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7.06.18

Fundamentos de la participación litúrgica, y 5ª parte (XVIII)

5. Confusiones y límites en la liturgia por la clericalización de los laicos

  La clericalización de los laicos se ha puesto de relieve, palpable, en mayor o menor grado, en la liturgia.

  Así se han multiplicado innecesariamente ministerios que acaparaban la liturgia, y se relegaba el papel del sacerdocio ministerial casi exclusivamente a la recitación de las palabras de la consagración; se han llegado a desarrollar continuas intervenciones en la liturgia, con una visión antropocéntrica, para que fueran seglares los que subieran y bajaran del presbiterio, hablaran, leyeran, incluso predicaran a su modo. Se les ha situado en el presbiterio para desacralizar cuanto más posible la celebración litúrgica y convertirla en “circular”, “asamblearia”, y se ha llegado a banalizar la distribución de la sagrada comunión, cuando sin una verdadera necesidad (ministros extraordinarios o ministros ad casum), se ha favorecido que sean seglares los que la distribuyan, y en algunos casos además,  mientras el sacerdote está sentado. Son abusos reales que se han producido y es una mentalidad difundida:

 “En la práctica, en los años posteriores al Concilio, para cumplir este deseo se extendió arbitrariamente “la confusión de las funciones, especialmente por lo que se refiere al ministerio sacerdotal y a la función de los seglares:  recitación indiscriminada y común de la plegaria eucarística, homilías pronunciadas por seglares, seglares que distribuyen la comunión mientras los sacerdotes se eximen” (Instrucción Inestimabile donum, 3 de abril de 1980, IntroducciónL’Osservatore Romano, edición en lengua española, 1 de junio de 1980, p. 17).

Esos graves abusos prácticos han tenido con frecuencia su origen en errores doctrinales, sobre todo por lo que respecta a la naturaleza de la liturgia, del sacerdocio común de los cristianos, de la vocación y de la misión de los laicos, en lo referente al ministerio ordenado de los sacerdotes” (Juan Pablo II, Disc. al 4º grupo de Obispos de Brasil en visita ad limina, 21-septiembre-2002).

  Lo que en algunas circunstancias y territorios de misión pudo ser un servicio en ausencia y espera de sacerdote, se ha convertido, por una mala teología y praxis pastoral, en algo permanente, confundiendo la distinta misión del sacerdocio bautismal de aquella que es propia del sacerdocio ministerial.

  “Los laicos eviten realizar en la liturgia las funciones que son de competencia exclusiva del sacerdocio ministerial, puesto que sólo este actúa específicamente in persona Christi capitis.

Ya me he referido a la confusión y, a veces, a la equiparación entre sacerdocio común y sacerdocio ministerial, a la escasa observancia de ciertas leyes y normas eclesiásticas, a la interpretación arbitraria del concepto de “suplencia", a la tendencia a la “clericalización” de los fieles laicos, etc.” (Juan Pablo II, Disc. al 4º grupo de Obispos de Brasil en visita ad limina, 21-septiembre-2002).

  La liturgia llega a convertirse en un campo de batalla cuando se termina por buscar un protagonismo, alcanzar un relieve delante de los demás, por el desempeño de tantos y tan variados ministerios, muchos de ellos inventados, para favorecer, hipotéticamente, la participación de los fieles. En realidad, son los males derivados de la clericalización de los laicos en la liturgia: ni favorecen la santidad de la liturgia, ni potencian el sacerdocio bautismal de los fieles, más bien lo entorpecen.

 No se puede pensar ni siquiera argumentar, que la liturgia es la que permite semejantes cosas; más bien entra en el triste capítulo de “abusos” difundidos que desfiguran la misma liturgia: “Junto a estos beneficios de la reforma litúrgica, hay que reconocer y deplorar algunas desviaciones, de mayor o menor gravedad, en la aplicación de la misma. Se constatan, a veces… confusionismos entre sacerdocio ministerial, ligado a la ordenación, y el sacerdocio común de los fieles, que tiene su propio fundamento en el bautismo”[1].

  Por eso pertenece al sacerdocio ministerial, y no al sacerdocio común de los fieles:

  -presidir la santa liturgia y pronunciar las partes que le son propias, que no pueden ser recitadas por un laico o por todos a la vez; especialmente la Plegaria eucarística: “es un abuso hacer que algunas partes de la Plegaria Eucarística sean pronunciadas por el diácono, por un ministro laico, o bien por uno sólo o por todos los fieles juntos. La Plegaria Eucarística, por lo tanto, debe ser pronunciada en su totalidad, y solamente, por el Sacerdote” (Instrucción Redemptionis sacramentum, 52).

