Sacerdotes mártires valencianos (III)

Ramón Santarrufina Montalt nació en Vinalesa, no lejos de la ciudad de Valencia, en 1867. Se ordenó presbítero en 1891 y alcanzó el doctorado en Sagrada Teología. Ocupó primeramente el cargo de coadjutor de Chera y Liria, luego pasó a Chulilla, donde ejerció de cura ecónomo, posteriormente beneficiado de la parroquia de san Andrés de Valencia, que compatibilizó con su cargo de secretario general del Seminario Conciliar Central de la ciudad.

Unos años después su vida cambió al ser nombrado director del Colegio Imperial de Niños Huérfanos de san Vicente Ferrer. Apasionado por la crianza y formación de los niños expósitos que allí se acogían, renunció a todos sus demás cargos, y dedicó el resto de su vida al mejoramiento y desarrollo de la benéfica institución, en la cual vivía con su sobrino Francisco Soriano, la mujer de este y sus 3 hijos.
A los 5 días del Alzamiento, el 23 de julio de 1936, el gobernador civil de Valencia se incautó del Colegio y lo entregó al Partido Sindicalista (una escisión cenetista fundada por el anarquista Ángel Pestaña). Una miliciana armada sustituyó a la superiora de las Hijas de la Caridad, que dirigía la atención a los huérfanos. Dado el cariz de los acontecimientos, los superiores del obispado aconsejaron a don Ramón que se refugiara en casa de algún pariente o conocido, pero él prefirió seguir al lado de los huérfanos. Fue únicamente su personalidad íntegra, fuerte y abnegadamente entregada a los niños acogidos lo que impresionó de tal manera al presidente provincial del partido sindicalista, que (a diferencia de lo que ocurría en el resto de la ciudad), respetó tanto la actividad litúrgica del centro, como su bienes materiales, dándose el insólito caso de que la misa se siguió celebrando diariamente durante dos semanas, en plena revolución marxista. Naturalmente, esto no podía durar mucho tiempo. Mientras aumentaban los combates en los frentes, crecía la furia antirreligiosa en retaguardia. Pronto la tolerancia dio paso a la prohibición de celebrar la eucaristía, las presiones al director, las vejaciones, y finalmente las amenazas. A mediados de agosto, don Ramón y la familia de su sobrino fueron expulsados del colegio y se trasladaron a un piso alquilado en la calle de Salamanca. Para evitar los sacrilegios que sabían estaban sucediendo en otros lugares, se llevaron los ornamentos sagrados, los trajes talares y las imágenes religiosas, dejando en el colegio el dinero depositado y todo aquello necesario para llevar a cabo la función de acogimiento propia de la Institución. Los familiares de este sacerdote testificaron que constantemente tenía su pensamiento en los huérfanos y en la precaria situación en que la guerra les dejaba, ahora que no podía velar por ellos. Durante 6 semanas se sucedieron las detenciones y los interrogatorios del sacerdote y sus familiares. Uno de los hijos de su sobrino fue detenido, y otro se evadió. Finalmente, en un registro el día 29 de septiembre de 1936, los milicianos hallaron en una habitación los objetos litúrgicos del colegio. Acusando a los habitantes de haberse apropiado de bienes públicos, saquearon la casa y se los llevaron detenidos tanto al sacerdote como a su sobrino Francisco Soriano. Ambos se despidieron de la mujer y su hijo, enfermo en cama, y don Ramón les bendijo, acompañando mansamente a sus captores. Los milicianos no les llevaron a ninguna prisión; directamente los trasladaron por la carretera de Valencia a Vinalesa (pueblo natal de ambos), y después de torturarles, les mataron a tiros, dejándolos en la cuneta. Pocas horas después fueron encontrados por un vecino y trasladados en una carreta al cementerio municipal de Vinalesa, donde se pudo comprobar que los restos de don Ramón Santarrufina, de 69 años de edad en el momento de su martirio, habían sido vejados tras su muerte.

