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20.04.18

Fundamentos de la participación litúrgica, 2ª parte (XVIII)

2. Ofrecer, orar y santificarse

  El sacerdocio común de los fieles es llamado también sacerdocio bautismal porque es en los sacramentos de la Iniciación cristiana donde se recibe, originando una participación nueva, óntica, de todo nuestro ser, en la Persona y misión del Salvador. En las aguas bautismales nace un pueblo nuevo, ya consagrado al Señor, pueblo sacerdotal.

  El sacerdocio bautismal nace de nuestra regeneración en Cristo y de la unción con el Espíritu Santo:

 “La señal de la cruz hace reyes a todos los regenerados en Cristo, y la unción del Espíritu Santo los consagra sacerdotes; y así, además de este especial servicio de nuestro ministerio, todos los cristianos espirituales y perfectos deben saber que son partícipes del linaje regio y del oficio sacerdotal. ¿Qué hay más regio que un espíritu que, sometido a Dios, rige su propio cuerpo? ¿Y qué hay más sacerdotal que ofrecer a Dios una conciencia pura y las inmaculadas víctimas de nuestra piedad en el altar del corazón?” (S. León Magno, Serm. 4,1).

 En ese sentido, destaca la interpretación patrística de la Unción post-bautismal con el santo Crisma:

  “Al salir de la piscina bautismal, fuiste al sacerdote. Considera lo que vino a continuación. Es lo que dice e salmista: Es ungüento precioso en la cabeza, que va bajando por la barba, que baja por la barba de Aarón. Es el ungüento del que dice el Cantar de los cantares: Tu nombre es como un bálsamo fragante, y de ti se enamorar las doncellas. ¡Cuántas son hoy las almas renovadas que llenas de amor a ti, Señor Jesús, te dicen: Arrástranos tras de ti; correremos tras el olor de tus vestidos, atraídas por el olor de tu resurrección!

  Esfuérzate en penetrar el significado de este rito, porque el sabio lleva los ojos en la cara. Este ungüento va bajando por la barba, esto es, por tu juventud renovada, y por la barba de Aarón, porque te convierte en raza elegida, sacerdotal, preciosa. Todos, en efecto, somos ungidos por la gracia del Espíritu para ser miembros del reino de Dios y formar parte de su sacerdocio” (S. Ambrosio, De Mist., 29-30).

  Somos sacerdotes por el bautismo, un sacerdocio santo, por el cual y ante todo, dirá San Pedro, ofrecemos “sacrificios espirituales” (1P 2,5).

  “Y sacerdocio real porque están unidos al cuerpo de aquel que es rey soberano y verdadero sacerdote, capaz de otorgarles su reino como rey, y de limpiar sus pecados como pontífice con la oblación de su sangre. Los llama sacerdocio real para que no se olviden nunca de esperar el reino eterno y de seguir ofreciendo a Dios el holocausto de una vida intachable” (Beda el Venerable, Com. a la Primera Carta de san Pedro).

   Este sacerdocio común se destina a ofrecer sacrificios espirituales, y entre estos sacrificios, destaca la oración; ésta es un sacrificio puro y constante que se eleva en honor de Dios y que intercede por todos. Así pues, la vida de oración, tanto en privado como en la oración común y litúrgica es un sacrificio que se ofrece en razón del sacerdocio bautismal. Será oración espiritual, pura, si va acompasada con una vida santa, ofrecida a Dios, y con obras buenas, de misericordia y bondad:

  “La oración es el sacrificio espiritual que abrogó los antiguos sacrificios. ¿Qué me importa el número de vuestros sacrificios?, dice el Señor. Estoy harto de holocaustos de carneros, de grasa de cebones; la sangre de toros, corderos y chivos no me agrada. ¿Quién pide algo de vuestras manos? Lo que Dios desea, nos lo dice el evangelio: Se acerca la hora, dice, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad. Porque Dios es espíritu, y desea un culto espiritual.

 Nosotros somos, pues, verdaderos adoradores y verdaderos sacerdotes cuando oramos en espíritu y ofrecemos a Dios nuestra oración como aquella víctima propia de Dios y acepta a sus ojos.

Esta víctima, ofrecida del fondo de nuestro corazón, nacida de la fe, nutrida con la verdad, intacta y sin defecto, integra y pura, coronada por el amor, hemos de presentarla ante el altar de Dios, entre salmos e himnos, acompañada del cortejo de nuestras buenas obras, y ella nos alcanzará de Dios todos los bienes” (Tertuliano, De orat., 28).

  Por el sacerdocio eterno de Jesucristo, del cual participamos, ofrecemos nuestra oración al Padre por su medio. La oración no es un sentimiento privado ni un desahogo momentáneo, sino una plegaria que se desarrolla en comunión con Cristo, y se eleva a Dios por el sacerdocio de Cristo, nuestro Mediador e Intercesor. Por eso orar es un ejercicio del sacerdocio común que se ejerce en virtud de la unión con Cristo Sacerdote; orar “sin cesar” (1Ts 5,17), “sed asiduos en la oración” (Rm 12,9), es misión y oficio de los bautizados por su sacerdocio.

 “Teniendo ante sus ojos este oficio sacerdotal de Cristo, dice el Apóstol: Por su medio, ofrezcamos continuamente a Dios un sacrificio de alabanza, es decir, el fruto de unos labios que profesan su nombre. Por él, pues, ofrecemos el sacrificio de nuestra alabanza y oración, ya que por su muerte fuimos reconciliados cuando éramos todavía enemigos. Por él, que se dignó hacerse sacrificio por nosotros, puede nuestro sacrificio ser agradable en la presencia de Dios. Por esto, nos exhorta san Pedro: También vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado, para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo. Por este motivo, decimos a Dios Padre: «Por nuestro Señor Jesucristo»” (S. Fulgencio de Ruspe, Carta 14,36).

Pero igualmente es oficio sacerdotal el sacrificar, el ofrecer el sacrificio. En el Antiguo Testamento, de pie, el sacerdote ofrecía víctimas en el altar del Templo; Cristo de pie en la cruz, “elevado”, “levantado sobre la tierra”, ofreció como Sacerdote el sacrificio de sí mismo. Ahora los bautizados, unidos a Cristo en la Cruz, también ofrecen como sacerdotes, no ya víctimas y animales, sino se ofrecen a sí mismos junto con Cristo (especialmente en la Eucaristía), ofrecen su corazón y el ejercicio de las virtudes cristianas, del trabajo, de las obras. Propio del sacerdote es sacrificar y ofrecer y ahora, por el sacerdocio bautismal, es propio de nuestra vida sacrificar y ofrecer oblaciones espirituales y santas.

 Entregamos nuestro corazón con la confesión de nuestros pecados y el reconocimiento de su misericordia y esa ofrenda de nuestro corazón contrito, humillado, amasado con lágrimas de expiación, es sacrificio santo:

 “Si te ofreciera un holocausto - dice-, no lo querrías. Si no quieres, pues, holocaustos, ¿vas a quedar sin sacrificios? De ningún modo. Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias. Éste es el sacrificio que has de ofrecer. No busques en el rebaño, no prepares navíos para navegar hasta las más lejanas tierras a buscar perfumes. Busca en tu corazón la ofrenda grata a Dios. El corazón es lo que hay que quebrantar” (S. Agustín, Serm. 19,3).

  El mejor y más alto sacrificio es unirse a Cristo Sacerdote, entregándose a Dios, ofreciéndose a Él, para que Él tome de nosotros lo que le plazca, sin reservarnos nada.

