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18.10.18

El Credo II (Respuestas XVII)

    3. Además de ser rezado en la Misa los domingos y solemnidades, el Credo aparece en la liturgia en otros momentos.

      a) Catecumenado y Bautismo

     En primer lugar, como ya apuntábamos y es obvio, en el catecumenado y en la liturgia del Gran Sacramento de la Iniciación cristiana.

    Los catecúmenos, ya “elegidos” para vivir los sacramentos, viven esa Cuaresma previa como un “tiempo de purificación e iluminación” con diversos ritos, entre ellos la entrega del Símbolo: “en el Símbolo, en el que se recuerdan las grandezas y maravillas de Dios para la salvación de los hombres, se inundan de fe y de gozo los ojos de los elegidos” (RICA 25). El Símbolo se les entrega a lo largo de la III semana de Cuaresma (cf. RICA 53) y lo devolverán, es decir, lo recitarán en los ritos previos que tienen lugar la mañana misma del Sábado Santo, preparándose para la Vigilia pascual (RICA 54).

    Así se desarrolla el rito de la entrega del Credo. El diácono los invita a acercarse: “Acérquense los elegidos, para recibir de la Iglesia el Símbolo de la fe”, y el celebrante se dirige a ellos diciéndole: “Queridos hermanos, escuchad las palabras de la fe, por la cual recibiréis la justificación. Las palabras son pocas, pero contienen grandes misterios. Recibidlas y guardadlas con sencillez de corazón” (RICA 186). Comienza a recitar el Credo y todos los fieles presentes se unen a continuación.

   En la mañana del Sábado Santo tienen lugar los ritos para la preparación inmediata al Bautismo. Antes de ser bautizados, han de profesar la fe los catecúmenos. “Con los ritos de la renuncia y de la profesión de fe, el mismo misterio pascual, conmemorado al bendecir el agua y evocado brevemente por el celebrante en las palabras del Bautismo, es confesado por la fe ardiente de los que van a ser bautizados. Porque los adultos no se salvan, sino acercándose por propia voluntad al Bautismo y queriendo recibir el don de Dios, mediante su fe. Pues la fe, cuyo sacramento reciben, no es sólo propia de la Iglesia, sino también de ellos, y se espera que sea activa y operante en ellos” (RICA 30).

    El celebrante reza primero por los elegidos: “Te rogamos, Señor, que concedas a nuestros elegidos, que han recibido la fórmula que resume el designio de tu caridad y los misterios de la vida de Cristo, que sea una misma la fe que confiesan los labios y profesa el corazón, y así cumplan con las obras tu voluntad. Por Jesucristo nuestro Señor” (RICA 198). Inmediatamente todos los elegidos recitan el Credo.

     Ya en la noche santa de la Pascua, inmediatamente antes de ser bautizados, son interrogados para que profesen la fe (“Sí, creo”), uno a uno, o por grupos, o si son muchos, todos a la vez (RICA 219).

    Igualmente, en el rito del bautismo de niños, a los padres y padrinos se les pide la profesión de fe en nombre del niño, prometiendo por tanto educarlo en la fe “para que esta vida divina quede preservada del pecado y crezca en él de día en día”, por eso, “recordando vuestro propio bautismo, renunciad al pecado y confesad vuestra fe en Cristo Jesús, que es la fe de la Iglesia, en la que van a ser bautizados vuestros hijos” (RBN 124).

            b) Sacramento de la Crismación-Confirmación

      En segundo lugar, al revisar en la última reforma litúrgica el rito del sacramento de la Confirmación, se vio conveniente destacar su unidad con el Bautismo, formando así una etapa sacramental dentro de la Iniciación cristiana.

    Para ello, y con este fin, delante del Obispo, aquellos que van a ser crismados, después de la homilía renovarán sus promesas bautismales. Es un requisito incluso: “si el fiel tiene ya uso de razón, se requiere que esté en estado de gracia, convenientemente instruido y dispuesto a renovar las promesas bautismales” (RC 12). Por su parte el Catecismo explica el porqué de esta renovación de la fe: “Cuando la Confirmación se celebra separadamente del Bautismo, como es el caso en el rito romano, la liturgia del sacramento comienza con la renovación de las promesas del Bautismo y la profesión de fe de los confirmandos. Así aparece claramente que la Confirmación constituye una prolongación del Bautismo” (CAT 1298).

     El Obispo, al concluir la homilía, prepara a los confirmandos “con estas o parecidas palabras, que destacan la relación del Bautismo con la Confirmación” (RC 27):

     “Y ahora, antes de recibir el don del Espíritu Santo, conviene que renovéis ante mí, pastor de la Iglesia, y ante los fieles aquí reunidos, testigos de vuestro compromiso, la fe que vuestros padres y padrinos, en unión de toda la Iglesia, profesaron el día de vuestro bautismo”.

    Renuncian a Satanás, a sus obras y seducciones (: “sí, renuncio”) y responden: “sí, creo”, al Credo que el obispo les pregunta.

            c) El Viático

    En tercer lugar, en el rito del Viático. El moribundo va a comulgar por última vez para que la comunión eucarística le ayude en este último camino, en este tránsito, y se una a su Señor en la muerte para vivir en Él y con Él el misterio pascual.