  -pronunciar la homilía es específico del ministro ordenado: “la hará, normalmente, el mismo sacerdote celebrante, o él se la encomendará a un sacerdote concelebrante, o a veces, según las circunstancias, también al diácono, pero nunca a un laico” (IGMR 66);

  -la fracción del Pan consagrado, mientras se canta el Agnus Dei, corresponde al sacerdote (y al diácono) si precisa ayuda, pero jamás un laico: “la fracción del pan eucarístico la realiza solamente el sacerdote celebrante, ayudado, si es el caso, por el diácono o por un concelebrante, pero no por un laico; se comienza después de dar la paz, mientras se dice el «Cordero de Dios»” (Instrucción Redemptionis sacramentum, 73);

  -es un abuso claro, que convierte la liturgia en antropocentrismo y catequesis, la introducción de testimonios por parte de laicos, misioneros o incluso sacerdotes; su lugar debe ser fuera de la Misa (antes o después); “Si se diera la necesidad de que instrucciones o testimonios sobre la vida cristiana sean expuestos por un laico a los fieles congregados en la iglesia, siempre es preferible que esto se haga fuera de la celebración de la Misa. Por causa grave, sin embargo, está permitido dar este tipo de instrucciones o testimonios, después de que el sacerdote pronuncie la oración después de la Comunión. Pero esto no puede hacerse una costumbre. Además, estas instrucciones y testimonios de ninguna manera pueden tener un sentido que pueda ser confundido con la homilía, ni se permite que por ello se suprima totalmente la homilía” (Instrucción Redemptionis sacramentum, 74);

  -no es lícito que la distribución de la sagrada comunión se haga siempre por laicos, eximiéndose el sacerdote de su distribución: “Repruébese la costumbre de aquellos sacerdotes que, a pesar de estar presentes en la celebración, se abstienen de distribuir la comunión, encomendando esta tarea a laicos” (Inst. Redemptionis sacramentum 157); los laicos llamados a distribuir la comunión serán en caso de verdadera necesidad ministros ad casum o ministros extraordinarios; “Corresponde al sacerdote celebrante distribuir la Comunión, si es el caso, ayudado por otros sacerdotes o diáconos; y este no debe proseguir la Misa hasta que haya terminado la Comunión de los fieles. Sólo donde la necesidad lo requiera, los ministros extraordinarios pueden ayudar al sacerdote celebrante, según las normas del derecho” (Instrucción Redemptionis sacramentum, 88);

  -ya que la Eucaristía es un don que se recibe, ni los diáconos ni los fieles laicos pueden tomarla por sí mismos directamente del altar, o mojando la forma consagrada en el cáliz: debe ser don que se recibe de manos de los ministros. “No está permitido que los fieles tomen la hostia consagrada ni el cáliz sagrado «por sí mismos, ni mucho menos que se lo pasen entre sí de mano en mano». En esta materia, además, debe suprimirse el abuso de que los esposos, en la Misa nupcial, se administren de modo recíproco la sagrada Comunión” (Instrucción Redemptionis sacramentum, 94);

  -menos grave en parte, pero amplísimamente extendido, es el abuso de las moniciones convertidas en pequeñas homilías por su extensión (y a veces improvisando), casi invadiendo la liturgia, incluso en momentos que jamás han sido previstos para moniciones sino para cantos, por ejemplo, presentando cada ofrenda con una monición explicativa, o la larga y cansina monición de “acción de gracias” después de la comunión, en vez de un canto o el silencio adorante. Deben ser “breves explicaciones y moniciones para introducirlos en la celebración y para disponerlos a entenderla mejor. Conviene que las moniciones del comentador estén exactamente preparadas y con perspicua sobriedad. En el ejercicio de su ministerio, el comentarista permanece de pie en un lugar adecuado frente a los fieles, pero no en el ambón” (IGMR 105).

  ¿Acaso todo esto sería impedir que los fieles participen en la liturgia? ¡Al revés! Será devolverles su dignidad de pueblo santo sin querer clericalizarlos; harán aquello que les sea propio, sin añadidos ni omisiones, como deseaba el Concilio Vaticano II: “En las celebraciones litúrgicas, cada cual, ministro o simple fiel, al desempeñar su oficio, hará todo y sólo aquello que le corresponde por la naturaleza de la acción y las normas litúrgicas” (SC 28).

  Los fieles laicos, viviendo su sacerdocio bautismal sin cortapisas, participarán en la liturgia ofreciendo y ofreciéndose, santificando todas las realidades de su vida: “Realizada la ofrenda, la comunión eucarística que la sigue está destinada a proporcionar a los fieles las fuerzas espirituales necesarias para el pleno desarrollo del «sacerdocio» y especialmente para la ofrenda de todos los sacrificios de su existencia diaria”[2]. Entonces la liturgia, y especialmente la santísima Eucaristía, serán la fuente y la cumbre de su vida cristiana.

  Así todos vivirán aquello mismo que se suplica en la Liturgia de las Horas:

 “Que todo el día de hoy sepamos dar buen testimonio del nombre cristiano y ofrezcamos nuestra jornada como un culto espiritual agradable al Padre”[3].

 “Cristo, sacerdote eterno, glorificador del Padre, haz que sepamos ofrecernos contigo, para alabanza de la gloria eterna”[4].

 

 



[1] Juan Pablo II, Carta Vicesimus Quintus Annus, n. 13.

[2] Juan Pablo II, Audiencia general, 8-abril-1992.

[3] Preces Laudes, Sábado II del Salterio.

[4] Preces Laudes, Jesucristo sumo y eterno sacerdote.

17.05.18

Fundamentos de la participación litúrgica, 4ª parte (XVIII)

4. El peligro de clericalización

 La correcta doctrina sobre el sacerdocio bautismal y el sacerdocio ministerial disipa rápido los equívocos que en la práctica se han cometido, creando una confusión en los órdenes, ministerios, servicios y acciones. Cada cual tiene su misión concreta fruto del sacramento recibido, el Bautismo, y difiere del ámbito y de las acciones propias del sacerdocio ordenado.

