoca. Y nosotros, que miramos a Quien va a nacer sabiendo que ya ha nacido, sólo podemos querer una cosa: caminar con paso firme por la senda que lleva a la gloria que, ahora tiene un hombre de no muchas letras: Belén. Y así, como suena, tiene nombre celestial y eterno.

 

Eleuterio Fernández Guzmán

Nazareno

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