InfoCatólica / Liturgia, fuente y culmen / Archivos para: Febrero 2018

22.02.18

El baptisterio

La pila bautismal debe ser fija, sobre todo en el bautisterio, construida de materia apropiada y con arte, apta incluso para el caso del bautismo por inmersión. Con el fin de que resulte un signo más pleno, puede construirse de forma que el agua brote como un verdadero manantial (SECRETARIADO NACIONAL DE LITURGIA, Ambientación y arte en el lugar de la celebración, 1987, nº 20).

    Se prevé que la fuente bautismal esté en una capilla aparte, cerca de la entrada de la iglesia. Si no es posible, en el presbiterio, pero no como algo normal y habitual sino excepcional. Es preferible que tenga ocho lados, recuperando la antigua tradición, sea situando la fuente bautismal en una capilla octogonal, o enmarcando pila en un templete octogonal, o adoptando la forma octogonal la misma pila. ¿Por qué el número 8? Tiene evidentes raíces bíblicas. El Señor Resucitó en el Octavo Día, inaugurando un tiempo nuevo; si el tiempo cronológico tiene 7 días, el Señor abre el tiempo de la vida nueva con un día más, el Octavo, que supera el tiempo terreno.

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15.02.18

Disposiciones interiores para participar en la liturgia, 2ª parte (XVI)

b) El corazón que participa

 ¿De qué modo se realiza la participación interior, la propia del corazón? ¿Cuáles son las disposiciones íntimas, espirituales? Pensemos que una verdadera participación en la liturgia conduce a que lleguen “a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la hostia inmaculada no sólo por manos del sacerdote, sino juntamente con él, se perfeccionen día a día por Cristo mediador en la unión con Dios y entre sí” (SC 48).

            -Estar ante Dios

  La liturgia es opus Dei, obra de Dios, así como un divino servicio. Es algo santo y sagrado porque proviene de Dios mismo que nos permite estar en su presencia y servirle; es santa y sagrada la liturgia porque en ella estamos ante Dios mismo, y debemos reproducir el mismo espíritu de fe, respeto y adoración de Moisés ante la zarza ardiente que se descalza porque está en terreno sagrado ante el Dios vivo (cf. Ex 3,1-8).

  Se nos inculca un sentido profundamente religioso, la conciencia de una Presencia, sin los resabios secularistas donde el hombre es el centro y la liturgia parece una fiesta humana, una comida de amigos.

“Nada de lo que hacemos en la Liturgia puede aparecer como más importante de lo que invisible, pero realmente, Cristo hace por obra de su Espíritu. La fe vivificada por la caridad, la adoración, la alabanza al Padre y el silencio de la contemplación, serán siempre los primeros objetivos a alcanzar para una pastoral litúrgica y sacramental” (Juan Pablo II, Carta Vicesimus Quintus Annus, n. 10).

  Quien nos inculca ese sentido religioso de la liturgia -¿acaso podría tener otro?- es la misma eucología. Acudiendo a la liturgia, estamos sirviendo a Dios: “podamos servirte en el altar con un corazón puro”[1]. La ofrenda –eucarística y existencial- se ofrece con un solo objeto, el de servir a Dios: “Mira, Señor, complacido el sacrificio espiritual que vamos a ofrecerte en nuestro deseo de servirte”[2]. Dios mismo nos llama al servicio santo de la liturgia: “escucha, Señor, nuestra oración y libra de las seducciones del mundo a los que has llamado a servirte en estos santos misterios[3] y la liturgia es siempre un servicio al Señor: “concédenos, Dios de misericordia, servir siempre a tu altar con dignidad”[4]. La ofrenda posee un significado espiritual mostrando que somos siervos del Señor: “como signo de nuestra servidumbre[5], “miras nuestra ofrenda como un gesto de nuestro devoto servicio”[6].

  La liturgia es un servicio divino, un servicio santo[7]. En ella somos siervos y servidores, no dueños y amos; recibimos como don, no somos poseedores a nuestro arbitrio. Vivimos y queremos vivir “entregados a servirte en el altar”[8]. En la liturgia obsequiamos a Dios con “el homenaje de nuestro servicio”[9].

 

            -Virtudes sinceras del corazón

  Para que la ofrenda eucarística, incluyendo la ofrenda que cada uno hace de sí mismo, pueda ser agradable a Dios Padre todopoderoso, es necesario que el corazón esté revestido de unas virtudes concretas. Es decir, la participación en la liturgia, cuando se da realmente en el servicio divino, atiende al corazón. El estilo desenfadado, informal, que trivializa para parecer aparentemente más cercano; la falsa familiaridad, el tono catequético para todo (convirtiendo la liturgia en logos y cayendo en verbalismo) o el tono rutinario, monótono y cansino; todo esto choca frontalmente con lo que antes veíamos, el carácter sagrado y el servicio divino, que eso es la liturgia.

