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8.03.18

Participación, liturgia y vida, 1ª parte (XVII)

La liturgia de la vida se va transformando en una liturgia de lo cotidiano, en un culto vivo y real de las cosas cotidianas, lo ordinario de la vida. Aquello que vivimos en el mundo, en la sociedad, el ámbito familiar y de amistad, el oficio o profesión, el apostolado, la vida social, etc., son la materia y el lugar donde cada uno de los fieles darán culto a Dios, sirviendo a Cristo Señor y santificándose en él.

  La liturgia de la Iglesia tiene una incidencia real en los creyentes, santificándolos, y de ese modo recibe una prolongación en la liturgia existencial de cada bautizado en el mundo. Curiosamente, más que preocuparnos de la acción divina en la liturgia y la transformación interior, se incide más en un tipo de participación externo, lleno de activismo; sin embargo, se ha de tener en cuenta, de manera concreta, que los fieles se impregnen bien de aquello que celebran y en lo que participan para que sus vidas sean vidas santas en el mundo. Es decir, lo que hay que buscar e incrementar es esa participación interior de todos los fieles, para que vivan la liturgia y asuman sus riquezas, de manera que luego salgan de la liturgia transformados para vivir santamente.

   Por tanto, a la hora de fomentar e incrementar la “participación” o “una Misa participativa”, hemos de tener en mente la verdadera participación interior, que busca entrar en el Misterio, y su prolongación en la vida, y no reducir la participación a las intervenciones y la creatividad del grupo inventando ofrendas, moniciones, manifiestos y acción de gracias.

 

            1. El culto espiritual

 Lo nuestro es un culto a Dios en espíritu y verdad que se desarrolla no sólo en el templo, sino allí donde vivimos, luchamos y trabajamos. Es el culto litúrgico de nuestra vida diaria. “Por tanto, ya comáis, ya bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios” (1Co 10, 31); también dirá el Apóstol: “Lo que hacéis, hacedlo con toda el alma, como para servir al Señor… Servid a Cristo Señor” (Col 3, 23s.) y así cualquier cosa que hagáis, sea de palabra o de obra, hacedlo todo en el nombre de nuestro Señor Jesucristo” (Col 3,17).

  La participación interior en la liturgia nos cualifica después para vivir en el Señor, para hacerlo todo en el nombre del Señor. Nada hay ajeno a Cristo, que es la medida de todas las cosas; por tanto, si se participa en la liturgia, se va adquiriendo la forma de Cristo para vivir luego de un modo distinto y santo, como Cristo, en la liturgia de la vida. Esos son los sacrificios espirituales que ofrecemos a Dios en el altar del corazón: “Tam­bién vosotros, como piedras vivas, entráis en la construc­ción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado, para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo” (1P 2,5).

  El bautizado vive su existencia santamente, como un sacrificio litúrgico (cf. Flp 2,12), una liturgia viva, ofreciendo sacrificios espirituales y glorificando a Dios:

 “Los bautizados, en efecto, son consagrados por la regeneración y la unción del Espíritu Santo como casa espiritual y sacerdocio santo, para que, por medio de toda obra del hombre cristiano, ofrezcan sacrificios espirituales y anuncien el poder de Aquel que los llamó de las tinieblas a su admirable luz (cf. 1 P 2,4-10). Por ello todos los discípulos de Cristo, perseverando en la oración y alabando juntos a Dios (cf. Hch 2,42-47), ofrézcanse a sí mismos como hostia viva, santa y grata a Dios (cf. Rm 12,1) y den testimonio por doquiera de Cristo, y a quienes lo pidan, den también razón de la esperanza de la vida eterna que hay en ellos (cf. 1 P 3,15)” (LG 10).

  Por eso pedimos en la liturgia: “Señor Jesús, sacerdote eterno, que has querido que tu pueblo participara de tu sacerdocio, haz que ofrezcamos siempre sacrificios espirituales agradables a Dios”[1].