 Los fieles seglares, bautizados y ungidos por el Espíritu Santo, poseen una propia y específica misión en cuanto seglares en el mundo y participan del apostolado de la Iglesia en su modo laical de vivir. Es la configuración sacramental con Cristo la que les confiere su propio apostolado:

 “Los cristianos seglares obtienen el derecho y la obligación del apostolado por su unión con Cristo Cabeza. Ya que insertos en el bautismo en el Cuerpo Místico de Cristo, robustecidos por la Confirmación en la fortaleza del Espíritu Santo, son destinados al apostolado por el mismo Señor. Son consagrados como sacerdocio real y gente santa (Cf. 1 Pe., 2,4-10) para ofrecer hostias espirituales por medio de todas sus obras, y para dar testimonio de Cristo en todas las partes del mundo. La caridad, que es como el alma de todo apostolado, se comunica y mantiene con los Sacramentos, sobre todo de la Eucaristía” (AA 3).

 Cuando se descubre y valora la gracia propia de los sacramentos de la Iniciación cristiana, se llega a comprender hasta qué punto el “carácter” que imprimen significa una configuración con Cristo y, por tanto, una participación del bautizado en Cristo sacerdote, profeta y rey, viviéndolo en el mundo, en las realidades temporales. El carácter es la gracia impresa en el alma:

  “En el momento del bautismo fuimos marcados por un carácter“, por un “sello", que estableció de modo definitivo nuestra pertenencia a Cristo, dándonos una personal consagración, principio del desarrollo de la vida divina en nosotros. Tal consagración funda el sacerdocio común de todos los cristianos, es decir, el sacerdocio universal de los fieles que tiende a manifestarse en los diversos gestos de la liturgia, de la oración y de la acción” (Juan Pablo II, Ángelus, 7-enero-1990).

 El carácter, o sello del Espíritu Santo en el alma, nos inserta en Cristo y nos da la capacidad interior para vivir en Cristo y prolongar en nosotros la acción de Cristo para el mundo. Así, el sacerdocio bautismal halla su origen en el carácter sacramental, haciéndonos partícipes del Sacerdocio eterno de Jesucristo.

 “El carácter (en griego sfragís) es signo de pertenencia: el bautizado se convierte en propiedad de Cristo, propiedad de Dios, y en esta pertenencia se realiza su santidad fundamental y definitiva, por la que san Pablo llamaba «santos» a los cristianos (Rm 1, 7; 1 Co 1, 2; 2 Co 1, 1, etc.). Es la santidad del sacerdocio universal de los miembros de la Iglesia, en la que se cumple de modo nuevo la antigua promesa: «Seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa» (Ex 19, 6). Se trata de una consagración definitiva, permanente, obrada por el bautismo y fijada con un carácter indeleble… Una de esas manifestaciones puede ser el celo por el culto divino. En efecto, según la hermosa tradición cristiana, citada y confirmada por el concilio Vaticano II, los fieles «están destinados por el carácter al culto de la religión cristiana», es decir, a tributar culto a Dios en la Iglesia de Cristo. Lo había sostenido, basándose en esa tradición, santo Tomás de Aquino, según el cual el carácter es «potencia espiritual» (Summa Theologiae, III, q. 63, a. 2), que da la capacidad de participar en el culto de la Iglesia como miembros suyos reconocidos y convocados a la asamblea, especialmente a la ofrenda eucarística y a toda la vida sacramental. Y esa capacidad es inalienable y no puede serles arrebatada, pues deriva de un carácter indeleble. Es motivo de gozo descubrir este aspecto del misterio de la «vida nueva» inaugurada por el bautismo, primera fuente sacramental del «sacerdocio universal», cuya tarea fundamental consiste en rendir culto a Dios” (Juan Pablo II, Audiencia general, 25-marzo-1992).

  El sacerdocio común se funda en el sacramento del bautismo. Todos los cristianos son sacerdotes en sentido verdadero y propio; recordemos la enseñanza de la Constitución Lumen gentium: “Los bautizados son consagrados, por la regeneración y la unción del Espíritu Santo, como casa espiritual y sacerdocio santo, para que, por medio de toda obra del hombre cristiano, ofrezcan sacrificios espirituales y anuncien el poder de Aquel que los llamó de las tinieblas a su admirable luz” (LG 10).

 La dignidad del sacerdocio común implica también una responsabilidad, respondiendo a las distintas situaciones y circunstancias de la vida cotidiana, civil, con la dignidad y santidad de quienes pertenecen a Cristo y le ofrecen el mundo entero a modo de ofrenda santa. Su modo peculiar de ser sacerdotes en el mundo es realizar la consecratio mundi, la consagración del mundo a Dios, transformándolo con espíritu evangélico, “más conscientes de su dignidad como pueblo sacerdotal, llamados a consagrar el mundo a Dios a través de la vida de fe y de santidad”[1]. Este pueblo sacerdotal “ha sido elegido por Dios como puente con la humanidad y pertenece a todo creyente en cuanto injertado en este pueblo”[2].

