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17.05.18

Fundamentos de la participación litúrgica, 4ª parte (XVIII)

4. El peligro de clericalización

 La correcta doctrina sobre el sacerdocio bautismal y el sacerdocio ministerial disipa rápido los equívocos que en la práctica se han cometido, creando una confusión en los órdenes, ministerios, servicios y acciones. Cada cual tiene su misión concreta fruto del sacramento recibido, el Bautismo, y difiere del ámbito y de las acciones propias del sacerdocio ordenado.

 Los fieles seglares, bautizados y ungidos por el Espíritu Santo, poseen una propia y específica misión en cuanto seglares en el mundo y participan del apostolado de la Iglesia en su modo laical de vivir. Es la configuración sacramental con Cristo la que les confiere su propio apostolado:

 “Los cristianos seglares obtienen el derecho y la obligación del apostolado por su unión con Cristo Cabeza. Ya que insertos en el bautismo en el Cuerpo Místico de Cristo, robustecidos por la Confirmación en la fortaleza del Espíritu Santo, son destinados al apostolado por el mismo Señor. Son consagrados como sacerdocio real y gente santa (Cf. 1 Pe., 2,4-10) para ofrecer hostias espirituales por medio de todas sus obras, y para dar testimonio de Cristo en todas las partes del mundo. La caridad, que es como el alma de todo apostolado, se comunica y mantiene con los Sacramentos, sobre todo de la Eucaristía” (AA 3).

 Cuando se descubre y valora la gracia propia de los sacramentos de la Iniciación cristiana, se llega a comprender hasta qué punto el “carácter” que imprimen significa una configuración con Cristo y, por tanto, una participación del bautizado en Cristo sacerdote, profeta y rey, viviéndolo en el mundo, en las realidades temporales. El carácter es la gracia impresa en el alma:

  “En el momento del bautismo fuimos marcados por un carácter“, por un “sello", que estableció de modo definitivo nuestra pertenencia a Cristo, dándonos una personal consagración, principio del desarrollo de la vida divina en nosotros. Tal consagración funda el sacerdocio común de todos los cristianos, es decir, el sacerdocio universal de los fieles que tiende a manifestarse en los diversos gestos de la liturgia, de la oración y de la acción” (Juan Pablo II, Ángelus, 7-enero-1990).

 El carácter, o sello del Espíritu Santo en el alma, nos inserta en Cristo y nos da la capacidad interior para vivir en Cristo y prolongar en nosotros la acción de Cristo para el mundo. Así, el sacerdocio bautismal halla su origen en el carácter sacramental, haciéndonos partícipes del Sacerdocio eterno de Jesucristo.

 “El carácter (en griego sfragís) es signo de pertenencia: el bautizado se convierte en propiedad de Cristo, propiedad de Dios, y en esta pertenencia se realiza su santidad fundamental y definitiva, por la que san Pablo llamaba «santos» a los cristianos (Rm 1, 7; 1 Co 1, 2; 2 Co 1, 1, etc.). Es la santidad del sacerdocio universal de los miembros de la Iglesia, en la que se cumple de modo nuevo la antigua promesa: «Seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa» (Ex 19, 6). Se trata de una consagración definitiva, permanente, obrada por el bautismo y fijada con un carácter indeleble… Una de esas manifestaciones puede ser el celo por el culto divino. En efecto, según la hermosa tradición cristiana, citada y confirmada por el concilio Vaticano II, los fieles «están destinados por el carácter al culto de la religión cristiana», es decir, a tributar culto a Dios en la Iglesia de Cristo. Lo había sostenido, basándose en esa tradición, santo Tomás de Aquino, según el cual el carácter es «potencia espiritual» (Summa Theologiae, III, q. 63, a. 2), que da la capacidad de participar en el culto de la Iglesia como miembros suyos reconocidos y convocados a la asamblea, especialmente a la ofrenda eucarística y a toda la vida sacramental. Y esa capacidad es inalienable y no puede serles arrebatada, pues deriva de un carácter indeleble. Es motivo de gozo descubrir este aspecto del misterio de la «vida nueva» inaugurada por el bautismo, primera fuente sacramental del «sacerdocio universal», cuya tarea fundamental consiste en rendir culto a Dios” (Juan Pablo II, Audiencia general, 25-marzo-1992).

  El sacerdocio común se funda en el sacramento del bautismo. Todos los cristianos son sacerdotes en sentido verdadero y propio; recordemos la enseñanza de la Constitución Lumen gentium: “Los bautizados son consagrados, por la regeneración y la unción del Espíritu Santo, como casa espiritual y sacerdocio santo, para que, por medio de toda obra del hombre cristiano, ofrezcan sacrificios espirituales y anuncien el poder de Aquel que los llamó de las tinieblas a su admirable luz” (LG 10).

 La dignidad del sacerdocio común implica también una responsabilidad, respondiendo a las distintas situaciones y circunstancias de la vida cotidiana, civil, con la dignidad y santidad de quienes pertenecen a Cristo y le ofrecen el mundo entero a modo de ofrenda santa. Su modo peculiar de ser sacerdotes en el mundo es realizar la consecratio mundi, la consagración del mundo a Dios, transformándolo con espíritu evangélico, “más conscientes de su dignidad como pueblo sacerdotal, llamados a consagrar el mundo a Dios a través de la vida de fe y de santidad”[1]. Este pueblo sacerdotal “ha sido elegido por Dios como puente con la humanidad y pertenece a todo creyente en cuanto injertado en este pueblo”[2].