  Esto es posible por una prolongación real de la participación en la liturgia, especialmente eucarística; entonces esa participación interior de los fieles los sitúa en medio del mundo:

 “Los fieles, en cambio, en virtud de su sacerdocio regio, concurren a la ofrenda de la Eucaristía y lo ejercen en la recepción de los sacramentos, en la oración y acción de gracias, mediante el testimonio de una vida santa, en la abnegación y caridad operante” (LG 10).

 Lo específicamente cristiano es ese culto en espíritu y verdad que se prolonga, se realiza y se verifica en lo cotidiano de la vida; ya no es una ceremonia religiosa, restringida al ámbito del templo y de lo sagrado, sino el influjo santificador que llega hasta los momentos diarios de nuestro vivir.

  En ese sentido, será san Pablo en la carta a los Romanos, quien señalará cómo vivir un culto existencial y una liturgia viva: “Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual” (Rm 12,1). Ya el sacrificio no es una víctima con derramamiento de sangre, sino viva, es decir, el corazón del bautizado que recibe una vida nueva por el sacrificio único de Cristo.

  Ese sacrificio del cristiano es él mismo. San Pablo “califica ese sacrificio sirviéndose de tres adjetivos. El primero —"vivo"— expresa una vitalidad. El segundo —"santo"— recuerda la idea paulina de una santidad que no está vinculada a lugares u objetos, sino a la persona misma del cristiano. El tercero —"agradable a Dios"— recuerda quizá la frecuente expresión bíblica del sacrificio “de suave olor” (cf. Lv 1, 13.17; 23, 18; 26, 31; etc.)”[2].

  Con Jesucristo y en Él, nuestros sacrificios espirituales, racionales, se han integrado en su ofrenda y reciben un nuevo valor santificador y redentor. “Los animales sacrificados habrían debido sustituir al hombre, el don de sí del hombre, y no podían. Jesucristo, en su entrega al Padre y a nosotros, no es una sustitución, sino que lleva realmente en sí el ser humano, nuestras culpas y nuestro deseo; nos representa realmente, nos asume en sí mismo. En la comunión con Cristo, realizada en la fe y en los sacramentos, nos convertimos, a pesar de todas nuestras deficiencias, en sacrificio vivo: se realiza el “culto verdadero"”[3].

 La Eucaristía especialmente, pero toda la liturgia, es un “misterio que se ha de vivir” ya que se reciba una “forma eucarística de la vida cristiana”, tal como reza el título de la III parte de la exhortación “Sacramentum caritatis”. La fe se no reduce al templo ni a los momentos de culto litúrgico, arrinconada según la praxis secularista al ámbito privado, sino que la fe, sostenida, alimentada, confirmada, por la vida litúrgica y la Eucaristía conforman un nuevo modo de vivir, de ser y de estar en el mundo. Escribe Benedicto XVI:

 “Resulta significativo que san Pablo, en el pasaje de la Carta a los Romanos en que invita a vivir el nuevo culto espiritual, mencione al mismo tiempo la necesidad de cambiar el propio modo de vivir y pensar: «Y no os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que agrada, lo perfecto» (12,2). De esta manera, el Apóstol de los gentiles subraya la relación entre el verdadero culto espiritual y la necesidad de entender de un modo nuevo la vida y vivirla. La renovación de la mentalidad es parte integrante de la forma eucarística de la vida cristiana, «para que ya no seamos niños sacudidos por las olas y llevados al retortero por todo viento de doctrina» (Ef 4,14)” (Sacramentum caritatis, n. 77).

  La liturgia da forma a la vida cristiana, una forma eucarística como cumbre, es decir, adquirir la misma forma Christi.

