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19.10.17

Más posturas corporales para participar (VIII)

b) Sentados

  La postura de estar sentados, juntos, a la vez, es otro modo de participar activamente en la liturgia y es expresión de nuestro interior orante.

Es una postura relajada, cómoda, que tiende a que podamos recogernos mejor y estar disponibles para una escucha atenta. Favorece el silencio. Sentados también esperamos y aguardamos la salvación que siempre nos viene de Dios, nunca de nosotros mismos.

 Sentados lloraban ante el Señor los hijos de Israel: “los hijos de Israel y todo el pueblo subieron a Betel. Allí lloraron sentados ante el Señor. Aquel día ayunaron hasta el atardecer” (Jue 20,26), “sentados ante Dios” (Jue 21,2).

  Quienes gobiernan (1R 1,46; 22,10; Est 5,1), quienes juzgan, como ancianos (Rut 4,4) o como jueces (Ex 18,13; Jr 26,10; Ez 8,1; Hch 16,15; Mt 27,19; Hch 25,6),  y quienes enseñan están sentados como expresión de su autoridad “en la cátedra de Moisés” (Mt 23,2). Reinar es estar sentado en el trono como señorío y dominio (1R 1,48; 3,6; Prov 20,8).

  Dios mismo está sentado en su trono para juzgar (cf. 1R 22,19; Is 6,1; 40,22; Mt 23,22), “el Señor se sienta como rey eterno” (Sal 28,10), “Dios reina sobre las naciones, Dios se sienta en su trono sagrado” (Sal 46) “sentado sobre querubines, vacile la tierra” (Sal 98).

  Jesús será el verdadero Hijo de David, que “se sentará en el trono de David, padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre” (Lc 1,26ss).  Junto al Señor, el Cordero degollado, están sentados los veinticuatro ancianos que reinan junto a Él (Ap 4,4; 11,16). Cristo está sentado a la derecha del Padre (Mc 16,19; Col 3,1): el Señor triunfante (Ap 3,21; 7,10; 21,5). Y vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos: “se sentará en el trono de su gloria y serán reunidas ante él todas las naciones” (Mt 25,31).

  Para enseñar como maestro y para estar atentos como discípulos, la postura sentada es la más expresiva; en un caso, el del maestro, por autoridad delante de los discípulos; en el otro caso, para escuchar atentamente, dócilmente.

  Como auténtico Maestro, Jesús enseña sentado a sus apóstoles en casa (Mc 9,35) y en una montaña (Mt 24,3), y se sienta en el monte para predicar a sus discípulos (Mt 5,1); sentado en la barca, enseña a la multitud que está en la orilla (Mt 13,1-3) y sentado en la montaña va curando a la multitud de enfermos que le acercan (Mt 15,29s). En la sinagoga, Jesús enseña, predica, sentado (Lc 4,20).

  Alrededor de Jesús, la multitud estaba sentada pendiente de sus palabras (Mc 3,32) y ejemplo y tipo de docilidad y escucha obediente será María, hermana de Marta, que “sentada a junto a los pies del Señor, escuchaba su palabra” (Lc 10,39).

 Los apóstoles mismos se sientan el sábado en la sinagoga para escuchar la ley y los profetas antes de intervenir, anunciando a Jesucristo (Hch 13,14). El paralítico de Listra escuchaba sentado hablar a Pablo (Hch 14,9) así como los fieles de Tróade (Hch 20,9).

 En la liturgia hoy tanto los fieles como el sacerdote se sientan en diversos momentos de la liturgia participando así de la acción común, pero con valor y sentido distintos.

  Los fieles en la liturgia están sentados para orar, meditar en silencio o escuchar más atentamente las lecturas bíblicas y la homilía. Dice la Ordenación del Misal:

“En cambio, estarán sentados mientras se proclaman las lecturas antes del Evangelio y el salmo responsorial; durante la homilía y mientras se hace la preparación de los dones para el ofertorio; también, según las circunstancias, mientras se guarda el sagrado silencio después de la Comunión” (IGMR 43).

En la Liturgia de las Horas, todos estarán sentados durante la salmodia, para la escucha de las lecturas, para la homilía y además, en el Oficio de Vigilias, para los cánticos. En las demás celebraciones sacramentales, permanecerán los fieles sentados durante los escrutinios o interrogatorios (Profesión solemne, Ordenación, matrimonio).

