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6.01.19

Del Buda a Cristo

Fui budista zen durante 10 años. Hice mucha meditación zen (zazen), tuve un sensei debidamente reconocido por las autoridades japonesas de la escuela Soto. Viví en España en un centro budista, junto con un monje. Hice muchos retiros, aprendí muchos rituales, cantos, mantras, sutras, posturas, hice muchas postraciones a Buda, le ofrecí incienso y comida en cuenquitos y tacitas. Tuve un nombre “dharma” del que me sentía orgulloso, porque resumía los dos pilares de la enseñanza de Buda: compasión y sabiduría. Me sentí orgulloso de mi sangha –amigos en el camino budista- y del nivel espiritual de mi sensei.  Hice mucho por propagar la doctrina budista, organicé retiros en España y México, di cursos de meditación, enseñé a muchas personas los rituales, leí todo lo que pude sobre Budismo, viví como un monje, y quise –durante años- volverme monje zen. Me convencí de que su doctrina era –racionalmente hablando- inexpugnable, no le encontré fisuras, afirmé que daba respuesta  y solución a todo. La encontré hermosa y benéfica. Llegué a definir al budismo como un gran tesoro en mi vida, llegué a pensar que el último consejo que daría a alguien antes de morir sería el que se hiciera budista.

¿Y cómo no pensar así cuando el mundo acepta el budismo con los brazos abiertos? El budismo –según el mundo- es tolerante, humanista, no es dogmático, es igualitario, es ecologista, es democrático, comparte una ética mínima con todas las doctrinas religiosas, se adapta a las necesidades citadinas, es competitivo pero a la vez es amable, sirve para ser más eficaz y eficiente; es bien visto por empresarios, amas de casa, feministas, intelectuales, escritores, y demás. Las imágenes del lama tibetano, del anacoreta tailandés o del monje japonés son universalmente veneradas. Además, su espiritualidad es irresistible y convincente en medio de tanto ajetreo: silencio, quietud, palabras sabias, paisajes nublados.

En el budismo a la occidental no hay necesidad de tanto “ritual vacío”, lo importante es la espiritualidad. ¿Y cómo se es espiritual? Sencillo, basta con leer unos cuantos libros, aprenderse unas cuantas frases hechas, abominar todo dogmatismo y jerarquía, sentarse con las piernas cruzadas y así hasta alcanzar la iluminación.

Hay una gran tragedia en el mundo moderno. La secularización en la modernidad dejó en la orfandad sentimental y espiritual a las almas.  Y tal vez el gran engaño del budismo sea este, que es en el fondo una forma de secularización, que sirve al mundo en sus propósitos adaptando a las personas a sus dictados y consecuencias, que muchas veces significa solo una forma de materialismo espiritual sin que haya detrás ni siquiera un hambre genuina de trascendencia. Como forma de secularización, el budismo mantiene alejadas a las almas de Dios. Ya esto es un mal incalculable. El alma no es algo que pueda dejarse a la deriva de la secularización sin consecuencias graves. Los costos de esta orfandad son tremendos y trágicos. La secularización actuante en la persona concreta tiene efectos nocivos: en el nivel físico se traducen en obesidad, anorexia, drogadicción y adicciones de todo tipo; en el nivel psicológico en depresión, angustia, paranoia, neurosis, soledad y sin-sentido; en el espiritual implican el pecado en forma de blasfemia, apostasía, indiferentismo, paganismo y en una palabra, condenación eterna.

