La pucha con el hombre: antropología en seis octavos

Comparto con ustedes un breve texto que elaboré para la materia “Psicología y Familia", de la Licenciatura en Ciencias para la Familia. Debíamos hacer una síntesis sobre las notas de la persona humana sobre un texto de Ricardo Yepes Stork, y elegí vincularlo con este sublime poema que ennoblece el cancionero folklórico argentino.


Los artistas y pensadores de cada siglo han compuesto, pintado y escrito miles de obras para referirse al hombre. Muchas son de profundidad y belleza sublime, y, sin embargo, ninguna de ellas han logrado ni podrán lograr nunca abarcar a la persona en su totalidad.

No sólo porque cada “alguien” existente es una todo multidimensional, sino –principalmente- porque la persona es un misterio. Lo que vemos e intuimos de cada uno es sólo como la “punta del iceberg” de ese absoluto limitado que es cada miembro de nuestra especie. Hay siempre una plus ultra inalcanzable, no sólo en el concepto del ser humano en general, sino en cada individuo singular.

Consciente de eso, quiero intentar desentrañar la categoría de persona –magistralmente descrita por Ricardo Yepes Stork- valiéndome de una obra cumbre del folklore argentino. Una poesía que al ritmo de chacarera manifiesta intuiciones que pueden dirigirnos con precisión a alguna de las notas clave de la antropología, al misterio del hombre, que es la sal de la vida.

Su mismo título, “La pucha con el hombre”, expresa el asombro que todo pensador experimenta ante la complejidad del humano, que parece ser un eco de aquél “¿qué es el hombre para que te acuerdes de él?” del salmista.

La primera nota de la persona humana es la intimidad, constituida por un cúmulo inmenso de experiencias y recuerdos pero no anclada en el pasado. Es una intimidad creativa. El interior del hombre es “monte denso”, intrincado, rico y variado; es “vida y manantial”, fuente de continua novedad. Su vida íntima está habitada  no sólo por el eco de lo sensible –memoria e imaginación- sino también por acciones propiamente espirituales, como son sus pensamientos y voliciones, originadas en sus facultades superiores, la inteligencia y la voluntad.

Su mundo íntimo, su ser más profundo, no está destinado a quedarse enclaustrado. La persona tiende naturalmente a manifestarlo y lo hace fundamentalmente a través de su cuerpo que es y posee. Queda claro, no obstante, que somos cuerpo pero no sólo cuerpo. La distinción entre éste y el principio vital que lo anima es una experiencia común a todo ser humano, y es esbozada en nuestra canción por la genial expresión: “el hombre nace y muere a veces sin vivir”. Nacer y morir son funciones de todo organismo viviente: nacen y mueren también las plantas y los animales, lo hacen –y el hombre también- sin elegirlo. Vivir, en cambio, en la visión del poeta, supone un acto interior del alma, del yo, que “habita” en el cuerpo. Similar dualidad –no dualismo- se asoma en otra espléndida metáfora: “fruta es que llega a pasa sin madurar”. Así, hay cuerpos arrugados por el paso del tiempo que albergan espíritus que no han alcanzado su plenitud, ni mucho menos.

Claro que la persona no se manifiesta en el vacío: en su capacidad de expresarse late el anhelo de que su lenguaje –implícito o explícito, gestual o verbal- sea acogido por otra intimidad. Más aún: no llegaríamos a comprendernos como personas si no existiese un tú que acogiese en su propia e irrepetible intimidad aquello que manifestamos. El poema de Trullenque expresa esta dimensión en dos versos bien pulidos: “Es un camino que anda solo bajo el sol, sendero trajinado por sueños de amor”. El hombre es una soledad porque sólo yo soy yo mismo, porque hay una identidad intransferible, pero a la vez es un sendero trajinado por sueños de amor, es anhelo de comunicación, de comunión, de diálogo.

Y al mencionar el amor, percibimos que no es sólo una tendencia espontánea de la sensibilidad –amor como pasión, como movimiento del concupiscible, como reclamo automático del otro que me fascina y completa- sino que en el ser humano es sobre todo capacidad de dar, más aún, de darse a sí mismo. El amor recibido –con todas sus manifestaciones físicas, afectivas y espirituales- y el amor dado como efusión de uno mismo en el otro, define así a la persona humana y señala lo más específico suyo. Un gran hombre y filósofo, que también fue papa y fue santo, señaló con palabras inmortales: “el hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente”. (Juan Pablo II)

La última nota que define a la persona ya apareció insinuada en todo lo anterior, y es su libertad. Porque al poco reflexionar sobre nosotros mismos nos damos cuenta de que no alcanzamos nuestra plenitud si no decidimos hacerlo, si no elegimos bien, si no descubrimos cuál es el fin de la vida, y nos encaminamos hacia él a través de decisiones correctas. La felicidad y el gozo, mencionadas en nuestra canción, no se alcanzan fácilmente. El hombre suele desperdiciar la felicidad: cuando la tiene, la busca en otro lado. Trullenque parece como atormentado por la idea del uso de la libertad. Afirma sobre el hombre que “es una falta envido su corazón”. La falta envido es en el truco una jugada que define partidos: podés ganar todo o perder todo en una sola decisión. Así es el corazón humano, donde se define lo más importante de nuestra esencia, del cual surge el obrar propiamente humano.