      Después de una lectura breve de la Palabra de Dios, “conviene también que, antes de recibir el Viático, el enfermo renueve la profesión de fe bautismal. Para ello, el sacerdote, después de crear con palabras adecuadas un ambiente propicio, preguntará al enfermo…” (RU 188) y se realiza el Credo en forma de preguntas y respuesta del fiel. Y es que “conviene, además, que el fiel, durante la celebración del Viático, renueve la fe de su Bautismo, con el que recibió su condición de hijo de Dios y se hizo coheredero de la promesa de la vida eterna” (RU 28).

    En el Bautismo profesó la fe cristiana; vivió su vida a la luz de la fe y dando testimonio de ella; cada domingo la confesó recitando en la Misa el Credo y ahora, al final, sella su vida entera profesando la fe y aguardando encontrarse para siempre con Aquél en quien creyó, esperó y amó.

 

            d) Vigilia de oración por un difunto

      Por último, la vigilia comunitaria de oración por un difunto, antes de las exequias, señala como posible el rezo del Credo después de la lectura bíblica. Rezarlo delante del difunto subraya la fe y la esperanza cristiana: “Creo en la resurrección de la carne y en la vida eterna”.

   El Ritual de exequias ofrece una monición introductoria para explicar su sentido y conveniencia: “Con la esperanza puesta en la resurrección y en la vida eterna que en Cristo nos ha sido prometida, profesemos ahora nuestra fe, luz de nuestra vida cristiana” (Ritual de exequias, lib. IV, Vigilia, n. 7).

      4. ¿Qué valor, qué importancia tiene el Credo? ¿Para qué una fórmula fija? ¿Por qué la misma y recitada de memoria? ¿No sería eso un empobrecimiento? ¿No es la fe un sentimiento, o una experiencia, según nos dice hoy la mentalidad secularizada?

   La Tradición de los Padres nos ofrece las respuestas necesarias cuando explicaban el Símbolo (o Credo) a los catecúmenos.

    El Símbolo está lleno de afirmaciones de las Escrituras, reunidas en una fórmula, más accesible a la memoria. Lo explica san Cirilo de Jerusalén:

    “Posee y conserva sólo la fe que aprendes y prometes, la que ahora te transmite la Iglesia, la que está confirmada por la entera Escritura. Y porque no todos pueden leer la Escritura, ya que a unos la falta de preparación, a otros la falta de tiempo disponible les impide llegar a conocerla, para que el alma no se pierda por falta de instrucción, abarcamos toda la doctrina de la fe en unas pocas líneas. Quiero que la recordéis con las mismas palabras, y que la recitéis entre vosotros con todo esmero, no copiándola en hojas de papiro, sino grabándola con la memoria en el corazón; estando atentos para que, cuando hagáis esto, ningún catecúmeno oiga las verdades que se os han transmitido; y que durante todo el tiempo de vuestra vida sea como los recursos del camino, sin dar cabida a otra fe que ésta; aun en el caso de que nosotros mismos diéramos un giro diciéndoos lo contrario de lo que ahora os estoy explicando, o aunque un ángel hostil transformado en ángel de luz te quisiera engañar… Y entre tanto, mientras escuchas sus palabras exactas, graba la fe en tu memoria; durante el tiempo que haga falta recibe la demostración que la divina Escritura da sobre cada una de las verdades contenidas. Porque el compendio de la fe no se realizó atendiendo el parecer de los hombres, sino después de recoger de toda la Escritura las partes principales, que formarían una completa enseñanza de la fe. Y del mismo modo que el grano de mostaza contiene muchos ramos en una simiente pequeña, así también esta fe encierra en su seno con pocas palabras todo el conocimiento de la religión contenida en el Antiguo y en el Nuevo Testamento. Considerad, pues, hermanos, y mantened firmemente la doctrina transmitida que ahora recibís, e inscribidla en la tabla de vuestro corazón” (Cat. V,12).

   El gran san Agustín también explica el valor del Credo antes de recitárselo a los catecúmenos:

    “Es ya tiempo de que recibáis el símbolo, que contiene, de forma breve, todo lo que creéis para vuestra salvación eterna. Al origen del término ‘símbolo’ está una semejanza; es, pues, un término metafórico. Los mercaderes establecen entre sí un símbolo gracia al cual su agrupación se mantiene unida por un pacto de fidelidad…

    Con esto he cumplido me deuda de predicaros un breve sermón sobre la totalidad del símbolo. Cuando lo escuchéis, reconoceréis que todo ha sido examinado de forma breve en este nuestro sermón. Ni siquiera para retenerlas mejor debéis escribir las palabras del símbolo; tenéis que aprenderlo a fuerza de oírlo, y ni siquiera después de aprendido debéis escribirlo, sino conservarlo y recordarlo siempre de memoria. Todo lo que vais a oír en el símbolo está contenido en las Sagradas Escrituras… He aquí, pues, el símbolo que ya se os ha ido descubriendo por medio de la Escritura y los sermones en la Iglesia, a cuya breve fórmula, sin embargo, los fieles han de aferrarse y en ella han de progresar” (Serm. 212, 1.2).

     Otro sermón agustiniano sobre el valor de la fórmula de la fe:

    “El símbolo es, pues, la regla de la fe, compendiada en pocas palabras para instruir la mente sin cargar la memoria; aunque se expresa en pocas palabras, es mucho lo que se adquiere con ella. Se llama símbolo a aquello en que se reconocen los cristianos; es lo primero que de forma breve voy a proclamar. Después, en la medida en que el Señor se digne concedérmelo, os lo explicaré, pues lo que quiero que aprendáis de memoria, quiero también que lo podáis comprender” (Serm. 213,2).