  “Sacrifiquemos no jóvenes terneros ni corderos con cuernos y uñas, más muertos que vivos y desprovistos de inteligencia, sino más bien ofrezcamos a Dios un sacrificio de alabanza sobre el altar del cielo, unidos a los coros celestiales. Atravesemos la primera cortina, avancemos hasta la segunda y dirijamos nuestras miradas al Santísimo.

  Yo diría aún más: inmolémonos nosotros mismos a Dios, ofrezcámosle todos los días nuestro ser con todas nuestras acciones. Estemos dispuestos a todo por causa del Verbo; imitemos su Pasión con nuestros padecimientos, honremos su sangre con nuestra sangre, subamos decididamente a su cruz” (S, Gregorio Nacianceno, Serm. 45,23-24).

 

 

12.04.18

Fundamentos de la participación litúrgica, 1ª parte (XVIII)

 Una buena teología orienta y determina que pueda darse una buena pastoral, así como una vida espiritual sólida, con solera; pero la ausencia de una buena teología, se presta a las veleidades de unos y otros, a las buenas intenciones y entusiasmos de unos y otros y, por tanto, a la creatividad salvaje, la improvisación y los cambios.

  Para alcanzar el meollo de la cuestión, la participación de los fieles en la liturgia (interior, consciente, activa, externa, plena, fructuosa, devota… adjetivos de la Constitución Sacrosanctum Concilium), se requiere una buena teología que vaya a lo central, en este caso, una teología que ahonde en el sacerdocio bautismal de todo el pueblo santo de Dios. Es este sacerdocio común, conferido por Cristo con su Espíritu Santo, el que determina el modo y la calidad de la participación en la liturgia. Todos deben participar en la santa liturgia en razón de que han sido constituidos sacerdotes para nuestro Dios.

   Este sacerdocio es llamado “sacerdocio bautismal” y “sacerdocio común”, diferente del “sacerdocio ministerial” en esencia y no solamente en grado: “El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico, aunque diferentes esencialmente y no sólo en grado, se ordenan, sin embargo, el uno al otro, pues ambos participan a su manera del único sacerdocio de Cristo” (LG 10). Los sacerdotes reciben el ministerio, que es distinto en su esencia, para el servicio de los fieles, para la santificación del pueblo cristiano y como ayuda para que todos vivan santamente su sacerdocio bautismal: “El sacerdocio ministerial, por la potestad sagrada de que goza, forma y dirige el pueblo sacerdotal, confecciona el sacrificio eucarístico en la persona de Cristo y lo ofrece en nombre de todo el pueblo a Dios” (Ibíd.).

   Por el bautismo y la confirmación, Dios hace de sus hijos un pueblo santo, sacerdotal, para que vivan a Él consagrados en el mundo; así se entiende que podamos pedir en oración: “Rey todopoderoso, que por el bautismo has hecho de nosotros un sacerdocio real, haz que nuestra vida sea un continuo sacrificio de alabanza”[1].

   La carta a los Hebreos muestra a Cristo como el sumo sacerdote que ha ofrecido un sacrificio perfecto y ha entrado en el santuario del cielo, intercediendo por todos. Su sacrificio ha sido Él mismo en su cuerpo, no ofreciendo nada exterior a sí mismo, ni es un sacerdocio ritual, repitiendo los mismos sacrificios año tras año. Cristo sacerdote ha ofrecido el único Sacrificio de una vez para siempre. Jesucristo es el sumo sacerdote de los bienes definitivos.

“En la Carta a los Hebreos se afirma, de forma clara y convincente, que Jesucristo ha cumplido con toda su vida y sobre todo con el sacrificio de la cruz, lo que se ha inscrito en la tradición mesiánica de la Revelación divina. Su sacerdocio es puesto en referencia al servicio ritual de los sacerdotes de a antigua alianza, que sin embargo Él sobrepasa, como Sacerdote y como Víctima. En Cristo, pues, se cumple el eterno designio de Dios que dispuso la institución del sacerdocio en la historia de la alianza” (Juan Pablo II, Audiencia general, 18-febrero-1987).

  Explica Orígenes la acción sacerdotal plena de Jesús:

  “Una vez al año el sumo sacerdote, alejándose del pueblo, entra en el lugar donde se halla el propiciatorio, los querubines, el arca del testamento, y el altar del incienso, en aquel lugar donde nadie puede penetrar, sino sólo el sumo sacerdote.

  Si pensamos ahora en nuestro verdadero sumo sacerdote, el Señor Jesucristo, y consideramos cómo, mientras vivió en carne mortal, estuvo durante todo el año con el pueblo, aquel año del que él mismo dice: Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar el año de gracia del Señor, fácilmente advertiremos que, en este año, penetró una sola vez, el día de la propiciación, en el santuario: es decir, en los cielos, después de haber realizado su misión, y que subió hasta el trono del Padre, para ser la propiciación del género humano y para interceder por cuantos creen en él” (Orígenes, Hom. in Lev., 9,5).

  Jesucristo sumo y eterno sacerdote ha ofrecido un sacrificio perfecto para la expiación de los pecados, al asumir nuestra humanidad en su encarnación y ofrecerse en el árbol de la cruz. Él es, al mismo tiempo, sacerdote, víctima y altar[2]. Los sacrificios del Antiguo Testamento, que una y otra vez se repetían por su incapacidad para expiar, eran sólo anuncio y profecía del sacrificio perfecto de Cristo.

 “Según la doctrina apostólica, se entregó por nosotros a Dios como oblación y víctima de suave olor. Él fue quien como Dios verdadero y verdadero sumo sacerdote que era, penetró una sola vez en el santuario, no con la sangre de los toros y los machos cabríos, sino con la suya propia. Esto era precisamente lo que significaba aquel sumo sacerdote que entraba cada año con la sangre en el Santo de los Santos.

  Él es quien en sí mismo poseía todo lo que era necesario para que se efectuara nuestra redención, es decir, él mismo fue el sacerdote y el sacrificio; él mismo, Dios y el templo: el sacerdote por cuyo medio nos reconciliamos, el sacrificio que nos reconcilia, el templo en el que nos reconciliamos, el Dios con quien nos hemos reconciliado” (S. Fulgencio de Ruspe, Regla de la verdadera fe, 22,63).

  El sacerdocio de Cristo, eterno y para siempre, que no proviene de medios humanos ni de genealogía, sino “según el rito de Melquisedec” (cf. Sal 109), de origen divino, es comunicado a todos los miembros de su Cuerpo, la Iglesia; los que son de Cristo quedan hechos partícipes de su sacerdocio eterno y definitivo: “Que constituiste a tu único Hijo Pontífice de la Alianza nueva y eterna por la unción del Espíritu Santo, y determinaste, en tu designio salvífico, perpetuar en la Iglesia su único sacerdocio.

El no sólo ha conferido el honor del sacerdocio real a todo su pueblo santo…”[3] Este sacerdocio tiene dos modalidades: el sacerdocio bautismal de todos los fieles y el sacerdocio ministerial por el sacramento del Orden, diferentes en esencia y no sólo en grado.

  Todo el pueblo cristiano participa de la cualidad sacerdotal de su Señor: “Señor Jesús, sacerdote eterno, que has querido que tu pueblo participara de tu sacerdocio, haz que ofrezcamos siempre sacrificios espirituales agradables a Dios”[4]. Vemos, pues, la verdad y contundencia de las palabras del Apocalipsis: “has hecho de ellos para nuestro Dios un reino de sacerdotes” (Ap 5,10).

 

 



[1] Preces Laudes, Martes I del Salterio.

[2] Prefacio pascual V.

[3] Prefacio Misa Jesucristo sumo y eterno sacerdote.