 

            2. El culto para la vida

 Cuando participamos en la liturgia, todos, los fieles, recibimos la impronta del Espíritu Santo que, haciéndonos tomar la forma de Cristo, nos sitúa en el mundo para vivir una liturgia santa, encarnada en lo concreto de nuestra vida. ¿Cómo? Las oraciones, especialmente la oración de postcomunión, apuntan en esa dirección y entonces se ve el fruto real de la participación de los fieles en la liturgia, así como muchas preces en Laudes. O dicho de otra forma, la participación interior de los fieles nos conduce a un modo de vivir santo en el mundo.

            a) Modelada según la liturgia

  Aquello que hemos visto y oído, lo que nuestras manos han tocado, la Palabra de la Vida en la misma liturgia, dan forma a nuestra vida. Lo celebrado no es un paréntesis ritual, sino una transformación: “te suplicamos, Señor, que se haga realidad en nuestra vida lo que hemos recibido en este sacramento”[4], prolongando eucarísticamente en lo cotidiano lo vivido en los sacramentos: “concede a cuantos celebramos los misterios de la pasión del Señor manifestar fielmente en nuestras vidas lo que celebramos en la eucaristía”[5].

 Esta acción de la liturgia no es espontánea, ni para un momento, sino que su acción se despliega de un modo permanente por gracia, hasta ir alcanzando todas las fibras de nuestro ser y nuestro obrar: “concédenos, Dios todopoderoso, que la fuerza del sacramento pascual, que hemos recibido, persevere siempre en nosotros”[6], y otra oración muy semejante suplicará: “el fruto de este santo sacrificio persevere en nosotros y se manifieste siempre en nuestras obras”[7]. La gracia de la vida litúrgica posee una nota de continuidad: “su fruto se haga realidad permanente en nuestra vida”[8].

  La vida litúrgica es fuente de santidad: “te rogamos, Señor, que esta eucaristía nos ayude a vivir más santamente”[9], “la participación en los santos misterios aumente, Señor, nuestra santidad”[10].

  La liturgia es escuela del más puro espíritu cristiano, robusteciendo lo que somos por el bautismo: “por la eficacia de estos santos misterios fortalece, Señor, cada vez más nuestra vida cristiana”[11], “acreciente nuestra vida cristiana”[12]. Orienta para la unidad de vida, la coherencia entre lo celebrado y lo que luego se vive, entre las palabras y las obras: “haz que, confesando tu nombre no sólo de palabra y con los labios, sino con las obras y el corazón, merezcamos entrar en el reino de los cielos”[13], “nos otorgue nuevas fuerzas y nos ayude a vivir como cristianos de palabra y de obra”[14].

  No son los sentimientos tan pasajeros, las exaltaciones afectivas, los que deben mover y dirigir la vida, sino la gracia de Cristo que realiza su tarea de dirección en nosotros. Así brota un modo nuevo de estar ante los demás y en el mundo: “la acción de este sacramento, Señor, penetre en nuestro cuerpo y nuestro espíritu, para que sea su fuerza, no nuestro sentimiento, quien mueva nuestra vida”[15].

 

            b) Unión profunda con Cristo

  Sin lugar a dudas, la mejor participación interior y fructuosa es la comunión con Cristo, esto es, una unión profunda, vital y constante con el Señor. Se vive en el Señor, en unión con Él, permaneciendo en Él, en su amor. La unión con Cristo que se vive en la liturgia, mística y sacramental, se prosigue luego en la vida cotidiana. ¡Todo en el Señor!, sirviendo a Cristo Señor. “El sacrificio que te hemos ofrecido y la víctima santa que hemos comulgado llenen de vida a tus sacerdotes y a tus fieles, para que, unidos a ti por un amor constante, puedan servirte dignamente”[16]. El amor de Cristo es nosotros nos vincula a Él por completo y, con el vínculo del amor a Cristo y del amor de Cristo, le serviremos dignamente en el orden de lo cotidiano.

  Esta unión con Cristo nos hace partícipes de su obra redentora, asumiendo y completando en nosotros lo que falta a la Pasión de Cristo en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia (cf. Col 1,24): “haz que, por el trabajo del hombre que ahora te ofrecemos, merezcamos asociarnos a la obra redentora de Cristo”[17]; también, glosando el versículo paulino, se pide que “completemos en nosotros, en favor de la Iglesia, lo que falta a la pasión de Jesucristo”[18]. La vida de Jesús se manifiesta en nosotros si llevamos en nuestro cuerpo la muerte de Jesús (cf. 2Co 4,10), se prolonga este misterio en nosotros y de esa forma estamos más unidos a Cristo: “llevemos en nuestro cuerpo la muerte de Cristo y nuestra vida sea un esfuerzo continuo por unirnos cada vez más a ti”[19].