 El carácter sacramental del Bautismo y la Confirmación hacen del cristiano un sacerdote con un modo específico de vivir ese sacerdocio común en el mundo; pero al mismo tiempo, lo preparan y capacitan para la celebración del culto cristiano de manera que puedan vivir los sacramentos, ofrecerse y ofrecer, pedir, alabar e interceder:

  “Es una «participación del sacerdocio de Cristo en los fieles, llamados al culto divino, que en el cristianismo es una derivación del sacerdocio de Cristo» (cf. Summa Theologiae, III, q. 63, a. 3). “En virtud del bautismo y la confirmación, como hemos dicho en las catequesis anteriores, el cristiano es capacitado para participar «quasi ex officio» en el culto divino, que tiene su centro y culmen en el sacrificio de Cristo, presente en la Eucaristía” (Juan Pablo II, Audiencia general, 8-abril-1992).

 Y siendo la liturgia una acción santa de toda la Iglesia, Cabeza y Cuerpo, el Cristo total, no todos pueden realizar la misma función. “Es acción de todos los fieles, porque todos participan en el sacerdocio de Cristo (cf. ib., nn. 1141 y 1273). Pero no todos tienen la misma función, porque no todos participan del mismo modo en el sacerdocio de Cristo”[3].

  Aquí se ha producido una inversión en algunos casos donde se han confundido los dos distintos modos esenciales de participación en el sacerdocio de Cristo, y se han delegado funciones concretas a seglares que no les corresponden, pensando que así “participan” más. O, sin llegar a desviaciones graves, sí subyace la mentalidad de que todos participan igual y en el mismo grado y hay que conceder mayor amplitud a las intervenciones de laicos en la liturgia, multiplicando moniciones, peticiones, etc., o situándolos en el mismo presbiterio (olvidando que el presbiterio es el lugar de los presbíteros y ministros para las acciones sagradas).

  Y es que fomentar el sacerdocio bautismal y ayudarlo a madurar en esa conciencia, jamás puede significar “clericalizar” a los laicos, delegando responsabilidades pastorales o litúrgicas que son inherentes a los ministros ordenados. Se les reducía el campo: en vez de la amplitud del mundo, de la vida cotidiana, matrimonial y familiar, de los espacios humanos de la sociedad, la educación, la cultura, la política, la economía, etc., se les encerraba en el espacio de la sacristía, del despacho parroquial y del altar, como si esa fuera la única manera de que el laicado realizase su propia vocación apostólica.

  Es un peligro patente: la clericalización de los laicos mientras, por la misma distorsión, se produce una secularización de los sacerdotes insertándolos en las realidades temporales que son propias de los seglares. Lo advertía Benedicto XVI:

  “Es en la diversidad esencial entre sacerdocio ministerial y sacerdocio común donde se entiende la identidad específica de los fieles ordenados y laicos. Por esa razón es necesario evitar la secularización de los sacerdotes y la clericalización de los laicos” (Benedicto XVI, Discurso al segundo grupo de obispos de Brasil en visita ad limina, 17-septiembre-2009).

  En esta dirección, se han multiplicado las advertencias y exhortaciones del reciente magisterio pontificio para corregir esta confusión. Un breve elenco nos muestra la seriedad del problema:

 “Una eclesiología auténtica debe poner especial cuidado en evitar tanto la laicización del sacerdocio ministerial como la clericalización de la vocación laical (cf. Discurso a los laicos, 18 de septiembre de 1987, 5)” (Juan Pablo II, Disc. al 6º grupo de obispos estadounidenses de la región IV en visita ad limina, 2-julio-1993).

 “Del mismo modo corremos el riesgo de “clericalizar” el laicado o “laicizar” al clero, vaciando así tanto la condición clerical como la laical de su específico significado y de su complementariedad. Ambos son indispensables para la “perfección del amor", que es el objetivo común de todos los fieles. Debemos, por tanto, reconocer y respetar en estas condiciones de vida una diversidad que edifica el cuerpo de Cristo en la unidad” (Juan Pablo II, Disc. a los representantes del laicado católico, Catedral de Santa María, San Francisco (EE.UU), 17-septiembre-1987).

  “Los sacerdotes deberán estar atentos para no usurpar el papel de los laicos en el orden temporal mientras que los fieles laicos deberán evitar un cierto tipo de “clericalización” que ensombrece la particular dignidad del estado laical basado en el Bautismo y en la Confirmación” (Juan Pablo II, Disc. al 2º grupo de Obispos de Indonesia en visita ad limina, 13-septiembre-1996).

  “También ellos son, en cuanto cristianos, bautizados y confirmados, no sólo receptores de nuestra cura pastoral, sino que también son llamados a una corresponsabilidad y a una participación activa… No se puede tratar ni de una postura de competición con el clero ni de una clericalización de los laicos, sino ante todo se trata de la específica participación, adaptada a ellos, en el servicio temporal de la Iglesia para la guía de los Pastores llamados por Dios” (Juan Pablo II, Disc. a los obispos de Austria en visita ad limina, 19-junio-1987).

  “Una tendencia a oscurecer las bases teológicas de esta diferencia puede llevar a una clericalización incorrecta del laicado y a una laicización del clero… Sin embargo, la vocación laical debería centrarse principalmente en su compromiso en el mundo, mientras que el sacerdote ha sido ordenado para ser pastor, maestro y guía de oración y vida sacramental en el ámbito de la Iglesia” (Juan Pablo II, Disc. a los obispos de Nueva Zelanda en visita ad limina, 21-noviembre-1998).

 

 



[1] Benedicto XVI, Homilía en la Catedral de Westminster, 18-septiembre-2010.