  La primera virtud, o el primer modo, es la “dignidad”; es la cualidad de lo digno, la excelencia, el realce, la gravedad y el decoro. La dignidad corresponde a aquello que realmente es importante, y, en nuestro caso, santo: la liturgia de Dios y para Dios. La dignidad se reserva para cuando se está delante de alguien superior o en algo realmente importante, y eso mismo es lo que ocurre en la liturgia: estamos ante alguien superior, Dios, el Señor, y ante lo realmente importante: glorificarle. Es una concepción teológica y teologal de la liturgia, no utilitarista, secularizada, humanista, antropocéntrica.

  Tan importante es esa dignidad a la hora de vivir y celebrar la liturgia, que con mucha frecuencia aparece como una petición al Señor: “concédenos, Señor, participar dignamente en estos santos misterios”[10]; “te ofrezcamos una digna oblación”[11], “te ofrezcamos dignamente este sacrificio de alabanza”[12]. Son peticiones ya que es el Señor quien obra en nosotros el corazón bien dispuesto, por gracia, para reconocer su Presencia y estar dignamente ante Él: “prepara, Señor, nuestros corazones para celebrar dignamente estos misterios”[13]. Los fieles deben desear y suplicar siempre, para toda liturgia, que “nuestro servicio sea digno de estos dones sagrados”[14] y que “celebremos con dignidad estos santos misterios”[15]. Por tanto, una cualidad del corazón, que se va a manifestar en el porte exterior, en la compostura, es la dignidad, aquella que conviene para ofrecer y estar con reverencia en el culto cristiano. Tan importante que es que suplicamos: “concédenos… servir siempre a tu altar con dignidad”[16], “con culto reverente”[17].

Junto a la dignidad, una serie de cualidades del corazón y, por tanto, profundamente existenciales, marcan la vida y la sellan como una realidad santa para el Señor. El culto cristiano es un culto “en espíritu y en verdad” (Jn 4,23), el corazón del creyente. Un culto vacío es rechazado por el Señor como leemos en los profetas y en algunos salmos; sólo en el corazón reside la verdad de la persona, del creyente. “Dios dice al pecador: ¿Por qué recitas mis preceptos y tienes siempre en la boca mi alianza, tú que detestas mi enseñanza y te echas a la espalda mis mandatos?…” (Sal 49, 16-17).

 Así participar en la liturgia es implicar la vida y mostrar la propia vida. Se participa “en el altar con un corazón puro[18]; se ofrece al Señor con un corazón libre, sin ataduras, ni apegos, ni idolatrías, ni esclavitudes, sirviendo únicamente al Señor, Dios verdadero, y rechazando los ídolos: “concédenos, Señor, ofrecerte estos dones con un corazón libre”[19]. “No entrará en ella nada profano”, nada impuro (Ap 21,27).

  La ofrenda será pura si el corazón es puro, porque no es sólo pan y vino llevado al altar, porque el sacrificio de Cristo es la ofrenda pura desde donde sale el sol hasta el ocaso (cf. Mal 1,11), sino la ofrenda de cada uno de los fieles entregándose al Padre por Cristo: “que este sacrificio, Señor, sea para ti una ofrenda pura[20]. Esta pureza de corazón es también sinceridad: no es una cosa lo que se ofrece mientras la vida permanece ajena al sacrificio de Cristo; o las palabras dicen una cosa sin que el corazón las pronuncie (“este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí”, Is 29,13; cf. Mt 15,7-9); o la vida litúrgica es un paréntesis de piedad mientras hay un divorcio de la fe con lo concreto de la vida. La sinceridad es coherencia y unidad de vida para que la liturgia sea expresión de nuestra propia entrega a Dios y le permitamos la transformación absoluta de lo que somos: “haznos aceptables a tus ojos por la sinceridad de corazón[21]. Es la sencillez, la veracidad, sin fingimiento alguno, ante Aquel que sondea las entrañas y el corazón (cf. Sal 138,1), y nada hay oculto ante Él. Él sabe lo que hay en el corazón de cada hombre (Sal 32,15), lee en los corazones: “los conocía a todos… porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre” (Jn 2, 24-25).