     Y una última cita agustiniana:

    “El símbolo construye en vosotros lo que debéis creer y confesar para poder alcanzar la salvación. Lo que dentro de poco vais a recibir, confiar a la memoria y proferir verbalmente, no es novedad alguna para vosotros o cosa jamás oída. En efecto, en variedad de formas soléis oírlo tanto en la Sagrada Escritura como en los sermones de la Iglesia. No obstante eso, se os ha de entregar todo junto, brevemente resumido y lógicamente ordenado para edificar vuestra fe, facilitar la recitación y no cargar demasiado a la memoria. Estas son las cosas que, sin cambiar nada, habéis de retener y luego recitar de memoria” (Serm. 214,1).

      5. Es importante y significativo profesar la fe. En el rito romano, situado el Credo después del silencio meditativo, acabada la homilía, se destaca el valor de respuesta o asentimiento a la Palabra escuchada: “El pueblo hace suya esta palabra divina por el silencio y por los cantos; se adhiere a ella por la profesión de fe” (IGMR 55); o con palabras de la Ordenación del Leccionario de la Misa: “El Símbolo o profesión de fe, dentro de la misa, cuando las rúbricas lo prescriben, tiene como finalidad que la asamblea reunida dé su asentimiento y su respuesta a la palabra de Dios oída en las lecturas y en la homilía, y traiga a su memoria, antes de empezar la celebración del misterio de la fe en la eucaristía, la norma de su fe, según la forma aprobada por la Iglesia” (OLM 29). Así la liturgia de la Palabra es un diálogo de Dios con su pueblo, donde la Iglesia responde a su Señor.

   En la Misa dominical es renovación de la fe y actualización, en cierto sentido, de la gracia bautismal:

    “[El pueblo cristiano] se siente llamado a responder a este diálogo de amor con la acción de gracias y la alabanza, pero verificando al mismo tiempo su fidelidad en el esfuerzo de una continua ‘conversión’. La asamblea dominical se compromete de este modo a una renovación interior de las promesas bautismales que, en cierto modo, están implícitas al recitar el Credo y que la liturgia prevé expresamente en la celebración de la Vigilia pascual o cuando se administra el Bautismo durante la Misa” (Juan Pablo II, Carta Dies Domini, 41).

      6. El Credo es una confesión de fe en Dios Uno y Trino y en su actuación salvífica, llena de amor. No es una suma de verdades inconexas, sino el reconocimiento de quién es Dios y lo que ha realizado por nosotros. “En la Iglesia se ha tenido conciencia siempre de que el símbolo de fe, en cualquier estado en que se encontrase, y por breve que fuera, contenía la totalidad de la fe. Así ocurría ya con las fórmulas cristológicas. En cuanto a las primeras fórmulas trinitarias, diremos que se acrecentaron, no por adición de nuevos artículos puestos a continuación de los tres primeros, sino por medio de la explicación o desarrollo de cada uno de ellos” (De Lubac, La fe cristiana, Salamanca 1988, 91). Así contiene explicitado Quién es Dios y lo que ha realizado por nosotros. El teólogo von Balthasar lo enuncia así:

   “Los doce artículos del credo apostólico proceden primeramente de las tres preguntas parciales: ¿Crees en Dios, el Padre, el Hijo, el Espíritu Santo? Pero incluso estas tres palabras son expresión –y Jesucristo nos da prueba de ello- de que el único Dios es, en su esencia, amor y entrega… Tan sólo con la mirada fija en ese fondo de unidad que se nos revela también a nosotros, tendrá sentido desarrollar el credo cristiano: primeramente desarrollándolo en los tres accesos que luego se expanden en doce ‘artículos’… Nosotros no creemos jamás en proposiciones, sino en una sola realidad que se desarrolla ante nosotros, para nosotros y en nosotros, y que al mismo tiempo es verdad altísima y salvación profundísima” (Balthasar, Meditaciones sobre el credo apostólico, Salamanca 1991, 29-30).

    Se cree, no en un ‘algo’ difuso y trascendente, sino en un ‘Tú’ vivo: “Todavía no hemos hablado del rasgo más fundamental de la fe cristiana: su carácter personal. La fe cristiana es mucho más que una opción en favor del fundamento espiritual del mundo. Su fórmula central reza así: ‘creo en ti’, no ‘creo en algo’. Es encuentro con el hombre Jesús; en tal encuentro siente la inteligencia como persona… La fe es, pues, encontrar un tú que me sostiene y que en la imposibilidad de realizar un movimiento humano da la promesa de un amor indestructible que no sólo solicita la eternidad, sino que la otorga” (Ratzinger, Introducción al cristianismo, Salamanca 1987 (6ª), 57).

     No es un Dios una fórmula rara, un teorema incomprensible. Se ha revelado y, además, hemos visto cómo actúa, cómo obra, cómo ama, cómo salva. Y lo afirmamos en el Credo así:

    “El misterio de la Trinidad no se nos ha descubierto a la manera de una teoría sublime, de un teorema celestial, sin relación con lo que somos y con lo que hemos de llegar a ser. Dios es el creador de nuestro mundo y quiso intervenir en nuestra historia. Actuando para nosotros, llamándonos hacia él, obrando nuestra salvación: así es, precisamente, como Dios se nos dio a conocer. Nuestra fe en él, que es respuesta a su llamamiento, no es separable del conocimiento que Dios nos ha dado de su obra en medio de nosotros” (De Lubac, La fe cristiana, 93).