 Fundamentalmente, sentados escuchamos las Palabras divinas, las lecturas de la Escritura, por las que Dios continúa hablando a su pueblo y Cristo sigue anunciando el Evangelio[1]. La Palabra de Dios debe ser acogida con fe y docilidad, en clima meditativo: “La liturgia de la palabra debe celebrarse de tal manera, que favorezca la meditación; por eso se ha de evitar toda clase de prisa, que impide el recogimiento. El diálogo entre Dios y los hombres, que se realiza con la ayuda del Espíritu Santo, requiere breves momentos de silencio, adecuados a la asamblea presente, para que en ellos la palabra de Dios sea acogida interiormente y se prepare una respuesta por medio de la oración” (OLM 28); sin duda, estar sentados es lo más conveniente para esta interiorización.

“Por medio de la palabra de Dios escuchada y meditada, los fieles pueden dar una respuesta llena de fe, esperanza y amor, de oración y de entrega de sí mismos, no sólo durante la celebración de la Misa, sino también en toda su vida cristiana” (OLM 48).

 Los fieles reproducen aquello mismo que María hizo en Betania: estar a los pies del Señor, sentados, para escuchar su Palabra.

 Por su parte, aquel que preside, obispo o sacerdote, reproducirá a Cristo Maestro que sentado en medio de sus hermanos, enseña, instruye y exhorta. La sede del sacerdote -¡y cuánto más la cátedra del Obispo!- posee un valor simbólico, no meramente funcional: es algo más que un asiento para que se siente como todos. La sede es el signo del mismo Cristo, Cabeza y Maestro, que un día vendrá con gloria y se sentará para juzgar a vivos y muertos.

 “La sede del sacerdote celebrante debe significar su ministerio de presidente de la asamblea y de moderador de la oración. Por lo tanto, su lugar más adecuado es vuelto hacia el pueblo, al fondo del presbiterio, a no ser que la estructura del edificio u otra circunstancia lo impidan, por ejemplo, si por la gran distancia se torna difícil la comunicación entre el sacerdote y la asamblea congregada, o si el tabernáculo está situado en la mitad, detrás del altar. Evítese, además, toda apariencia de trono. Conviene que la sede se bendiga según el rito descrito en el Ritual Romano, antes de ser destinada al uso litúrgico.

Asimismo dispónganse en el presbiterio sillas para los sacerdotes concelebrantes” (IGMR 310)

  La sede del sacerdote debe tener su relieve, destacada, sin que quede ocultada por el altar, sino elevada. Además es única, y, por tanto, es reprobable la costumbre de disponer tres sillones exactamente iguales juntos; como signo de Cristo Cabeza y Maestro, la sede del sacerdote es única en su forma y realce, y los demás concelebrantes y ministros deben disponer de asientos funcionales, discretos. “La sede (cátedra) del obispo o del sacerdote debe significar su oficio de presidente de la asamblea y director de la oración” (CAT n. 1184).

 En la sede, el sacerdote eleva las oraciones a Dios, moderando la oración de los fieles, entona la alabanza divina (el Gloria) y también en la sede puede, y es más significativo, realizar la homilía, ya sea sentado o de pie: “El sacerdote celebrante dice la homilía desde la sede, de pie o sentado, o desde el ambón” (OLM 26). En la sede, al final de la Misa, recita la última oración e imparte la bendición.

 Por su parte, el Obispo en su cátedra realiza las grandes acciones sacramentales como ungir con el santo crisma en la Confirmación, o el rito de Ordenación ya sea de diáconos, ya sea de presbíteros.

   Algo tan sencillo como sentarse, juntos, a la vez, es ya participar en la acción litúrgica: primero por el valor de las posturas comunes de todos, que expresan la unidad, y segundo por lo que suponen y conllevan de oración, meditación, recogimiento, escucha y disponibilidad ante la Palabra (lecturas y homilías), ante la presencia de Cristo (después de comulgar), ante la oración eclesial (la salmodia en la Liturgia de las Horas).

 



[1] Cf. SC 33.

5.10.17

Gestos y posturas corporales para participar (VII)

La participación de todos los fieles en la santa liturgia ha de ser también exterior, activa. Todos toman parte con las diversas posturas y algunos gestos, según los distintos momentos de la liturgia, para unirse al Misterio que se celebra también de forma externa, significativa. La participación no es sólo un sentimiento interior de devoción o recogimiento como tampoco es la continua intervención, el movimiento, los inventos para que “muchos participen” añadiendo moniciones, ofrendas, etc… Benedicto XVI, elegantemente, escribía:

“Pero no hemos de ocultar el hecho de que, a veces, ha surgido alguna incomprensión precisamente sobre el sentido de esta participación. Por tanto, conviene dejar claro que con esta palabra no se quiere hacer referencia a una simple actividad externa durante la celebración” (Exh. Sacramentum caritatis, n. 52).