José Boils Jornet nació en Guadasuar de La Ribera el 21 de abril de 1876. Curiosamente, fue por su hermosa voz por lo que fue admitido a los 12 años en el Colegio del Corpus Christi, obteniendo una beca. Ordenado sacerdote el 31 de marzo de 1900, fue nombrado coadjutor de Navarrés, y en 1902, coadjutor de Enguera. En 1908 pasó a ocupar la capellanía del Asilo del Carmen hasta 1918, en que pasó a coadjutor de la parroquia de su pueblo, Guadasuar. Allí desplegó gran actividad, fundando la Obra Eucarística de las Marías del Sagrario, impulsó el Apostolado de la Oración, y como buen hijo de san Juan de Ribera, se preocupó de cultivar la liturgia, muy especialmente en su afición, el canto gregoriano. Por estos servicios, y por su talante humilde y sencillo, fue nombrado colegial perpetuo del Real Colegio del Corpus Christi en 1924, donde ejerció tareas de gobierno. El 18 de julio de 1936, el colegio fue asaltado, sufriendo maltratos sus moradores y saqueo sus bienes. Restablecido el orden, fue encomendada su dirección a la Universidad, y don José Boils se trasladó a su pueblo, fiado de la protección de sus vecinos, a los que había pastoreado 6 años. Llegado el 30 de agosto, fue detenido de inmediato por el comité sindical local, que le exigió una suma de dinero en concepto de fianza. El reverendo jamás había guardado dinero para sí, y de este modo se lo explicó a sus captores, que le advirtieron de las peores consecuencias si no reunía el dinero en plazo breve, y le soltaron. Tras amenazarle durante varias semanas, fue citado de nuevo el 30 de octubre de 1936. A su hermana, con la que vivía, le dijo antes de salir de casa: “mira, he escrito en una estampita que llevo en el bolsillo mi nombre, mi grado de sacerdote y mi pueblo natal, para que si me desfiguran tras matarme, me podáis reconocer”. Tal era la convicción que tenía de su terrible fin. Llegado a la iglesia parroquial, convertida en cárcel, el sacerdote se descubrió. Un miliciano que hacía guardia le dijo sarcásticamente, “ya no es menester eso”, aludiendo a la secularización violenta del edificio; don José contestó “siempre veneraré este sitio”. Tras comprobar que no tenía el dinero requerido, se le encerró en una celda, de donde le sacaron maniatado a las 2 de la mañana. Le bajaron del coche en la carretera de Guadasuar a Alcudia, frente al Colegio de Hermanas de la Doctrina Cristiana, y allí le soltaron las manos. El reo entregó sus gafas al pistolero que lo iba a matar y le dijo: “toma estas gafas en recuerdo mío. Dios te perdone como yo te perdono, y que seas más feliz en la otra vida de lo que lo eres en esta”. Al día siguiente fue hallado su cuerpo en la cuneta de la carretera; el secretario del Juzgado de Alcudia pudo identificarlo por los datos escritos en la estampita que llevaba en el bolsillo. Tenía 60 años de edad.

Constantino Martínez Sánchez era natural de Ayora, en la comarca del valle de Cofrentes. Estudió en el seminario conciliar de Orihuela, doctorándose en Derecho Canónico en la Universidad pontificia de Valencia. En 1910 fue elegido capellán segundo del Real Colegio de Corpus Christi. Se le tuvo siempre por sacerdote virtuoso, muy culto y cumplidor, sumamente discreto en su talante y en el ejercicio de sus virtudes. Ningún hecho relevante se señala de su vida en el Colegio, hasta que el estallido de la revolución que siguió al levantamiento militar le obligó, como al resto de miembros del Colegio, a abandonarlo y refugiarse, en su caso, en casa de su amigo el arcipreste de Elche, don Bernabé del Campo, en la calle Joaquín Costa, 22. El 13 de agosto unos milicianos registraron el piso y les aseguraron a los dos sacerdotes que iban a matarlos, salvo que renegaran de “su profesión”. Aquellos se mostraron dispuestos a morir antes que apostatar, y los marxistas armados, tras hacer un simulacro de ejecución para divertirse con el sufrimiento causado a sus víctimas, se marcharon, prohibiéndoles salir del domicilio bajo ninguna circunstancia. A partir de entonces, ambos hombres se prepararon para su martirio con la oración, evangelizando a sus familiares y conocidos, y animándoles a aceptar lo que el Señor tuviese dispuesto para ellos. El 18 de octubre fueron trasladados a la checa de la calle Gobernador Esteve, encerrados en celdas y torturados, afortunadamente durante solo 2 días, tras los cuales fueron sacados y llevados en coche hasta la cruz que marcaba el límite de la ciudad en la carretera de Paterna. Allí asesinaron a don Bernabé y don Constantino; a este último le destrozaron la cabeza a golpes. Varios años después, ya acabada la guerra, los asesinos fueron juzgados por sus crímenes. Llamada la hermana de don Constantino para reconocerles, no pudo evitar estallar en lágrimas al recordar los sufrimientos del sacerdote, y al verla uno de los reos le dijo: “mujer, no llores; están en el cielo seguro, pues nos perdonaron y bendijeron antes de matarlos”.

