Serie “Caminando con Jesucristo” - y 13. - Conformados a Cristo - Fe y obras

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Muchas son las veces que se han hecho comentarios o meditaciones a los Evangelios; muchos los autores, entre ellos santos y otros estudiosos que han dedicado su atención al contenido de determinados momentos de la vida pública de Jesucristo, Dios que, encarnado, vivió entre nosotros. 

Así, quien surgió del Jordán glorioso y aclamado por su Padre para, de forma inmediata, adentrarse en el desierto de las tentaciones del Maligno y surgir liberado de tan nigérrimo yugo dio más que motivos para que, a lo largo de los siglos muchas páginas se hallan escrito sobre aquellos acontecimientos claves para la historia de la humanidad. 

Cristo, aclamado como quien tenía que venir en su entrada gloriosa en Jerusalén en el inicio de su Pasión es el mismo que, años antes, acudiera con sus primeros discípulos a la boda de Caná. Allí su madre, María esposa de José, le conminó a que dejase su anonimato y acudiera en rescate de aquellos sus primeros beneficiados con el hacer de su corazón; allí también se sometió a su autoridad al convertir aquellas tinajas en el vino que, para entonces, ya escaseaba en la celebración nupcial. 

Los primeros pasos de Jesús tuvieron mucho de enseñanza para aquellos discípulos que todo dejaron para seguirle. Si el discípulo amado siguió, a la voz del Bautista, al cordero de Dios, el resto de sus compañeros de viaje espiritual no dudaron en no mirar hacia atrás y dejaron, cada cual según su oficio u ocupación, la tarea que hasta entonces les había hecho ganar la vida para hacer lo propio con la eterna haciéndose pescadores de hombres. 

Hemos procedido como Dios nos ha dado a entender, en el buen sentido de la palabra, en el quehacer misterioso pero real de Jesús, Dios entre nosotros que es lo que, de una forma o de otra, ha marcado la historia sucesiva del hombre y ha cumplido lo que de Él recogía lo que denominamos Antiguo Testamento y que no es más, ni menos, que la manifestación, por escrito, de la inspiración del Espíritu Santo en manos de sus autores y que, por eso mismo de ser anticipación de la venida de Cristo, es Verdad con Él. 

No es menos cierto, por otra parte, que los primeros pasos de Cristo en compañía de sus discípulos, no están exentos de aprendizaje por parte de los mismos. Por eso, en tanto en cuanto no eran capaces de asimilar la doctrina de perfección de la Ley de Dios que había venido a transmitir el Maestro, no cejaron en tratar de llevarse a sus corazones la impresión de que los momentos que estaban viviendo eran algo más que el hecho de acompañar a una persona especial porque, al menos eso sí pudieron comprender, no les quiso engañar al decirles que tenía palabras de vida eterna y que, si prestaban atención, a lo mejor eran capaces de fijar en su alma algunas de ellas. 

A partir de ahora, pues les dejamos con un acercamiento, seguramente personal pero no por eso ajeno a mi prójimo, de lo que Jesús supuso, ya entonces, para los que todo dejaron de lado para seguirlo y se hace la recomendación de sentirse como inmerso en las diversas situaciones a las que se va a hacer referencia para aprehender, de primera mano, lo que pudieron sentir aquellos que escuchaban a Jesús y hacer, de su enseñanza, una perfecta forma de vida. 

Al fin y al cabo, el camino que recorrió el Hijo de Dios es el mismo que nosotros debemos anhelar recorrer. Es más, el destino del mismo, la vida eterna, es exactamente el mismo.

  

Y 13. - Conformados a Cristo - Fe y obra

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Jesús vuelve donde, en la sinagoga, había expulsado un demonio y asombrado a cuantos fueron testigos de tal hecho. Su presencia, cuya fama corrió por toda la comarca rápidamente, atrae tanto a aquellos que buscan el prodigio como a los que esperan, pacientes, la llegada del Mesías, aunque fuera un Mesías distinto o como ellos no esperaban. 

