Serie "Una fe práctica”- "¿Por qué ir a Misa?" – Un necesario Epílogo

“La santa Misa alegra toda la corte celestial, alivia a las pobres ánimas del purgatorio, atrae sobre la tierra toda suerte de bendiciones, y da más gloria a Dios que todos los sufrimientos de los mártires juntos, que las penitencias de todos los solitarios, que todas las lágrimas por ellos derramadas desde el principio del mundo y que todo lo que hagan hasta el fin de los siglos”.

Santo Cura de Ars

Sermón sobre la Santa Misa

 

Seguramente la pregunta que da título a este libro tiene mucho de intríngulis espiritual. No se trata de que se digan, sobre todo, las razones para asistir a la Santa Misa (que también) sino, más bien, de constatar que las hay y hacer hincapié en el hecho de que las haya. 

Es bien cierto que, como uno de los siete Sacramentos que instituyó Jesucristo en su primera venida al mundo, la Eucaristía tiene mucho que decir a quien se siente fiel perteneciente a la Iglesia que fundó el Hijo de Dios y a la que, con el tiempo, se dio en llamar católica. 

“Vayan y prediquen el evangelio a toda criatura” (Mc 16,15) es el verdadero origen del sentido universal que quería imprimir Jesucristo a la Iglesia que había fundado. Pero fue San Ignacio de Antioquía (30 al 35 AD, muere C 107) quien, sobre el año 107, en su Carta a los Esmirniotas (8,2) dejó dicho que “Donde esté el Obispo, esté la muchedumbre así como donde está Jesucristo está la iglesia católica".  El caso es que si hay discusión acerca de si “católico” quiere decir, en exclusiva, “Universal” o, también, “Verdadera/auténtica” referida a la fe. Sin embargo, existe una creencia mayoritaria que favorece la primera concepción. A tal respecto, San Policarpo, que fue martirizado 50 años después de San Ignacio de Antioquía, hace uso de los dos sentidos y define a San Ignacio como “Obispo de la Iglesia Católica de Esmirna”.

Por otra parte, San Pacián de Barcelona (375) dejó dicho, su Carta a Sympronian,  que “Cristiano es mi nombre, y católico mi apellido. El primero me denomina, mientras que el otro me instituye específicamente. De esta manera he sido identificado y registrado… Cuando somos llamados católicos, es por esta forma, que nuestro pueblo se mantiene alejado de cualquier nombre herético”; San Cirilo de Jerusalén (315-386), en su Catequesis (18, 23) enseñó que “La Iglesia es católica porque está esparcida por todo el mundo; enseña en plenitud toda la doctrina que los hombres deben conocer; trae a todos los hombres a la obediencia religiosa; es la cura universal para el pecado y posee todas las virtudes”. Pero Sería, de todas formas, Santo Tomás de Aquino, quien desarrollaría los elementos de la teología de la catolicidad. Para el Aquinate la Iglesia es universal en tres sentidos: 

1. Se encuentra en todos los lugares (Cf. Rom 1,8), teniendo tres partes: en la tierra, en el cielo y en el purgatorio. 

2. Incluye personas de todos los estados de vida. (Cf. Gal 3,28). 

3. No tiene límite de tiempo desde Abel hasta la consumación de los siglos. 

Pero es ya en los Hechos de los Apóstoles (continuación, en realidad, del Evangelio de San Lucas) donde se recoge, bien pronto, esto (2,42):

 

“Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones”.

El caso es que, desde que Jesús, en aquella Última Cena tan merecidamente recordada, dijera que se le debía recordar según algunos gestos que hizo (partiendo el pan y repartiendo el vino, por ejemplo) no se ha hecho otra cosa por parte de quienes, allí mismo también, quedaron constituidos como sacerdotes de Dios y servidores de los hombres. 

Cuando Jesucristo dijo aquello de “Haced esto en recuerdo mío” (1 Cor 11, 24) estaba, en realidad, estableciendo un claro mandato pues, siendo su presencia real en las especies del pan y del vino aquello, como era e iba a ser, sería algo más que un simple traer al hoy de cada celebración aquello; sería como un hacer real, cierta y presente, la presencia del Mesías. 