 El carácter sacramental del Bautismo y la Confirmación hacen del cristiano un sacerdote con un modo específico de vivir ese sacerdocio común en el mundo; pero al mismo tiempo, lo preparan y capacitan para la celebración del culto cristiano de manera que puedan vivir los sacramentos, ofrecerse y ofrecer, pedir, alabar e interceder:

  “Es una «participación del sacerdocio de Cristo en los fieles, llamados al culto divino, que en el cristianismo es una derivación del sacerdocio de Cristo» (cf. Summa Theologiae, III, q. 63, a. 3). “En virtud del bautismo y la confirmación, como hemos dicho en las catequesis anteriores, el cristiano es capacitado para participar «quasi ex officio» en el culto divino, que tiene su centro y culmen en el sacrificio de Cristo, presente en la Eucaristía” (Juan Pablo II, Audiencia general, 8-abril-1992).

 Y siendo la liturgia una acción santa de toda la Iglesia, Cabeza y Cuerpo, el Cristo total, no todos pueden realizar la misma función. “Es acción de todos los fieles, porque todos participan en el sacerdocio de Cristo (cf. ib., nn. 1141 y 1273). Pero no todos tienen la misma función, porque no todos participan del mismo modo en el sacerdocio de Cristo”[3].

  Aquí se ha producido una inversión en algunos casos donde se han confundido los dos distintos modos esenciales de participación en el sacerdocio de Cristo, y se han delegado funciones concretas a seglares que no les corresponden, pensando que así “participan” más. O, sin llegar a desviaciones graves, sí subyace la mentalidad de que todos participan igual y en el mismo grado y hay que conceder mayor amplitud a las intervenciones de laicos en la liturgia, multiplicando moniciones, peticiones, etc., o situándolos en el mismo presbiterio (olvidando que el presbiterio es el lugar de los presbíteros y ministros para las acciones sagradas).

  Y es que fomentar el sacerdocio bautismal y ayudarlo a madurar en esa conciencia, jamás puede significar “clericalizar” a los laicos, delegando responsabilidades pastorales o litúrgicas que son inherentes a los ministros ordenados. Se les reducía el campo: en vez de la amplitud del mundo, de la vida cotidiana, matrimonial y familiar, de los espacios humanos de la sociedad, la educación, la cultura, la política, la economía, etc., se les encerraba en el espacio de la sacristía, del despacho parroquial y del altar, como si esa fuera la única manera de que el laicado realizase su propia vocación apostólica.

  Es un peligro patente: la clericalización de los laicos mientras, por la misma distorsión, se produce una secularización de los sacerdotes insertándolos en las realidades temporales que son propias de los seglares. Lo advertía Benedicto XVI:

  “Es en la diversidad esencial entre sacerdocio ministerial y sacerdocio común donde se entiende la identidad específica de los fieles ordenados y laicos. Por esa razón es necesario evitar la secularización de los sacerdotes y la clericalización de los laicos” (Benedicto XVI, Discurso al segundo grupo de obispos de Brasil en visita ad limina, 17-septiembre-2009).

  En esta dirección, se han multiplicado las advertencias y exhortaciones del reciente magisterio pontificio para corregir esta confusión. Un breve elenco nos muestra la seriedad del problema:

 “Una eclesiología auténtica debe poner especial cuidado en evitar tanto la laicización del sacerdocio ministerial como la clericalización de la vocación laical (cf. Discurso a los laicos, 18 de septiembre de 1987, 5)” (Juan Pablo II, Disc. al 6º grupo de obispos estadounidenses de la región IV en visita ad limina, 2-julio-1993).

 “Del mismo modo corremos el riesgo de “clericalizar” el laicado o “laicizar” al clero, vaciando así tanto la condición clerical como la laical de su específico significado y de su complementariedad. Ambos son indispensables para la “perfección del amor", que es el objetivo común de todos los fieles. Debemos, por tanto, reconocer y respetar en estas condiciones de vida una diversidad que edifica el cuerpo de Cristo en la unidad” (Juan Pablo II, Disc. a los representantes del laicado católico, Catedral de Santa María, San Francisco (EE.UU), 17-septiembre-1987).

  “Los sacerdotes deberán estar atentos para no usurpar el papel de los laicos en el orden temporal mientras que los fieles laicos deberán evitar un cierto tipo de “clericalización” que ensombrece la particular dignidad del estado laical basado en el Bautismo y en la Confirmación” (Juan Pablo II, Disc. al 2º grupo de Obispos de Indonesia en visita ad limina, 13-septiembre-1996).

  “También ellos son, en cuanto cristianos, bautizados y confirmados, no sólo receptores de nuestra cura pastoral, sino que también son llamados a una corresponsabilidad y a una participación activa… No se puede tratar ni de una postura de competición con el clero ni de una clericalización de los laicos, sino ante todo se trata de la específica participación, adaptada a ellos, en el servicio temporal de la Iglesia para la guía de los Pastores llamados por Dios” (Juan Pablo II, Disc. a los obispos de Austria en visita ad limina, 19-junio-1987).

  “Una tendencia a oscurecer las bases teológicas de esta diferencia puede llevar a una clericalización incorrecta del laicado y a una laicización del clero… Sin embargo, la vocación laical debería centrarse principalmente en su compromiso en el mundo, mientras que el sacerdote ha sido ordenado para ser pastor, maestro y guía de oración y vida sacramental en el ámbito de la Iglesia” (Juan Pablo II, Disc. a los obispos de Nueva Zelanda en visita ad limina, 21-noviembre-1998).

 

 



[1] Benedicto XVI, Homilía en la Catedral de Westminster, 18-septiembre-2010.

[2] Juan Pablo II, Disc. a la Plenaria de la Cong. del Clero, 23-noviembre-2001.

[3] Juan Pablo II, Discurso al 4ª grupo de Obispos de Brasil, 21-septiembre-2002.

