Un amigo de Lolo - Palabra cumplida, Palabra de Dios

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Panecillos de meditación

Duelo

Llama el Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo, “panecillos de meditación” (En “Las golondrinas nunca saben la hora”) a los pequeños momentos que nos pueden servir para ahondar en determinada realidad. Un, a modo, de alimento espiritual del que podemos servirnos.

Panecillo de hoy:

Debemos, siempre, fiarnos de Dios porque sólo con tal confianza mostraremos que somos hijos suyos.

Y, ahora, el artículo de hoy.

Presentación
Manuel Lozano Garrido

Yo soy amigo de Lolo. Manuel Lozano Garrido, Beato de la Iglesia católica y periodista vivió su fe desde un punto de vista gozoso como sólo pueden hacerlo los grandes. Y la vivió en el dolor que le infringían sus muchas dolencias físicas. Sentado en una silla de ruedas desde muy joven y ciego los últimos nueve años de su vida, simboliza, por la forma de enfrentarse a su enfermedad, lo que un cristiano, hijo de Dios que se sabe heredero de un gran Reino, puede llegar a demostrar con un ánimo como el que tuvo Lolo.

Sean, las palabras que puedan quedar aquí escritas, un pequeño y sentido homenaje a cristiano tan cabal y tan franco.

Palabra cumplida, Palabra de Dios

“No hay notario que pueda dar tanta fe de una promesa como Cristo, con su vuelta a la vida”
Manuel Lozano Garrido, Lolo
Bien venido, amor (985)

Aquellas personas que decimos tener una relación filial con Dios nos preciamos de ser fieles a su voluntad y de querer cumplirla siempre. Es bien cierto que sabemos que no siempre la vamos a cumplir pero procuramos, dentro de nuestra egoísta naturaleza humana, pecadora incluso, hacer lo posible para que esto sea así.

Ciertamente buscamos modelos. Son los que nos permiten saber si somos lo que decimos o sólo una simple apariencia farisaica. En realidad, nos son tan necesarios que sin ellos difícilmente podemos estar seguros de que somos discípulos de Cristo. Tales modelos nos permiten vernos, en realidad, como somos.

Los santos y aquellos fieles virtuosos que, sin serlo, son un buen espejo en el que mirarse, nos vienen la mar de bien para cerciorarnos de la eficacia de la fe en nuestro corazón. Con ellos nos sentimos bien si somos buenos cristianos y con ellos nos avergonzamos al comprobar cuánto pudieron dar y cuánto, nosotros, no somos capaces, siquiera, de imaginar dar.

Pero, en realidad, como bien sabemos, hay quien nos sirve más que bien de ejemplo, de espejo y de todo lo bueno que pueda quererse ser. Por eso, cuando nos acordamos de que somos cristianos y de que, por tanto, debemos hacer esto o lo otro según se espera de nosotros, acudimos al Emmanuel, Jesús, Dios hecho hombre, para ver si somos lo que decimos ser.

Cristo prometió mucho a lo largo de su vida pública. Así, por ejemplo, nos prometió la vida eterna si lo dejábamos todo por Él y no mirábamos hacia atrás; una estancia en el definitivo Reino de Dios que nos está preparando; lo mejor en nuestra vida futura… En fin, hizo todo lo posible para que comprendiesen, aquellos que le escuchaban y nosotros que tanto sabemos de Él, que siguiéndolo alcanzaremos el bien supremo y lo que tanto ansia el ser humano: vivir, con Dios, para siempre, siempre, siempre.

Muchos, a lo mejor, no confían en Cristo porque no lo ven o porque, sencillamente, les parece imposible aquello que hizo y que tenemos por milagros o hechos extraordinarios. Creen, también, que no se trata más que de interpretaciones que hicieron unas personas que querían perpetuar su memoria y que, por ejemplo, elaboraron un Nuevo Testamento a medida de su propia voluntad. Que, en fin, nada de lo que hoy sabemos de Jesús es cierto sino, simplemente, algo que nos han querido transmitir para cubrir no sabemos qué turbios intereses de sectas en el poder.

Sin embargo, Jesús dijo que moriría, cómo moriría además, y que al tercer día resucitaría. Es cierto que murió como Él mismo había predicho. Lo predijo porque, en efecto, ya lo había visto y sabía el resultado de su vida pública. Nada hizo para evitarlo porque bien sabía que estaba escrito y bien escrito en las Sagradas Escrituras. Pero también resucitó como dijo. Y esto sólo podía ser posible porque, en efecto, también lo había visto. En realidad, todo había ya pasado y, en realidad, todo pasa día a día: Jesús muere y Jesús resucita en cada corazón del creyente que confía en su divinidad y su muerte es tan cierta como que está pasando ahora mismo en los que sufren o están sometidos a tribulación. Y así sucederá hasta que, en su Parusía, vuelva con gloria para juzgar a vivos y muertos.

Por eso, por eso mismo, cuando resucitó y los poco creyentes discípulos allegados a su personas se dieron cuenta de que todo era cierto, perdieron todo el miedo que antes tenían y no temían, para nada temieron, dar su vida, dejar cortar su cabeza y dejarse quemar vivos, por Aquel a quien habían conocido y, luego, reconocido tras su resurrección. Confiaron, pues, y creyeron.

Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo, ruega por nosotros.

Eleuterio Fernández Guzmán

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