 La adoración y el santo temor de Dios no implican ni alejamiento ni miedo; sino piedad filial ante Dios Padre, por eso ofrecemos y nos ofrecemos con confianza: “recibe, Señor, los dones que te presentamos confiados”[22], “llenos de confianza en el amor que nos tienes, presentamos en tu altar esta ofrenda”[23].

 Junto a lo anterior, la humildad: “no soy digno de que entres en mi casa”. La liturgia es un ejercicio de humildad: “¿Quién puede estar en el recinto sacro?” (Sal 23), recordándonos constantemente que realizamos el culto cristiano y nos asociamos a la Iglesia del cielo “no por nuestros méritos sino conforme a tu bondad” (Canon romano). Por eso estar y vivir la liturgia se modela interiormente a partir de la humildad: “Mira complacido, Señor, nuestro humilde servicio”[24], de manera que no hay lugar para los protagonismos ni para las pequeñas disputas a la hora de realizar un servicio en la liturgia (leer, dirigir una monición, entonar…) sino que la humildad es el sustento y cimiento de la participación santa. Entonces, humildemente, la Gracia de Cristo podrá obrar en nosotros.

 El ejercicio de la liturgia es un acto de oración sublime y perfecta; es oración, no activismo; es oración, no fiesta secular; cuando se vive la liturgia y se participa internamente, se advierte el rostro hermoso de la liturgia, el ser “Iglesia en oración”: “Mira, Señor, los dones de tu Iglesia en oración”[25]. El espíritu de oración determina la calidad de una celebración litúrgica; de ahí que se pueda valorar la participación en la liturgia por el fervor que provoca y con el que se vive, y no simplemente por las exhortaciones moralizantes o la exaltación afectiva de sentimientos o de esteticismos: “nos dispongamos a ofrecer con mayor fervor…”[26]. El fervor es un celo ardiente, caracterizado por el fuego; es entusiasmo, ardor, ante las cosas santas.

 La vida litúrgica es una respuesta a la convocatoria del Señor por los caminos de la vida para que todos acudan (cf. Mt 22,9). Pero es imprescindible una vestidura conforme a la santidad del Misterio, la blanca vestidura del bautismo (cf. Gal 3,27; Col 3,10), el traje nupcial para ser partícipes de las bodas de Cristo con la Iglesia (cf. Ef 5,25-26; Ap 19,7). Son vestidos “blanqueados en la sangre del Cordero” (Ap 7,14). Por eso es imprescindible participar con el traje blanco del bautismo, con el traje de bodas: “Señor, haz que nos acerquemos siempre a tu banquete con la vestidura nupcial[27]. Del banquete solamente es expulsado aquel que no vino con el traje de fiesta. El rey “reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda?” (Mt 22,11-12).

  El alma ha de estar revestida de fiesta y de gracia, de blancura de inocencia, para entrar en el servicio de la liturgia; pero, alegóricamente, también habría que recordar el modo de estar vestidos externamente, conforme al pudor y al respeto que merecen las cosas santas.

 

            -Espíritu de fe (lo teologal)

 Para participar realmente en la liturgia, el corazón del cristiano debe vivir según las virtudes teologales: la fe, la esperanza y la caridad. Ni asistimos a un ceremonial de obligado cumplimiento, una función religiosa para deleite de los sentidos, ni a un recuerdo subjetivo (psicológico) de algo del pasado que nos mueve al compromiso ético. Somos participantes de la actualidad del Misterio de Cristo, siempre presente en la liturgia. Sólo la fe intensa y viva conduce a participar; la fe rebosante de amor a Dios, de caridad sobrenatural.

  La fe y la caridad dirigen a una participación mucho más consciente, devota, interior, con plena disponibilidad a la acción de la Gracia de Cristo. Nada de rutina, nada de activismo, nada de antropocentrismo (ese lenguaje de valores, compromisos y muchas moniciones, simbolismos añadidos). Entonces, participar, es vivir la liturgia “con fe verdadera”[28], “la fe y la humildad de tus hijos te hagan agradable esta oblación”[29]; deseamos que la Eucaristía podamos “recibirla siempre con un profundo espíritu de fe”[30], “celebremos con dignidad estos santos misterios y los recibamos con fe”[31].

 Siempre con “amor”, lejos del protagonismo, o de considerarnos dueños de la liturgia; la liturgia pide un amor grande, sobrenatural, en el corazón del pueblo cristiano porque sólo así se participa de verdad y se llega al núcleo del Misterio: “esta eucaristía, celebrada con amor”[32] y “te agrademos con la ofrenda de nuestro amor”[33]; “purifica a los que venimos con amor a celebrar la eucaristía”[34].