[4] Preces Laudes, Lunes II del Salterio.

22.03.18

Participación, liturgia y vida, y 2ª parte (XVII)

            d) “Pneumatóforos” con una vida teologal

  La participación en la liturgia nos convierte en “pneumatóforos”, es decir, portadores del Espíritu Santo, llenos del Espíritu Santo. Él gemirá en nosotros y orará intercediendo; Él nos sugerirá el bien y nos llevará a realizarlo; Él pondrá sus palabras en nuestros labios y nos hará vivir como hijos en el Hijo; Él dará el fuego, el fervor, el impulso para toda obra buena y para todo apostolado. “La comunión que acabamos de recibir, Señor, nos comunique el mismo ardor del Espíritu Santo que tan maravillosamente inflamó a los apóstoles de tu Hijo”[1].

El Espíritu Santo en nosotros derrama su amor, permitiendo la vida divina en nosotros de Dios “que es amor” (1Jn 4,8). En la liturgia se da el Espíritu Santo y toda gracia para vivir esa caridad sobrenatural en el mundo: “Tú que nos has alimentado con el mismo pan del cielo, derrama, Señor, la abundancia del Espíritu Santo en nuestros corazones y haznos fuertes en el amor perfecto”[2], “nos haga progresar en el amor”[3]. Participar se convierte en la recepción activa y amorosa de ese mayor amor de Dios que, ensanchando nuestro corazón, nos permite amar más: “el memorial que tu Hijo nos mandó celebrar aumente la caridad en todos nosotros”[4]. El Espíritu Santo permite, mediante la liturgia, la vida teologal en nosotros, sosteniéndonos en las cruces, adversidades, dificultades: “encontremos en ella [la Eucaristía] la fuerza necesaria para vivir en fe y en caridad en medio de las pruebas de este mundo”[5]; “por la eficacia de esta eucaristía seamos fuertes en la fe y vivamos la unidad en el amor”[6]. Como un don y una gracia, el Espíritu Santo desarrolla y perfecciona la vida teologal en nosotros: “que vivamos siempre arraigados en la fe, esperanza y caridad, que tú mismo has infundido en nuestras almas”[7].

  “Concédenos vivir conforme a tu Espíritu”[8] pedimos en la liturgia, es decir, llevar una vida según el Espíritu y no según los deseos de la carne (cf. Gal 5, 14-21): “ayúdanos a pasar de nuestra antigua vida de pecado a la nueva vida del Espíritu”[9]. El Espíritu Santo en nosotros hará de nuestra existencia una alabanza a Dios: “que la gracia del Espíritu Santo habite en nuestros corazones y resplandezca en nuestras obras, para que así permanezcamos en tu amor y en tu alabanza”[10].

  Así el Espíritu Santo en el don de la santa liturgia dilatará el corazón, ensanchará el alma, para ser capaz de recibir los dones siempre mayores de Dios: “nos haga cada vez más capaces de recibir tus dones”[11].

 

            e) Hacer la voluntad del Padre

  La vida cristiana tiene como alimento, igual que Jesucristo, hacer la voluntad del Padre (cf. Jn 4, 34). Es su voluntad nuestro alimento ya que como hijos, movidos por la piedad filial, es vivir la voluntad del Padre. “Nuestra paz, Señor, es cumplir tu voluntad”, rezamos en unas preces de Laudes[12].

  El hombre rebelde, encorvado en sí mismo, sólo pretende seguir su capricho, esclavo de sus pasiones; la voluntad de Dios nos dignifica, nos erige como hijos, y así vivimos libremente. “Haz que unida [la Iglesia] a Cristo, su cabeza, se ofrezca con él a tu divina majestad y cumpla sinceramente tu voluntad”[13]. La vida en lo cotidiano y monótono, en la prosa de lo diario, tal vez monótona, es un servicio divino, un servicio santo, que se ofrece a Dios y se vive en Dios realizando su voluntad humildemente: “que la participación en los divinos misterios sirva, Señor, de protección a tu pueblo, para que entregado a tu servicio obtenga, en plenitud, la salvación de alma y cuerpo”[14].

 Y pues rezamos tres veces al día la oración dominical[15], rogando que se haga su voluntad en la tierra como en el cielo, suplicamos que, por la fuerza de los santos misterios, nuestra vida se encamina según la voluntad del Padre: “que concedas a quienes alimentas con tus sacramentos la gracia de poder servirte llevando una vida según tu voluntad”[16]. La liturgia, por la acción misteriosa y eficaz de Dios en nosotros, nos eleva y transforma y así vivimos en una relación constante de obediencia filial, haciendo de nuestra existencia una oblación agradable a Dios, buscando ser gratos a Dios en el cumplimiento de su voluntad: “condúcenos a perfección tan alta y mantennos en ella de tal forma que en todo sepamos agradarte”[17].

  En la vida cristiana, entonces, nos regimos por la voluntad de Dios, a la que amamos y que buscamos: “concede, Señor, a los que has alimentado con el sacramento de la unidad, la aceptación perfecta de tu voluntad en todas las cosas”[18], sintiendo internamente y enteramente reconociendo la voluntad de Dios: “purifica nuestros corazones de todo mal deseo, y haz que estemos siempre atentos a tu voluntad”[19], y obrando según su voluntad: “míranos benigno, Señor, ahora que vamos a comenzar nuestra labor cotidiana; haz que, obrando conforme a tu voluntad, cooperemos en tu obra”[20].

 El discernimiento será constante y necesario para sentir internamente la voluntad de Dios y distinguirla de las voces del mundo o de las voces de nuestra propia concupiscencia. Para ello se requiere una disposición habitual y una percepción sobrenatural de la voluntad de Dios: “haz que nuestros ojos estén siempre levantados hacia ti, para que respondamos con presteza a tus llamadas”[21].

 

            f) En el mundo, sin ser del mundo

 El cristiano es enviado al mundo como testigo y apóstol, sal y luz, edificando el Templo vivo de Dios, ordenando las realidades temporales según el espíritu del Evangelio: “a ellos corresponde iluminar y ordenar las realidades temporales a las que están estrechamente vinculados, de tal modo que sin cesar se realicen y progresen conforme a Cristo y sean para la gloria del Creador y del Redentor” (LG 31). Referente al laicado, el Concilio Vaticano II enseñará:

 “Ejercen el apostolado con su trabajo para la evangelización y santificación de los hombres, y para la función y el desempeño de los negocios temporales, llevado a cabo con espíritu evangélico de forma que su laboriosidad en este aspecto sea un claro testimonio de Cristo y sirva para la salvación de los hombres. Pero siendo propio del estado de los laicos el vivir en medio del mundo y de los negocios temporales, ellos son llamados por Dios para que, fervientes en el espíritu cristiano, ejerzan su apostolado en el mundo a manera de fermento” (AA 31).

  Para vivir así, insertos en el mundo aun cuando no se es del mundo, pero para transformarlo desde dentro, vivificándolo, la participación interior en la liturgia nos capacita. Oramos pidiendo: “haz que tu pueblo se adhiera a Jesucristo para que, a través de las tareas temporales, construya en la libertad tu reino eterno”[22] y así vivimos nuestro trabajo y obligaciones, con espíritu cristiano: “que nuestro trabajo de hoy sea provechoso para nuestros hermanos, y así todos juntos edifiquemos un mundo grato a tus ojos”[23]. El trabajo es el medio normal de santificación; la santidad es ordinaria, y no hay que buscarla de modo extraordinario y en algunas ocasiones, sino constantemente en lo normal de la vida laboral y profesional, con sentido sobrenatural y ofrecida: “Tú que has dispuesto que el hombre dominara el mundo con su esfuerzo, haz que nuestro trabajo te glorifique y santifique a nuestros hermanos”[24].