  Esa unión con Cristo –y por tanto, y por extensión, unidad trinitaria- permite que demos frutos verdaderos. Sin Él no podemos hacer nada; pero con Él todo lo podemos. La vid que es Cristo permite a los sarmientos dar frutos que siempre permanezcan, la condición de conservar y guardar esa unión: “Oh Cristo, vid verdadera de la que nosotros somos sarmientos, haz que permanezcamos en ti y demos fruto abundante, para que con ello reciba gloria Dios Padre”[20].

  La liturgia participada –en lo interior- acrecienta la unión y realiza en nosotros la obra de dar frutos permanentes, frutos buenos, para glorificar al Padre: “unidos a ti en caridad perpetua, demos frutos que siempre permanezcan”[21], para que viendo nuestras buenas obras glorifiquen al Padre: “haz, Señor, que el ejemplo de nuestra vida resplandezca como una luz ante los hombres, para que todos den gloria al Padre que está en los cielos”[22], “que en todas nuestras palabras y acciones seamos hoy luz del mundo y sal de la tierra para cuantos nos contemplen”[23].

  Y nuestra vida dará gloria a Dios si está unida a Cristo; entonces seremos alabanza de su gloria: “Señor, Padre de todos, que nos has hecho llegar al comienzo de este día, haz que toda nuestra vida, unida a la de Cristo, sea alabanza de tu gloria”[24], porque para eso hemos sido elegidos antes de la creación del mundo (cf. Ef 1,3-15).

Esos frutos se entregan y se ofrecen a los demás, buscando su salvación, la salvación del mundo: “concédenos vivir tan unidos en Cristo, que fructifiquemos con gozo para la salvación del mundo”[25], “concédenos, ahora, fortalecidos por este sacrificio, permanecer siempre unidos a Cristo por la fe y trabajar en la Iglesia por la salvación de todos los hombres”[26]. Cuanto hacemos y vivimos, lo que trabajamos y las obras santas, pero también la oración personal y comunitaria, la plegaria, se ensanchan con corazón católico deseando que la salvación sea eficaz en todos los hombres: “Te pedimos, Señor, que extiendas los beneficios de tu redención a todos los hombres”[27].

 

             c) Somos presencia de Cristo

  La participación en la liturgia nos cristifica, nos une de tal modo con Cristo, que nos vamos transformando en Él, y así nuestra presencia es una memoria de Cristo para todos, un testimonio real que apunta al Señor y lo señala ante los hombres. Ante ellos, difundimos el buen olor de Cristo: “concédenos, Dios todopoderoso, que quienes han participado en tus sacramentos, sean en el mundo buen olor de Cristo”[28]. El bonus odor Christi es el perfume de una vida santa, bella; “somos el buen olor de Cristo” (2Co 2,15).

  Hasta tal punto es transformante la participación interior en la liturgia, que llegamos a parecernos al mismo Señor, teniendo la mente de Cristo, los sentimientos de Cristo: “te pedimos, Dios nuestro, la gracia de parecernos a Cristo en la tierra”[29], “transformados en la tierra a su imagen”[30], “los celestes alimentos que hemos recibido, Señor, nos transformen en imagen de tu Hijo”[31].

  Somos situados en el mundo a imagen de Cristo, el Hombre nuevo, y recreados en Él en santidad y justicia. Nos despojamos de nuestro hombre viejo para revestirnos de Cristo: “la participación en los sacramentos de tu Hijo nos libre de nuestros antiguos pecados y nos transforme en hombres nuevos”[32]. La liturgia nos transforma en lo más profundo de nuestro ser: “siempre caminemos como hombres nuevos en una vida nueva”[33].

 Al participar en la liturgia interiormente “libres de la decrepitud del hombre viejo, recomencemos una nueva vida en continuo progreso espiritual”[34], y esperamos cada día vivir con la novedad de Cristo en nuestra existencia: “Tú que nos dado la luz del nuevo día, concédenos también caminar por sendas de vida nueva”[35].