La historia y nuestra propia experiencia nos enseñan que la libertad es lo más alto del ser humano, lo que lo hace diferente a todas las demás creaturas y sin embargo es un riesgo. Nuestra canción constata que el hombre es “muy capaz de dar la vida o de matar”, capaz del heroísmo y el altruismo más generoso o del egoísmo supremo que consiste en eliminar a un igual. La dimensión ética –es decir, la cualificación de un acto como bueno o malo, conforme a nuestra dignidad o no- se manifiesta con fuerza en esa bifurcación, así como en las siguientes: “es luz y sombra; tierra arada y arenal”. Puede elegir iluminar u oscurecer; puede ser terreno fértil en el que germinen potentes las semillas de verdad y bien, o ser desierto reseco e infecundo.

Este hombre, en su miseria y grandeza –caña pensante, lo llamó Pascal- es en su libertad capaz de realizarse o denigrarse. En esa inexplicable y misteriosa mixtura de todos los componentes del universo radica su esencia, no siempre aceptada ni mucho menos comprendida. Algunos pensadores han querido descomponerlo, eligiendo sólo la dimensión espiritual o sólo la material, haciendo de él un ángel –encerrado accidentalmente en un cuerpo- o un homínido un poco más sofisticado. Algunas veces la cultura y nosotros mismos hemos intentado ser serafines o primates, o, incluso, dioses. Pero ninguna de estas impostaciones logra hacernos tocar y vivir lo que somos y lo que estamos llamados a ser. “La pucha con el hombre, querer ser tantas cosas, y nunca es más que cuando tan solo es él”

La persona experimenta el gozo intenso en muchas realidades y, sin embargo, ninguna de ellas lo sacia por completo, no pudiendo reposar en ninguna de las cosas que le ofrecen algún efímero placer. Porque la persona humana es, en su misterio, capacidad de lo infinito, anhelo de la trascendencia. Por eso dice el poeta que “tiene alma de guitarras encordadas de estrellas…” Hay en nuestro interior un anhelo de cielo, de perfección, que sólo un ser perfecto y eterno puede llegar a colmar.

Ese anhelo –al ser natural- no puede ser vano. No podríamos desear lo infinito si de alguna manera lo infinito no existiese y –sobre todo- si no tuviéramos algún tipo de nexo con ello, o con él. Tenemos el alma encordada de estrellas, en el fondo, porque provenimos del cielo, porque no somos más que “la fantasía que Dios creó”. Porque –como dijo un gran conocedor del alma humana- “nos hiciste, oh Dios, para Ti, y nuestro corazón estará inquieto hasta que no descanse en Ti”. En nuestra realidad corpóreo-espiritual experimentamos una sed que hace vibrar de deseo todo lo que somos, como hace ya tres milenios expresó el salmista: “mi corazón y mi carne suspiran por el Dios viviente”.

Es por eso que me atrevo a decir que toda visión de la persona humana que pretenda encerrarlo en esquemas más pequeños que el infinito ha de ser considerada como una amenaza para el hombre y un acto criminal.

El hombre nace y muere, a veces, sin vivir, 
Camina, desde el niño al viejo, sin gozar 
De eso que él mismo le llama felicidad 
Y si la tiene aquí la va a buscar allá. 

Tropieza tantas veces, en una misma piedra. 
Fruta es que llega a pasa sin madurar. 

Si tiene tira o quiere tener mucho más. 
Es un misterio y es de la vida la sal. 
Tiene alma de guitarras 
Encordada de estrellas 
Y es una falta envido su corazón. 

Sólo se diferencia del reino animal, 
Porque es el hombre el único capaz de odiar. 
Pero mientras el hombre, se asombre y llore y ría, 
Será la fantasía que Dios creó. 

Es una lágrima de niño y de crespín, 
Es monte denso, copla vida y manantial 
Es muy capaz de dar la vida o de matar, 
Es luz y sombra, tierra arada y arenal. 
La pucha con el hombre 
Querer ser tantas cosas 
Y nunca es más que cuando tan sólo es él. 

Es un camino que anda solo bajo el sol, 
Sendero trajinado por sueños de amor. 
Tiene alma de guitarras 
Encordada de estrellas 
Y es una falta envido su corazón. 

Sólo se diferencia del reino animal, 
Porque es el hombre el único capaz de odiar. 
Pero mientras el hombre, se asombre y llore y ría, 
Será la fantasía que Dios creó.

2 comentarios

  
hornero (Argentina)
Sí, Padre Leandro, así es con el hombre, un gran misterio. No le basta el universo, sólo Dios puede colmar sus ansias de infinito. Por esto cuando no encuentra una huella que lo conduzca a la Casa del Padre, al Fogón que siempre está encendido esperando a sus amigos, el hombre tropieza y anda a los tumbos, porque no le basta la tierra, está hecho para el cielo, como usted cita,
"Tiene alma de guitarras
Encordada de estrellas". Preciosa definición del hombre, que luce en la noche como trovador inquieto que va sembrando coplas de sabiduría y de amor. ¿Quién podrá nunca expresar en nuestras pobres palabras y conceptos el infinito del hombre, esto es, el infinito de su destino divino?
Algo así, me permito copiar una estrofa que se refiere al hombre, de un trabajo mío inédito, "Churqui chico":
199
“Es tierra que anda”,
dijo Chocobanca,
y es una palanca
con que Dios mueve al mundo,
y es un río projundo
que ruempe las barrancas.
Padre, que sus meditaciones, reflexiones, decires y labor sacerdotal sigan guiándonos y alentándonos hacia los prados inmensos de un mundo nuevo que nos permita a los hombres llevar un "encordado de estrellas".



19/06/19 8:59 AM
  
Juan Carlos
Es un andar y un venir por mí mundo y es algo que sin querer despierta mi corazón y mi interés por conocerme
19/06/19 11:28 AM

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