  Queremos y deseamos la salvación del mundo, por la cual nuestro Señor se entregó amando hasta el extremo, y sentimos como nuestro el deseo de Cristo; “concédenos vivir tan unidos en Cristo, que fructifiquemos con gozo para la salvación del mundo”[25], ya que no buscamos el bienestar material y establecer un paraíso terrenal, sino la salvación, el Reino de Dios; no es la ideología lo que nos mueve, sino la fe en Dios. Nos mueve el interés de la salvación de todos: “gustemos los frutos de tu amor y nos entreguemos a la salvación de nuestros hermanos”[26]; “concédenos, ahora, fortalecidos por este sacrificio, permanecer siempre unidos a Cristo por la fe y trabajar en la Iglesia por la salvación de todos los hombres”[27]. Suplicamos al Señor al comenzar el día: “haz que busquemos siempre el bien de nuestros hermanos y los ayudemos a progresar en su salvación”[28], dilatando nuestro corazón con impulso misionero, evangelizador, oblativo también.

  Es la fuerza de los sacramentos la que nos impulsa a servir, concretamente, a los hermanos, sin largos discursos solidarios sino en gestos sencillos y cotidianos: “te pedimos, Señor, que el amor con que nos alimentas fortalezca nuestros corazones y nos mueva a servirte en nuestros hermanos”[29]. Seremos así signos claros del amor de Dios, constructores de la civilización del amor inaugurada por el amor de Cristo hasta la cruz.

  El servicio a los hermanos es siempre el gesto de cercanía, haciéndose prójimo; cada jornada es la ocasión propicia para que crezca el bien y se difunda. Así se lo pedimos al Señor en la liturgia de Laudes: “concédenos ser la alegría de cuantos nos rodean y fuente de esperanza para los decaídos”[30]; “haz que sepamos descubrirte a ti en todos nuestros hermanos, sobre todo en los que sufren y en los pobres”[31]; “haz que seamos bondadosos y comprensivos con los que nos rodean, para que logremos así ser imágenes de tu bondad”[32]. Como Jesús lavando los pies a los discípulos, en el máximo servicio y más expresivo (que se anticipa a la Cruz), también el cristiano es, sencillamente, un servidor de sus hermanos: “enséñanos, Señor, a descubrir tu imagen en todos los hombres y a servirte a ti en cada uno de ellos”[33].

  Estamos en el mundo pero como consagrados por el mismo Señor; le pertenecemos a Él porque nos ha elegido, nos ha ungido con su Espíritu Santo en la Crismación y nos envía. De esa forma, nuestro estar ante el mundo tiene un rasgo propio, el de la consagración bautismal y por eso hemos de vivir como quienes pertenecen, no al mundo, sino a Dios: “que nosotros vivamos consagrados a ti, sobre todas las cosas”[34] y esta consagración será servir al Señor con conciencia pura, alma limpia: “tú que nos has alimentado, Señor, con el pan de los ángeles, concédenos servirte con una vida pura”[35]. A Él, porque le pertenecemos, le consagramos todas las cosas y todo nuestro tiempo: “Señor, Sol de justicia, que nos iluminaste en el bautismo, te consagramos este nuevo día”[36].

  Somos servidores del Señor, siervos del Señor como la Virgen María –la esclava del Señor- que son conscientes de lo que son: “siervos inútiles somos; hemos hecho lo que teníamos que hacer” (Lc 17,10), pero sirven “al Señor con alegría” (Sal 99). La Eucaristía vivida y participada interiormente configura la vida entera en un servicio al Señor, ofreciendo una impronta eucarística toda nuestra existencia ya que la Eucaristía, y la liturgia entera, nos conforman con Cristo: “concédenos realizar mediante una vida entregada a tu servicio, el misterio que ahora celebramos”[37], “podamos servirte en la tierra con caridad sincera”[38].

  Cada nueva jornada se renueva esta conciencia profunda del servicio al Señor: “al comenzar este nuevo día, pon en nuestros corazones el anhelo de servirte, para que te glorifiquemos en todos nuestros pensamientos y acciones”[39] porque es Dios mismo quien nos llama a servirle allí donde estamos, en los ámbitos concretos de nuestra vida normal, pero con una vocación de santidad y de servicio a los hombres: “Ya que nos llamas hoy a tu servicio, haznos buenos administradores de tu múltiple gracia en favor de nuestros hermanos”[40].

 



[1] OP, Misa vespertina Pentecostés.

[2] OP, Para pedir la caridad.

[3] OP, Sábado II Pasc.

[4] OP, XXXIII Dom. T. Ord.

[5] OP, San Carlos Luanga, 3 de junio.

[6] OP, San Pío X, 21 de agosto.

[7] Preces Laudes, Sábado IV del Salterio.

[8] OF, Espíritu Santo, B.

[9] OP, Sábado VII Pasc.

[10] Preces Laudes, Miérc. II del Salterio.

[11] OP, Miérc. VII Pasc.

[12] Laudes viernes II del Salterio.

[13] OF, Por la Iglesia, D.

[14] OP, 21 diciembre.

[15] En Laudes, en Vísperas y en la Misa cotidiana.

[16] OP, I Dom. T. Ord.

[17] OP, XXI Dom. T. Ord.

[18] OP, S. Martín de Tours, 11 de noviembre.

[19] Preces Laudes, Jueves III del Salterio.

[20] Preces Laudes, Lunes III del Salterio.

[21] Preces Laudes, Sábado IV del Salterio.

[22] OP, Por la Iglesia, D.

[23] Preces Laudes, Lunes III del Salterio.

[24] Preces Laudes, Martes IV del Salterio.

[25] OP, V Dom. T. Ord.

[26] OP, S. Francisco de Asís, 4 de octubre.

[27] OP, San Juan de la Cruz, 14 de diciembre.

[28] Preces Laudes, Lunes II del Salterio.

[29] OP, XXII Dom. T. Ord.

[30] Preces Laudes Martes I del Salterio.

[31] Preces Laudes Miérc. I del Salterio.

[32] Preces Laudes Jueves I del Salterio.

[33] Preces Laudes, Sábado II del Salterio.

[34] OF, San Carlos Luanga, 3 de junio.

[35] OP, San Luis Gonzaga, 21 de junio.

[36] Preces Laudes Sábado I del Salterio.

[37] OF, Misa vespertina S. Juan Bautista, 24 de junio.

[38] OP, Santa Marta, 29 de julio.

[39] Preces Laudes, Jueves III del Salterio.

[40] Preces Laudes, Lunes IV del Salterio.

1.03.18

Disposiciones interiores para participar en la liturgia, y 3ª parte (XVI)

c) Sentido de catolicidad

 

            -Eclesialidad de la liturgia

  La participación interior en la liturgia se realiza cuando hay un espíritu católico. Con profundo sentido eclesial, reconoce en la acción litúrgica no una acción privada, reservada sólo a los asistentes y con efectos espirituales sólo en los asistentes, de manera que se identifique la liturgia como algo grupal, restringido a la propia comunidad.

“Las acciones litúrgicas no son acciones privadas, sino celebraciones de la Iglesia, que es “sacramento de unidad", es decir, pueblo santo congregado y ordenado bajo la dirección de los Obispos. Por eso pertenecen a todo el cuerpo de la Iglesia, influyen en él y lo manifiestan; pero cada uno de los miembros de este cuerpo recibe un influjo diverso” (SC 26).