 A la acción litúrgica acudimos, y nos metemos de lleno en ella, implicándonos, si hay ese gran amor que nos mueve: “concédenos, Señor, que esta ofrenda sea agradable a tus ojos, nos alcance la gracia de servirte con amor”[35]. Dios mismo nos comunica ese amor santo que tiene su origen en Él, que se derrama en nuestros corazones por el Espíritu Santo (Rm 5,5), y que incluso se convierte en alimento: “el amor con que nos alimentas fortalezca nuestros corazones”[36].

 

           



[1] OF (: Oración sobre las ofrendas), San José.

[2] OF, Espíritu Santo, B.

[3] OF, Lunes II Cuar.

[4] OF, Jueves V Cuar.

[5] OF, IV Dom. T. Ord.

[6] OF, VIII Dom. T. Ord.

[7] “Nuestro humilde servicio” (OF, X Dom. T. Ord.); “nuestro servicio” (OF, XIII Dom. T. Ord.).

[8] OF, San Carlos Luanga, 3 de junio.

[9] OF, Santa Marta, 29 de junio.

[10] OF, Misa in Coena Domini.

[11] OF, Votiva Sgdo. Corazón.

[12] OF, Votiva de los santos Apóstoles.

[13] OF, Viernes II Cuar.

[14] OF, XIII Dom. T. Ord.

[15] OF, San Pío X, 21 de agosto. Esta dignidad de cuerpo y alma conviene para estar al pie de la cruz, sacrificio que se actualiza en la Eucaristía: “Te rogamos nos dispongas para celebrar dignamente el misterio de la cruz” (OF, San Francisco de Asís, 4 de octubre); “te rogamos, Señor, que tú mismo nos dispongas para celebrar dignamente este sacrificio” (OF, Virgen del Rosario, 7 de octubre).

[16] OF, Viernes V Cuar.

[17] OF, VII Dom. T. Ord.

[18] OF, San José.

[19] OF, XXIX Dom. T. Ord.

[20] OF, XXXI Dom. T. Ord.

[21] OF, Común de pastores, Fundadores de Iglesias, 9.

[22] OF, En cualquier necesidad, B.

[23] OF, IX Dom. T. Ord.

[24] OF, X Dom. T. Ord.

[25] OF, XV Dom. T. Ord.

[26] OF, San Jerónimo, 30 de septiembre.

[27] OF, San Luis Gonzaga, 21 de junio.

[28] OF, IV Dom. Cuar.

[29] OF, Espíritu Santo, B.

[30] OP (: Oración de postcomunión), Sábado III Cuar.

[31] OF, San Pío X, 21 de agosto.

[32] OF, VII Dom. Pasc.

[33] OF, XII Dom. T. Ord.

[34] OF, Santos Inocentes, 28 de diciembre.

[35] OF, XXXIII Dom. T. Ord.

[36] OP, XXII Dom. T. Ord.

8.02.18

La sede para la penitencia

    La renovación de la vida bautismal exige la penitencia. Por tanto, el templo debe estar preparado para que se pueda expresar el arrepentimiento y la recepción del perdón, lo cual exige asimismo un lugar apropiado (Catecismo de la Iglesia, nº 1185).

    El sacramento de la penitencia es un sacramento eclesial, puesto que el pecador ofende a Dios y a la Iglesia con su pecado, y de ambos se separa, y por ambos, vuelve a la comunión. Es el sacramento de la paz de Dios donde se vuelve a la pax Ecclesiae. Es, asimismo, claro ejemplo, de cómo la Iglesia es santa en sí misma y pecadora en sus miembros.

    Este sacramento es un sacramento comunitario, aunque sólo lo celebre un penitente y un presbítero. Es un sacramento comunitario y eclesial, pero un tanto especial por su celebración. Reformada ésta por el Concilio y el Ritual, ahora consta -¡debe constar!- de saludo, lectura bíblica, confesión, penitencia, oración del penitente, imposición de manos y absolución, oración de acción de gracias y despedida.

    Este sacramento no es un encuentro psicológico ni una dirección espiritual: es una celebración litúrgica, donde existe una sede presidencial y un ministro que preside el sacramento revestido de las vestiduras litúrgicas, porque es signo e instrumento eficaz de Cristo.

  Junto a la sede del presidente, el lugar del penitente. Es conveniente que tenga la posibilidad de sentarse para confesar, igualmente que se pueda poner cómodamente de rodillas para la absolución, y que no existan separaciones que impidan la imposición de manos sobre la cabeza del penitente.