En realidad, toda trifulca acerca de la presencia real de Cristo en las especies pan y vino debería haber sido descartada antes de haber empezado. Y es que Jesús, en aquella Cena, no dice, por ejemplo, “esto es como mi cuerpo” y “esto es como mi sangre”. Lo que dice es, exactamente,

 

“Tomó luego pan, y, dadas las gracias, lo partió y se lo dio diciendo: ‘Este es mi cuerpo que es entregado por vosotros; haced esto en recuerdo mío’. De igual modo, después de cenar, la copa, diciendo: ‘Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros’”. (Lc 22, 19-20).

“Mientras estaban comiendo, tomó Jesús pan y lo bendijo, lo partió y, dándoselo a sus discípulos, dijo: ‘Tomad, comed, éste es mi cuerpo’. Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se la dio diciendo: ‘Bebed de ella todos, porque ésta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos para perdón de los pecados’”. (Mt 26, 26-28).

“Y mientras estaban comiendo, tomó pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio y dijo: ‘Tomad, este es mi cuerpo’. Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se la dio, y bebieron todos de ella. Y les dijo: ‘Esta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos’”. (Mc 14, 22-24).

De esto hablaremos más tarde pero vale la pena recordar lo que, siendo obvio, ha traído tanta cola a nivel teológico. Y no nos referimos a lo que pudieran ser, digamos, pensamientos católicos o de otro tipo de confesiones sino de la consideración errónea de una verdad tan evidente por parte de creyentes, exclusivamente, católicos. 

Podemos, de todas formas, abundar en el hecho mismo según el cual la Santa Misa es Sacramento crucial (que viene de cruz) para un católico. El caso es que podíamos traer aquí ejemplos muchos de aquellos santos o beatos que han dicho y escrito sobre la importancia de la Santa Misa. Lo deberíamos hacer, y lo vamos a hacer, para que no se pueda decir que en este libro se defiende una tesis (la importancia y necesidad de la Eucaristía para un católico) como algo muy personal. 

San Agustín:

“Cristo se sostuvo a sí mismo en Sus manos cuando dio Su Cuerpo a Sus discípulos diciendo: “Este es mi Cuerpo". Nadie participa de esta Carne sin antes adorarla”

“Reconoce en este pan lo que colgó en la cruz, y en este cáliz lo que fluyó de Su costado… todo lo que en muchas y variadas maneras anunciado antemano en los sacrificios del Antiguo Testamento pertenece a este singular sacrificio que se revela en el Nuevo Testamento". 

San Efrén: 

Oh Señor, no podemos ir a la piscina de Siloé a la que enviaste el ciego. Pero tenemos el cáliz de tu Preciosa Sangre, llena de vida y luz. Cuanto más puros somos, mas recibimos. 

San Francisco de Sales: 

“Cuando la abeja ha recogido el roció del cielo y el néctar de las flores más dulce de la tierra, se apresura a su colmena. De la misma forma, el sacerdote, habiendo del altar al Hijo de Dios (que es como el rocío del cielo y verdadero hijo de María, flor de nuestra humanidad), te lo da como manjar delicioso" 

San Juan Bosco: 

“El objetivo principal es promover veneración al Santísimo Sacramento y devoción a María Auxilio de los Cristianos. Este título parece agradarle mucho a la augusta Reina del Cielo". 

San Juan Eudes: 

“Para ofrecer bien una Eucaristía se necesitarían tres eternidades: una para prepararla, otra para celebrarla y una tercera para dar gracias". 

San Alfonso María de Ligorio: 

“Tened por cierto el tiempo que empleéis con devoción delante de este divinísimo Sacramento, será el tiempo que más bien os reportará en esta vida y más os consolará en vuestra muerte y en la eternidad. Y sabed que acaso ganaréis más en un cuarto de hora de adoración en la presencia de Jesús Sacramentado que en todos los demás ejercicios espirituales del día". 

San Cirilo de Jerusalén: 

“Así como dos pedazos de cera derretidos juntos no hacen más que uno, de igual modo el que comulga, de tal suerte está unido con Cristo, que él vive en Cristo y Cristo en él". 