Como hijo del siglo, de educación “liberal”, enseñado a “pensar críticamente”, firme creyente del progreso y de la tolerancia, ignorante de la importancia de la doctrina del pecado original, me hice budista –según yo- porque era una religión moderna e inteligente y a la vez, compasiva y exótica. La realidad fue distinta. Fui budista porque quise un refugio ante el inicio de mi vida laboral: no pude ser valiente, como Dios le pidió a Josué por tres veces. Fui budista porque estaba deprimido y sin fuerzas para proteger a mi familia: no pude resolver de otro modo la presión y la depresión por la muerte de mi padre, ni fui capaz de oír la voz del Señor cuando dice “vengan a mí los que estén cansados y agobiados”. Fui budista porque me sentía débil e incapaz de madurar: no pude hacer lo que Dios exigió a Abraham cuando le pidió que fuera perfecto y que caminara en su presencia. Fui budista porque me sentía especial siéndolo: me vanagloriaba de no ser de los últimos, queriendo ser de los primeros. Fui budista por vanidad intelectual, porque entendía razonamientos sutiles y doctrinas oscuras: no sentía amor por el Señor que agradece al Padre revelarse a los sencillos y a los humildes. Fui budista porque veía al mundo sin esperanza y porque asumí que era vacío, contingente y provisional: negaba a Dios sin negarlo, y estaba en las garras del maligno, no por acercarme a él expresamente, sino tan solo por no acercarme a Dios como es debido. Hoy sé que eso le basta al que fue homicida desde el principio para perder un alma.

Y sin embargo, en secreto, en todo este periodo de mi vida, escribía a veces oraciones a Dios, sentía especial afinidad por el arcángel Miguel, en actitud tolerante decía respetar y estudiar a las “religiones del libro”, lo cual hacía que viera con condescendencia a la Iglesia Católica y a sus fieles, que –pobres- vivían en el samsara, engañados y sin posibilidad de iluminarse.

Y luego vino una prueba, varias pruebas –otra vez- que hicieron germinar mi conversión y mi vuelta a casa, a la Iglesia Católica, de la mano del sello de mi bautismo. Una crisis laboral, el agudizamiento del complejo paterno, la sombra del suicidio y sobre todo, la constatación de que el camino budista era un camino solitario, sin esperanza, sin recompensa, heroico a veces –sí, en casos especiales- pero solitario siempre, frío y sin alma; hicieron que me reconciliara con la imagen de mi padre en principio y por lo tanto, con el Padre Eterno a continuación.

Fui a catecismo durante 8 meses e hice mi primera comunión a los 37 años. Y sí un día me sentí especial por poder llevar adelante las pruebas que exige la práctica comprometida del budismo, a raíz de la comunión vinieron pruebas en verdad duras, que no hubiera podido hacer antes. En verdad, Dios poda a los que se acercan a él, pero mientras te poda no estás ya solo, ya la responsabilidad no es nada más tuya: tienes un Dios vivo que vela por todos –por ti- y que te guía silenciosa y amorosamente. La Providencia divina quiso que -después de la sofisticación del budismo- tuviera una fe sencilla y simple, ajena a las consideraciones del mundo. Para decirlo en pocas palabras, una fe católica.

Y desde entonces, mi angustia inveterada tiene un consuelo y un acompañante en el Jesús orando en el huerto, mi narcisismo tiene un llamado a la conversión diaria a través de la vida de sacramentos, mi sensualidad punzante tiene al fin delante el faro de la pureza y la mirada limpia, mi tan preciada libertad -de la que sin excepción coseché únicamente pecado- tiene como antídoto la obediencia de la Santísima Virgen María, mi sin sentido existencial se transformó cuando me asumí creatura de Dios y me inserté en la historia de salvación, mi autoestima tiene al fin la tranquilidad de saber que el Señor -en principio- nos ama así como somos: por cojos, por ciegos, por leprosos, por inválidos, por posesos, por usureros, y que desde ahí nos llama a la gracia, a la santidad y a la evangelización.  Y sobre todo, mi miedo a morir, ese por el que toda mi vida me comporté como el mundo quería que fuera, tiene en Dios la fortaleza de dejar de ser miedo y sencillamente de aspirar a ser discípulo de Jesús de Nazaret.