3.05.18

Fundamentos de la participación litúrgica, 3ª parte (XVIII)

3. “Dignidad” del sacerdocio común

  Una enseñanza completa y clara es la que nos ofrece san Pedro Crisólogo, mostrando la naturaleza, la dignidad y la función del sacerdocio bautismal; es la voz de la Tradición más genuina desplegando las riquezas de este sacerdocio común y orientando, con palabras de fe, para vivirlo y desarrollarlo:

  “Pero escuchemos ya lo que nos dice el Apóstol: Os exhorto –dice– a presentar vuestros cuerpos. Al rogar así el Apóstol eleva a todos los hombres a la dignidad del sacerdocio: a presentar vuestros cuerpos como hostia viva.

  ¡Oh inaudita riqueza del sacerdocio cristiano: el hombre es, a la vez, sacerdote y víctima! El cristiano ya no tiene que buscar fuera de sí la ofrenda que debe inmolar a Dios: lleva consigo y en sí mismo lo que va a sacrificar a Dios. Tanto la víctima como el sacerdote permanecen intactos: la víctima sacrificada sigue viviendo, y el sacerdote que presenta el sacrificio no podría matar esta víctima.

 Misterioso sacrificio en que el cuerpo es ofrecido sin inmolación del cuerpo, y la sangre se ofrece sin derramamiento de sangre. Os exhorto, por la misericordia de Dios –dice–, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva.

 Este sacrificio, hermanos, es como una imagen del de Cristo que, permaneciendo vivo, inmoló su cuerpo por la vida del mundo: él hizo efectivamente de su cuerpo una hostia viva, porque a pesar de haber sido muerto, continúa viviendo. En un sacrificio como éste, la muerte tuvo su parte, pero la víctima permaneció viva; la muerte resultó castigada, la víctima, en cambio, no perdió la vida. Así también, para los mártires, la muerte fue un nacimiento: su fin, un principio, al ajusticiarlos encontraron la vida y, cuando, en la tierra, los hombres pensaban que habían muerto, empezaron a brillar resplandecientes en el cielo.

Os exhorto, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como una hostia viva. Es lo mismo que ya había dicho el profeta: Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo.

 Hombre, procura, pues, ser tú mismo el sacrificio y el sacerdote de Dios. No desprecies lo que el poder de Dios te ha dado y concedido. Revístete con la túnica de la santidad, que la castidad sea tu ceñidor, que Cristo sea el casco de tu cabeza, que la cruz defienda tu frente, que en tu pecho more el conocimiento de los misterios de Dios, que tú oración arda continuamente, como perfume de incienso: toma en tus manos la espada del Espíritu: haz de tu corazón un altar, y así, afianzado en Dios, presenta tu cuerpo al Señor como sacrificio.

 Dios te pide la fe, no desea tu muerte; tiene sed de tu entrega, no de tu sangre; se aplaca, no con tu muerte, sino con tu buena voluntad” (Serm. 108).

  El sacerdocio real, bautismal, se ejerce en el mundo, consagrando la materia profana –el trabajo, el arte, la economía, la cultura… ¡todo!- a Dios; no es un privilegio para vivirlo de puertas adentro del templo, sino para santificarse en el mundo transformándolo y ofreciendo allí los continuos sacrificios espirituales.

  Es el mundo el lugar donde ser sacerdotes, vivir santamente, ofrecer, orar e interceder. Esta es la enseñanza constante de la Iglesia: “los fieles que, en cuanto incorporados a Cristo por el bautismo, integrados al Pueblo de Dios y hechos partícipes, a su modo, de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el pueblo cristiano en la parte que a ellos corresponde” (LG 31); “A los laicos corresponde, por propia vocación, tratar de obtener el reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios. Viven en el siglo, es decir, en todos y cada uno de los deberes y ocupaciones del mundo, y en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social, con las que su existencia está como entretejida. Allí están llamados por Dios, para que, desempeñando su propia profesión guiados por el espíritu evangélico, contribuyan a la santificación del mundo como desde dentro, a modo de fermento” (LG 31); “también los laicos, como adoradores que en todo lugar actúan santamente, consagran el mundo mismo a Dios” (LG 34); “los laicos, incluso cuando están ocupados en los cuidados temporales, pueden y deben desplegar una actividad muy valiosa en orden a la evangelización del mundo” (LG 35).

 Ya que la Iglesia recibe una misión propia, “que, por la propagación del Reino de Cristo en toda la tierra, para gloria de Dios Padre, todos los hombres sean partícipes de la redención salvadora, y por su medio se ordene realmente todo el mundo hacia Cristo” (AA 2), en el mundo, en el orden civil y temporal, realiza su misión por medio del laicado en virtud del sacerdocio bautismal. “Los laicos hechos partícipes del ministerio sacerdotal, profético y real de Cristo, cumplen su cometido en la misión de todo el pueblo de Dios en la Iglesia y en el mundo” (AA 2). “siendo propio del estado de los laicos el vivir en medio del mundo y de los negocios temporales, ellos son llamados por Dios para que, fervientes en el espíritu cristiano, ejerzan su apostolado en el mundo a manera de fermento” (AA 3); lo realizan porque son consagrados por Dios como sacerdotes, profetas y reyes en el mundo, y se nutren de la vida litúrgica y sacramental: “son destinados al apostolado por el mismo Señor. Son consagrados como sacerdocio real y gente santa (Cf. 1 Pe., 2,4-10) para ofrecer hostias espirituales por medio de todas sus obras, y para dar testimonio de Cristo en todas las partes del mundo. La caridad, que es como el alma de todo apostolado, se comunica y mantiene con los Sacramentos, sobre todo de la Eucaristía” (AA 3).

 

 

20.04.18

Fundamentos de la participación litúrgica, 2ª parte (XVIII)

2. Ofrecer, orar y santificarse

  El sacerdocio común de los fieles es llamado también sacerdocio bautismal porque es en los sacramentos de la Iniciación cristiana donde se recibe, originando una participación nueva, óntica, de todo nuestro ser, en la Persona y misión del Salvador. En las aguas bautismales nace un pueblo nuevo, ya consagrado al Señor, pueblo sacerdotal.