  El sentido católico dilata el corazón, lo ensancha, y esta nota de catolicidad es definitiva para vivir la liturgia con una mayor hondura. La reducción secularista centra la liturgia en los participantes, en el grupo, convirtiéndolo todo en fiesta y compromiso; pero la liturgia, ni es privada ni se reduce a un grupo: es católica. Todos los fieles deben experimentar en sus almas que la liturgia es una “epifanía de la Iglesia”, que “el Misterio de la Iglesia es principalmente anunciado, gustado y vivido en la Liturgia”[1].

  Las súplicas de la Iglesia en su liturgia son siempre universales, incluyen a todos, miran las necesidades de todos los hombres. Lo más alejado de ese espíritu católico es mirar sólo a los propios asistentes, la comunidad allí reunida, sólo lo propio. La catolicidad es siempre integradora: de todos y de todo en la única y santa Iglesia.

  “Es toda la comunidad, el Cuerpo de Cristo unido a su Cabeza quien celebra” (CAT 1140) y no sólo el grupo particular, como si fuera éste el sujeto de la liturgia. Ésta es acción de Cristo y de la Iglesia, la Iglesia entera, la del cielo y la de la tierra, unida a su Cabeza. Es una realidad magnífica: “La Liturgia es “acción” del “Cristo total” (Christus totus). Los que desde ahora la celebran participan ya, más allá de los signos, de la liturgia del cielo, donde la celebración es enteramente comunión y fiesta” (CAT 1136). La liturgia, primero, es obra de Cristo, protagonista absoluto de la liturgia y no los fieles que busquen intervenir: “si en la liturgia no destacase la figura de Cristo, que es su principio y está realmente presente para hacerla válida, ya no tendríamos la liturgia cristiana, totalmente dependiente del Señor y sostenida por su presencia creadora”[2]. Y junto a Cristo, su Cuerpo que es la Iglesia, a la que pertenece la liturgia[3]. La liturgia es católica, universal, y no se encierra en el ámbito de los asistentes:

 “La perspectiva litúrgica del Concilio no se limita al ámbito interno de la Iglesia, sino que se abre al horizonte de la humanidad entera. En efecto, Cristo, en su alabanza al Padre, une a sí a toda la comunidad de los hombres, y lo hace de modo singular precisamente a través de la misión orante de la “Iglesia, que no sólo en la celebración de la Eucaristía, sino también de otros modos, sobre todo recitando el Oficio divino, alaba a Dios sin interrupción e intercede por la salvación del mundo entero” (n. 83)” (Juan Pablo II, Carta Spiritus et Sponsa, n. 3).

 En la liturgia, incluso en su celebración más sencilla y pobre, con unos pocos fieles, se entra en la liturgia del cielo, en una Comunión viva con todos los santos del cielo y también en Comunión viva con toda la Iglesia peregrina y la Iglesia que se purifica (en el purgatorio). “En esta liturgia eterna el Espíritu y la Iglesia nos hacen participar cuando celebramos el Misterio de la salvación en los sacramentos” (CAT 1139).

 Es expresiva de esta realidad de Comunión, de catolicidad, la cláusula final de los prefacios: “Por eso, con los ángeles y los santos, te cantamos el himno de alabanza diciendo sin cesar”[4], “Por eso, con los ángeles y arcángeles y con todos los coros celestiales, cantamos sin cesar el himno de tu gloria”[5], etc.

  También la catolicidad –con el cielo y toda la Iglesia- se expresa claramente en las plegarias eucarísticas: “En comunión con toda la Iglesia” (Canon romano), “acuérdate, Señor, de tu Iglesia extendida por toda la tierra” (Plegaria eucarística II). “Y ahora, Señor, acuérdate de todos aquellos por los que te ofrecemos este sacrificio: de tu servidor el Papa N., de nuestro Obispo N., del orden episcopal, de los presbíteros y diáconos, de los oferentes y de los aquí reunidos, de todo tu pueblo santo y de aquellos que te buscan con sincero corazón” (Plegaria eucarística IV). Por último, se vive esta catolicidad que supera no sólo el espacio sino también el tiempo, en el Oficio divino, donde se une a la alabanza de la Iglesia del cielo: “con la alabanza que a Dios se ofrece en las Horas, la Iglesia canta asociándose al himno de alabanza que perpetuamente resuena en las moradas celestiales; y sienta ya el sabor de aquella alabanza celestial que resuena de continuo ante el trono de Dios y el Cordero” (IGLH 16).

  El sello de la catolicidad marca la participación interior en la liturgia: se vive católicamente, esponjando el alma, cuando uno se reconoce recibiendo un don, la liturgia, que no es manipulable a gusto de la propia asamblea, sino en comunión con toda la Iglesia. Lo católico dilata el alma y así ser “hombre de Iglesia” conduce a vivir la liturgia santa de un modo nuevo, dilatado, abarcando a todos:

“En su primera acepción, sin distinción obligada entre clérigo y laico, el ‘eclesiástico’, vir ecclesiasticus, significa hombre de Iglesia. Él es el hombre en la Iglesia. Mejor aún, es el hombre de la Iglesia, el hombre de la comunidad cristiana. Si la palabra en este sentido no puede ser arrancada del todo al pasado, que al menos perdure su realidad. ¡Que ella reviva en muchos de nosotros! ‘En cuanto a mí –proclamaba Orígenes- mi deseo es el de ser verdaderamente eclesiástico’. No hay otro medio, pensaba él con sobrada razón, para ser plenamente cristiano. El que formula semejante voto no se contenta con ser leal y sumiso en todo, exacto cumplidor de cuanto reclama su profesión de católico. Él ama la belleza de la casa de Dios. La Iglesia ha arrebatado su corazón. Ella es su patria espiritual. Ella es ‘su madre y sus hermanos’. Nada de cuanto la afecta le deja indiferente o desinteresado. Echa sus raíces en su suelo, se forma a su imagen, se solidariza con su experiencia. Se siente rico con sus riquezas”[6].

  Un corazón que late así, católicamente, comprende la naturaleza eclesial de la liturgia y la viva abarcando a todos, orando por todos y con todos, ofreciendo por todos. Está en comunión con todos los miembros de la Iglesia, con los ángeles y los santos: su corazón abarca a la Iglesia y al mundo entero. Se sabe católico e integra a todos. “En todos sus actos sobrenaturales, el cristiano obra ‘ut membrum Ecclesiae’, ‘ut pars Ecclesiae’. Jesucristo nos ama a cada uno; y a cada uno nos dice como Moisés: ‘te he conocido por tu nombre’; pero no nos ama separadamente. Él nos ama en su Iglesia, por la que vertió su sangre. Por fin, nuestro destino personal no puede realizarse sino en la salud común de la Iglesia”[7]. Con esta perspectiva de catolicidad, pensemos que “es de trascendental importancia que todos tengan conciencia de estas dimensiones de la Iglesia. Pues cuanto más vivo sea el sentimiento que de ellas se tenga, tanto más se sentirá cada uno dilatado en su propia existencia, y por eso mismo realizará plenamente en sí mismo, y por sí mismo, el título que también él ostenta de católico”[8].

 

            -Intercesión universal

 De aquí, de este concepto católico se derivan muchas consecuencias[9]; en la participación interior en la liturgia, más concretamente, lleva a orar realmente por todos, ensanchando los espacios de la caridad, hacia cualquiera que necesite oración, y no simplemente las propias y personales necesidades.