[2] Juan Pablo II, Disc. a la Plenaria de la Cong. del Clero, 23-noviembre-2001.

[3] Juan Pablo II, Discurso al 4ª grupo de Obispos de Brasil, 21-septiembre-2002.

3.05.18

Fundamentos de la participación litúrgica, 3ª parte (XVIII)

3. “Dignidad” del sacerdocio común

  Una enseñanza completa y clara es la que nos ofrece san Pedro Crisólogo, mostrando la naturaleza, la dignidad y la función del sacerdocio bautismal; es la voz de la Tradición más genuina desplegando las riquezas de este sacerdocio común y orientando, con palabras de fe, para vivirlo y desarrollarlo:

  “Pero escuchemos ya lo que nos dice el Apóstol: Os exhorto –dice– a presentar vuestros cuerpos. Al rogar así el Apóstol eleva a todos los hombres a la dignidad del sacerdocio: a presentar vuestros cuerpos como hostia viva.

  ¡Oh inaudita riqueza del sacerdocio cristiano: el hombre es, a la vez, sacerdote y víctima! El cristiano ya no tiene que buscar fuera de sí la ofrenda que debe inmolar a Dios: lleva consigo y en sí mismo lo que va a sacrificar a Dios. Tanto la víctima como el sacerdote permanecen intactos: la víctima sacrificada sigue viviendo, y el sacerdote que presenta el sacrificio no podría matar esta víctima.

 Misterioso sacrificio en que el cuerpo es ofrecido sin inmolación del cuerpo, y la sangre se ofrece sin derramamiento de sangre. Os exhorto, por la misericordia de Dios –dice–, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva.

 Este sacrificio, hermanos, es como una imagen del de Cristo que, permaneciendo vivo, inmoló su cuerpo por la vida del mundo: él hizo efectivamente de su cuerpo una hostia viva, porque a pesar de haber sido muerto, continúa viviendo. En un sacrificio como éste, la muerte tuvo su parte, pero la víctima permaneció viva; la muerte resultó castigada, la víctima, en cambio, no perdió la vida. Así también, para los mártires, la muerte fue un nacimiento: su fin, un principio, al ajusticiarlos encontraron la vida y, cuando, en la tierra, los hombres pensaban que habían muerto, empezaron a brillar resplandecientes en el cielo.

Os exhorto, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como una hostia viva. Es lo mismo que ya había dicho el profeta: Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo.

 Hombre, procura, pues, ser tú mismo el sacrificio y el sacerdote de Dios. No desprecies lo que el poder de Dios te ha dado y concedido. Revístete con la túnica de la santidad, que la castidad sea tu ceñidor, que Cristo sea el casco de tu cabeza, que la cruz defienda tu frente, que en tu pecho more el conocimiento de los misterios de Dios, que tú oración arda continuamente, como perfume de incienso: toma en tus manos la espada del Espíritu: haz de tu corazón un altar, y así, afianzado en Dios, presenta tu cuerpo al Señor como sacrificio.

 Dios te pide la fe, no desea tu muerte; tiene sed de tu entrega, no de tu sangre; se aplaca, no con tu muerte, sino con tu buena voluntad” (Serm. 108).

  El sacerdocio real, bautismal, se ejerce en el mundo, consagrando la materia profana –el trabajo, el arte, la economía, la cultura… ¡todo!- a Dios; no es un privilegio para vivirlo de puertas adentro del templo, sino para santificarse en el mundo transformándolo y ofreciendo allí los continuos sacrificios espirituales.

  Es el mundo el lugar donde ser sacerdotes, vivir santamente, ofrecer, orar e interceder. Esta es la enseñanza constante de la Iglesia: “los fieles que, en cuanto incorporados a Cristo por el bautismo, integrados al Pueblo de Dios y hechos partícipes, a su modo, de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el pueblo cristiano en la parte que a ellos corresponde” (LG 31); “A los laicos corresponde, por propia vocación, tratar de obtener el reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios. Viven en el siglo, es decir, en todos y cada uno de los deberes y ocupaciones del mundo, y en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social, con las que su existencia está como entretejida. Allí están llamados por Dios, para que, desempeñando su propia profesión guiados por el espíritu evangélico, contribuyan a la santificación del mundo como desde dentro, a modo de fermento” (LG 31); “también los laicos, como adoradores que en todo lugar actúan santamente, consagran el mundo mismo a Dios” (LG 34); “los laicos, incluso cuando están ocupados en los cuidados temporales, pueden y deben desplegar una actividad muy valiosa en orden a la evangelización del mundo” (LG 35).

 Ya que la Iglesia recibe una misión propia, “que, por la propagación del Reino de Cristo en toda la tierra, para gloria de Dios Padre, todos los hombres sean partícipes de la redención salvadora, y por su medio se ordene realmente todo el mundo hacia Cristo” (AA 2), en el mundo, en el orden civil y temporal, realiza su misión por medio del laicado en virtud del sacerdocio bautismal. “Los laicos hechos partícipes del ministerio sacerdotal, profético y real de Cristo, cumplen su cometido en la misión de todo el pueblo de Dios en la Iglesia y en el mundo” (AA 2). “siendo propio del estado de los laicos el vivir en medio del mundo y de los negocios temporales, ellos son llamados por Dios para que, fervientes en el espíritu cristiano, ejerzan su apostolado en el mundo a manera de fermento” (AA 3); lo realizan porque son consagrados por Dios como sacerdotes, profetas y reyes en el mundo, y se nutren de la vida litúrgica y sacramental: “son destinados al apostolado por el mismo Señor. Son consagrados como sacerdocio real y gente santa (Cf. 1 Pe., 2,4-10) para ofrecer hostias espirituales por medio de todas sus obras, y para dar testimonio de Cristo en todas las partes del mundo. La caridad, que es como el alma de todo apostolado, se comunica y mantiene con los Sacramentos, sobre todo de la Eucaristía” (AA 3).