 Las mismas posturas, que todos adoptan unánimemente en la celebración litúrgica, son expresión clara de participación, de modo que estar de pie, sentado, de rodillas o trazar el signo de la cruz o hacer una inclinación, etc., son formas de participación de todos. Así lo interior se hace también exterior, manifestación del corazón que se adhiere a la liturgia:

 “Los fieles cumplen su función litúrgica mediante la participación plena, consciente y activa que requiere la naturaleza de la misma liturgia; esta participación es un derecho y una obligación para el pueblo cristiano, en virtud de su bautismo.

Esta participación:

a) Debe ser ante todo interior; es decir, que por medio de ella los fieles se unen en espíritu a lo que pronuncian o escuchan, y cooperan a la divina gracia.

 b) Pero la participación debe ser también exterior; es decir, que la participación interior se exprese por medio de los gestos y las actitudes corporales, por medio de las aclamaciones, las respuestas y el canto” (Instrucción Musicam sacram, n. 15).

  Una visión panorámica de la participación del pueblo cristiano en la liturgia la señala la Ordenación General del Misal al decir: “Formen, pues, un solo cuerpo, al escuchar la Palabra de Dios, al participar en las oraciones y en el canto, y principalmente en la común oblación del sacrificio y en la común participación de la mesa del Señor. Esta unidad se hace hermosamente visible cuando los fieles observan comunitariamente los mismos gestos y posturas corporales” (IGMR 96).

 a) de pie

 Es la postura clásica de la oración cristiana, de hijos rescatados que pueden estar de pie ante Dios orando, sin temor servil ni esclavitud humillante. Así se representan en las catacumbas la imagen del orante y de la orante: de pie, manos extendidas en forma de cruz. Orar de pie es un signo o memoria del Señor resucitado que no yace en el sepulcro, sino que vence y está levantado, de pie, sobre la muerte y el pecado.

 De pie, asimismo, se recibe a quien va a entrar, como signo de honor, respeto y veneración, y de pie se escucha el saludo de quien es superior o su breve discurso y quedarse sentado sería una descortesía, gesto de poca educación. De pie se está como servidores del Señor, atentos a lo que Él, sentado, pueda indicar: Abraham sirve a los tres ángeles en la encina de Mambré y mientras están sentado comiendo, permanece en pie (cf. Gn 18,8).

Elías debe esperar de pie, ante la gruta, el paso del Señor (cf. 1R 19,11-13). Ante el Señor, los reyes y príncipes de la tierra se pondrán en pie (cf. Is 49,7) como homenaje y reconocimiento. De pie debe ponerse Ezequiel para escuchar las órdenes del Señor y recibir la visión (cf. Ez 2,2); de pie están miles y miles, mientras el Señor se sienta en su trono (cf. Dn 7,9-10; 16); el ejército celestial rodea el trono de Dios permaneciendo de pie a derecha e izquierda (cf. 2Cron 18,18).

  Ester habla de pie ante el rey para interceder por su pueblo (cf. Est 5,2; 8,4) como elocuente tipo de la oración cristiana. Salomón ora de pie ante el altar del Señor (2Cron 6,12ss). En la asamblea litúrgica de Israel, “todos los de Judá, con sus pequeños, mujeres e hijos, permanecían en pie ante el Señor” (2Cron 20,13). El rey, de pie ante el Señor, ratifica y se compromete a seguir la Alianza (cf. 2Cron 34,31). La muchedumbre, en aquel día solemne del retorno del exilio, se pone en pie para recibir el libro de la Ley que Esdras abre sobre un estrado de madera (cf. Neh 8,5).

 Ante el trono y el Cordero hay una muchedumbre inmensa que nadie podría contar, de pie, cantando (cf. Ap 7,9) y ante el trono estarán de pie los muertos, pequeños y grandes, cuando se abra e libro de la vida (cf. Ap 20,12).

 El Señor estará en pie, dominando, gobernando y pastoreando a Israel (cf. Mq 5,3). Cristo resucitado se aparece de pie a María Magdalena (Jn 20,14) como vencedor que se ha acostado, dormido y que se puede levantar sobre la muerte, y de pie, en medio de los apóstoles, se presenta Jesús en medio del Cenáculo (cf. Jn 20, 19). Esteban ve a Jesús, de pie, a la derecha de Dios (cf. Hch 7,55-56), reconociendo su señorío y divinidad. Es Cristo el Cordero que está de pie delante del trono (Ap 5,6), el Cordero “que estaba de pie sobre el monte Sión, y con él ciento cuarenta y cuatro mil que llevaban grabados en la frente su nombre y el nombre de su Padre” (Ap 14,1).