En la celebración eucarística hay un momento en que el pueblo cristiano ejerce su sacerdocio bautismal intercediendo por todos los hombres y la salvación del mundo: es la oración de los fieles:

 “En la oración universal, u oración de los fieles, el pueblo responde en cierto modo a la Palabra de Dios recibida en la fe y, ejercitando el oficio de su sacerdocio bautismal, ofrece súplicas a Dios por la salvación de todos. Conviene que esta oración se haga de ordinario en las Misas con participación del pueblo, de tal manera que se hagan súplicas por la santa Iglesia, por los gobernantes, por los que sufren diversas necesidades y por todos los hombres y por la salvación de todo el mundo” (IGMR 69).

  El espíritu católico a nadie excluye, sino que por todos ora, ruega e intercede. En nuestro rito hispano, los dípticos poseen un sello de catolicidad evidente. No sólo se ora por los fieles presentes y sus necesidades, sino por toda la Iglesia y por cuantos sufren: “Tengamos presente en nuestras oraciones a la Iglesia santa y católica: el Señor la haga crecer en la fe, la esperanza y la caridad”, “Recordemos a los pecadores, los cautivos, los enfermos y los emigrantes: el Señor los mire con bondad, los libre, los sane y los conforte”

  Igualmente, el Oficio divino, junto a su carácter de alabanza, es igualmente súplica e intercesión católica, universal, por todos, por el mundo, por la salvación: “la Iglesia expresa en la Liturgia los ofrecimientos y deseos de todos los fieles, más aún: se dirige a Cristo, y por medió de él al Padre, intercediendo por la salvación del mundo. No es sólo de la Iglesia esta voz, sino también de Cristo, ya que las súplicas se profieren en nombre de Cristo” (IGLH 17). Los ministros ordenados participan de esta solicitud eclesial rezando el Oficio divino no sólo por sí mismos, sino en nombre de toda la Iglesia, pidiendo por los fieles que se les haya encomendado y por todos los hombres: “los obispos y presbíteros[10], que cumplen el deber de orar por su grey y por todo el pueblo de Dios” (Ibíd.).

 De valor especial, educando el espíritu de la oración, son las preces de Vísperas de la Liturgia de las Horas. Son la intercesión eclesial, la de Cristo con su Cuerpo que es la Iglesia: “como la Liturgia de las Horas es, ante todo, la oración de toda la Iglesia e incluso por la salvación de todo el mundo  conviene que en las Preces las intenciones universales obtengan absolutamente le primer lugar, ya se ore por la Iglesia y los ordenados, por las autoridades civiles, por los que sufren pobreza, enfermedad o aflicciones, por los necesidades de todo el mundo, a saber, por la paz y otras causas semejantes” (IGLH 187).

 

            -Ofrenda por la salvación del mundo

  Pero junto a la oración que es universal, católica, está la propia ofrenda. Se participa en el sacrificio eucarístico con corazón católico cuando se ofrece pensando en todos, en la salvación de todos, en la vida de todos. La catolicidad de la cruz del Señor orienta la ofrenda que presentamos al altar y que ofrendamos junto con nosotros mismos. Ofrecemos con sentido católico: “te rogamos nos ayudes a celebrar estos santos misterios con fe verdadera y a saber ofrecértelos por la salvación del mundo”[11]. El deseo católico es que el efecto de la Eucaristía alcance a todos los hombres: “mira complacido, Señor, los dones que te presentamos; concédenos que sirvan para nuestra conversión y alcancen la salvación al mundo entero”[12].

  Con el sacrificio eucarístico, glorificamos a Dios, y en su honor es ofrecido, pero también, con los mismos sentimientos de Cristo Jesús, amamos al mundo y queremos su salvación, no su condenación: “recibe y santifica las ofrendas de tus fieles, como bendijiste la de Abel, para que la oblación que ofrece cada uno de nosotros en honor de tu nombre sirva para la salvación de todos”[13], y otra oración, muy parecida en su corte, reza: “recibe con bondad las ofrendas de tus siervos, para que la oblación que ofrece cada uno en honor de tu nombre sirva para la salvación de todos”[14]. Queremos colaborar, de todos los modos posibles, en la salvación del mundo por el que Cristo se entregó en la cruz, llegando incluso a ofrecernos nosotros mismos como ofrenda: “concédenos… convertirnos en sacrificio agradable a ti, para la salvación de todo el mundo”[15].

 Imploramos de Dios la salvación del mundo en el corazón de la anáfora: “Te pedimos, Padre, que esta víctima de reconciliación traiga la paz y la salvación al mundo entero” (Plegaria eucarística III). Es el sacrificio de Cristo y de la Iglesia, su Cuerpo, su Esposa, impetrando la salvación. Pero también el Oficio divino, la Liturgia de las Horas, es una continua intercesión por todos y en nombre de todos, unidos a Cristo:  “la misma oración que el Unigénito expresó con palabras en su vida terrena y es continuada ahora incesantemente por la Iglesia y por sus miembros en representación de todo el género humano y para su salvación” (IGLH 9).

 Alabamos, oramos y ofrecemos por todos: ese el sentido católico que la liturgia lleva y que imprime en nuestras almas. Así es como, entonces, respondemos a la monición sacerdotal: “El Señor reciba de tus manos este sacrificio para alabanza y gloria de su nombre, para nuestro bien y el de toda su santa Iglesia”.

  En los dípticos del rito hispano, que son invariables, la oración está unida al sacrificio; los dones están ya presentados en el altar –y cubiertos con un velo- y se realiza la intercesión de los dípticos guiados por el diácono. El sentido es católico, universal: “Lo ofrecen por sí mismos y por la Iglesia universal”, responden los fieles y el sacrificio va a ser ofrecido por todos: “Ofrecen este sacrificio al Señor Dios, nuestros sacerdotes: N. el Papa de Roma, nuestro Obispo N. y todos los demás Obispos, por sí mismos y por todo el clero, por las Iglesias que tienen encomendadas, y por la Iglesia universal”.

  La participación interior lleva la marca hermosa de la catolicidad.

 

 



[1] JUAN PABLO II, Carta Vicesimus Quintus Annus, n. 9.

[2] Benedicto XVI, Discurso a los Obispos de la región Norte 2 de Brasil en visita ad limina, 15-IV-2010.

[3] La liturgia es de la Iglesia y no del sacerdote o del grupo de fieles que la celebren; el mismo Concilio Vaticano II dice: “Nadie, aunque sea sacerdote, añada, quite o cambie o cosa alguna por iniciativa propia en la Liturgia” (SC 22).

[4] Prefacio de santos pastores.

[5] Prefacio solemnidad Sgdo. Corazón.

[6] DE LUBAC, H., Meditación sobre la Iglesia, Madrid, Encuentro, 1988, p. 193.

[7] DE LUBAC, H., Meditación…, p. 45.

[8] DE LUBAC, H., Meditación…, p. 52.

[9] Una de ellas ya la hemos citado con palabras de la Sacrosanctum Concilium: “Nadie, aunque sea sacerdote, añada, quite o cambie cosa alguna por iniciativa propia en la liturgia” (SC 22); otra sería atenerse fielmente a los libros litúrgicos: “La fidelidad a los ritos y a los textos auténticos de la Liturgia es una exigencia de la «lex orandi», que debe estar siempre en armonía con la «lex credendi»” (JUAN PABLO II, Carta Vicesimus Quintus Annus, 10).

[10] Sobre los presbíteros en concreto, dirá: “participan en la misma función, al rogar a Dios por todo el pueblo a ellos encomendado y por el mundo entero” (IGLH 28).

[11] OF, Dom. IV Cuar.

[12] OF, Jueves V Cuar.

[13] OF, XVI Dom. T. Ord.

[14] OF, XXIV Dom. T. Ord.

