6.10.18

Día 6: Alégrate, María, llena de Gracia

ALÉGRATE, MARÍA, LLENA DE GRACIA…

¿No es impresionante que la primera palabra que el divino mensajero dice a María sea ALÉGRATE?

Y si bien en castellano nuestro “Dios te salve” no refleja tan nítidamente esa invitación, es esencial que no la olvidemos nunca. Porque es la invitación eficaz de Dios a toda la Humanidad, a todos nosotros, representados en la humilde jovencita de Nazareth.

Cada vez que rezas el Ave María utilizas las mismas palabras que Dios eligió para dirigirse a aquella niña soñada, predestinada y llamada por Dios para permitir la irrupción del Verbo en la historia humana.

Cada vez que las pronuncias, María revive esa intensa conmoción que la turbó de emoción y casi de “vértigo”, vértigo que luego sería acrecentado al oír la entera propuesta del Creador.

Alégrate María… porque el Señor está contigo, porque el mundo vuelve a ser un lugar de su Presencia, porque ya ha finalizado el tiempo del castigo y se abren nuevamente las puertas del Corazón de Dios.

Porque Cristo es y será de ahora en más la verdadera, la perfecta alegría de los hombres. Y por eso también, en el corazón y centro del Ave María, se ubica esa dulce palabra, está el “nombre sobre todo nombre”, aquel solo en el cual hay salvación: el nombre de Jesús.

Pero la oración que repetirás tantas veces durante el Santo Rosario, luego de evocar las pronunciadas por Isabel el día de su Visitación, ponen ante tus ojos una tan importante como dramática realidad: “ruega por nosotros, pecadores… ahora y en la hora de nuestra muerte”

Esa alegría que Dios quiere conceder a sus hijos se ve amenazada por la existencia del mal en el mundo y en los corazones. El amor de Dios, tan grande, puede ser rechazado, y de hecho lo es, tantas veces.

El pecado ha traído como consecuencia la muerte corporal, ese momento doloroso pero inevitable en el cual se desgarrará nuestro ser corpóreo-espiritual. Y el pecado tiene una consecuencia aún más terrible: la muerte eterna, la condenación, la separación de Dios en el Infierno.

Por eso la Iglesia, recordando la advertencia del Salvador “¿de qué le vale al hombre ganar el mundo, si pierde su alma?”, nos hace pedir, incesantemente, a aquella que nos quiere como hijos: “ruega por nosotros… en la hora de nuestra muerte… que ese día supremo, en el que se decida nuestra eternidad, no nos encuentre separados de Jesús, separados de Dios… que en ese trance, Madre querida, nuestra alma se encuentre limpia, preparada para cruzar a la otra orilla, arrepentida y absuelta de sus pecados, alimentada con el viático a la Eternidad… Madre, querida, que nuestros ojos se cierren aquí mirando el Crucifijo o una imagen tuya, y se abran en el Paraíso para verte por siempre…”

Por eso el Santo Rosario rezado con piedad y constancia es –según el testimonio de tantos santos- un signo de predestinación y una prenda de salvación eterna. ¿Podría acaso una madre olvidar este pedido que, de manera incesante, un hijo suyo le ha dirigido?

P. Leandro Bonnin

5.10.18

Día 5: Cuando oren, digan: Padre Nuestro...

CUANDO OREN, DIGAN: PADRE NUESTRO…

Lo vieron irse tantas, tantas veces solo al monte o al desierto, a orillas del lago y también en el Templo, o caminar de gusto un poco más rápido o más lento que ellos de ciudad en ciudad…

Lo veían retornar de esos momentos radiante, seguro, decidido, sonriente, transmitiendo –si es que eso era realmente posible- una paz todavía más inmensa, infinita, un halito de eternidad.

Y se animaron una vez a pedirle, quizá después de haberlo conversado entre ellos y dudado, como temiendo entrometerse en algo demasiado privado, algo solo reservado a Él.

Pero no se equivocaron: parecía como si Jesús hubiera estado esperando aquél pedido desde hacía tiempo: “Señor, enséñanos a orar”

Y así, con gozo, como el profesor que disfruta enseñando a sus alumnos su lección favorita, o como ese abuelo que se complace en contar al pequeño nieto la historia predilecta, Jesús entregó a sus discípulos la llave maestra, la palabra esencial, la que marcaba un antes y un después en la historia de la revelación del misterio de la oración: “Cuando oren digan: PADRE…”

Y es que allí, en esa sola palabra, están contenidos todos los secretos, todos los tesoros, todo el entero misterio de Cristo y su misión redentora.

Para que podamos decir en verdad “Abba", “Padre”, para hacernos hijos en él, el Hijo, bajó del Cielo, tomó forma de esclavo, llegó hasta la muerte y muerte de Cruz.

Y así como al inicio del pentagrama se ubica la clave que da sentido a todas las demás notas y define la armonía, así esta palabra va a marcar el tono general de todo el misterio de la oración cristiana. Porque no nos dirigimos al orar al “motor inmóvil” de los griegos, ni a los dioses crueles y egoístas de los pueblos paganos, ni al gran arquitecto del deísmo. No. Hablamos a un Dios papá, un Dios tierno, un Dios que incluso cuando corrige y castiga es sólo por amor.

Por eso la Iglesia antigua daba tanta importancia a la primera vez que un catecúmeno aprendía la oración del Señor, y a la primera vez que la decía. Por eso en cada Eucaristía, y en la alabanza matutina y vespertina de la Iglesia entera, resuena con fuerza “desde donde sale el sol hasta el ocaso". Por eso en cada sacramento y en cada sacramental volvemos a decirla.