 

 

20.04.18

Fundamentos de la participación litúrgica, 2ª parte (XVIII)

2. Ofrecer, orar y santificarse

  El sacerdocio común de los fieles es llamado también sacerdocio bautismal porque es en los sacramentos de la Iniciación cristiana donde se recibe, originando una participación nueva, óntica, de todo nuestro ser, en la Persona y misión del Salvador. En las aguas bautismales nace un pueblo nuevo, ya consagrado al Señor, pueblo sacerdotal.

  El sacerdocio bautismal nace de nuestra regeneración en Cristo y de la unción con el Espíritu Santo:

 “La señal de la cruz hace reyes a todos los regenerados en Cristo, y la unción del Espíritu Santo los consagra sacerdotes; y así, además de este especial servicio de nuestro ministerio, todos los cristianos espirituales y perfectos deben saber que son partícipes del linaje regio y del oficio sacerdotal. ¿Qué hay más regio que un espíritu que, sometido a Dios, rige su propio cuerpo? ¿Y qué hay más sacerdotal que ofrecer a Dios una conciencia pura y las inmaculadas víctimas de nuestra piedad en el altar del corazón?” (S. León Magno, Serm. 4,1).

 En ese sentido, destaca la interpretación patrística de la Unción post-bautismal con el santo Crisma:

  “Al salir de la piscina bautismal, fuiste al sacerdote. Considera lo que vino a continuación. Es lo que dice e salmista: Es ungüento precioso en la cabeza, que va bajando por la barba, que baja por la barba de Aarón. Es el ungüento del que dice el Cantar de los cantares: Tu nombre es como un bálsamo fragante, y de ti se enamorar las doncellas. ¡Cuántas son hoy las almas renovadas que llenas de amor a ti, Señor Jesús, te dicen: Arrástranos tras de ti; correremos tras el olor de tus vestidos, atraídas por el olor de tu resurrección!

  Esfuérzate en penetrar el significado de este rito, porque el sabio lleva los ojos en la cara. Este ungüento va bajando por la barba, esto es, por tu juventud renovada, y por la barba de Aarón, porque te convierte en raza elegida, sacerdotal, preciosa. Todos, en efecto, somos ungidos por la gracia del Espíritu para ser miembros del reino de Dios y formar parte de su sacerdocio” (S. Ambrosio, De Mist., 29-30).

  Somos sacerdotes por el bautismo, un sacerdocio santo, por el cual y ante todo, dirá San Pedro, ofrecemos “sacrificios espirituales” (1P 2,5).

  “Y sacerdocio real porque están unidos al cuerpo de aquel que es rey soberano y verdadero sacerdote, capaz de otorgarles su reino como rey, y de limpiar sus pecados como pontífice con la oblación de su sangre. Los llama sacerdocio real para que no se olviden nunca de esperar el reino eterno y de seguir ofreciendo a Dios el holocausto de una vida intachable” (Beda el Venerable, Com. a la Primera Carta de san Pedro).

   Este sacerdocio común se destina a ofrecer sacrificios espirituales, y entre estos sacrificios, destaca la oración; ésta es un sacrificio puro y constante que se eleva en honor de Dios y que intercede por todos. Así pues, la vida de oración, tanto en privado como en la oración común y litúrgica es un sacrificio que se ofrece en razón del sacerdocio bautismal. Será oración espiritual, pura, si va acompasada con una vida santa, ofrecida a Dios, y con obras buenas, de misericordia y bondad:

  “La oración es el sacrificio espiritual que abrogó los antiguos sacrificios. ¿Qué me importa el número de vuestros sacrificios?, dice el Señor. Estoy harto de holocaustos de carneros, de grasa de cebones; la sangre de toros, corderos y chivos no me agrada. ¿Quién pide algo de vuestras manos? Lo que Dios desea, nos lo dice el evangelio: Se acerca la hora, dice, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad. Porque Dios es espíritu, y desea un culto espiritual.

 Nosotros somos, pues, verdaderos adoradores y verdaderos sacerdotes cuando oramos en espíritu y ofrecemos a Dios nuestra oración como aquella víctima propia de Dios y acepta a sus ojos.

Esta víctima, ofrecida del fondo de nuestro corazón, nacida de la fe, nutrida con la verdad, intacta y sin defecto, integra y pura, coronada por el amor, hemos de presentarla ante el altar de Dios, entre salmos e himnos, acompañada del cortejo de nuestras buenas obras, y ella nos alcanzará de Dios todos los bienes” (Tertuliano, De orat., 28).