  El sacerdocio bautismal nace de nuestra regeneración en Cristo y de la unción con el Espíritu Santo:

 “La señal de la cruz hace reyes a todos los regenerados en Cristo, y la unción del Espíritu Santo los consagra sacerdotes; y así, además de este especial servicio de nuestro ministerio, todos los cristianos espirituales y perfectos deben saber que son partícipes del linaje regio y del oficio sacerdotal. ¿Qué hay más regio que un espíritu que, sometido a Dios, rige su propio cuerpo? ¿Y qué hay más sacerdotal que ofrecer a Dios una conciencia pura y las inmaculadas víctimas de nuestra piedad en el altar del corazón?” (S. León Magno, Serm. 4,1).

 En ese sentido, destaca la interpretación patrística de la Unción post-bautismal con el santo Crisma:

  “Al salir de la piscina bautismal, fuiste al sacerdote. Considera lo que vino a continuación. Es lo que dice e salmista: Es ungüento precioso en la cabeza, que va bajando por la barba, que baja por la barba de Aarón. Es el ungüento del que dice el Cantar de los cantares: Tu nombre es como un bálsamo fragante, y de ti se enamorar las doncellas. ¡Cuántas son hoy las almas renovadas que llenas de amor a ti, Señor Jesús, te dicen: Arrástranos tras de ti; correremos tras el olor de tus vestidos, atraídas por el olor de tu resurrección!

  Esfuérzate en penetrar el significado de este rito, porque el sabio lleva los ojos en la cara. Este ungüento va bajando por la barba, esto es, por tu juventud renovada, y por la barba de Aarón, porque te convierte en raza elegida, sacerdotal, preciosa. Todos, en efecto, somos ungidos por la gracia del Espíritu para ser miembros del reino de Dios y formar parte de su sacerdocio” (S. Ambrosio, De Mist., 29-30).

  Somos sacerdotes por el bautismo, un sacerdocio santo, por el cual y ante todo, dirá San Pedro, ofrecemos “sacrificios espirituales” (1P 2,5).

  “Y sacerdocio real porque están unidos al cuerpo de aquel que es rey soberano y verdadero sacerdote, capaz de otorgarles su reino como rey, y de limpiar sus pecados como pontífice con la oblación de su sangre. Los llama sacerdocio real para que no se olviden nunca de esperar el reino eterno y de seguir ofreciendo a Dios el holocausto de una vida intachable” (Beda el Venerable, Com. a la Primera Carta de san Pedro).

   Este sacerdocio común se destina a ofrecer sacrificios espirituales, y entre estos sacrificios, destaca la oración; ésta es un sacrificio puro y constante que se eleva en honor de Dios y que intercede por todos. Así pues, la vida de oración, tanto en privado como en la oración común y litúrgica es un sacrificio que se ofrece en razón del sacerdocio bautismal. Será oración espiritual, pura, si va acompasada con una vida santa, ofrecida a Dios, y con obras buenas, de misericordia y bondad:

  “La oración es el sacrificio espiritual que abrogó los antiguos sacrificios. ¿Qué me importa el número de vuestros sacrificios?, dice el Señor. Estoy harto de holocaustos de carneros, de grasa de cebones; la sangre de toros, corderos y chivos no me agrada. ¿Quién pide algo de vuestras manos? Lo que Dios desea, nos lo dice el evangelio: Se acerca la hora, dice, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad. Porque Dios es espíritu, y desea un culto espiritual.

 Nosotros somos, pues, verdaderos adoradores y verdaderos sacerdotes cuando oramos en espíritu y ofrecemos a Dios nuestra oración como aquella víctima propia de Dios y acepta a sus ojos.

Esta víctima, ofrecida del fondo de nuestro corazón, nacida de la fe, nutrida con la verdad, intacta y sin defecto, integra y pura, coronada por el amor, hemos de presentarla ante el altar de Dios, entre salmos e himnos, acompañada del cortejo de nuestras buenas obras, y ella nos alcanzará de Dios todos los bienes” (Tertuliano, De orat., 28).

  Por el sacerdocio eterno de Jesucristo, del cual participamos, ofrecemos nuestra oración al Padre por su medio. La oración no es un sentimiento privado ni un desahogo momentáneo, sino una plegaria que se desarrolla en comunión con Cristo, y se eleva a Dios por el sacerdocio de Cristo, nuestro Mediador e Intercesor. Por eso orar es un ejercicio del sacerdocio común que se ejerce en virtud de la unión con Cristo Sacerdote; orar “sin cesar” (1Ts 5,17), “sed asiduos en la oración” (Rm 12,9), es misión y oficio de los bautizados por su sacerdocio.

 “Teniendo ante sus ojos este oficio sacerdotal de Cristo, dice el Apóstol: Por su medio, ofrezcamos continuamente a Dios un sacrificio de alabanza, es decir, el fruto de unos labios que profesan su nombre. Por él, pues, ofrecemos el sacrificio de nuestra alabanza y oración, ya que por su muerte fuimos reconciliados cuando éramos todavía enemigos. Por él, que se dignó hacerse sacrificio por nosotros, puede nuestro sacrificio ser agradable en la presencia de Dios. Por esto, nos exhorta san Pedro: También vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado, para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo. Por este motivo, decimos a Dios Padre: «Por nuestro Señor Jesucristo»” (S. Fulgencio de Ruspe, Carta 14,36).

Pero igualmente es oficio sacerdotal el sacrificar, el ofrecer el sacrificio. En el Antiguo Testamento, de pie, el sacerdote ofrecía víctimas en el altar del Templo; Cristo de pie en la cruz, “elevado”, “levantado sobre la tierra”, ofreció como Sacerdote el sacrificio de sí mismo. Ahora los bautizados, unidos a Cristo en la Cruz, también ofrecen como sacerdotes, no ya víctimas y animales, sino se ofrecen a sí mismos junto con Cristo (especialmente en la Eucaristía), ofrecen su corazón y el ejercicio de las virtudes cristianas, del trabajo, de las obras. Propio del sacerdote es sacrificar y ofrecer y ahora, por el sacerdocio bautismal, es propio de nuestra vida sacrificar y ofrecer oblaciones espirituales y santas.