[15] OF, San Andrés Kim Taegon, 20 de septiembre.

15.02.18

Disposiciones interiores para participar en la liturgia, 2ª parte (XVI)

b) El corazón que participa

 ¿De qué modo se realiza la participación interior, la propia del corazón? ¿Cuáles son las disposiciones íntimas, espirituales? Pensemos que una verdadera participación en la liturgia conduce a que lleguen “a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la hostia inmaculada no sólo por manos del sacerdote, sino juntamente con él, se perfeccionen día a día por Cristo mediador en la unión con Dios y entre sí” (SC 48).

            -Estar ante Dios

  La liturgia es opus Dei, obra de Dios, así como un divino servicio. Es algo santo y sagrado porque proviene de Dios mismo que nos permite estar en su presencia y servirle; es santa y sagrada la liturgia porque en ella estamos ante Dios mismo, y debemos reproducir el mismo espíritu de fe, respeto y adoración de Moisés ante la zarza ardiente que se descalza porque está en terreno sagrado ante el Dios vivo (cf. Ex 3,1-8).

  Se nos inculca un sentido profundamente religioso, la conciencia de una Presencia, sin los resabios secularistas donde el hombre es el centro y la liturgia parece una fiesta humana, una comida de amigos.

“Nada de lo que hacemos en la Liturgia puede aparecer como más importante de lo que invisible, pero realmente, Cristo hace por obra de su Espíritu. La fe vivificada por la caridad, la adoración, la alabanza al Padre y el silencio de la contemplación, serán siempre los primeros objetivos a alcanzar para una pastoral litúrgica y sacramental” (Juan Pablo II, Carta Vicesimus Quintus Annus, n. 10).

  Quien nos inculca ese sentido religioso de la liturgia -¿acaso podría tener otro?- es la misma eucología. Acudiendo a la liturgia, estamos sirviendo a Dios: “podamos servirte en el altar con un corazón puro”[1]. La ofrenda –eucarística y existencial- se ofrece con un solo objeto, el de servir a Dios: “Mira, Señor, complacido el sacrificio espiritual que vamos a ofrecerte en nuestro deseo de servirte”[2]. Dios mismo nos llama al servicio santo de la liturgia: “escucha, Señor, nuestra oración y libra de las seducciones del mundo a los que has llamado a servirte en estos santos misterios[3] y la liturgia es siempre un servicio al Señor: “concédenos, Dios de misericordia, servir siempre a tu altar con dignidad”[4]. La ofrenda posee un significado espiritual mostrando que somos siervos del Señor: “como signo de nuestra servidumbre[5], “miras nuestra ofrenda como un gesto de nuestro devoto servicio”[6].

  La liturgia es un servicio divino, un servicio santo[7]. En ella somos siervos y servidores, no dueños y amos; recibimos como don, no somos poseedores a nuestro arbitrio. Vivimos y queremos vivir “entregados a servirte en el altar”[8]. En la liturgia obsequiamos a Dios con “el homenaje de nuestro servicio”[9].

 

            -Virtudes sinceras del corazón

  Para que la ofrenda eucarística, incluyendo la ofrenda que cada uno hace de sí mismo, pueda ser agradable a Dios Padre todopoderoso, es necesario que el corazón esté revestido de unas virtudes concretas. Es decir, la participación en la liturgia, cuando se da realmente en el servicio divino, atiende al corazón. El estilo desenfadado, informal, que trivializa para parecer aparentemente más cercano; la falsa familiaridad, el tono catequético para todo (convirtiendo la liturgia en logos y cayendo en verbalismo) o el tono rutinario, monótono y cansino; todo esto choca frontalmente con lo que antes veíamos, el carácter sagrado y el servicio divino, que eso es la liturgia.

  La primera virtud, o el primer modo, es la “dignidad”; es la cualidad de lo digno, la excelencia, el realce, la gravedad y el decoro. La dignidad corresponde a aquello que realmente es importante, y, en nuestro caso, santo: la liturgia de Dios y para Dios. La dignidad se reserva para cuando se está delante de alguien superior o en algo realmente importante, y eso mismo es lo que ocurre en la liturgia: estamos ante alguien superior, Dios, el Señor, y ante lo realmente importante: glorificarle. Es una concepción teológica y teologal de la liturgia, no utilitarista, secularizada, humanista, antropocéntrica.

  Tan importante es esa dignidad a la hora de vivir y celebrar la liturgia, que con mucha frecuencia aparece como una petición al Señor: “concédenos, Señor, participar dignamente en estos santos misterios”[10]; “te ofrezcamos una digna oblación”[11], “te ofrezcamos dignamente este sacrificio de alabanza”[12]. Son peticiones ya que es el Señor quien obra en nosotros el corazón bien dispuesto, por gracia, para reconocer su Presencia y estar dignamente ante Él: “prepara, Señor, nuestros corazones para celebrar dignamente estos misterios”[13]. Los fieles deben desear y suplicar siempre, para toda liturgia, que “nuestro servicio sea digno de estos dones sagrados”[14] y que “celebremos con dignidad estos santos misterios”[15]. Por tanto, una cualidad del corazón, que se va a manifestar en el porte exterior, en la compostura, es la dignidad, aquella que conviene para ofrecer y estar con reverencia en el culto cristiano. Tan importante que es que suplicamos: “concédenos… servir siempre a tu altar con dignidad”[16], “con culto reverente”[17].

Junto a la dignidad, una serie de cualidades del corazón y, por tanto, profundamente existenciales, marcan la vida y la sellan como una realidad santa para el Señor. El culto cristiano es un culto “en espíritu y en verdad” (Jn 4,23), el corazón del creyente. Un culto vacío es rechazado por el Señor como leemos en los profetas y en algunos salmos; sólo en el corazón reside la verdad de la persona, del creyente. “Dios dice al pecador: ¿Por qué recitas mis preceptos y tienes siempre en la boca mi alianza, tú que detestas mi enseñanza y te echas a la espalda mis mandatos?…” (Sal 49, 16-17).

 Así participar en la liturgia es implicar la vida y mostrar la propia vida. Se participa “en el altar con un corazón puro[18]; se ofrece al Señor con un corazón libre, sin ataduras, ni apegos, ni idolatrías, ni esclavitudes, sirviendo únicamente al Señor, Dios verdadero, y rechazando los ídolos: “concédenos, Señor, ofrecerte estos dones con un corazón libre”[19]. “No entrará en ella nada profano”, nada impuro (Ap 21,27).

  La ofrenda será pura si el corazón es puro, porque no es sólo pan y vino llevado al altar, porque el sacrificio de Cristo es la ofrenda pura desde donde sale el sol hasta el ocaso (cf. Mal 1,11), sino la ofrenda de cada uno de los fieles entregándose al Padre por Cristo: “que este sacrificio, Señor, sea para ti una ofrenda pura[20]. Esta pureza de corazón es también sinceridad: no es una cosa lo que se ofrece mientras la vida permanece ajena al sacrificio de Cristo; o las palabras dicen una cosa sin que el corazón las pronuncie (“este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí”, Is 29,13; cf. Mt 15,7-9); o la vida litúrgica es un paréntesis de piedad mientras hay un divorcio de la fe con lo concreto de la vida. La sinceridad es coherencia y unidad de vida para que la liturgia sea expresión de nuestra propia entrega a Dios y le permitamos la transformación absoluta de lo que somos: “haznos aceptables a tus ojos por la sinceridad de corazón[21]. Es la sencillez, la veracidad, sin fingimiento alguno, ante Aquel que sondea las entrañas y el corazón (cf. Sal 138,1), y nada hay oculto ante Él. Él sabe lo que hay en el corazón de cada hombre (Sal 32,15), lee en los corazones: “los conocía a todos… porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre” (Jn 2, 24-25).