Jesús vuelve a casa, a cada uno de nuestros corazones, para habitar en ellos (recordad aquello que dijo: el que me ama guardará mi palabra y mi Padre le amará, vendremos a él y viviremos en él, Jn 14, 23). Y ante su puerta, ante la propuesta de aceptar su mensaje podemos apostarnos por si aceptamos lo que esto supone; a la espera, si no tenemos suficiente fe, de algo que, de sus manos, pueda asegurarnos quien es. Muchas veces esperamos extraordinarios actos de la Palabra de Dios, que conforme nuestra vida de forma espontánea, imprevista. Si bien esto puede ser así, ¿no es más lógico que, de nuestra parte, pongamos ese esfuerzo y ese ruego para que la acogida a Cristo funde un nuevo existir? Dios se da… pero espera, como Padre, la solicitud amorosa de la hija, de cada uno de nosotros. 

Jesús vuelve siempre para anunciar la Palabra, y en ella nos da el acercamiento que tanto buscamos, o hemos de buscar, a Dios. En la escucha de aquella podemos encontrar esa bondad, ese amor que tanto expresa, inasequible al desaliento de su predicación. 

Muy buena es la perseverancia cuando ella tiene puesto su objetivo en actos beneficiosos para los demás, y para uno mismo (conviene decirlo); cuando, tras la insistencia, incluso la cabezonería bien entendida, se consigue el objetivo buscado, anhelado afán de aquellos que esperan, con amor alguna gracia, una dicha para su alma por haberse dado por otro, cuando así sea. 

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Tal fue el intento de los amigos del paralítico que recoge Marcas en su evangelio. Es de suponer que una parálisis, en aquella época, como muchas enfermedades incapacitantes, hacía muy dificultosa la vida de una persona, postrándola, para siempre, en las escasas tablillas que conformaban una camilla. Y recurrir a Jesús, conocido por sus obras portentosas, era, quizá, el único remedio a que podían acogerse, la única esperanza que podría verse cumplida. 

Era de esperar que no se limitaran a acudir a la casa donde estaba acogido Jesús. Hubiera sido, esa, una actitud poco fiel y demasiado resignada. Tal sería, y era, el gentío que acudió allí, que se vieron obligados a  subir al techo de la habitación donde predicaba el Mesías y desde allí romperlo y descolgar al amigo en busca de la reparación de sus males. Abrieron, con eso, yo pienso, el corazón de Jesús y, así, hicieron posible la que sería curación total (de cuerpo y espíritu) del enfermo. 

Y Jesús, que vela fe en ellos, se dirigió al citado de la única manera que sabía y que podía hacer. Y le perdona sus pecados. Pero le llama Hijo porque le reconoce la filiación divina y, gracias a eso y por eso, iba a ser sanado. A través de Él Dios hablaba de esa forma. 

Y ahí estaba la acechanza preparada. Cerca de Él había escribas, conocedores de la Ley y servidores del Templo. Y ellos piensan, para sí, en su interior, en sus corazones varias cosas, pero sobre todo esto: dos preguntas y una afirmación.

Y las preguntas que se hacen muestran una secuencia realmente curiosa. En primer lugar no deja de ser importante la forma de referirse a Jesús. Le llaman éste. Y esto viene a indicarnos que era, para ellos, desconocido, pues si otra cosa hubiera sido se habrían dirigido a Él, aunque fuera en su interior, por su nombre. De aquí su extrañeza ante la forma de hablar de Jesús. Sin embargo, estos escribas, dotados, según ellos, de un conocimiento de la Ley de Dios que les hacía distinguir una conducta como contraria a ella o cuando estaba acorde con su letra, afirman, taxativamente, sin duda alguna: está blasfemando. Esto, que puede parecer una apreciación personal que, quizá, no fuera más allá, la anteponen, y aquí está lo destacable, a su segunda pregunta: ¿Quién puede perdonar pecados, sino Dios sólo? De aquí que pueda decirse que los escribas, en su seguridad e, incluso, soberbia, primero califican de blasfemia lo dicho por Jesús y, luego, sólo luego, confirman esa afirmación con la pregunta que deberían haber hecho antes.