San Ignacio de Loyola: 

Preparando el altar, y después de revestirme, y durante la Misa, movimientos internos muy intensos y muchas e intensas lágrimas y llanto, con frecuente pérdida del habla, y también al final de la Misa, y por largos períodos durante la misa, en la preparación y después, la clara visión de nuestra Señora, muy propicia ante el Padre, hasta tal grado, que las oraciones al Padre y al Hijo y en la consagración, no podía sino sentir y verla, como si fuera parte o la puerta, para toda la gracia que sentía en mi corazón. En la consagración de la Misa, ella me enseñó que su carne estaba en la de su Hijo, con tanta luz que no puedo escribir sobre ello. No tuve duda de la primera oblación ya hecha" 

El santo cura de Ars, San Juan María Vianney: 

“Si conociéramos el valor de La Santa Misa nos moriríamos de alegría”. 

“Sí supiéramos el valor del Santo Sacrificio de la Misa, qué esfuerzo tan grande haríamos por asistir a ella".

 "Qué feliz es ese Ángel de la Guarda que acompaña al alma cuando va a Misa". 

“La Misa es la devoción de los Santos".

 San Anselmo: 

“Una sola misa ofrecida y oída en vida con devoción, por el bien propio, puede valer más que mil misas celebradas por la misma intención, después de la muerte”.

Santo Tomás de Aquino:

 "La celebración de la Santa Misa tiene tanto valor como la muerte de Jesús en la Cruz". 

San Francisco de Asís:

“El hombre debería temblar, el mundo debería vibrar, el Cielo entero debería conmoverse profundamente cuando el Hijo de Dios aparece sobre el altar en las manos del sacerdote". 

Santa Teresa de Jesús: 

“Sin la Santa Misa, ¿qué sería de nosotros? Todos aquí abajo pereceríamos ya que únicamente eso puede detener el brazo de Dios. Sin ella, ciertamente que la Iglesia no duraría y el mundo estaría perdido sin remedio".

San Alfonso de Ligorio

“El mismo Dios no puede hacer una acción más sagrada y más grande que la celebración de una Santa Misa". 

Padre Pío de Pieltrecina:

“Sería más fácil que el mundo sobreviviera sin el sol, que sin la Santa misa" 

La Misa es infinita como Jesús… pregúntenle a un Angel lo que es la misa, y El les contestará, en verdad yo entiendo lo que es y por qué se ofrece, mas sin embargo, no puedo entender cuánto valor tiene. Un Angel, mil Ángeles, todo el Cielo, saben esto y piensan así". 

San Felipe Neri: 

“Con oraciones pedimos gracia a Dios; en la Santa Misa comprometemos a Dios a que nos las conceda".

San Pedro Julián Eymard: 

“Sepan, oh Cristianos, que la Misa es el acto de religión más sagrado. No pueden hacer otra cosa para glorificar más a Dios, ni para mayor provecho de su alma, que asistir a Misa devotamente, y tan a menudo como sea posible".

 San Buenaventura: 

“La Santa Misa es una obra de Dios en la que presenta a nuestra vista todo el amor que nos tiene; en cierto modo es la síntesis, la suma de todos los beneficios con que nos ha favorecido".

San Andrés Avellino: 

“No podemos separar la Sagrada Eucaristía de la Pasión de Jesús". 

Vemos, pues, que en la creencia de muchos de los mejores de entre los nuestros, la Santa Misa (llamada también Eucaristía) estamos ante un Sacramento básico. Lo es por lo que supone para un discípulo de Cristo que milita en la Iglesia que fundó, la católica; lo es por lo que tiene de luz para quien se sabe hijo de Dios y ha de recibir el alimento celestial que se recibe en la Santa Comunión; lo es por lo que contiene de signo y de realidad; lo es por lo que supone de realimentar nuestra memoria con el recuerdo traído al hoy del sacrificio de Cristo por cada uno de nosotros; lo es por lo que implica para los creyentes católicos saber que entre nosotros se encuentra el mismo Hijo de Dios y que, en el Sagrario, nos está esperando para mantener con nosotros un rato de conversación; y lo es, por fin, porque muestra un camino que seguir, una senda recta que lleva al definitivo Reino de Dios. Digamos, por hacer un símil, que la Santa Misa es como el banderín de enganche diario para que renovemos una realidad tan impresionante, espiritualmente hablando, como la de ser milites Christi. Y eso no es nada fantasioso ni exagerado porque, como dice San Josemaría en “Es Cristo que pasa” (74),

 

“Toda la tradición de la Iglesia ha hablado de los cristianos como de milites Christi, soldados de Cristo. Soldados que llevan la serenidad a los demás, mientras combaten continuamente contra las personales malas inclinaciones”.