   Digno de mención es destacar cómo la fórmula de la fe, el Símbolo o Credo, aun cuando todos lo recitan juntos, se reza en singular. No se dice: “Creemos en un solo Dios…”, sino: “Creo en un solo Dios”; no se dice: “Sí, creemos…”, sino: “Sí, creo”.

   La fe es fe eclesial, la fe de todo el pueblo santo de Dios, recibida por la Revelación y la predicación apostólica. Vivir como hijo de Dios en la Iglesia es recibir y profesar la norma o canon de la fe, el Credo que se entrega.

   Pero se reza siempre en singular (“creo en Dios”, o “sí, creo”) porque la fe es un acto personal y único delante de Dios mismo. Nadie puede suplirme, nadie reemplazarme. Cada uno debe contestar a Dios personalmente y esa fe eclesial va a determinar toda la existencia cristiana, paso a paso. La fe da forma a la vida.

       “Quien dice Yo creo, dice Yo me adhiero a lo que nosotros creemos. La comunión en la fe necesita un lenguaje común de la fe, normativo para todos y que nos una en la misma confesión de fe” (CAT 185). Profesar la fe común de la Iglesia es, al mismo tiempo, un acto personalísimo: “la fe es una adhesión personal del hombre entero a Dios que se revela. Comprende una adhesión de la inteligencia y de la voluntad a la Revelación que Dios ha hecho de sí mismo mediante sus obras y sus palabras” (CAT 176).

    Aunque en la Iglesia todo es común, y vivimos la Comunión de los santos, sin embargo el fiel cristiano no se disuelve en la masa, ni es un anónimo perdido, ni se despersonaliza. La fe, por el contrario, personaliza y es vivida personalmente. Por eso se responde en singular, cara a cara, ante Dios y la Iglesia.

    Con el Credo decimos “Sí” a Dios, después de haber dicho “no” al demonio y a su imperio del mal. ¡Sí!, como Cristo es “Sí”, el “Amén” de Dios (cf. 2Co 1,20):

    “Un “sí” que se articula en tres adhesiones: “sí” al Dios vivo, es decir, a un Dios creador, a una razón creadora que da sentido al cosmos y a nuestra vida; “sí” a Cristo, es decir, a un Dios que no permaneció oculto, sino que tiene un nombre, tiene palabras, tiene cuerpo y sangre; a un Dios concreto que nos da la vida y nos muestra el camino de la vida; “sí” a la comunión de la Iglesia, en la que Cristo es el Dios vivo, que entra en nuestro tiempo, en nuestra profesión, en la vida de cada día” (Benedicto XVI, Hom., 8-enero-2006).

 

 

 

11.10.18

El Credo I (Respuestas XVI)

   1. Los domingos y solemnidades, y en alguna ocasión más importante o especialmente significativa, después del silencio de la homilía (o si no hubiere homilía, tras el Evangelio), todos a una recitan el Credo, la profesión de fe, puestos en pie.

 Las rúbricas del Misal prescriben lo siguiente:

 “El Símbolo o Profesión de Fe, se orienta a que todo el pueblo reunido responda a la Palabra de Dios anunciada en las lecturas de la Sagrada Escritura y explicada por la homilía. Y para que sea proclamado como regla de fe, mediante una fórmula aprobada para el uso litúrgico, que recuerde, confiese y manifieste los grandes misterios de la fe, antes de comenzar su celebración en la Eucaristía.

El Símbolo debe ser cantado o recitado por el sacerdote con el pueblo los domingos y en las solemnidades; puede también decirse en celebraciones especiales más solemnes.

Si se canta, lo inicia el sacerdote, o según las circunstancias, el cantor o los cantores, pero será cantado o por todos juntamente, o por el pueblo alternando con los cantores.

Si no se canta, será recitado por todos en conjunto o en dos coros que se alternan” (IGMR 67-68).

    Incluso el cuerpo se integra en la profesión de fe con el gesto de la inclinación: “El Símbolo se canta o se dice por el sacerdote juntamente con el pueblo (cfr. n 68) estando todos de pie. A las palabras: y por la obra del Espíritu Santo, etc., o que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, todos se inclinan profundamente; y en la solemnidades de la Anunciación y de Navidad del Señor, se arrodillan” (IGMR 137).

    Dos son las fórmulas que se pueden emplear: el Credo niceno-constantinopolitano, más desarrollado y preciso, o el Símbolo apostólico, breve y conciso, éste aconsejado especialmente para la Cuaresma y la Pascua (cf. Ordo Missae, 19). Únicamente éstos porque estas fórmulas son la fe de la Iglesia; ya pasó la moda desafortunada de sustituirlo por cualquier canto (“Creo en vos, arquitecto, ingeniero…”) o por la lectura de un manifiesto o compromiso o “fe” elaborada por alguien o por algún grupo de catequesis o de liturgia. Sólo esas dos fórmulas de profesión de fe se pueden emplear.

     Tampoco es de uso habitual, cada domingo, el Credo en forma de pregunta y respuesta (normalmente, para abreviar y correr más), ya que esta fórmula está reservada al rito del Bautismo exclusivamente o relacionada con el Bautismo, como la Vigilia pascual donde todos los fieles renuevan sus promesas bautismales. Esta es una fórmula, con preguntas, sólo para esos momentos, no para cualquier domingo.