Quise darle sentido a mi vida de muchos modos y caminos. Además del budismo –del que me quedé con una lesión superficial pero persistente del nervio ciático-, desde mi pubertad –además de en los filósofos- hurgué en libros de gnosticismo, taoísmo,  chamanismo, judaísmo, islamismo, psicoanálisis y un nada desdeñable etcétera. ¿Dios lo permitió para que al encontrar la verdad de la Fe Católica no hubiera pretexto ni razón para buscar en otra parte? No lo sé. Lo que sí sé es que a mí, -y puedo decirlo de absolutamente todos los amigos budistas que tengo- ninguna de esas doctrinas me aliviaron la angustia, el miedo o los defectos morales, ni estructuraron mis partes anímicas derruidas, ni iluminaron de la manera más sencilla mis zonas oscuras conocidas y desconocidas. Ninguna de esas doctrinas me aceptó tal como era, ninguna me hizo vivir desde mi propio ser, ninguna me dio un lugar ni me acompañó existencialmente. Sólo Cristo me abrazó primero, sólo Cristo tocó mi lepra, sólo Él me miró a los ojos, sólo Él me acompañó en mi humanidad, siendo Dios como es: en el frío, en el llanto, en la angustia, en el hambre, en la soledad. Desde entonces, esta realidad vivida y comprendida al fin –el Dios-Hombre- me hace abismarme en el misterio del Crucificado, ante el cual cesan las palabras y sólo es digno el silencio de mi persona de rodillas, adorándolo, intentando corresponderle con una vida que me haga cada día, un poco, tan solo un poco más capaz de caminar en su presencia.

Antonio Blanco Guzmán

Abogado y Humanista

Correo electrónico: [email protected]

1.01.19

Misionero de manos encadenadas

Acá, el obispo no me deja bautizar a nadie. Y hace poco se indignó conmigo ya que mi estilo pastoral fue calificado de “no-respetuoso con las demás religiones”. Es que resulta que ahora la Verdad debe respetar el error. Esta parece ser la moda de la hora presente, moda estúpida hija de documentos tristemente ambiguos como Nostrae aetate o  Dignitatis humanae, documentos que parecen ignorar el divino mandato del “sí, sí; no, no".

No se crean que me voy por las ramas ya que el canciller episcopal, en la punta del Himalaya, me lo dijo claramente: “el concilio Vaticano II manda respetar las demás religiones". El obispo, también, me lo dijo clara y públicamente: “I respect my Buddhist religion” (“yo respeto mi religión budista”). Cuando me lo dijo, me quedé helado. Sí, así, tal cual como lo leyeron.

Es que en la “iglesia primaveral” cualquiera puede decir cualquier disparate, con tal de que el disparate sea políticamente correcto. O eclesialmente correcto. Mi misión acá cuelga de un hilo, pero ese hilo lo tiene Dios. Y a Dios, no le gana nadie. Como decía, acá no me dejan bautizar ya que el obispo teme que el gobierno indio nos haga problemas.

Mis manos están encadenadas.

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31.12.18

Los males del budismo

Conozco a la señora N. desde hace casi veinte años. Una persona noble, dotada de una inteligencia notable, que heredó a sus hijos. Su sensibilidad para el arte y la poesía es parte fundamental de su vida. Poeta ella misma, médico de profesión e incluso conductora en algún tiempo de un programa de televisión sobre temas culturales, es una persona con buena voluntad para todos. Puede decir que gozo de su amistad y cercanía, misma que es correspondida. Oro por ella prácticamente todos los días, por su conversión y la de su familia. Oro por ella porque practica budismo tibetano desde hace más de veinte años y porque esta práctica la mantiene alejada de Dios y sumida en diversos males que la han venido afectando cada vez más. Como pasa en muchos casos, inició su acercamiento a esta religión debido a una crisis personal. La crisis fue tan fuerte que se metió de lleno a esas prácticas, refugiándose en el budismo de los embates del mundo y por supuesto, del sufrimiento. Pues el budismo es eso, te libera del sufrimiento. ¿O no?

Las tretas del adversario son crueles. En este caso, se aprovecha de la seguridad económica de N. para mantenerla bajo sus garras y evitando que se acerque a la Iglesia. ¿Pero qué tiene de malo el budismo?, dirán algunos. Por supuesto, hoy en día es la única religión impermeable a las exigencias de la sociedad posmoderna. Se presenta bajo ropajes que se adaptan bien a las exigencias de nuestra ajetreada vida diaria: proporciona estatus social, deja a salvo nuestra inteligencia –después de todo es la religión de Lisa Simpson-, nos hace más conscientes y espirituales, nos hace tolerantes y no daña a nadie. ¿Qué puede salir mal?