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Los escribas, sostenidos en unas normas que daban seguridad a sus vidas espirituales y, por eso, y también, corporales o físicas, de vivencia diaria, no fueron más allá del significado de lo dicho por Jesús y sólo vieron lo inmediato. No captaron, seguramente porque no podían, la Verdad en las palabras del Maestro. Eran esclavos de su propia existencia, ciegos que no querían ver. Lo que vino después les habría de demostrar que, si la relación entre enfermedad y pecado era lo que ellos pensaban y Jesús curaba la enfermedad, pues… una cosa derivaría de la otra. 

Jesús, que todo lo conocía, no podía dejar pasar aquella oportunidad para tratar de convencer, si no con palabras sí con hechos, a los que le escuchaban, pues parecía era el único lenguaje que entendían estos defensores de la Ley. 

Cuando el Mesías les dice eso de sus corazones, donde tenían aquellos pensamientos, les estaba conminando a decir lo que pensaban, cosa que no harían, seguramente, por miedo a la gente; les estaba orientando hacia donde debía ir su actuación: abrirse a los demás, no tener temor de ser rebatidos, no esconderse dentro de si mismos. 

Valga eso mismo para nuestra propia vida, tantas veces abocada a la soledad de la incomprensión real o imaginada. 

Y Jesús les plantea una alternativa que iría en beneficio de la clarificación de su pensamiento: ¿curar o perdonar? Y como sabía que no obtendría respuesta porque hubiera sido una forma clara de identificarse con quien pensaban que era un blasfemo, el Mesías pasa a la acción: las dos cosas son posibles. Primero ordena al paralítico que se levante y, así, lo cura, y, luego, que ande, que camine hacia el futuro de su vida. 

Con esto rompe con todo lo que, entre otros, creían los escribas. Si Dios es el único que puede perdonar pecados y Jesús se los perdona (más que nada para acabar con esa relación antes dicha entre enfermedad y pecado) ya que, como es evidente para todos los presentes, el enfermo se levanta de la camilla y anda, es que ese éste como dicen sus silenciosos detractores, no era otro que Dios mismo. Podrían, o no, aceptarlo, pero el caso es que de su mismo lenguaje se deduce tal verdad. Por esto mismo todos estaban asombrados y glorificaban a Dios. Es más, no sólo dicen esto, sino que rematan su pensamiento con el jamás vimos cosa parecida, signo inequívoco de que algo nuevo estaba sucediendo. El Evangelio había tomado forma.

Había llegado, ya, el Hijo del hombre

Por otra parte, al respecto de la expresión “Hijo del hombre”, el emérito Benedicto XVI, en un texto titulado “El origen de la Iglesia” dice que 

Se ha hecho notar que en la autodesignación de Jesús como “Hijo del hombre” vibra siempre el factor fundacional, porque, desde su origen en Dan 7, es palabra simbólica para designar al pueblo de Dios de los últimos tiempos. Al aplicársela Jesús a sí mismo, se designa implícitamente como creador y señor de este nuevo pueblo, con lo que toda su existencia aparece referida a la Iglesia”.

Y Jesús, como sabemos, y como se ha dicho muchas veces, fue, Él mismo, la plenitud de los tiempos, el fin de los viejos tiempos, la nueva creación… Por eso Él mismo se denomina, precisamente, Hijo del hombre, para darles a entender, a sus contemporáneos y a nosotros mismos que todo se había cumplido. 

 

Eleuterio Fernández Guzmán

 Nazareno

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Llama el Beato Manuel Lozano GarridoLolo, “panecillos de meditación” (En “Las golondrinas nunca saben la hora”) a los pequeños momentos que nos pueden servir para ahondar en determinada realidad. Un, a modo, de alimento espiritual del que podemos servirnos.

Panecillo de hoy:

Cristo caminó por el mundo con ansia de decirnos que debíamos seguirlo.

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