 

 



[1] Preces Laudes, Lunes II del Salterio.

[2] Benedicto XVI, Audiencia general, 7-enero-2009.

[3] Ibíd.

[4] OP (: Oración de postcomunión), III Dom. Cuar.

[5] OF, San Juan de la Cruz, 14 de diciembre.

[6] OF, II Dom. Pasc.

[7] OP, Jueves II Cuar.

[8] OF, Viernes II Cuar.

[9] OP, Martes II Cuar.

[10] OP, Miérc. VII Pasc.

[11] OP, 29 de diciembre.

[12] OP, Martes III Cuar.

[13] OP, IX Dom. T. Ord.

[14] OP, S. Ignacio de Antioquía, 17 de octubre.

[15] OP, XXIV Dom. T. Ord.

[16] OP, Por los sacerdotes.

[17] OF, Por la santificación del trabajo, B.

[18] OP, Virgen de los Dolores, 15 de septiembre.

[19] OP, Común de vírgenes, 1.

[20] Preces Laudes, Sábado II del Salterio.

[21] OP, Jesucristo sumo y eterno sacerdote.

[22] Preces Laudes, Martes II del Salterio.

[23] Preces Laudes, Miérc. II del Salterio.

[24] Preces Laudes, Sábado IV del Salterio.

[25] OP, V Dom. T. Ord.

[26] OP, San Juan de la Cruz, 14 de diciembre.

[27] Preces Laudes, Sábado II del Salterio.

[28] OP, Misa crismal.

[29] OP, Votiva Sgdo. Corazón.

[30] OP, XX Dom. T. Ord.

[31] OP, Transfiguración del Señor, 6 de agosto.

[32] OP, Miérc. Octava Pasc.

[33] OP, Común de varios mártires, en tiempo pascual, 9.

[34] OF, Común de vírgenes, 2.

[35] Preces Laudes, Viernes II del Salterio.

27.12.17

La mención del Obispo en la plegaria eucarística

  En el interior de la plegaria eucarística, el sacerdote siempre nombrará, con nombre propio, al Papa y al Obispo del lugar; con nombre propio, porque el ministerio lo ha asumido una persona concreta: “el papa Francisco, nuestro Obispo Demetrio…”, y no de forma genérica: “con el Papa, con nuestro obispo…”

   Pero, ¿qué sentido tiene y por qué se les nombra? Significa que esa Eucaristía que se celebra es legítima porque el sacerdote está en comunión con el Papa y con el Obispo, no es cismático. Así, cada pequeña comunidad local, que no puede vivir la Misa del Obispo, celebra la Santa Misa con un sacerdote legítimo y autorizado, que está en comunión con el Papa y con el propio Obispo del lugar.

     Por tanto, mencionar al Papa y al Obispo, con sus respectivos nombres, es sobre todo un signo de comunión eclesial.

   En este sentido, afirma la Constitución Lumen Gentium:

“El Obispo, por estar revestido de la plenitud del sacramento del orden, es «el administrador de la gracia del supremo sacerdocio», sobre todo en la Eucaristía, que él mismo celebra o procura que sea celebrada, y mediante la cual la Iglesia vive y crece continuamente. Esta Iglesia de Cristo está verdaderamente presente en todas las legítimas reuniones locales de los fieles, que, unidas a sus pastores, reciben también en el Nuevo Testamento el nombre de iglesias. Ellas son, en su lugar, el Pueblo nuevo, llamado por Dios en el Espíritu Santo y en gran plenitud” (LG 26).

     Los sacerdotes, como colaboradores del Obispo, expresan su comunión y su dependencia de él en el ministerio al nombrarlo en la plegaria eucarística: “los Obispos gozan de la plenitud del Sacramento del Orden y de ellos dependen en el ejercicio de su potestad los presbíteros” (Decreto Christus Dominus, n. 15).