 Entregamos nuestro corazón con la confesión de nuestros pecados y el reconocimiento de su misericordia y esa ofrenda de nuestro corazón contrito, humillado, amasado con lágrimas de expiación, es sacrificio santo:

 “Si te ofreciera un holocausto - dice-, no lo querrías. Si no quieres, pues, holocaustos, ¿vas a quedar sin sacrificios? De ningún modo. Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias. Éste es el sacrificio que has de ofrecer. No busques en el rebaño, no prepares navíos para navegar hasta las más lejanas tierras a buscar perfumes. Busca en tu corazón la ofrenda grata a Dios. El corazón es lo que hay que quebrantar” (S. Agustín, Serm. 19,3).

  El mejor y más alto sacrificio es unirse a Cristo Sacerdote, entregándose a Dios, ofreciéndose a Él, para que Él tome de nosotros lo que le plazca, sin reservarnos nada.

  “Sacrifiquemos no jóvenes terneros ni corderos con cuernos y uñas, más muertos que vivos y desprovistos de inteligencia, sino más bien ofrezcamos a Dios un sacrificio de alabanza sobre el altar del cielo, unidos a los coros celestiales. Atravesemos la primera cortina, avancemos hasta la segunda y dirijamos nuestras miradas al Santísimo.

  Yo diría aún más: inmolémonos nosotros mismos a Dios, ofrezcámosle todos los días nuestro ser con todas nuestras acciones. Estemos dispuestos a todo por causa del Verbo; imitemos su Pasión con nuestros padecimientos, honremos su sangre con nuestra sangre, subamos decididamente a su cruz” (S, Gregorio Nacianceno, Serm. 45,23-24).

 

 

12.04.18

Fundamentos de la participación litúrgica, 1ª parte (XVIII)

 Una buena teología orienta y determina que pueda darse una buena pastoral, así como una vida espiritual sólida, con solera; pero la ausencia de una buena teología, se presta a las veleidades de unos y otros, a las buenas intenciones y entusiasmos de unos y otros y, por tanto, a la creatividad salvaje, la improvisación y los cambios.

  Para alcanzar el meollo de la cuestión, la participación de los fieles en la liturgia (interior, consciente, activa, externa, plena, fructuosa, devota… adjetivos de la Constitución Sacrosanctum Concilium), se requiere una buena teología que vaya a lo central, en este caso, una teología que ahonde en el sacerdocio bautismal de todo el pueblo santo de Dios. Es este sacerdocio común, conferido por Cristo con su Espíritu Santo, el que determina el modo y la calidad de la participación en la liturgia. Todos deben participar en la santa liturgia en razón de que han sido constituidos sacerdotes para nuestro Dios.

   Este sacerdocio es llamado “sacerdocio bautismal” y “sacerdocio común”, diferente del “sacerdocio ministerial” en esencia y no solamente en grado: “El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico, aunque diferentes esencialmente y no sólo en grado, se ordenan, sin embargo, el uno al otro, pues ambos participan a su manera del único sacerdocio de Cristo” (LG 10). Los sacerdotes reciben el ministerio, que es distinto en su esencia, para el servicio de los fieles, para la santificación del pueblo cristiano y como ayuda para que todos vivan santamente su sacerdocio bautismal: “El sacerdocio ministerial, por la potestad sagrada de que goza, forma y dirige el pueblo sacerdotal, confecciona el sacrificio eucarístico en la persona de Cristo y lo ofrece en nombre de todo el pueblo a Dios” (Ibíd.).

   Por el bautismo y la confirmación, Dios hace de sus hijos un pueblo santo, sacerdotal, para que vivan a Él consagrados en el mundo; así se entiende que podamos pedir en oración: “Rey todopoderoso, que por el bautismo has hecho de nosotros un sacerdocio real, haz que nuestra vida sea un continuo sacrificio de alabanza”[1].

   La carta a los Hebreos muestra a Cristo como el sumo sacerdote que ha ofrecido un sacrificio perfecto y ha entrado en el santuario del cielo, intercediendo por todos. Su sacrificio ha sido Él mismo en su cuerpo, no ofreciendo nada exterior a sí mismo, ni es un sacerdocio ritual, repitiendo los mismos sacrificios año tras año. Cristo sacerdote ha ofrecido el único Sacrificio de una vez para siempre. Jesucristo es el sumo sacerdote de los bienes definitivos.

“En la Carta a los Hebreos se afirma, de forma clara y convincente, que Jesucristo ha cumplido con toda su vida y sobre todo con el sacrificio de la cruz, lo que se ha inscrito en la tradición mesiánica de la Revelación divina. Su sacerdocio es puesto en referencia al servicio ritual de los sacerdotes de a antigua alianza, que sin embargo Él sobrepasa, como Sacerdote y como Víctima. En Cristo, pues, se cumple el eterno designio de Dios que dispuso la institución del sacerdocio en la historia de la alianza” (Juan Pablo II, Audiencia general, 18-febrero-1987).

  Explica Orígenes la acción sacerdotal plena de Jesús:

  “Una vez al año el sumo sacerdote, alejándose del pueblo, entra en el lugar donde se halla el propiciatorio, los querubines, el arca del testamento, y el altar del incienso, en aquel lugar donde nadie puede penetrar, sino sólo el sumo sacerdote.

