Serie Hábitos católicos 4.- Conocer las Escrituras y las enseñanzas de la Iglesia católica

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La segunda acepción de la palabra “hábito” es, según la Real Academia Española de la Lengua es el “Modo especial de proceder o conducirse adquirido por repetición de actos iguales o semejantes, u originado por tendencias instintivas”. Por lo tanto, si nos referimos a los que son católicos, por hábitos deberíamos entender aquello que hacemos que, en nuestra vida, supone algo especial que marca nuestra forma de ser. Incluso es algo que al obedecer a una razón profunda bien lo podemos calificar de instintivo porque nuestra fe nos lleva, por su propia naturaleza, a tenerlos.

Pues bien, esta serie relativa a los “Hábitos católicos” tiene la intención de dar un pequeño repaso a lo que, en realidad, debería ser ordinario comportar en un católico.

3.- Conocer las Escrituras y las enseñanzas de la Iglesia católica

Sagradas Escrituras

Dios es el autor de la Sagrada Escritura. ‘Las verdades reveladas por Dios, que se contienen y manifiestan en la Sagrada Escritura, se consignaron por inspiración del Espíritu Santo’.’La santa Madre Iglesia, fiel a la base de los apóstoles, reconoce que todos los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento, con todas sus partes, son sagrados y canónicos, en cuanto que, escritos por inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios como autor, y como tales han sido confiados a la Iglesia’ (DV 11)”.

Esto dice el número 105 del Catecismo de la Iglesia católica y exactamente por eso el católico ha de acercarse a las Sagradas Escrituras buscando el Agua Vida de la que se sirvió Cristo para que la samaritana comprendiera que estaba ante el Mesías y se convirtiera. No basta, por lo tanto con una fe infantil sino que, como el cuerpo, el alma también debe alimentarse para crecer y crecer, debe.

El alimento que nos sirve para no quedarnos anquilosados y como niños perpetuos se encuentra, precisamente, en las Sagradas Escrituras y en las enseñanzas de la Santa Iglesia católica.

Si acaso algún católico se pregunta, con ánimo quizá de liberarse de lo que puede considerar una carga, las razones por las cuales tiene que estar formado en la fe que dice tener es, seguramente, porque tiene una que lo es débil. Quien se sabe necesitado de alimento para su alma no duda, siquiera, qué debe hacer. Y, sin embargo, hay quien duda y quien cree que le basta mantener una relación personal con Dios para ser un buen discípulo de Cristo ignorando que difícil podrá ser tal relación si no conoce en qué debe basarse y en qué debe sustentarse.

En primer lugar, debemos leer las Sagradas Escrituras porque es la forma más directa de conocer a Cristo, seguirle y tratar de vislumbrar, en las medidas de nuestras posibilidades y con el auxilio del Magisterio vivo de la Iglesia (cf. Dei Verbum, 10) las dimensiones de su misterio. Profundizamos, así, en nuestra fe y seguimos, por tanto, el consejo de Cristo recogido en el evangelio de San Juan (5,17) cuando dijo “Mi padre trabaja siempre y yo también trabajo” pues siempre debemos estar en la labor de buscar a Cristo allí donde, en lo escrito, se encuentra.

Independientemente del método que se siga para leer las Sagradas Escrituras (siempre diario pero por libros o capítulos) lo bien cierto es que debemos tener en cuenta las siguientes, digamos, pautas que son, a saber:

1.-Considerar que las Escrituras Santas son una unidad indisoluble y que en ellas todo está relacionado siendo su tema principal Jesucristo como plenitud de la revelación divina.

2.-Tener en cuenta que la lectura de las Sagradas Escrituras ha de ser cristiana o, lo que es lo mismo, tratando de descubrir a Cristo en todas sus partes.

3.-Reconocer que las Sagradas Escrituras manifiestan tener una relación directa con la salvación del hombre y, por tanto, con tal misterio salvífico.

4.-Estar en la seguridad de que las Sagradas Escrituras son expresión de la intervención de Dios para remediar el sufrimiento y el dolor del hombre que, en tal estado, ha caminado desde que lo creó y que cayó, por el pecado original, en la senda del pecado.