   Vayamos a las plegarias eucarísticas. En todas ellas está la mención expresa del nombre del Papa y del Obispo, así como la posibilidad –no es obligatorio- de mencionar al obispo coadjutor o a los obispos auxiliares. Pero cuando se hace, no es tanto para rezar por ellos, sino para señalar que se está en comunión con ellos. La preposición “con” es la que más veces aparece.

En el Canon romano o plegaria eucarística I:

“por tu Iglesia santa y católica, para que le concedas la paz, la protejas, la congregues en la unidad y la gobiernes en el mundo entero, con tu servidor el Papa N., con nuestro obispo N.,

Aquí se puede hacer mención del obispo coadjutor o de los obispos auxiliares.

[con el obispo coadjutor (auxiliar) N.

o bien:

y sus obispos auxiliares, y todos los demás Obispos que, fieles a la verdad, promueven la fe católica y apostólica”.

La plegaria eucarística II, la más usada (a veces en exceso, como si fuera la única plegaria del Misal romano):

“Acuérdate, Señor, de tu Iglesia  extendida por toda la tierra; y con el Papa N., con nuestro Obispo N.,…”

En la plegaria eucarística III se ruega la unidad en la fe y en la caridad de la Iglesia, junto con el Papa, con el obispo y demás ministerios ordenados.

“Confirma en la fe y en la caridad a tu Iglesia, peregrina en la tierra: a tu servidor, el Papa N., a nuestro obispo N., al orden episcopal, a los presbíteros y diáconos, y a todo el pueblo redimido por ti.”

Sólo en la IV plegaria eucarística hay una mención que toma el matiz de súplica pidiendo por el Papa y por el obispo:

“Y ahora, Señor, acuérdate de todos aquellos por quienes se ofrece este sacrificio: de tu servidor el Papa N., de nuestro obispo N., del orden episcopal y de los presbíteros y diáconos, de los oferentes y de los aquí reunidos”.

Así pues, la mención explícita del Papa y del Obispo del lugar es un signo de comunión con ellos. No se trata de que se rece aquí por ellos, no es pedir por ellos, sino manifestar que esta asamblea local, con su sacerdote, celebra la Santa Misa estando con comunión con el Papa y con el obispo de la diócesis: ¡la eclesialidad!

Pedir por el Papa y por el Obispo se pide más bien en las preces de la oración de los fieles, no en la plegaria eucarística.

Además, como ya se indicó antes, se pueden añadir los nombres del obispo coadjutor o de los obispos auxiliares. Pero sería incorrecto añadir el nombre del Superior religioso, del Provincial o del Padre General por parte de los religiosos celebrando la santa Misa. Las realidades que se nombran son las grandes realidades sacramentales de la Iglesia: el Papa, centro de comunión de toda la Iglesia, y el Obispo diocesano, principio de la unidad de la Iglesia diocesana.

Terminamos con palabras de Juan Pablo II:

“La comunión eclesial de la asamblea eucarística es comunión con el propio Obispo y con el Romano Pontífice. En efecto, el Obispo es el principio visible y el fundamento de la unidad en su Iglesia particular. Sería, por tanto, una gran incongruencia que el Sacramento por excelencia de la unidad de la Iglesia fuera celebrado sin una verdadera comunión con el Obispo. San Ignacio de Antioquía escribía: « se considere segura la Eucaristía que se realiza bajo el Obispo o quien él haya encargado ». Asimismo, puesto que « el Romano Pontífice, como sucesor de Pedro, es el principio y fundamento perpetuo y visible de la unidad, tanto de los obispos como de la muchedumbre de los fieles », la comunión con él es una exigencia intrínseca de la celebración del Sacrificio eucarístico. De aquí la gran verdad expresada de varios modos en la Liturgia: « Toda celebración de la Eucaristía se realiza en unión no sólo con el propio obispo sino también con el Papa, con el orden episcopal, con todo el clero y con el pueblo entero. Toda válida celebración de la Eucaristía expresa esta comunión universal con Pedro y con la Iglesia entera, o la reclama objetivamente, como en el caso de las Iglesias cristianas separadas de Roma » (Ecclesia de Eucharistia, n. 39).