  Si pensamos ahora en nuestro verdadero sumo sacerdote, el Señor Jesucristo, y consideramos cómo, mientras vivió en carne mortal, estuvo durante todo el año con el pueblo, aquel año del que él mismo dice: Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar el año de gracia del Señor, fácilmente advertiremos que, en este año, penetró una sola vez, el día de la propiciación, en el santuario: es decir, en los cielos, después de haber realizado su misión, y que subió hasta el trono del Padre, para ser la propiciación del género humano y para interceder por cuantos creen en él” (Orígenes, Hom. in Lev., 9,5).

  Jesucristo sumo y eterno sacerdote ha ofrecido un sacrificio perfecto para la expiación de los pecados, al asumir nuestra humanidad en su encarnación y ofrecerse en el árbol de la cruz. Él es, al mismo tiempo, sacerdote, víctima y altar[2]. Los sacrificios del Antiguo Testamento, que una y otra vez se repetían por su incapacidad para expiar, eran sólo anuncio y profecía del sacrificio perfecto de Cristo.

 “Según la doctrina apostólica, se entregó por nosotros a Dios como oblación y víctima de suave olor. Él fue quien como Dios verdadero y verdadero sumo sacerdote que era, penetró una sola vez en el santuario, no con la sangre de los toros y los machos cabríos, sino con la suya propia. Esto era precisamente lo que significaba aquel sumo sacerdote que entraba cada año con la sangre en el Santo de los Santos.

  Él es quien en sí mismo poseía todo lo que era necesario para que se efectuara nuestra redención, es decir, él mismo fue el sacerdote y el sacrificio; él mismo, Dios y el templo: el sacerdote por cuyo medio nos reconciliamos, el sacrificio que nos reconcilia, el templo en el que nos reconciliamos, el Dios con quien nos hemos reconciliado” (S. Fulgencio de Ruspe, Regla de la verdadera fe, 22,63).

  El sacerdocio de Cristo, eterno y para siempre, que no proviene de medios humanos ni de genealogía, sino “según el rito de Melquisedec” (cf. Sal 109), de origen divino, es comunicado a todos los miembros de su Cuerpo, la Iglesia; los que son de Cristo quedan hechos partícipes de su sacerdocio eterno y definitivo: “Que constituiste a tu único Hijo Pontífice de la Alianza nueva y eterna por la unción del Espíritu Santo, y determinaste, en tu designio salvífico, perpetuar en la Iglesia su único sacerdocio.

El no sólo ha conferido el honor del sacerdocio real a todo su pueblo santo…”[3] Este sacerdocio tiene dos modalidades: el sacerdocio bautismal de todos los fieles y el sacerdocio ministerial por el sacramento del Orden, diferentes en esencia y no sólo en grado.

  Todo el pueblo cristiano participa de la cualidad sacerdotal de su Señor: “Señor Jesús, sacerdote eterno, que has querido que tu pueblo participara de tu sacerdocio, haz que ofrezcamos siempre sacrificios espirituales agradables a Dios”[4]. Vemos, pues, la verdad y contundencia de las palabras del Apocalipsis: “has hecho de ellos para nuestro Dios un reino de sacerdotes” (Ap 5,10).

 

 



[1] Preces Laudes, Martes I del Salterio.

[2] Prefacio pascual V.

[3] Prefacio Misa Jesucristo sumo y eterno sacerdote.

[4] Preces Laudes, Lunes II del Salterio.

22.03.18

Participación, liturgia y vida, y 2ª parte (XVII)

            d) “Pneumatóforos” con una vida teologal

  La participación en la liturgia nos convierte en “pneumatóforos”, es decir, portadores del Espíritu Santo, llenos del Espíritu Santo. Él gemirá en nosotros y orará intercediendo; Él nos sugerirá el bien y nos llevará a realizarlo; Él pondrá sus palabras en nuestros labios y nos hará vivir como hijos en el Hijo; Él dará el fuego, el fervor, el impulso para toda obra buena y para todo apostolado. “La comunión que acabamos de recibir, Señor, nos comunique el mismo ardor del Espíritu Santo que tan maravillosamente inflamó a los apóstoles de tu Hijo”[1].

El Espíritu Santo en nosotros derrama su amor, permitiendo la vida divina en nosotros de Dios “que es amor” (1Jn 4,8). En la liturgia se da el Espíritu Santo y toda gracia para vivir esa caridad sobrenatural en el mundo: “Tú que nos has alimentado con el mismo pan del cielo, derrama, Señor, la abundancia del Espíritu Santo en nuestros corazones y haznos fuertes en el amor perfecto”[2], “nos haga progresar en el amor”[3]. Participar se convierte en la recepción activa y amorosa de ese mayor amor de Dios que, ensanchando nuestro corazón, nos permite amar más: “el memorial que tu Hijo nos mandó celebrar aumente la caridad en todos nosotros”[4]. El Espíritu Santo permite, mediante la liturgia, la vida teologal en nosotros, sosteniéndonos en las cruces, adversidades, dificultades: “encontremos en ella [la Eucaristía] la fuerza necesaria para vivir en fe y en caridad en medio de las pruebas de este mundo”[5]; “por la eficacia de esta eucaristía seamos fuertes en la fe y vivamos la unidad en el amor”[6]. Como un don y una gracia, el Espíritu Santo desarrolla y perfecciona la vida teologal en nosotros: “que vivamos siempre arraigados en la fe, esperanza y caridad, que tú mismo has infundido en nuestras almas”[7].

  “Concédenos vivir conforme a tu Espíritu”[8] pedimos en la liturgia, es decir, llevar una vida según el Espíritu y no según los deseos de la carne (cf. Gal 5, 14-21): “ayúdanos a pasar de nuestra antigua vida de pecado a la nueva vida del Espíritu”[9]. El Espíritu Santo en nosotros hará de nuestra existencia una alabanza a Dios: “que la gracia del Espíritu Santo habite en nuestros corazones y resplandezca en nuestras obras, para que así permanezcamos en tu amor y en tu alabanza”[10].