       2. Rezar el Credo en la celebración eucarística fue una práctica que tardó en entrar en la liturgia. Como fórmula, el Credo nació para el ámbito bautismal; se les entrega a los catecúmenos en un rito litúrgico para que lo aprendiesen de memoria y luego, antes del bautismo, lo recitasen (lo que se llama la “redditio symboli”). Así, en una fórmula muy bien estructurada, tenían fijadas todas las verdades de la fe.

   El Catecismo recuerda este origen bautismal del Credo:

      “Desde su origen, la Iglesia apostólica expresó y transmitió su propia fe en fórmulas breves y normativas para todos. Pero muy pronto, la Iglesia quiso también recoger lo esencial de su fe en resúmenes orgánicos y articulados destinados sobre todo a los candidatos al bautismo” (CAT 186).

     “La primera “Profesión de fe” se hace en el Bautismo. El ‘Símbolo de la fe’ es ante todo el símbolo bautismal” (CAT 189).

    Pasados unos siglos fue entrando el Credo en la Misa para que todos los fieles lo repitiesen y no se olvidase la fórmula de la fe cuando tantas herejías (trinitarias, cristológicas, pneumatológicas) se iban difundiendo. Oriente, en el siglo VI, con el emperador Justiniano lo hizo obligatorio en el 586. Lo vemos en la divina liturgia bizantina. Después de la Gran Entrada en el santuario con los santos dones, y las súplicas de los fieles, se reza el Credo; tras el cual, comienza la plegaria eucarística.

    Otro rito que pronto lo introdujo fue el rito hispano-mozárabe, siempre en conflicto con el arrianismo. El III Concilio de Toledo, en el 589, presidido por san Leandro de Sevilla, decretó que se recitase siempre en la Misa y por influjo de este rito hispano, en el s. VIII se difundió en la zona celta y en la liturgia franco-germánica.

    En el rito hispano-mozárabe, el Credo se reza dentro de los ritos previos a la comunión, después de la gran plegaria eucarística y antes del canto “Confractionem” para partir el Pan en 9 trozos, evocando los misterios del Redentor (Encarnación, Nacimiento, etc.). Es introducido por unas breves palabras del sacerdote: “Profesemos con los labios la fe que llevamos en el corazón”.

   El texto del Credo tiene levísimas variantes; la más importante, precisamente en polémica con los arrianos que negaban la divinidad de Cristo y afirmaban que sólo era “semejante” a Dios, viene en las palabras del Credo: “nacido, no hecho, omousion con el Padre, es decir, de la misma naturaleza del Padre”, conservando incluso la palabra griega “omousion” que significa consustancial.

   ¿Y en el ámbito romano? Tardó aún más en entrar el Credo en la Misa. Carlomagno, el emperador del sacro imperio, y san Paulino de Aquileya, mandaron introducir el Credo en la Misa al final de la liturgia de la Palabra. Tardó en hacerse una práctica generalizada; en Roma encontramos el Credo ya en el siglo XI y sólo en el siglo XII vemos el Credo después del Evangelio para los domingos y fiestas.

 

4.10.18

Las ofrendas de la Misa (y V)

¿Qué se ofrece entonces?

¿Qué se lleva al altar?

¿Cuáles son las ofrendas de la Misa?

¿Las enfatizamos con “añadiduras superfluas", que decía Benedicto XVI?

¿Podemos incluir moniciones a cada ofrenda en vez del canto que resuena durante la procesión?

¿Qué le podemos sumar al pan y al vino? ¿Lo que queramos?

5. Única y destacada ofrenda: pan y vino suficientes

    A tenor de lo que marcan los documentos de la Iglesia, el realce absoluto lo tendrá exclusivamente la ofrenda del pan y del vino, las únicas que se colocan sobre el altar. En ellas se compendia todo, incluida la vida misma de los oferentes y del pueblo cristiano.

 Sobre estos dones, reales, entregados en procesión, reza la Iglesia:

“Presentamos, Señor, estas ofrendas en tu altar como signo de nuestra servidumbre; concédenos que, al ser aceptadas por ti se conviertan para tu pueblo en sacramento de vida y redención”[1][1];

“Señor, acepta con bondad estas ofrendas, y consagra con tu poder lo que nuestra pobreza te presenta”[2][2];

“haz que estos dones se transformen en fuente de gracia para los que te invocan”[3][3].

     Las ofrendas que se llevan al altar van a permitir la renovación sacramental del sacrificio de Cristo; las ofrendas de pan y vino son signo de un intercambio único: Dios las transforma en el Cuerpo y Sangre de su Hijo y se nos da para santificarnos. Sólo el pan y el vino pueden ser una verdadera oblación: 

“Tú nos has dado, Señor, por medio de estos dones que te presentamos, el alimento del cuerpo y el sacramento que renueva nuestro espíritu; concédenos con bondad que siempre gocemos del auxilio de estos dones”[4][4];

“recibe, Señor, la oblación que tú has instituido, y por estos santos misterios, que celebramos para darte gracias, santifica a los que tú mismo has redimido”[5][5];

“acepta, Señor, estas ofrendas por las que se va a renovar entre nosotros el sacrificio único de Cristo”[6][6];

“acepta, Señor, los dones que te presenta la Iglesia y que tú mismo le diste para que pueda ofrecértelos; dígnate transformarlos con divino poder en sacramento de salvación para tu pueblo”[7][7].