 La Iglesia celebró de pie la liturgia: de pie el sacerdote eleva las oraciones a Dios y así pronuncia la gran plegaria eucarística, sacrificial, porque de pie se ofrece el Sacrificio; y de pie asisten y oran los fieles[1].

 En razón del tiempo pascual y los domingos, los fieles nunca se arrodillarán ni para las oraciones ni para las letanías de los santos sino que permanecen en pie sin ningún signo penitencial: orar de pie es lo propio del tiempo pascual (y de los domingos). El Concilio de Nicea determinó:

 “Sobre el rezar de rodillas.

Ya que hay algunos que se arrodillan en los días domingo y en el tiempo de pentecostés [hoy diríamos “en tiempo pascual"] para que en todos los lugares haya un perfecta uniformidad, le parece bien a este santo concilio que las oraciones a Dios se hagan de pie” (cn. 20).

 Por eso los cristianos no deben ayunar durante este tiempo pascual ni orar de rodillas (Tertuliano, De corona, 3). O san Basilio Magno: “No sólo porque hemos resucitado con Cristo y debemos buscar las cosas de arriba traemos a nuestra memoria, estando de pie mientras oramos en el día consagrado a la resurrección, la gracia que nos ha sido dada sino porque ese día parece ser en cierto modo la imagen del siglo venidero” (De Spir. Sanc., 27,66). En el Occidente cristiano, será san Ireneo de Lyon el que enseñe que “la costumbre de no arrodillarnos durante el día del Señor es un símbolo de la resurrección por la que, gracias a Cristo, hemos sido liberados de los pecados y de la muerte, que por él fue destruida”[2].

 Durante la celebración eucarística, se participa estando de pie en los siguientes momentos, a tenor del Misal:

 “Los fieles están de pie

-desde el principio del canto de entrada, o bien, desde cuando el sacerdote se dirige al altar, hasta la colecta inclusive;

-al canto del Aleluya antes del Evangelio;

-durante la proclamación del Evangelio;

-mientras se hacen la profesión de fe y la oración universal;

-además desde la invitación Orad, hermanos, antes de la oración sobre las ofrendas, hasta el final de la Misa” (IGMR 43), excepto durante la consagración y después de la Comunión, como veremos en su momento.

 Si atendemos a la Liturgia de las Horas, Todos los participantes estarán de pie:
a) durante la introducción del Oficio (Invitatorio) y la invocación inicial de cada Hora (Dios mío, ven en mi auxilio);
b) mientras se dice el himno;
c) durante el cántico evangélico (Benedictus, Magnificat, Nunc dimittis);
d) mientras se dicen las preces, el Padrenuestro y la oración conclusiva

e) también estarán de pie al canto del Te Deum[3] y, en el oficio de Vigilias, a la lectura del Evangelio dominical[4].

En las celebraciones sacramentales, todos estarán de pie en el rito sacramental (consentimiento matrimonial, imposición de manos, unción del altar, etc.) y durante la plegaria solemne (plegaria de ordenación, dedicación de iglesias, etc.).

 Vigilantes y orantes, de pie recibimos al Señor, le escuchamos, oramos y asistimos a la Gracia del Misterio que se hace presente en el Sacramento, en cada Sacramento.

 

 



[1] El mismo Canon romano dice “et omnium circumstantium”, es decir, y “de todos los que están de pie alrededor”, aunque la traducción oficial mutila el sentido: “y de todos los aquí reunidos, cuya fe y entrega…”. El antiguo testimonio del apologeta san Justino lo avala: “Después nos levantamos todos a la vez y recitamos preces; y a continuación, como ya dijimos, una vez que concluyen las plegarias, se trae pan, vino y agua: y el que preside pronuncia con todas sus fuerzas preces y acciones de gracias, y el pueblo responde «Amén»” (I Apol., 67).

[2] S. Ireneo, Fragm. 7 de un tratado sobre la Pascua (PG 6,1364-1365).

[3] Cf. Caeremoniale episcoporum, 216.

[4] Cf. IGLH 263-264.

21.09.17

Y cantando se participa (VI)

Cantando en misa

Participar es cantar. He aquí otra afirmación muy sencilla de lo que es la participación en la liturgia por parte de los fieles. Se participa cantando y eso es lo mismo que decir que se participa rezando mediante el canto, sin necesidad de intervenir realizando algún servicio litúrgico. Todos pueden llegar a este grado de participación uniendo la voz y el corazón a los cantos de la liturgia. Basta cantar con todos los fieles aquello que es propio de todos, o responder cantando al sacerdote en las partes cantadas (saludos, aclamaciones) o unirse con silencio y recogimiento al coro en los cantos que sólo éste ejecuta.