Por eso al iniciar cada misterio de la vida de Cristo en el Rosario la Iglesia te indica: “cuando ores, di: Padre nuestro…” Sea que vayas solo a contemplar, sea que vayas a implorar gracias para ti o para otros, sea que vayas a pedir perdón, no te olvides: el fin último de tu oración es un Dios Padre.

Que no nos acostumbremos a pronunciar esa palabra, de la cual nuestros labios y nuestros corazones nunca serán suficientemente dignos. Que María nos conceda rezar el Padrenuestro -y cada una de sus peticiones- con renovado asombro y estupor, como si fuera la primera vez.

Que al pronunciar con sentido estas sagradas palabras también tu y yo vayamos irradiando la paz y la alegría que Jesús traía en su Rostro cada vez que regresaba de estar a solas con su Padre.

P. Leandro Bonnin

4.10.18

Día 4: "Ten piedad de mí, que soy un pecador"

 
 
“¡TEN PIEDAD DE MÍ, QUE SOY UN PECADOR!”
 
Dos hombres subieron al Templo a orar, a buscar el rostro de Dios, a encontrarse con Él…
 
El primer hombre era piadoso, conocedor y cumplidor de las más mínimas prescripciones rituales, portador del prestigio y respeto de la gente común, tanto que enseñaba a otros a cumplir lo que agradaba a Dios.
 
De pie –como de costumbre-, bien adelante, en un lugar donde fácilmente podía ser visto por los demás, decía así: “Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros; ni tampoco como ese publicano, ese pecador que está ahí atrás…”
 
El segundo hombre era bien diferente. Era un publicano. Desde hacía años recaudaba impuestos para. El afán de dinero lo había hecho aceptar esa situación en la cual, inevitablemente, era cómplice de injusticias y fraudes. No solía ir a la Sinagoga ni al Templo, sea porque no se sentía digno, sea porque todos –o casi todos- le hacían sentir su desprecio con la mirada, los gestos o los comentarios…
 
Pero aquella mañana este hombre, este pecador, reunió coraje, se puso en camino y logró traspasar ese umbral tan difícil para él… Sin embargo, no se atrevía a acercarse. Manteniéndose a distancia, arrodillado y casi postrado en tierra, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: “¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!”
 
La conclusión de la parábola, una de las más bellas del Evangelio, resuena aún hoy con fuerza en nuestra conciencia: “Les aseguro que este último –el publicano- volvió a sus casa justificado, pero no el primero. Porque todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado”.
 
Convencida de estas contundentes frases del Señor, la Iglesia nos propone comenzar el Rosario –al igual que la Eucaristía- pidiendo perdón. Porque no hay verdadera oración sin humildad, sin contrición, sin aceptación de nuestras culpas. Porque el primer hombre no llegó a encontrarse con Dios: sólo se encontró consigo mismo y la imagen exageradamente positiva que tenía de sí. Porque sólo el segundo abrió su alma al amor.
 
Podemos pedir perdón de muchos modos: con el Pésame, con el Yo confieso, con un canto, con algún otro acto de contrición. Lo podemos hacer con las manos juntas, pero también podemos imitar el gesto contrito del publicano, quien se golpeaba insistentemente el pecho, sede de su mundo interior.
 
Pero lo más importante es que imitemos su actitud honesta y franca, la conciencia clara de no ser dignos de estar en su presencia amorosa, el completo reconocimiento de que somos pecadores. Sin vueltas, sin rodeos, sin excusas.
 
Porque Dios “derriba del trono a los poderosos, y eleva a los humildes”, porque “tú, Señor, no desprecias un corazón contrito y humillado”, porque a nosotros, que como Pedro tantas veces te hemos negado, nos das la oportunidad de renovar, arrepentidos, nuestro amor.
 
Acércate al trono de Jesús y de María sin esconder tus miserias, aceptando que tu vida no es aún como él la sueña y lo merece. No pretendas engañarlo: él conoce todas tus flaquezas, él sabe que estás hecho de barro.
 
Y porque, además, el “Ten piedad de mí, soy un pecador” no es una convicción que nos aplaste y nos desanime. Al contrario: tenerlo siempre ante nuestros ojos nos da aún una conciencia más clara de la inmensidad de su Amor.
 
Porque Él me quiere –¡te quiere!- aún cuando no lo merezco, me elige cuando yo lo he rechazado y me perdona incluso antes de que yo se lo pida.
 
Comienza a rezar el Rosario así, con humildad. No sea que, como el fariseo, al finalizar todo cuidadosamente termines sin haberte encontrado con Él de verdad, y vuelvas a tus ocupaciones… sin haber sido justificado.

3.10.18

Día 2: Por la señal de la Santa Cruz...

POR LA SEÑAL DE LA SANTA CRUZ

En el vasto mundo de la espiritualidad de la Iglesia, la oración del Rosario ocupa un lugar especial. Es un modo de oración mixto, como a mitad de camino entre la oración mental y la vocal.

Involucra al hombre en su realidad espiritual y corporal. Participan de ella la inteligencia, la voluntad, la memoria, la imaginación, el mundo de los afectos y pasiones; y también interviene el cuerpo, especialmente a través de la recitación de las oraciones vocales.

Alcanzar la plena conjunción de todas estas potencias supone un proceso que nos lleva la vida entera. No es tarea fácil, además, porque la oración es, siempre, una auténtica lucha espiritual. Nuestro propio mundo interior se convierte en un campo de batalla, que tanto Dios como el Enemigo quieren conquistar.

Por eso, cada vez que comienzas a rezar tu Rosario, la Iglesia te invita a trazar tres cruces con tu dedo pulgar sobre tu frente, tus labios y tu pecho, acompañadas por las significativas palabras: “por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos, líbranos Señor Dios nuestro”.

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