   En ese clarísimo sentido de oblación e intercambio por el que nosotros presentamos pan y vino y Dios, en admirable intercambio, nos va a entregar a su propio Hijo en el sacramento, oran algunas plegarias bellísimas:

“Mira, Señor, los dones de tu Iglesia que no son oro, incienso y mirra, sino Jesucristo, tu Hijo, al que aquellos dones representaban y que ahora se inmola y se nos da en comida[8][8];

“acepta, Señor, estas ofrendas en las que vas a realizar con nosotros un admirable intercambio, pues al ofrecerte los dones que tú mismo nos diste, esperamos merecerte a ti mismo como premio”[9][9].

   El contenido de estas oraciones sería imposible aplicarlo a otros elementos ajenos al pan y al vino, tales como las ofrendas que, a modo de símbolos y compromisos, se llevan al altar.

 
 

    Insistamos, una vez más: los dones que se presentan al altar son verdaderos, el pan y el vino, porque ellos van a ser transformados en el Cuerpo y Sangre de Cristo. Deben ser el centro de la procesión de ofrendas y no quedar disimulados por multitud de ofrendas que no son reales ni útiles ni sirven para la iglesia o para los pobres.

 Ya de por sí el pan y el vino compendian varios sentidos en sí mismos y son elocuentes; no hay que añadir arbitrariamente esas llamadas “ofrendas” que no son tales (con el añadido de una monición a cada una). No casan con el sentido real de este ofertorio en la liturgia ni romana ni hispano-mozárabe ni ninguna otra.

 Los sentidos del pan y del vino en cuanto ofrendas son muy iluminadores a poco que se sepan mirar:

 

            “El rito tiene un significado bautismal, eucarístico, antropológico y social.

            El sentido bautismal aparece en el hecho de estar reservado a los bautizados en comunión con la Iglesia.

El eucarístico es el más claro y acentuado, pues los dones se presentan para ser consagrados y, una vez convertidos en el Cuerpo y Sangre de Cristo, ser distribuidos a los fieles, de tal modo que presentación-consagración-distribución del Cuerpo y Sangre de Cristo, en que los dones han sido transustanciados, son tres momentos de una misma celebración.

            El sentido antropológico se desprende del hecho de que la presentación de los dones es la contribución material inmediata de los fieles a la celebración Eucarística –que en no pocas culturas son los frutos más representativos del trabajo del hombre y el alimento base de la vida material-, contribución que quiere ser signo externo del ofrecimiento interior de cada fiel.

            Finalmente, el carácter social se advierte en la cualidad de las ofrendas, que no sólo son individuales sino también ofrenda de toda la Iglesia, bellamente significada en la naturaleza del pan y del vino, hechos de muchos granos de trigo y de muchas uvas”[10][10].

  ¿Conseguiremos, así pues, recuperar la centralidad del pan y del vino para esta procesión ofertorial, y sólo del pan y del vino, aportando todas las patenas y copones necesarios para la consagración, con el canto del Ofertorio, sin otros aditamentos ni ofrendas extrañas, en verdadera procesión y sin la interrupción de moniciones? 

  ¿Conseguiremos que brille la limpia sobriedad y solemnidad del rito romano o habrá que sufrir su distorsión tan extendida y secularizada de ofrecer símbolos? 

   ¿Conseguiremos que lo pastoral sea comprender y conocer bien el significado de estos dones eucarísticos llevados en procesión o seguiremos arruinando el sentido pastoral de la liturgia con la inventiva de que cada cual añada, quite o cambie elementos por iniciativa propia, a despecho de lo establecido por el Concilio Vaticano II (cf. SC 22)?

 

 

 



[1][1] OF IV Tiempo Ordinario.

[2][2] OF 19 de diciembre.

[3][3] OF 1 de mayo, S. José Obrero.

[4][4] OF XI Tiempo Ordinario.

[5][5] OF XXVII Tiempo Ordinario.

[6][6] OF 20 de diciembre.

[7][7] OF 21 de diciembre.

[8][8] OF Epifanía del Señor.

[9][9] OF 29 de diciembre.

[10][10] IBAÑÉZ-GARRIDO, Iniciación…,  315-316.

28.09.18

Las ofrendas de la Misa (IV)

Después de ver lo que el Misal romano marca sobre las ofrendas de la Misa, la lección siempre esclarecedora de la historia, y por último, la comparación con otros ritos y familias litúrgicas (bizantina e hispano-mozárabe), vamos a la praxis del rito romano hoy.

 

4. Lo propio de nuestro rito romano

   El rito romano, mucho más sobrio, ofrece una procesión de ofrendas de los elementos que se van a consagrar, la materia del sacrificio, a los que se pueden añadir donaciones para la iglesia o para los pobres, acompañado el rito con un canto. Las oraciones sobre las ofrendas resaltan exclusivamente los dones que van a ser transformados, consagrados, santificados:

  “Señor, recibe con bondad nuestros dones y al consagrarlos con el poder de tu Espíritu, haz que se conviertan para nosotros en dones de salvación”[1][1];

“acepta, Señor, nuestros dones, en los que se realiza un admirable intercambio, para que al ofrecerte lo que tú nos diste, merezcamos recibirte a ti mismo[2][2];

“el mismo Espíritu, que cubrió con su sombra y fecundó con su poderlas entrañas de María, la Virgen Madre, santifique, Señor, estos dones que hemos colocado sobre tu altar”[3][3].