  Así el Espíritu Santo en el don de la santa liturgia dilatará el corazón, ensanchará el alma, para ser capaz de recibir los dones siempre mayores de Dios: “nos haga cada vez más capaces de recibir tus dones”[11].

 

            e) Hacer la voluntad del Padre

  La vida cristiana tiene como alimento, igual que Jesucristo, hacer la voluntad del Padre (cf. Jn 4, 34). Es su voluntad nuestro alimento ya que como hijos, movidos por la piedad filial, es vivir la voluntad del Padre. “Nuestra paz, Señor, es cumplir tu voluntad”, rezamos en unas preces de Laudes[12].

  El hombre rebelde, encorvado en sí mismo, sólo pretende seguir su capricho, esclavo de sus pasiones; la voluntad de Dios nos dignifica, nos erige como hijos, y así vivimos libremente. “Haz que unida [la Iglesia] a Cristo, su cabeza, se ofrezca con él a tu divina majestad y cumpla sinceramente tu voluntad”[13]. La vida en lo cotidiano y monótono, en la prosa de lo diario, tal vez monótona, es un servicio divino, un servicio santo, que se ofrece a Dios y se vive en Dios realizando su voluntad humildemente: “que la participación en los divinos misterios sirva, Señor, de protección a tu pueblo, para que entregado a tu servicio obtenga, en plenitud, la salvación de alma y cuerpo”[14].

 Y pues rezamos tres veces al día la oración dominical[15], rogando que se haga su voluntad en la tierra como en el cielo, suplicamos que, por la fuerza de los santos misterios, nuestra vida se encamina según la voluntad del Padre: “que concedas a quienes alimentas con tus sacramentos la gracia de poder servirte llevando una vida según tu voluntad”[16]. La liturgia, por la acción misteriosa y eficaz de Dios en nosotros, nos eleva y transforma y así vivimos en una relación constante de obediencia filial, haciendo de nuestra existencia una oblación agradable a Dios, buscando ser gratos a Dios en el cumplimiento de su voluntad: “condúcenos a perfección tan alta y mantennos en ella de tal forma que en todo sepamos agradarte”[17].

  En la vida cristiana, entonces, nos regimos por la voluntad de Dios, a la que amamos y que buscamos: “concede, Señor, a los que has alimentado con el sacramento de la unidad, la aceptación perfecta de tu voluntad en todas las cosas”[18], sintiendo internamente y enteramente reconociendo la voluntad de Dios: “purifica nuestros corazones de todo mal deseo, y haz que estemos siempre atentos a tu voluntad”[19], y obrando según su voluntad: “míranos benigno, Señor, ahora que vamos a comenzar nuestra labor cotidiana; haz que, obrando conforme a tu voluntad, cooperemos en tu obra”[20].

 El discernimiento será constante y necesario para sentir internamente la voluntad de Dios y distinguirla de las voces del mundo o de las voces de nuestra propia concupiscencia. Para ello se requiere una disposición habitual y una percepción sobrenatural de la voluntad de Dios: “haz que nuestros ojos estén siempre levantados hacia ti, para que respondamos con presteza a tus llamadas”[21].

 

            f) En el mundo, sin ser del mundo

 El cristiano es enviado al mundo como testigo y apóstol, sal y luz, edificando el Templo vivo de Dios, ordenando las realidades temporales según el espíritu del Evangelio: “a ellos corresponde iluminar y ordenar las realidades temporales a las que están estrechamente vinculados, de tal modo que sin cesar se realicen y progresen conforme a Cristo y sean para la gloria del Creador y del Redentor” (LG 31). Referente al laicado, el Concilio Vaticano II enseñará:

 “Ejercen el apostolado con su trabajo para la evangelización y santificación de los hombres, y para la función y el desempeño de los negocios temporales, llevado a cabo con espíritu evangélico de forma que su laboriosidad en este aspecto sea un claro testimonio de Cristo y sirva para la salvación de los hombres. Pero siendo propio del estado de los laicos el vivir en medio del mundo y de los negocios temporales, ellos son llamados por Dios para que, fervientes en el espíritu cristiano, ejerzan su apostolado en el mundo a manera de fermento” (AA 31).

  Para vivir así, insertos en el mundo aun cuando no se es del mundo, pero para transformarlo desde dentro, vivificándolo, la participación interior en la liturgia nos capacita. Oramos pidiendo: “haz que tu pueblo se adhiera a Jesucristo para que, a través de las tareas temporales, construya en la libertad tu reino eterno”[22] y así vivimos nuestro trabajo y obligaciones, con espíritu cristiano: “que nuestro trabajo de hoy sea provechoso para nuestros hermanos, y así todos juntos edifiquemos un mundo grato a tus ojos”[23]. El trabajo es el medio normal de santificación; la santidad es ordinaria, y no hay que buscarla de modo extraordinario y en algunas ocasiones, sino constantemente en lo normal de la vida laboral y profesional, con sentido sobrenatural y ofrecida: “Tú que has dispuesto que el hombre dominara el mundo con su esfuerzo, haz que nuestro trabajo te glorifique y santifique a nuestros hermanos”[24].

  Queremos y deseamos la salvación del mundo, por la cual nuestro Señor se entregó amando hasta el extremo, y sentimos como nuestro el deseo de Cristo; “concédenos vivir tan unidos en Cristo, que fructifiquemos con gozo para la salvación del mundo”[25], ya que no buscamos el bienestar material y establecer un paraíso terrenal, sino la salvación, el Reino de Dios; no es la ideología lo que nos mueve, sino la fe en Dios. Nos mueve el interés de la salvación de todos: “gustemos los frutos de tu amor y nos entreguemos a la salvación de nuestros hermanos”[26]; “concédenos, ahora, fortalecidos por este sacrificio, permanecer siempre unidos a Cristo por la fe y trabajar en la Iglesia por la salvación de todos los hombres”[27]. Suplicamos al Señor al comenzar el día: “haz que busquemos siempre el bien de nuestros hermanos y los ayudemos a progresar en su salvación”[28], dilatando nuestro corazón con impulso misionero, evangelizador, oblativo también.