En todo este periodo, las calamidades en la vida de N. sencillamente no tienen fin. Cada vez que la veo –una o dos veces al año-, hay una nueva enfermedad física o mental, muchas veces graves, un nuevo obstáculo para su bienestar, un nuevo problema económico o legal. Cada vez hay más soledad y alejamiento de su familia, cada vez más rechazo consciente a las cosas de Dios. Lo más grave tal vez sea la soledad y una depresión persistente, que en lugar de curarse, se va extendiendo en todos a su alrededor. Lo peor es que cada vez más está convencida de que si no fuera por el budismo sencillamente su vida colapsaría.

Pasa muy a menudo que ante una dificultad extraordinaria, la persona acude a los lugares equivocados en busca de ayuda en lugar de acudir a la Iglesia Católica: brujos, yoga, tarot, reiki, constelaciones y peor aún, drogas, alcohol y más. En lo que respecta a los efectos espirituales no importa mucho el grado de alejamiento de la Iglesia para que el maligno pueda actuar de manera negativa. El estar a un paso de las puertas de la Iglesia, sin atreverse a entrar y postrarse de rodillas a adorar a Dios, en la práctica es lo mismo que estar a kilómetros de distancia. Al enemigo le basta con que no estés dentro de la Iglesia, y que digas palabras como: “soy creyente pero no practicante”, “voy a misa cuando me nace”,  “Mi trato es directamente con Dios, no necesito de nadie más”. Perdemos de vista las reglas del mundo espiritual, que análogamente al mundo jurídico en la tierra, ordinariamente no opera ni se pone en funciones, sino mediante las formalidades y solemnidades adecuadas.

Cuando le digo a N. que regrese a adorar a Dios y a la vida sacramental recibo miradas de condescendencia, que parecen decir: “¿cómo es que te fuiste a perder de nuevo en la superchería católica? Te conozco de hace años, ibas tan bien con tu práctica zen, ¿cómo te dejaste vencer de nuevo por los amigos imaginarios y los cuentos de hadas? ¿Qué te pasó? Eras inteligente, ahora resulta que rezas el rosario todos los días.”

Dentro de los distintos tipos de budismo que existen, N. practica uno que es en particular peligroso para la sanidad espiritual: el budismo tibetano, que entre sus rituales, de manera habitual rinde ofrendas y sacrificios a distintos tipos de demonios. Para el budista tibetano, el trato con los demonios es cosa de todos los días, así como con lo que ellos llaman bodhisattvas mahasattvas, esto es, espíritus buenos, por llamarlos de algún modo. Para la mentalidad occidental, esos espíritus buenos y malos son en realidad “distintos aspectos de nuestra propia mente”. Es decir, fieles a nuestro materialismo, ninguneamos las realidades del mundo espiritual y las despojamos –según nosotros- de su efectividad bajo el convencimiento de que son sólo símbolos. Esto es algo particularmente peligroso, pues personas como N., comienzan ofrendando rituales a “meros símbolos” y terminan convenciéndose, por comprobarlo en la vida real, que el demonio existe, siendo ya tarde para escapar de su influencia negativa.

N. me contó una vez una parte de un ritual que hizo: por la noche tiene que establecer un perímetro para que las “divinidades coléricas” –demonios- no perturben su práctica nocturna. Para ello, debe apaciguarlos con ofrendas de todo tipo que debe dejar al alcance del demonio, fuera del perímetro mencionado. Una noche en particular, olvidó dejar esa ofrenda. Recuerdo vívidamente su narración, entre asombrada, espantada y preocupada. “Casi me tiran la casa”, dijo. Me contó que durante toda la noche sintió y oyó todo tipo de fenómenos preternaturales: aullidos, golpes en los muros, arañazos en las puertas, presencias ominosas. En una palabra, terror. “Nunca volveré a olvidar dejarle su ofrenda”, concluyó.

Esto sucedió hace casi diez años, y a la fecha, las calamidades siguen, como sigue también su trato habitual con ellos. La situación es triste, pues en el caso de N., como en el de muchas otras personas, ese trato no tiene en su origen una intención maligna ni mucho menos. Insisto, se acercan al budismo, por un dolor, por una carencia, en el mejor de los casos, por una genuina sed de Verdad. Lamentablemente en  muchos casos nunca llegan a enterarse que las dolencias del alma humana y su sed de Verdad, únicamente las puede colmar el Creador de la vida, el único que es Camino, Verdad y Vida, y vida en abundancia.