   Es la misma liturgia con sus oraciones la que nos ayuda a centrar la procesión de ofrendas en las verdaderas ofrendas, la del pan y la del vino, la de todo el pan eucarístico necesario y el vino, despojando esta procesión de los aditamentos y elementos que se le han superpuesto y la han trastocado tanto en un sentido muy antropocéntrico y moralizante (“te ofrecemos… signo de nuestro compromiso por…”).

 La procesión de ofrendas del rito romano también aporta sólo y principalmente la oblación de la Iglesia, el pan y el vino. La exhortación Sacramentum caritatis de Benedicto XVI pretende ser un correctivo a los abusos cotidianos que se padecen en esto, aun con palabras suaves:

   “Los Padres sinodales han puesto también su atención en la presentación de las ofrendas. Ésta no es sólo como un “intervalo” entre la liturgia de la Palabra y la eucarística. Entre otras razones, porque eso haría perder el sentido de un único rito con dos partes interrelacionadas. En realidad, este gesto humilde y sencillo tiene un sentido muy grande: en el pan y el vino que llevamos al altar toda la creación es asumida por Cristo Redentor para ser transformada y presentada al Padre. En este sentido, llevamos también al altar todo el sufrimiento y el dolor del mundo, conscientes de que todo es precioso a los ojos de Dios. Este gesto, para ser vivido en su auténtico significado, no necesita enfatizarse con añadiduras superfluas. Permite valorar la colaboración originaria que Dios pide al hombre para realizar en él la obra divina y dar así pleno sentido al trabajo humano, que mediante la celebración eucarística se une al sacrificio redentor de Cristo” (Benedicto XVI, Sacramentum caritatis, 47).

  “No necesita enfatizarse con añadiduras superfluas”: tales como las llamadas “ofrendas simbólicas”, con una monición explicativa a cada ofrenda, porque, si no, no se entenderían: una bandera, un balón, un reloj de pulsera, un cuenco con sal, un escapulario, un libro, un par de sandalias, una biblia, la medalla o insignia de una Hermandad o Asociación, un cartel o póster (de Cáritas, de Apostolado seglar, del Apostolado de la carretera…, etc…), una guitarra, un ladrillo…,  hasta un matrimonio que “ofreció” a su hijo pequeño en el ofertorio, que recordaba más a presentar una víctima para sacrificios humanos que otra cosa.

 Así un larguísimo etcétera de ofrendas que no son tales ofrendas sino símbolos de compromiso, de claro tono “autorreferencial” y “pelagiano”, que dice el papa Francisco: un moralismo del esfuerzo y del compromiso que seculariza la liturgia, convirtiendo en protagonista absoluto al hombre y sus acciones.

  Pero es que esas ofrendas chirriantes en la liturgia sólo están poniendo de relieve, no únicamente un cambio en el rito totalmente arbitrario, sino la concepción horizontalista, secular, de que la liturgia es nuestra, la hacemos nosotros, y nosotros la podemos manipular porque buscamos ponernos nosotros como protagonistas comprometidos, no la centralidad del mismo Señor:

“La liturgia no es una auto-manifestación de la comunidad, la cual, como se dice, entra en escena en ella… Todos deberían tomar conciencia de este carácter universal de la liturgia. En la Eucaristía recibimos algo que nosotros no podemos hacer; entramos en algo más grande, que se hace nuestro precisamente cuando nos entregamos a él tratando de celebrar la liturgia realmente como liturgia de la Iglesia”[4][4].

  ¿Pero acaso la liturgia es nuestra, es un refuerzo de nuestra identidad “de grupo”? ¿Algo que fabricamos nosotros para nosotros mismos? “La liturgia no nos pertenece a nosotros: es el tesoro de la Iglesia”[5][5]; por eso no inventamos nada en la liturgia, sino que la recibimos y profundizamos en ella. No nos convertimos cada uno en centro de la liturgia –el grupo, la asociación, la comunidad, la hermandad…-, sino que humildemente entramos en algo más grande que nosotros, en la Iglesia misma: “Tenemos que preguntarnos siempre de nuevo: ¿quién es el auténtico sujeto de la liturgia? La respuesta es sencilla: la Iglesia. No es el individuo o el grupo que celebra la liturgia, sino que ésta es ante todo acción de Dios a través de la Iglesia”[6][6].

   La sencillez grave de llevar el pan y el vino (todo el pan que sea necesario, sí: todas las patenas y copones necesarios para consagrar) con el canto que acompaña la procesión es lo propio del genio de nuestra liturgia romana y permite fijar los ojos más en el Misterio de Dios que en celebrarnos a nosotros mismos. Esto es lo que pretende igualmente la instrucción Redemptionis sacramentum:

  “Las ofrendas que suelen presentar los fieles en la Santa Misa, para la Liturgia eucarística, no se reducen necesariamente al pan y al vino para celebrar la Eucaristía, sino que también puede comprender otros dones, que son ofrendas por los fieles en forma de dinero o bien de otra manera útil para la caridad hacia los pobres. Sin embargo, los dones exteriores deben ser siempre expresión visible del verdadero don que el Señor espera de nosotros: un corazón contrito y el amor a Dios y al prójimo, por el cual nos configuramos con el sacrificio de Cristo, que se entregó a sí mismo por nosotros. Pues en la Eucaristía resplandece, sobre todo, el misterio de la caridad que Jesucristo reveló en la Última Cena, lavando los pies a los discípulos. Con todo, para proteger la dignidad de la sagrada Liturgia, conviene que las ofrendas exteriores sean presentadas de forma apta. Por lo tanto, el dinero, así como otras ofrendas para los pobres, se pondrán en un lugar oportuno, pero fuera de la mesa eucarística. Salvo el dinero y, cuando sea el caso, una pequeña parte de los otros dones ofrecidos, por razón del signo, es preferible que estas ofrendas sean presentadas fuera de la celebración de la Misa” (Redemptionis sacramentum, 70).