 

Santa Misa, pues, sí; Santa Misa, también, porque sí, porque fundamenta la razón de nuestra fe de la que debemos hablar a tiempo y a destiempo dando razón de nuestra esperanza (Cf 1 Pe 3, 15) y porque merece que así hagamos y actuemos.

Un necesario Epílogo

 

“Sería más fácil que el mundo sobreviviera sin el sol, que sin la Santa Misa”

San Pío de Pieltrecina

Es posible que lo dicho por un santo de tanta importancia espiritual en la historia de la Iglesia católica pueda parecer exagerado. Sin embargo, a lo largo de este libro hemos visto que, en efecto, la Eucaristía es más importante de lo que pueda parecer a más de un creyente católico. 

En realidad lo dicho por San Pío de Pietrelcina tiene relación con lo que es y significa el sacrificio que se lleva a cabo a lo largo de la celebración sacramental eucarística. Y es que el mismo no es un sacrificio cualquiera sino el del Hijo de Dios. Y tuvo, el que da origen a todo esto, una clara finalidad: salvífica. Es decir, Jesucristo instituyó la Santa Misa porque sabía el final que le esperaba y porque era conocedor de que la única forma a través de la cual el mundo se salvaría era, precisamente, entregándose de la forma en la que se entregó en las manos de sus verdugos. Por eso quiso que se llevara a cabo un recuerdo que trajera a cada celebración eucarística el Cuerpo y la Sangre que iban a ser causa de la salvación eterna. Y eso es la Santa Misa.

Pero, por desgracia, hemos visto que hay creyentes católicos que tienen a bien no asistir a la celebración de la Eucaristía. Y ponen toda clase de excusas que no tienen nada que ver con la verdad de las cosas. En realidad se trata, más bien, de una falta de comprensión de lo que es y de lo que pasa a lo largo de una celebración tan querida por todo aquel que sabe lo que es y lo que pasa. Queremos decir que tanto por no entender bien a qué se asiste como, a lo mejor, por entenderlo demasiado bien (y verse abocado, en su vida particular a cambiar ciertas cosas que no están bien), el caso es que muchos huyen de la Santa Misa y lo hacen, lo que es peor, pretendiendo que eso no tenga consecuencias espirituales en su vida. Y eso es como si alguien mirara para otro lado cuando le ponen la comida y creyera que, aun sin comer, nada le va a pasar.

Es una verdadera pena que, según aquí hemos visto, pase eso. Y lo es porque el bien que se recibe en la Santa Misa es crucial y esencial para la vida de un creyente católico: crucial porque supone la manifestación propia de la Cruz que sostuvo a Cristo y que gustó de su Sangre; esencial porque es la base sobre la que construir una vida de fe que pueda dignamente llamarse vida de fe católica.

Si muchos han sido los que, a lo largo de los siglos, han aportado su granito de arena a la comprensión de la Santa Misa es porque a muchos creyentes católicos les ha dicho mucho la Eucaristía. No ha pasado desapercibida por la vida de aquellos que han querido plasmar que no es un Sacramento del que se pueda olvidar ni uno solo de sus momentos y que todos ellos coadyuvan en nuestra salvación y tienen relación directa con la vida eterna.

Aquellos hermanos nuestros, decimos, que han manifestado aspectos bien concretos y determinados de la Santa Misa (y de ellos algunos hemos traído aquí) nos ayudan a comprender que lo que importa en la Eucaristía es la misma Eucaristía. Y es que hay quienes creen que asisten a la celebración porque son buenos sin darse cuenta que, además de que sólo Dios es bueno (Cf. Mc 10, 18; Lc 18, 19), nosotros somos más malos de lo que decimos. Eso ya lo dijo Jesús en una ocasión (Lc 11, 13; Mt 7, 11) y es tan cierto como que ha de venir otra vez y juzgar a vivos y a muertos. Y lo bien cierto es que el hecho mismo de asistir a la celebración de la Santa Misa muestra que sabemos cómo somos y que estamos más que seguros que sólo Jesucristo, su forma de vida y su sacrificio (lo que todo eso significa para nosotros) han de cambiar nuestra vida.