Es muy breve la nota biográfica que nos queda de Vicente Peretó Ramírez, nacido en Almoines (cerca de Gandía) el 16 de abril de 1876. Estudió en el Seminario Conciliar de Valencia y fue ordenado presbítero en 1902. Fue nombrado beneficiado de la parroquia de Santa Catalina y San Agustín de Valencia, donde ejerció toda su vida, desplegando intenso celo, pues fue fundador de la Asociación de Hijas de María de la parroquia, director de la cofradía de Santa Rita, muy venerada en aquella feligresía, y director de la Archicofradía del Sagrado Corazón y del Apostolado de la Oración. En 1936 contaba 60 años; el 17 de agosto, a las 6 de la tarde, fue sacado violentamente por los milicianos de su domicilio, en la calle de san Vicente, 111, y llevado a la plaza de toros, donde sufrió un brutal martirio: le sacaron los ojos, le mutilaron los miembros y los genitales, y le dieron muerte a golpes. Desapareció totalmente, sin que se hayan podido encontrar sus restos.

Ruego a los lectores una oración por el alma de estos y tantos otros que murieron en aquel terrible conflicto por dar testimonio de Cristo. Y una más necesaria por sus asesinos, para que el Señor abriera sus ojos a la luz y, antes de su muerte, tuvieran ocasión de arrepentirse de sus pecados, para que sus malas obras no les hayan cerrado las puertas de la vida eterna. Sin duda, los mártires habrán intercedido por ellos, como lo hicieron antes de morir.
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La vida y martirio presbiteriales aquí resumidas proceden de la obra “Sacerdotes mártires (archidiócesis valentina 1936-1939)” del dr. José Zahonero Vivó (no confundir con el escritor naturalista, y notorio converso, muerto en 1931), publicada en 1951 por la editorial Marfil, de Alcoy.

Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la Justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Bienaventurados seréis cuando os injurien, persigan y, mintiendo, digan todo mal contra vosotros por causa mía. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los Cielos. Pues así persiguieron a los profetas antes que a vosotros.
Mateo 5, 9-12


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4 comentarios

  
Eleuterio
Benditos sean aquellos que, con su ejemplo, sembraron la semilla de la fe y nos ayudan en nuestro tan sencillo (en comparación con sus vidas)camino.
09/12/10 7:51 PM
  
Ano-nimo
¡Impresionante, realmente impresionante, me deja sin palabras!. Eso es aceptar el martirio, eso es seguir a Nuestro Señor, eso y no otra cosa.

Por supuesto tienen mis oraciones, todos ellos.

Muchas gracias por el artículo; es realmente ejemplarizante.

Un cordial saludo.
09/12/10 7:57 PM
  
Ricardo de Argentina
Im-pre-sio-nan-te, ¡cómo se nota la acción sobrenatural de la Gracia!
13/12/10 2:16 AM
  
María
Podemos destacar como rasgos comunes, que fueron hombres y mujeres de FE y Oración, particularmente centrados en la Eucaristía y en la devoción a la Santisima Virgen; por ello , mientras les fué posible, incluso en el cautiverio, participaban en la Santa Misa, comulgaban e invocaban a María con el rezo del Rosario ; eran apóstoles y fueron valientes cuando tuvieron que confesar su condición de creyentes; disponibles para confortar y sostener a sus compañeros de prisión ; Rechazaron las propuestas que significaban minusvalorar o renunciar a su identidad Cristiana ; Fueron fuertes cuando eran maltratados y torturados ; Perdonaron a sus verdugos y rezaron por ellos, y a la hora de la muerte mostraron serenidad y profunda paz, alabaron a DIOS y proclamaron a Cristo como el único Señor

Que por el testimonio y la intercesión de los mártires se vigorice nuestra Esperanza y se Encienda nuestra Caridad.
Los mártires son testigos supremos de la Verdad que nos hace libres.
13/12/10 7:26 PM

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