Tanto relativismo ha terminado por relativizar al maligno. Para el budismo por ejemplo, los demonios -habitantes de uno de los seis reinos de existencia según su doctrina- no son seres malditos por perversos, sino seres que merecen nuestra compasión porque son seres en sufrimiento. Es un tema teológico interesante sin duda, pero hay que recordar que en realidad, para los demonios no hay perdón después de la caída, como para el hombre no lo hay después de la muerte, y que si bien es digna de tristeza su condenación, no conviene ni corresponde al alma humana ningún tipo de trato con ellos, empezando por supuesto, con la expulsión del pecado de nuestras vidas y la perpetua renovación de nuestro bautismo: “renuncio a Satanás y a todas sus obras”. Toda rendija que abramos al príncipe de la mentira será en nuestra propia ruina, en forma de pecado. De ahí a la muerte, hay un solo paso. El caso de N. es ya grave, pues hablamos no solo de pecado, y pecado mortal, sino de acciones extraordinarias del maligno en forma de vejación, infestación u obsesión diabólica. La última enfermedad grave en su entorno afectó a un miembro muy joven de su familia, que por razones absurdas y hasta inexplicables se vio enfermo de muerte, pasando casi una semana en la cama de un hospital.

 

Antonio Blanco Guzmán

Abogado y Humanista

Correo electrónico: [email protected]

22.12.18

Sacerdotes proféticos

Hace falta un puñado de Sacerdotes locos por Dios.

Que sean profetas y combatientes que libren justísima guerra contra los principados, las potestades y demás principalías del mundo, las sectas, las falsas religiones, las curias corrompidas y los infiernos.

Que le canten la justa a quien sea, venga quien viniere, donde sea y cuando sea.

Sacerdotes que amen misionar, pero que más amen irse al Paraíso.

Sacerdotes que vivan una existencia épica.

Sacerdotes empeñados en osar las máximas hazañas, aunque esas hazañas siempre fracasen.

Sacerdotes que vivan soñando y orando y luchando para que sus mayores ensueños, con tal que sean  divinamente inspirados, sean hechos realidad por la Omnipotencia de Dios.

Sacerdotes enamorados del Santo Rosario.

Sacerdotes que amen el estudio y que empleen buena parte de su día contemplando al Dios vivo.

Sacerdotes que crean que cinco panes y dos peces alcanzan y sobran  para convertir el mundo entero.

Sacerdotes  que tengan como horizonte apostólico normal la traslación de montañas, la resurrección de muertos y la expulsión de legiones diabólicas.

Sacerdotes hechos de fuego, de fuego divino y siempre creciente. Sacerdotes que sean un fuego devorador que todo lo queme e incendie.

Sacerdotes locos de remate que no le tengan miedo a nada y que amen los mayores peligros y vivir en medio de ellos.

Sacerdotes a los que les importe nada de nada ni el mundo ni los fracasos visibles.

Sacerdotes que prefieran vivir en los contextos humanamente más  inconvertibles de todos, para con la gracia de Dios, osar convertirlos, contra viento y marea, contra huracanes y tsunamis, contra calamidades y apostasías vaticanas.

Sacerdotes que apunten a implantar una vez más la Cristiandad, mas la mayor jamás habida, para darle el gusto a Dios y la Virgen y para arrancarle a la ilimitada dadivosidad de Dios Padre los milagros  más maravillosos jamás imaginados.

Sacerdotes que vivan el próximo año como el último año de su vida.

Sacerdotes crucificados antes, durante y después de la Misa,  convertida en su más devastador puesto de guerra contra el infierno, la sinagoga satanae, la paganidad remanente y la apostasía global.

Sacerdotes santísimos, llenos del Espíritu Santo… que Dios y la Virgen nos los manden. Amen.


  NSAC, Naga-Namgor, Himalaya, 21-XII-18, Fiesta de Santo Tomás Apóstol.

31.10.18