Eso, podía decir cualquiera, también podemos hacerlo sin formar parte de la asamblea que celebra la Santa Misa. Es decir, también podemos saber todo eso de Jesucristo y no sin asistir ignoramos lo que hizo y lo que representa para nosotros. 

Sin embargo, si atendemos a lo dicho por San Juan Pablo II acerca de la Santa Misa, a saber, que es “el cielo en la tierra” no podemos, ¡qué menos!, que gozar de ese momento (que, además, es demasiado corto según las celebraciones de hoy día) para dar gracias a Dios por eso. Es más, el término “Eucaristía” quiere decir, no por casualidad, “acción de gracias” y es que no es otra cosa lo que hacemos cuando escuchamos con atención las Sagradas Escrituras, cuando nos arrodillamos en la consagración, cuando recordamos la oración que Cristo enseñó a sus apóstoles o cuando, en fin, recibimos el Cuerpo y la Sangre de Cristo que, tras la necesaria transustanciación, dejan de ser especies pan y vino para ser el ¡Cuerpo y la Sangre de Hijo de Dios!

Seguramente, no debe haber peor comportamiento de un católico que negar la verdad que contiene la Santa Misa. Y no puede haber nada peor porque es negar, precisamente, la necesidad de su redención, la intrínseca necesidad de su salvación.

En realidad, con relación a la Santa Misa lo que sucede es que hay un antes, un durante y un después: un antes porque debemos ir convenientemente preparados (de aquí las oraciones que hemos traído aquí); un durante porque debemos saber a qué asistimos y lo que supone para nosotros y, ya, un después porque la asistencia a la Eucaristía no debe ser como un paréntesis que hacemos en nuestra vida ordinaria y dejamos, ahí, dentro en el paréntesis bien dejada de lado. No. la Santa Misa ha de tener consecuencias prácticas en nuestra vida de hijos de Dios y de discípulos de Jesucristo que forman parte de la Iglesia católica. Sólo así podremos decir que asistir a la celebración del Sacramento eucarístico es de importancia para nosotros y que no se trata del cumplimiento obligatorio de un acto social-espiritual, que lo hacemos porque, verdaderamente lo necesitamos, porque debemos alimentar nuestra alma y es la mejor manera de hacerlo.

Y acabamos con palabras de San Pío de Pietrelcina, con  quien empezamos este Epílogo:

“Cada Santa Misa escuchada con atención y devoción produce en nuestra alma efectos maravillosos, abundantes gracias espirituales y materiales, que ni nosotros mismos conocemos".

Amén.

 

Eleuterio Fernández Guzmán

 Nazareno

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Panecillos de meditación

Llama el Beato Manuel Lozano GarridoLolo, “panecillos de meditación” (En “Las golondrinas nunca saben la hora”) a los pequeños momentos que nos pueden servir para ahondar en determinada realidad. Un, a modo, de alimento espiritual del que podemos servirnos.

Panecillo de hoy:

Santa Misa; Cristo presente. ¿Se puede pedir más?

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1 comentario

  
GUILLERMO OSPINA ARCHILA
Que preciosa recopilación la que aquí se nos brinda.Toda es estimulante y mas que nada absoluta e impresionantemente cierta..

Invitando a todos los que lean lo que estoy aquí exponiendo a que copien algo que dichosamente yo con frecuencia hago, retomo una de las citas: (la del santo cura de Ars, San Juan María Vianney) :

"Qué feliz es ese Ángel de la Guarda que acompaña al alma cuando va a Misa".

Y miren: yo hago lo siguiente: frecuentemente antes de acercarme a comulgar me dirijo a Jesucito, manifestándole que le cedo mi cuerpo a mi Angel de la Guarda PARA QUE SEA MI ANGEL QUIEN COMULGUE....

Los ángeles no pueden comulgar, porque ellos no tienen cuerpo.... y con esa práctica a la cual invito copien quienes me están leyendo, en esa acción no somos nosotros quienes comulgamos SINO NUESTRO ANGEL DE LA GUARDA A QUIEN PARA ESE MOMENTO Y PARA ESO LE PRESTAMOS NUESTRO CUERPO.

Y miren: cada vez que yo necesito algo importante y urgente... apelo a mi Angel de la Guarda... y le paso la cuenta.........
28/07/16 12:12 AM

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