Por otra parte, arriba hemos dicho que a la hora de tratar de conocer el sentido de lo que dicen las Sagradas Escrituras no podemos olvidar lo que todo católico debe saber y que, como muy dice san Pedro en su Segunda Epístola (1,20) consiste en tener presente “que ninguna profecía de la Escritura puede interpretarse por cuenta propia”. Por eso mismo, no actuemos como si fuésemos creyentes que, desde la Reforma protestante, hacen de su capa un sayo sino que, muy al contrario, ayudémonos con lo que la Santa Iglesia interpreta al respecto. De lo contrario caeremos en lo que el mismo San Pedro (II Pedro 3, 16-17) dice cuando, refiriéndose a San Pablo, escribe que “Lo escribe también en todas las cartas cuando habla en ellas de esto. Aunque hay en ellas cosas difíciles de entender, que los ignorantes y los débiles interpretan torcidamente - como también las demás Escrituras - para su propia perdición. Vosotros, pues, queridos, estando ya advertidos, vivid alerta, no sea que, arrastrados por el error de esos disolutos, os veáis derribados de vuestra firme postura”.

Pero también debemos conocer las Sagradas Escrituras porque las mismas han de servirnos para llevar una vida de la que pueda decirse, como dice San Josemaría en el número 2 de CaminoOjalá fuera tal tu compostura y tu conversación que todos pudieran decir al verte o al oírte hablar: éste lee la vida de Jesucristo”. Leer, pues, para conocer y conocer para hacer según es la voluntad de Dios.

Así, conocer a Cristo supone, por eso mismo, un acrecentar nuestro amor que se ha de ver reflejado en nuestra vida y porque las Sagradas Escrituras son, a la vez, un libro de origen humano y divino: humano en cuanto han sido escritas por hombres y en nuestro lenguaje; divino porque lo han sido por inspiración divina y con la purificación de las almas de quien las escribió por parte de Dios. Y, además, lo es divino porque a través de ellas Dios ha transmitido a los hombres un mensaje de salvación, de nuestra salvación.

Por otra parte, se confirma lo referido en el hecho de que las Sagradas Escrituras nos revelan que “Dios es Amor” como muy bien expresa San Juan en su Primera Epístola (4, 7-11) al escribir lo que tan decisivo debe ser para quien quiera ser considerado hijo de Dios y hermano de Jesucristo: “Queridos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es Amor. En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene; en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados. Queridos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros”.

Y todo lo aquí apenas dicho se aplica, exactamente, a las enseñanzas de la Iglesia católica porque, con ellas, nos formamos como católicos y podemos defender, cuando sea necesario, lo que de la Esposa de Cristo pueda decirse o escribirse por parte de aquellos que no la quieren o la odian. Conocer acerca de los dogmas, de los Sacramentos o de aquello que ha quedado de los diversos Concilios que a lo largo de la historia han sido y de todo lo que, en las más diversas materias, se transmite como enseñanza no puede quedar lejos de quien se dice ser piedra viva que conforma a la Santa Iglesia católica. Es más, bien podemos estar seguros que de alejarse de las mismas sólo puede resultar un alejamiento de Dios y de su gozosa influencia en nosotros porque la Iglesia católica no hace más, en todo caso, que cumplir la misión que Cristo le encomendó en Pentecostés.

Por otra parte, nos sirve todo lo aquí traído para no caer en lo que el cardenal Francisco Xavier Nguyen Van Thuan (que ya subió a la Casa del Padre) escribiera en su obra “Mil y un pasos en el Camino de la Esperanza” y que no es otra cosa que lo siguiente: “Dices que todo es más o menos lo mismo y que estás listo para cualquier compromiso/ Entonces ¿por qué ruta vas a caminar?/ ¿Te vas a unir a varias Iglesias?/ ¿Te vas a acomodar a todas las morales y vas a ajustarte a todas las conciencias?”. Nos cabe, por lo tanto, conocer lo que creemos y eso sólo será posible si hacemos lo propio con las Sagradas Escrituras y las enseñanzas de la Iglesia.

¿Y cuándo dura este proceso?

La respuesta es sencilla: toda la vida que en este mundo nos ha regalado Dios. Qué menos que dedicarla, en la medida de nuestras posibilidades, a conocer lo que tanto nos conviene.

Leer Hábito 1: Vida Sacramental.
Leer Hábito 2: Sumergirse en la oración.
Leer Hábito 3: Construir la virtud, desenraizar el vicio .

Eleuterio Fernández Guzmán

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