 La adoración y el santo temor de Dios no implican ni alejamiento ni miedo; sino piedad filial ante Dios Padre, por eso ofrecemos y nos ofrecemos con confianza: “recibe, Señor, los dones que te presentamos confiados”[22], “llenos de confianza en el amor que nos tienes, presentamos en tu altar esta ofrenda”[23].

 Junto a lo anterior, la humildad: “no soy digno de que entres en mi casa”. La liturgia es un ejercicio de humildad: “¿Quién puede estar en el recinto sacro?” (Sal 23), recordándonos constantemente que realizamos el culto cristiano y nos asociamos a la Iglesia del cielo “no por nuestros méritos sino conforme a tu bondad” (Canon romano). Por eso estar y vivir la liturgia se modela interiormente a partir de la humildad: “Mira complacido, Señor, nuestro humilde servicio”[24], de manera que no hay lugar para los protagonismos ni para las pequeñas disputas a la hora de realizar un servicio en la liturgia (leer, dirigir una monición, entonar…) sino que la humildad es el sustento y cimiento de la participación santa. Entonces, humildemente, la Gracia de Cristo podrá obrar en nosotros.

 El ejercicio de la liturgia es un acto de oración sublime y perfecta; es oración, no activismo; es oración, no fiesta secular; cuando se vive la liturgia y se participa internamente, se advierte el rostro hermoso de la liturgia, el ser “Iglesia en oración”: “Mira, Señor, los dones de tu Iglesia en oración”[25]. El espíritu de oración determina la calidad de una celebración litúrgica; de ahí que se pueda valorar la participación en la liturgia por el fervor que provoca y con el que se vive, y no simplemente por las exhortaciones moralizantes o la exaltación afectiva de sentimientos o de esteticismos: “nos dispongamos a ofrecer con mayor fervor…”[26]. El fervor es un celo ardiente, caracterizado por el fuego; es entusiasmo, ardor, ante las cosas santas.

 La vida litúrgica es una respuesta a la convocatoria del Señor por los caminos de la vida para que todos acudan (cf. Mt 22,9). Pero es imprescindible una vestidura conforme a la santidad del Misterio, la blanca vestidura del bautismo (cf. Gal 3,27; Col 3,10), el traje nupcial para ser partícipes de las bodas de Cristo con la Iglesia (cf. Ef 5,25-26; Ap 19,7). Son vestidos “blanqueados en la sangre del Cordero” (Ap 7,14). Por eso es imprescindible participar con el traje blanco del bautismo, con el traje de bodas: “Señor, haz que nos acerquemos siempre a tu banquete con la vestidura nupcial[27]. Del banquete solamente es expulsado aquel que no vino con el traje de fiesta. El rey “reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda?” (Mt 22,11-12).

  El alma ha de estar revestida de fiesta y de gracia, de blancura de inocencia, para entrar en el servicio de la liturgia; pero, alegóricamente, también habría que recordar el modo de estar vestidos externamente, conforme al pudor y al respeto que merecen las cosas santas.

 

            -Espíritu de fe (lo teologal)

 Para participar realmente en la liturgia, el corazón del cristiano debe vivir según las virtudes teologales: la fe, la esperanza y la caridad. Ni asistimos a un ceremonial de obligado cumplimiento, una función religiosa para deleite de los sentidos, ni a un recuerdo subjetivo (psicológico) de algo del pasado que nos mueve al compromiso ético. Somos participantes de la actualidad del Misterio de Cristo, siempre presente en la liturgia. Sólo la fe intensa y viva conduce a participar; la fe rebosante de amor a Dios, de caridad sobrenatural.

  La fe y la caridad dirigen a una participación mucho más consciente, devota, interior, con plena disponibilidad a la acción de la Gracia de Cristo. Nada de rutina, nada de activismo, nada de antropocentrismo (ese lenguaje de valores, compromisos y muchas moniciones, simbolismos añadidos). Entonces, participar, es vivir la liturgia “con fe verdadera”[28], “la fe y la humildad de tus hijos te hagan agradable esta oblación”[29]; deseamos que la Eucaristía podamos “recibirla siempre con un profundo espíritu de fe”[30], “celebremos con dignidad estos santos misterios y los recibamos con fe”[31].

 Siempre con “amor”, lejos del protagonismo, o de considerarnos dueños de la liturgia; la liturgia pide un amor grande, sobrenatural, en el corazón del pueblo cristiano porque sólo así se participa de verdad y se llega al núcleo del Misterio: “esta eucaristía, celebrada con amor”[32] y “te agrademos con la ofrenda de nuestro amor”[33]; “purifica a los que venimos con amor a celebrar la eucaristía”[34].

 A la acción litúrgica acudimos, y nos metemos de lleno en ella, implicándonos, si hay ese gran amor que nos mueve: “concédenos, Señor, que esta ofrenda sea agradable a tus ojos, nos alcance la gracia de servirte con amor”[35]. Dios mismo nos comunica ese amor santo que tiene su origen en Él, que se derrama en nuestros corazones por el Espíritu Santo (Rm 5,5), y que incluso se convierte en alimento: “el amor con que nos alimentas fortalezca nuestros corazones”[36].

 

           



[1] OF (: Oración sobre las ofrendas), San José.

[2] OF, Espíritu Santo, B.

[3] OF, Lunes II Cuar.

[4] OF, Jueves V Cuar.

[5] OF, IV Dom. T. Ord.

[6] OF, VIII Dom. T. Ord.

[7] “Nuestro humilde servicio” (OF, X Dom. T. Ord.); “nuestro servicio” (OF, XIII Dom. T. Ord.).

[8] OF, San Carlos Luanga, 3 de junio.

[9] OF, Santa Marta, 29 de junio.

[10] OF, Misa in Coena Domini.

[11] OF, Votiva Sgdo. Corazón.

[12] OF, Votiva de los santos Apóstoles.

[13] OF, Viernes II Cuar.

[14] OF, XIII Dom. T. Ord.

[15] OF, San Pío X, 21 de agosto. Esta dignidad de cuerpo y alma conviene para estar al pie de la cruz, sacrificio que se actualiza en la Eucaristía: “Te rogamos nos dispongas para celebrar dignamente el misterio de la cruz” (OF, San Francisco de Asís, 4 de octubre); “te rogamos, Señor, que tú mismo nos dispongas para celebrar dignamente este sacrificio” (OF, Virgen del Rosario, 7 de octubre).

[16] OF, Viernes V Cuar.

[17] OF, VII Dom. T. Ord.

[18] OF, San José.

[19] OF, XXIX Dom. T. Ord.

[20] OF, XXXI Dom. T. Ord.

[21] OF, Común de pastores, Fundadores de Iglesias, 9.

[22] OF, En cualquier necesidad, B.

[23] OF, IX Dom. T. Ord.

[24] OF, X Dom. T. Ord.

[25] OF, XV Dom. T. Ord.

[26] OF, San Jerónimo, 30 de septiembre.

[27] OF, San Luis Gonzaga, 21 de junio.

[28] OF, IV Dom. Cuar.

[29] OF, Espíritu Santo, B.

[30] OP (: Oración de postcomunión), Sábado III Cuar.

[31] OF, San Pío X, 21 de agosto.

[32] OF, VII Dom. Pasc.

[33] OF, XII Dom. T. Ord.

[34] OF, Santos Inocentes, 28 de diciembre.

[35] OF, XXXIII Dom. T. Ord.

[36] OP, XXII Dom. T. Ord.