   La reja, que debe existir en todo confesionario, es un signo de respeto para el que quiera preservar su anonimato, pero no es lo deseable, puesto que impide la realización concreta y entera de los signos del sacramento. La rejilla hoy no es obligatorio usarla sino tenerla para el penitente que desee usarla y preservar el anonimato. En el caso de las mujeres, en general, es una buena medida de prudencia y recato.

    Debe haber un lugar discreto pero iluminado, que no produzca miedo sino serenidad y confianza para celebrar con tranquilidad el sacramento. Educar para el sacramento: silencio, imposición de manos, lectura de la Palabra, oraciones del penitente.

 Recordemos la instrucción pastoral “Dejaos reconciliar con Dios” del Episcopado español:

    “El sacramento de la penitencia normalmente se celebrará, a no ser que intervenga una causa justa, en una iglesia u oratorio. Ha de evitarse por todos los medios que las sedes para el sacramento de la penitencia o confesionarios estén ubicados en los lugares más oscuros y tenebrosos de las iglesias como en ocasiones sucede. La misma estructura del “mueble confesionario” tal y como es en la mayoría de los casos presta un mal servicio a la penitencia que es lugar de encuentro de Dios, tribunal de misericordia, fiesta de reconciliación. Por esto y para dar todo el relieve necesario al acto del coloquio penitencial, debe cuidarse la estética, funcionalidad y discreción de la sede para oír confesiones. En todo caso tener presente que, tanto en la iglesia como fuera de ella, el lugar para la reconciliación de responder, por una parte, a la discreción propia de la acción que se realiza y así pueda favorecer el diálogo; pero, a la vez, no debe perder el carácter de lugar visible.

    No podemos dejar de recordar aquí el respeto que se debe tener a este sacramento y la dignidad con la que debe celebrarse, incompatible con algunos usos que se manifiestan, a veces, en la manera de vestir o de comportarse el sacerdote durante la celebración. En este sentido recordamos que los ornamentos propios para celebrar la reconciliación individual en la iglesia son el alba y la estola” (n. 79).

 NB. Y añado a lo estrictamente litúrgico, porque me sale del alma: una buena sede penitencial requiere algo tan sencillo como que el sacerdote realmente se siente, aunque no confiese nadie, todos los días; que esté esperando allí aun cuando no acuda nadie ni un día ni otro ni otro. ¡Que aproveche para leer o para orar! Pero eso de los tablones de anuncios: “Confesiones media hora antes de la Misa” debe ser absolutamente real. El sacerdote ha de sentarse diariamente en su sede penitencial como Cristo que siempre está esperándonos. Esa es una gran catequesis sin palabras sobre la verdad del sacramento.

1.02.18

Disposiciones interiores para participar en la liturgia, 1ª parte (XVI)

Hay una clara exageración, que parte del desconocimiento de la naturaleza de la liturgia y su valor pastoral, en insistir en que la participación es solamente algo externo, que hay fomentar, incluso añadiendo o inventando cosas no previstas en los libros litúrgicos de la Iglesia.

 Esa clara exageración suele ir en detrimento de la participación interior, devota, consciente, fructuosa, que son el núcleo de la verdadera liturgia. El cuidado de la liturgia, la cura pastoral, la pastoral litúrgica, deben fomentar las disposiciones internas, los sentimientos espirituales auténticos, para entrar en el Misterio del Señor que se celebra en la liturgia.

 Pío XII lo advirtió ya en la encíclica Mediator Dei: “Pero el elemento esencial del culto tiene que ser el interno; efectivamente, es necesario vivir en Cristo, consagrarse completamente a El, para que en El, con El y por El se dé gloria al Padre. La sagrada liturgia requiere que estos dos elementos estén íntimamente unidos; y no se cansa de repetirlo cada vez que prescribe un acto de culto externo” (nn. 34-35). Lo externo, como los cantos, respuestas, posturas corporales e incluso los distintos servicios litúrgicos (lectores, acólitos, coro, oferentes en la procesión de los dones, monitor) buscan únicamente la participación interior de los fieles, favorecer la unión con Cristo: “se encaminan principalmente a alimentar y fomentar la piedad de los cristianos y su íntima unión con Cristo y con su ministro visible, y también a excitar aquellos sentimientos y disposiciones interiores, con las cuales nuestra alma ha de imitar al Sumo Sacerdote del Nuevo Testamento”[1].

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