7.12.17

Más sobre el altar

Cuando en la iglesia vemos el honor que merece el altar, debemos elevar los pensamientos.

 El altar es revestido de manteles, con flores y cirios; se venera con una inclinación profunda cada vez que se pasa delante de él; el sacerdote lo besa.

 Es una Mesa santa, el ara del sacrificio, el signo de Cristo, roca de la Iglesia, piedra angular.

 Es el símbolo de la Mesa celestial, allá donde Cristo invita a todos los que quieran acudir, con el traje de bodas, a las nupcias del Cordero y la Iglesia.

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30.11.17

Una segunda homilía más los avisos interminables

  Lo fáciles que son las cosas y lo difícil y enrevesado que nos gusta volverlas. Bastaría leer y obedecer las rúbricas de la Ordenación General del Misal Romano para tener una liturgia mucho más cuidada y no la anarquía que muchas veces se ve y se padece.

   En concreto, antes de la bendición final de la Misa se puso de moda en algunos soltar una segunda homilía. Pretenden a veces hacer un “resumen” de la Misa, como si la Misa fuera una catequesis o clase pedagógica que hubiera que inculcar con un resumen o síntesis. ¡No! Estamos en el ámbito de la celebración, no de la catequesis, no de la formación, no de la clase de teología. Y sin embargo, antes de la bendición, algunos empuñan con denuedo el micrófono para una intervención que es una segunda homilía, repitiendo conceptos ya dichos en la homilía después del Evangelio o añadiendo todo aquello que antes se le olvidó decir. El fruto es escaso. Todos de pie, sabiendo que no es el momento, apenas prestamos atención.

 ¿Acaso lo permiten las rúbricas? ¿Lo sugieren, lo insinúan, dejan abierta esa posibilidad?

 Sobre el rito de conclusión dice la IGMR 90:

 Al rito de conclusión pertenecen:

a) Breves avisos, si fuere necesario.

b) El saludo y la bendición del sacerdote, que en algunos días y ocasiones se enriquece y se expresa con la oración sobre el pueblo o con otra fórmula más solemne.

c) La despedida del pueblo, por parte del diácono o del sacerdote, para que cada uno regrese a su bien obrar, alabando y bendiciendo a Dios.

d) El beso del altar por parte del sacerdote y del diácono y después la inclinación profunda al altar de parte del sacerdote, del diácono y de los demás ministros.

 Por tanto, después de la oración de postcomunión, en todo caso, “breves avisos, si fuere necesario”. No añade nada de una monición de despedida, ni de unas palabras finales del obispo o sacerdote.

 Lo mismo se dice en IGMR 166: “Terminada la oración después de la Comunión, si los hay, háganse breves avisos al pueblo”.

 Así pues, omítase toda “segunda homilía” en este momento.

 Y ya que estamos, recordemos lo que ha dicho la rúbrica sobre los avisos: “si fuere necesario” (IGMR 90), “breves” (IGMR 90) “breves avisos al pueblo” (IGMR 166).

 Lo primero es la necesidad de hacerlos y segundo la brevedad como cualidad. No puede ser que todos los domingos sean necesarios y extensos. A veces se convierten en el telediario parroquial, dando noticias para toda la semana. Otras veces parece RENFE con los horarios: “el miércoles adelantamos la reunión de adultos a las 17. El jueves todo igual. El viernes tendremos Misas de 19.30 y 20.30. El triduo de la Hermandad comienza mañana con el rosario a las 19, ejercicio del triduo a las 19.30 y luego la Misa. La próxima semana no os olvidéis de que…” Cuando se terminan los avisos ya nadie se acuerda de los días exactos y las horas exactas. Habría que ser sumamente escueto y señalar, en todo caso, que en la puerta hay un cartel anunciando los horarios…

 Todo esto es de sentido común (el menos común de los sentidos) y de fidelidad a las rúbricas.

 

16.11.17

¡Qué menos que cantar el sacerdote los textos propios!