  Por el sacerdocio eterno de Jesucristo, del cual participamos, ofrecemos nuestra oración al Padre por su medio. La oración no es un sentimiento privado ni un desahogo momentáneo, sino una plegaria que se desarrolla en comunión con Cristo, y se eleva a Dios por el sacerdocio de Cristo, nuestro Mediador e Intercesor. Por eso orar es un ejercicio del sacerdocio común que se ejerce en virtud de la unión con Cristo Sacerdote; orar “sin cesar” (1Ts 5,17), “sed asiduos en la oración” (Rm 12,9), es misión y oficio de los bautizados por su sacerdocio.

 “Teniendo ante sus ojos este oficio sacerdotal de Cristo, dice el Apóstol: Por su medio, ofrezcamos continuamente a Dios un sacrificio de alabanza, es decir, el fruto de unos labios que profesan su nombre. Por él, pues, ofrecemos el sacrificio de nuestra alabanza y oración, ya que por su muerte fuimos reconciliados cuando éramos todavía enemigos. Por él, que se dignó hacerse sacrificio por nosotros, puede nuestro sacrificio ser agradable en la presencia de Dios. Por esto, nos exhorta san Pedro: También vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado, para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo. Por este motivo, decimos a Dios Padre: «Por nuestro Señor Jesucristo»” (S. Fulgencio de Ruspe, Carta 14,36).

Pero igualmente es oficio sacerdotal el sacrificar, el ofrecer el sacrificio. En el Antiguo Testamento, de pie, el sacerdote ofrecía víctimas en el altar del Templo; Cristo de pie en la cruz, “elevado”, “levantado sobre la tierra”, ofreció como Sacerdote el sacrificio de sí mismo. Ahora los bautizados, unidos a Cristo en la Cruz, también ofrecen como sacerdotes, no ya víctimas y animales, sino se ofrecen a sí mismos junto con Cristo (especialmente en la Eucaristía), ofrecen su corazón y el ejercicio de las virtudes cristianas, del trabajo, de las obras. Propio del sacerdote es sacrificar y ofrecer y ahora, por el sacerdocio bautismal, es propio de nuestra vida sacrificar y ofrecer oblaciones espirituales y santas.

 Entregamos nuestro corazón con la confesión de nuestros pecados y el reconocimiento de su misericordia y esa ofrenda de nuestro corazón contrito, humillado, amasado con lágrimas de expiación, es sacrificio santo:

 “Si te ofreciera un holocausto - dice-, no lo querrías. Si no quieres, pues, holocaustos, ¿vas a quedar sin sacrificios? De ningún modo. Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias. Éste es el sacrificio que has de ofrecer. No busques en el rebaño, no prepares navíos para navegar hasta las más lejanas tierras a buscar perfumes. Busca en tu corazón la ofrenda grata a Dios. El corazón es lo que hay que quebrantar” (S. Agustín, Serm. 19,3).

  El mejor y más alto sacrificio es unirse a Cristo Sacerdote, entregándose a Dios, ofreciéndose a Él, para que Él tome de nosotros lo que le plazca, sin reservarnos nada.

  “Sacrifiquemos no jóvenes terneros ni corderos con cuernos y uñas, más muertos que vivos y desprovistos de inteligencia, sino más bien ofrezcamos a Dios un sacrificio de alabanza sobre el altar del cielo, unidos a los coros celestiales. Atravesemos la primera cortina, avancemos hasta la segunda y dirijamos nuestras miradas al Santísimo.

  Yo diría aún más: inmolémonos nosotros mismos a Dios, ofrezcámosle todos los días nuestro ser con todas nuestras acciones. Estemos dispuestos a todo por causa del Verbo; imitemos su Pasión con nuestros padecimientos, honremos su sangre con nuestra sangre, subamos decididamente a su cruz” (S, Gregorio Nacianceno, Serm. 45,23-24).

 

 

12.04.18

Fundamentos de la participación litúrgica, 1ª parte (XVIII)

 Una buena teología orienta y determina que pueda darse una buena pastoral, así como una vida espiritual sólida, con solera; pero la ausencia de una buena teología, se presta a las veleidades de unos y otros, a las buenas intenciones y entusiasmos de unos y otros y, por tanto, a la creatividad salvaje, la improvisación y los cambios.

  Para alcanzar el meollo de la cuestión, la participación de los fieles en la liturgia (interior, consciente, activa, externa, plena, fructuosa, devota… adjetivos de la Constitución Sacrosanctum Concilium), se requiere una buena teología que vaya a lo central, en este caso, una teología que ahonde en el sacerdocio bautismal de todo el pueblo santo de Dios. Es este sacerdocio común, conferido por Cristo con su Espíritu Santo, el que determina el modo y la calidad de la participación en la liturgia. Todos deben participar en la santa liturgia en razón de que han sido constituidos sacerdotes para nuestro Dios.

   Este sacerdocio es llamado “sacerdocio bautismal” y “sacerdocio común”, diferente del “sacerdocio ministerial” en esencia y no solamente en grado: “El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico, aunque diferentes esencialmente y no sólo en grado, se ordenan, sin embargo, el uno al otro, pues ambos participan a su manera del único sacerdocio de Cristo” (LG 10). Los sacerdotes reciben el ministerio, que es distinto en su esencia, para el servicio de los fieles, para la santificación del pueblo cristiano y como ayuda para que todos vivan santamente su sacerdocio bautismal: “El sacerdocio ministerial, por la potestad sagrada de que goza, forma y dirige el pueblo sacerdotal, confecciona el sacrificio eucarístico en la persona de Cristo y lo ofrece en nombre de todo el pueblo a Dios” (Ibíd.).