Potenciar la solemnidad, la oración y el canto en la liturgia, es cultivar un gran medio de participación activa de todos para unirse al Misterio. Todo buen coro es un servicio grande para que todos participen, porque participan todos cantando, no sólo el coro. Es un ejercicio de servicio que el coro apoye y lleve adelante el canto para que todos se unan, aunque algunos cantos los realice solamente el coro en ciertos momentos de la liturgia:

“Entre los fieles, los cantores o el coro ejercen un ministerio litúrgico propio, al cual corresponde cuidar de la debida ejecución de las partes que le corresponden, según los diversos géneros de cantos, y promover la activa participación de los fieles en el canto” (IGMR 103).

Así el coro está al servicio y en función de todos los fieles, del canto de todos los fieles, favoreciendo la participación orante, y no entendiendo o viviendo la liturgia como un concierto donde todos callan para escuchar a los intérpretes (como tantas Misas-concierto, bellísimas musicalmente[1] o, por el contrario, tantos cantos sentimentales más propios de veladas de campamento que sólo el coro juvenil conoce) o eligiendo los cantos al margen de la liturgia (como las paráfrasis, por ejemplo, del Sanctus o del Padrenuestro que alteran la letra), o simplemente con cantos que únicamente conoce el coro reduciendo al silencio a todos.

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15.09.17

Sacrificio de Cristo y nuestro también

Que la Eucaristía sea el sacrificio de Cristo, la actualización del mismo sacrificio de la cruz bajo el velo de los signos sacramentales, implica consecuencias litúrgicas y espirituales para vivir y participar en la celebración de la Santa Misa e incide en nuestra vida cristiana.

  No basta con destacar que la Misa es el sacrificio de Cristo, hay que destacar igualmente que ese sacrificio es nuestro, sacrificio de la Iglesia, en el cual nos ofrecemos nosotros también, nos unimos a Cristo en su sacrificio para alabanza del Padre. Al sacrificio de Cristo-Cabeza se le suman los sacrificios de los miembros de su Cuerpo. El sacrificio del Señor recoge, incluye también, el sacrificio de sus hermanos.

   El culto cristiano es profundamente existencial; es la liturgia viva de la existencia cristiana, no algo exterior y ceremonial a nosotros mismos. Es lo que el Señor calificó de culto “en espíritu y en verdad” (Jn 4,23) y san Pablo recomendaba en sus cartas: “ofreced vuestros cuerpos como hostia viva, santa… éste es vuestro culto razonable” (Rm 12,1); la vida del cristiano es una ofrenda continua a Dios: “cuando comáis o bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios” (1Co 10,31); “todo lo que de palabra o de obra realicéis sea todo en nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él” (Col 3,17); “lo que hacéis, hacedlo con toda el alma, como para servir al Señor y no a los hombres” (Col 3,23).

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7.09.17

Escuchando, se participa en la liturgia (V)

Escuchar requiere un acto interior de la inteligencia y del corazón, para captar e integrar, asimilando. Es un acto consciente. Oír es algo reflejo, donde captamos muchos sonidos, pero no todos son pensados ni acogidos. Escuchar sí requiere una inteligencia amorosa, una capacidad de recepción, atención, disponibilidad, desterrando cuanto nos pueda distraer o apartar para no desperdiciar ninguna palabra.

 He aquí, entonces, un modo más de participación litúrgica, fructuosa e interior.

 La escucha, en primer lugar, se refiere a las lecturas de la Palabra de Dios en la liturgia, que merecen ser bien proclamadas, con lectores aptos para leer en público y en alta voz (y no por un falso concepto de participación, aceptar que cualquiera lea, aunque luego no sepa ni entonar): “pido que la liturgia de la Palabra se prepare y se viva siempre de manera adecuada. Por tanto, recomiendo vivamente que en la liturgia se ponga gran atención a la proclamación de la Palabra de Dios por parte de lectores bien instruidos” (Benedicto XVI, Sacramentum caritatis, n. 45). Y también: “Es necesario que los lectores encargados de este servicio, aunque no hayan sido instituidos, sean realmente idóneos y estén seriamente preparados. Dicha preparación ha de ser tanto bíblica y litúrgica, como técnica” (Benedicto XVI, Verbum Domini, n. 58).

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