  El canto no es un añadido de la liturgia, sino que pertenece a su misma naturaleza. Es expresión de solemnidad, de oración ferviente, de amor al Señor. Así se potencia la vida y la espiritualidad litúrgicas.

 Sería una gran reducción pensar que el canto es algo que atañe sólo al coro parroquial y que hay canto en la Misa si hay coro, y si no, no se canta. Porque antes que los cantos que debe entonar el coro, hay otros elementos que de por sí se pueden cantar y que pertenecen al sacerdote, haya coro parroquial o no lo haya.

 Dice la Ordenación General del Misal Romano:

 40. Téngase, por consiguiente, en gran estima el uso del canto en la celebración de la Misa,atendiendo a la índole de cada pueblo y a las posibilidades de cada asamblea litúrgica. Aunque no sea siempre necesario, como por ejemplo en las Misas feriales, cantar todos los textos que de por sí se destinan a ser cantados, hay que cuidar absolutamente que no falte el canto de los ministros y del pueblo en las celebraciones que se llevan a cabo los domingos y fiestas de precepto.

Sin embargo, al determinar las partes que en efecto se van a cantar, prefiéranse aquellas que son más importantes, y en especial, aquellas en las cuales el pueblo responde al canto del sacerdote, del diácono o del lector, y aquellas en las que el sacerdote y el pueblo cantan al unísono.

 El primer nivel de canto, la mayor importancia, son aquellas partes en que el pueblo responde al canto del sacerdote y aquellas en que sacerdote y fieles cantan juntos. Hasta aquí todo clarísimo.

 Es lo que ya decía la Instrucción Musicam sacram cuando establecía diversos niveles en el canto. En el primer grado, Musicam sacram señalaba, en el n. 29:

a)      En los ritos de entrada: el saludo del sacerdote con la respuesta del pueblo. La oración [colecta].

b)      En la liturgia de la Palabra: las aclamaciones al Evangelio.

c)      En la liturgia eucarística: La oración sobre las ofrendas. El prefacio con su diálogo y el Sanctus. La doxología final del canon. La oración del Señor –Padrenuestro- con su monición y embolismo. El Pax Domini. La oración después de la comunión. Las fórmulas de despedida.

   Estos son los primeros y principales elementos, lo menos que se podría cantar en una solemnidad. No dependen del coro, sino del ejercicio ministerial: es el sacerdote, y el diácono, que cantan y reciben la respuesta de los fieles. Y esto se puede hacer en cualquier Misa dominical. Lo que no es comprensible es que siempre, absolutamente, el sacerdote abdique de la posibilidad del canto y todo se reduzca a lo que haga el coro.

  Es extraño, desde el punto de vista litúrgico, celebrar una Misa solemne, con coro y órgano, y que el obispo o el sacerdote no canten los saludos, ni las oraciones, ni el prefacio, ni la doxología… Es realmente algo anómalo.

  Lo mismo que, si no hay coro parroquial, ya por ello no haya canto alguno durante la Misa dominical. ¿Es que los textos propios que corresponden al sacerdote no se pueden cantar? ¿Acaso el canto del ofertorio o de la comunión es más importante e imprescindible que cantar el prefacio un domingo?

   Sugiero que, al menos, en los domingos del Tiempo Ordinario, el sacerdote cante –repito, haya coro o no- algunas de las partes que le corresponden:

-El Prefacio y el Santo

-Las palabras de la consagración (con la notación musical en el Apéndice del Misal)

-La aclamación: “Este es el Sacramento de nuestra fe”.

-La doxología: “Por Cristo…”

 ¡Qué menos que eso!

 Los domingos de tiempos fuertes, sumarle, al menos, las tres oraciones de la Misa: colecta, ofrendas y postcomunión.

En las solemnidades, ir añadiendo más elementos: el canto del saludo inicial de la Misa, las aclamaciones del Evangelio…

 Mejoraría, sin duda, la calidad de nuestras celebraciones litúrgicas, lograría que todos cantasen respondiendo (y eso es participar) y no vincularíamos el canto sólo a la posibilidad de que haya o no un coro parroquial.