  Es la fuerza de los sacramentos la que nos impulsa a servir, concretamente, a los hermanos, sin largos discursos solidarios sino en gestos sencillos y cotidianos: “te pedimos, Señor, que el amor con que nos alimentas fortalezca nuestros corazones y nos mueva a servirte en nuestros hermanos”[29]. Seremos así signos claros del amor de Dios, constructores de la civilización del amor inaugurada por el amor de Cristo hasta la cruz.

  El servicio a los hermanos es siempre el gesto de cercanía, haciéndose prójimo; cada jornada es la ocasión propicia para que crezca el bien y se difunda. Así se lo pedimos al Señor en la liturgia de Laudes: “concédenos ser la alegría de cuantos nos rodean y fuente de esperanza para los decaídos”[30]; “haz que sepamos descubrirte a ti en todos nuestros hermanos, sobre todo en los que sufren y en los pobres”[31]; “haz que seamos bondadosos y comprensivos con los que nos rodean, para que logremos así ser imágenes de tu bondad”[32]. Como Jesús lavando los pies a los discípulos, en el máximo servicio y más expresivo (que se anticipa a la Cruz), también el cristiano es, sencillamente, un servidor de sus hermanos: “enséñanos, Señor, a descubrir tu imagen en todos los hombres y a servirte a ti en cada uno de ellos”[33].

  Estamos en el mundo pero como consagrados por el mismo Señor; le pertenecemos a Él porque nos ha elegido, nos ha ungido con su Espíritu Santo en la Crismación y nos envía. De esa forma, nuestro estar ante el mundo tiene un rasgo propio, el de la consagración bautismal y por eso hemos de vivir como quienes pertenecen, no al mundo, sino a Dios: “que nosotros vivamos consagrados a ti, sobre todas las cosas”[34] y esta consagración será servir al Señor con conciencia pura, alma limpia: “tú que nos has alimentado, Señor, con el pan de los ángeles, concédenos servirte con una vida pura”[35]. A Él, porque le pertenecemos, le consagramos todas las cosas y todo nuestro tiempo: “Señor, Sol de justicia, que nos iluminaste en el bautismo, te consagramos este nuevo día”[36].

  Somos servidores del Señor, siervos del Señor como la Virgen María –la esclava del Señor- que son conscientes de lo que son: “siervos inútiles somos; hemos hecho lo que teníamos que hacer” (Lc 17,10), pero sirven “al Señor con alegría” (Sal 99). La Eucaristía vivida y participada interiormente configura la vida entera en un servicio al Señor, ofreciendo una impronta eucarística toda nuestra existencia ya que la Eucaristía, y la liturgia entera, nos conforman con Cristo: “concédenos realizar mediante una vida entregada a tu servicio, el misterio que ahora celebramos”[37], “podamos servirte en la tierra con caridad sincera”[38].

  Cada nueva jornada se renueva esta conciencia profunda del servicio al Señor: “al comenzar este nuevo día, pon en nuestros corazones el anhelo de servirte, para que te glorifiquemos en todos nuestros pensamientos y acciones”[39] porque es Dios mismo quien nos llama a servirle allí donde estamos, en los ámbitos concretos de nuestra vida normal, pero con una vocación de santidad y de servicio a los hombres: “Ya que nos llamas hoy a tu servicio, haznos buenos administradores de tu múltiple gracia en favor de nuestros hermanos”[40].

 



[1] OP, Misa vespertina Pentecostés.

[2] OP, Para pedir la caridad.

[3] OP, Sábado II Pasc.

[4] OP, XXXIII Dom. T. Ord.

[5] OP, San Carlos Luanga, 3 de junio.

[6] OP, San Pío X, 21 de agosto.

[7] Preces Laudes, Sábado IV del Salterio.

[8] OF, Espíritu Santo, B.

[9] OP, Sábado VII Pasc.

[10] Preces Laudes, Miérc. II del Salterio.

[11] OP, Miérc. VII Pasc.

[12] Laudes viernes II del Salterio.

[13] OF, Por la Iglesia, D.

[14] OP, 21 diciembre.

[15] En Laudes, en Vísperas y en la Misa cotidiana.

[16] OP, I Dom. T. Ord.

[17] OP, XXI Dom. T. Ord.

[18] OP, S. Martín de Tours, 11 de noviembre.

[19] Preces Laudes, Jueves III del Salterio.

[20] Preces Laudes, Lunes III del Salterio.

[21] Preces Laudes, Sábado IV del Salterio.

[22] OP, Por la Iglesia, D.

[23] Preces Laudes, Lunes III del Salterio.

[24] Preces Laudes, Martes IV del Salterio.

[25] OP, V Dom. T. Ord.

[26] OP, S. Francisco de Asís, 4 de octubre.

[27] OP, San Juan de la Cruz, 14 de diciembre.

[28] Preces Laudes, Lunes II del Salterio.

[29] OP, XXII Dom. T. Ord.

[30] Preces Laudes Martes I del Salterio.

[31] Preces Laudes Miérc. I del Salterio.

[32] Preces Laudes Jueves I del Salterio.

[33] Preces Laudes, Sábado II del Salterio.

[34] OF, San Carlos Luanga, 3 de junio.

[35] OP, San Luis Gonzaga, 21 de junio.

[36] Preces Laudes Sábado I del Salterio.

[37] OF, Misa vespertina S. Juan Bautista, 24 de junio.

[38] OP, Santa Marta, 29 de julio.

[39] Preces Laudes, Jueves III del Salterio.

[40] Preces Laudes, Lunes IV del Salterio.