 



[1][1] OF III Tiempo Ordinario.

[2][2] OF XX Tiempo Ordinario.

[3][3] OF Domingo IV Adviento.

[4][4] Benedicto XVI, Discurso, 7-noviembre-2006.

[5][5] Benedicto XVI, Homilía, 22-junio-2008.

[6][6] Benedicto XVI, Carta al Instituto Pontificio de música sacra, 13-mayo-2011.

20.09.18

Las ofrendas en la Misa (III)

Seguimos avanzando para comprender mejor qué son las ofrendas de la Misa, qué contienen, qué se lleva al altar, qué se ofrece y porqué.

Ya vimos lo que establece al actual Misal, y por tanto es normativo para todos.

También hicimos una rápida incursión por la historia de la liturgia.

Ahora avanzamos en otra dirección.

 

3. El ejemplo comparado de otras familias litúrgicas

   Argumentemos, además, con dos ritos: el bizantino y nuestro rito hispano-mozárabe, porque la liturgia comparada puede ayudar a entender la nuestra y realizarla mejor, eliminando los añadidos, tan antropocéntricos, que la han distorsionado.

                        a) Divina Liturgia bizantina

    En la liturgia bizantina, la llamada “Divina Liturgia de san Juan Crisóstomo”, los dones son llevados en procesión por la nave de la iglesia, en manos del diácono y del sacerdote, hasta entrar por el iconostasio y llegar al altar.

    Esta procesión es solemnísima, con incensarios al paso de los dones, y los fieles lo veneran ya, no porque estén consagrados, sino porque van a ser consagrados: se inclinan, se santiguan, hacen reverencia. Ésta es una veneración “proléptica”, en vistas a lo que van a ser.

      Este rito tan solemne se llama “la Gran Entrada”. Va acompañado de un canto fijo, invariable, el “Querubicon”, que une esta liturgia terrena a la liturgia celestial:

“Nosotros, que místicamente representamos a los querubines y cantamos a la vivificante Trinidad el himno tres veces santo, depongamos todo mundano cuidado para recibir al rey del universo, invisiblemente escoltado por los escuadrones angélicos”.

                        b) El venerable rito hispano-mozárabe

       Nuestro rito hispano-mozárabe tiene resonancias muy orientales, y éste es uno de los momentos rituales que mejor lo muestran. Los fieles pueden llevar el pan y el vino hasta la sede –o “choros”- que está en la nave, no en el ábside (en la cabecera del presbiterio, según la costumbre romana). Esta procesión de los fieles tiene su parte de veneración –o prolepsis- como el rito bizantino: la encabeza la cruz procesional, ciriales, y uno o dos acólitos con incensarios, y después los fieles con el pan y el vino. Mientras se entona el canto llamado, muy significativamente, “Sacrificium”.

     Las rúbricas actuales del Misal hispano-mozárabe (muy parcas, demasiado escuetas) señalan: 

“durante la procesión de los fieles al altar para presentar sus oblaciones y mientras los ministros preparan el pan y el vino y los colocan sobre el altar, el coro canta el Sacrificium. El Sacrificium corresponde por su función al canto que el rito romano llama Offertorium y el rito ambrosiano Offerenda. De hecho san Isidoro trataba del mismo todavía bajo el nombre de Offertorium… Justifican el nuevo título de Sacrificium los textos del repertorio que describen sacrificios ofrecidos por personajes bíblicos, en fases sucesivas de la Historia Sacra, los que tratan del altar y del servicio cultual en el templo, los que evocan la liturgia celeste que se celebra ante el Cordero inmolado” (Missale, 39-40).

      Por tanto, en nuestro rito hispano-mozárabe, esta procesión de los dones es solemne, sacrificial y profundamente eucarística:

      “La liturgia eucarística comienza, como en toda la tradición cristiana, con el rito de llevar las ofrendas de pan, vino y agua al altar, y no otras ofrendas. Este rito pueden realizarlo los fieles aunque generalmente lo realizan los ministros (acólitos, antiguamente los subdiáconos) desde el lugar donde se guardan los dones d elos fieles previos a la celebración (diaconion –capilla de la izquierda mirando al altar) al altar o desde la mesa auxiliar (credencia) al altar. Esta procesión va acompañada por el canto del “sacrificium” por parte del coro. Tal procesión tanto por el tenor de los “sacrificium” de las solemnidades como por la estructuración arquitectónica de las iglesias (presencia de grandes cruceros, reales –plantas de cruz-, o simulados –planta basilical cortada por arcos y cancelas) debía ser similar a la del evangelio. Los ministros acuden a recoger las ofrendas y con incienso, cruz de oro y ciriales las llevan hasta el altar donde los diáconos las colocan sobre el mismo”[1][1].

 



[1][1] FERRER GRESNECHE, Juan Miguel, “La Eucaristía en rito hispano-mozárabe. Gestualidad y ambiente para la celebración”: Toletana 1 (1999), 59-88.