   Por el bautismo y la confirmación, Dios hace de sus hijos un pueblo santo, sacerdotal, para que vivan a Él consagrados en el mundo; así se entiende que podamos pedir en oración: “Rey todopoderoso, que por el bautismo has hecho de nosotros un sacerdocio real, haz que nuestra vida sea un continuo sacrificio de alabanza”[1].

   La carta a los Hebreos muestra a Cristo como el sumo sacerdote que ha ofrecido un sacrificio perfecto y ha entrado en el santuario del cielo, intercediendo por todos. Su sacrificio ha sido Él mismo en su cuerpo, no ofreciendo nada exterior a sí mismo, ni es un sacerdocio ritual, repitiendo los mismos sacrificios año tras año. Cristo sacerdote ha ofrecido el único Sacrificio de una vez para siempre. Jesucristo es el sumo sacerdote de los bienes definitivos.

“En la Carta a los Hebreos se afirma, de forma clara y convincente, que Jesucristo ha cumplido con toda su vida y sobre todo con el sacrificio de la cruz, lo que se ha inscrito en la tradición mesiánica de la Revelación divina. Su sacerdocio es puesto en referencia al servicio ritual de los sacerdotes de a antigua alianza, que sin embargo Él sobrepasa, como Sacerdote y como Víctima. En Cristo, pues, se cumple el eterno designio de Dios que dispuso la institución del sacerdocio en la historia de la alianza” (Juan Pablo II, Audiencia general, 18-febrero-1987).

  Explica Orígenes la acción sacerdotal plena de Jesús:

  “Una vez al año el sumo sacerdote, alejándose del pueblo, entra en el lugar donde se halla el propiciatorio, los querubines, el arca del testamento, y el altar del incienso, en aquel lugar donde nadie puede penetrar, sino sólo el sumo sacerdote.

  Si pensamos ahora en nuestro verdadero sumo sacerdote, el Señor Jesucristo, y consideramos cómo, mientras vivió en carne mortal, estuvo durante todo el año con el pueblo, aquel año del que él mismo dice: Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar el año de gracia del Señor, fácilmente advertiremos que, en este año, penetró una sola vez, el día de la propiciación, en el santuario: es decir, en los cielos, después de haber realizado su misión, y que subió hasta el trono del Padre, para ser la propiciación del género humano y para interceder por cuantos creen en él” (Orígenes, Hom. in Lev., 9,5).

  Jesucristo sumo y eterno sacerdote ha ofrecido un sacrificio perfecto para la expiación de los pecados, al asumir nuestra humanidad en su encarnación y ofrecerse en el árbol de la cruz. Él es, al mismo tiempo, sacerdote, víctima y altar[2]. Los sacrificios del Antiguo Testamento, que una y otra vez se repetían por su incapacidad para expiar, eran sólo anuncio y profecía del sacrificio perfecto de Cristo.

 “Según la doctrina apostólica, se entregó por nosotros a Dios como oblación y víctima de suave olor. Él fue quien como Dios verdadero y verdadero sumo sacerdote que era, penetró una sola vez en el santuario, no con la sangre de los toros y los machos cabríos, sino con la suya propia. Esto era precisamente lo que significaba aquel sumo sacerdote que entraba cada año con la sangre en el Santo de los Santos.

  Él es quien en sí mismo poseía todo lo que era necesario para que se efectuara nuestra redención, es decir, él mismo fue el sacerdote y el sacrificio; él mismo, Dios y el templo: el sacerdote por cuyo medio nos reconciliamos, el sacrificio que nos reconcilia, el templo en el que nos reconciliamos, el Dios con quien nos hemos reconciliado” (S. Fulgencio de Ruspe, Regla de la verdadera fe, 22,63).

  El sacerdocio de Cristo, eterno y para siempre, que no proviene de medios humanos ni de genealogía, sino “según el rito de Melquisedec” (cf. Sal 109), de origen divino, es comunicado a todos los miembros de su Cuerpo, la Iglesia; los que son de Cristo quedan hechos partícipes de su sacerdocio eterno y definitivo: “Que constituiste a tu único Hijo Pontífice de la Alianza nueva y eterna por la unción del Espíritu Santo, y determinaste, en tu designio salvífico, perpetuar en la Iglesia su único sacerdocio.

El no sólo ha conferido el honor del sacerdocio real a todo su pueblo santo…”[3] Este sacerdocio tiene dos modalidades: el sacerdocio bautismal de todos los fieles y el sacerdocio ministerial por el sacramento del Orden, diferentes en esencia y no sólo en grado.

  Todo el pueblo cristiano participa de la cualidad sacerdotal de su Señor: “Señor Jesús, sacerdote eterno, que has querido que tu pueblo participara de tu sacerdocio, haz que ofrezcamos siempre sacrificios espirituales agradables a Dios”[4]. Vemos, pues, la verdad y contundencia de las palabras del Apocalipsis: “has hecho de ellos para nuestro Dios un reino de sacerdotes” (Ap 5,10).

 

 



[1] Preces Laudes, Martes I del Salterio.

[2] Prefacio pascual V.

[3] Prefacio Misa Jesucristo sumo y eterno sacerdote.

[4] Preces Laudes, Lunes II del Salterio.