28.05.17

Haced discípulos, bautizándoles y enseñándoles

Evangelio en la Solemnidad de Ascensión del Señor

Los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron.  
Acercándose a ellos, Jesús les dijo: «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándoles en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos».
Mt 28,16-20

El Señor concluye su ministerio terrenal enviando a sus discípulos a hacer proselitismo. Es decir, les manda a hacer nuevos discípulos, bautizando y enseñando a guardar los mandamientos de Cristo. Y para tal fin contarán con la asistencia indispensable del Espíritu Santo. Así lo vemos en la primera lectura de hoy:

Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que descenderá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra.
Hech 1,8

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27.05.17

Fue de gran provecho, con la gracia divina, para los que habían creído

Primera lectura del sábado de la sexta semana de Pascua

Pasó allí algún tiempo y marchó recorriendo una tras otra las regiones de Galacia y Frigia, confortando a todos los discípulos.
Un judío que se llamaba Apolo, de origen alejandrino, hombre elocuente y muy versado en las Escrituras, llegó a Éfeso. Había sido instruido en el camino del Señor. Hablaba con fervor de espíritu y enseñaba con esmero lo referente a Jesús, aunque sólo conocía el bautismo de Juan.
Comenzó a hablar con libertad en la sinagoga. Al oírle Priscila y Aquila le tomaron consigo y le expusieron con más exactitud el camino de Dios. Como deseaba pasar a Acaya, los hermanos le animaron y escribieron a los discípulos para que le recibieran. Cuando llegó fue de gran provecho, con la gracia divina, para los que habían creído, pues refutaba vigorosamente en público a los judíos, demostrando por las Escrituras que Jesús es el Cristo.
Hech 18.23-28

El Señor quiso desde un primer momento que la Iglesia contara con apologetas. Es decir, fieles a los que por su gracia capacita para defender la fe y refutar los errores en debates públicos. Apòlo fue uno de los primeros, pero es común encontrarse con muchos escritos apologéticos en la era patrística. Hoy esa labor en la Iglesia la ejercen sobre todo seglares y conversos. 

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26.05.17

Tengo en esta ciudad un pueblo numeroso

Primera lectura del viernes de la sexta semana de Pascua

Por la noche el Señor le dijo a Pablo en una visión: -No tengas miedo, sigue hablando y no calles, que yo estoy contigo y nadie se te acercará para hacerte daño; porque tengo en esta ciudad un pueblo numeroso.
Permaneció allí un año y seis meses enseñando entre ellos la palabra de Dios.
Galión era procónsul de Acaya cuando los judíos se amotinaron todos a una contra Pablo y lo condujeron al tribunal diciendo: -Éste induce a los hombres a dar culto a Dios al margen de la Ley.
Cuando Pablo se disponía a hablar, les dijo Galión a los judíos: -Judíos, si se tratara de un delito o de un grave crimen, sería razonable que os atendiera, pero si son cuestiones de palabras y de nombres y de vuestra Ley, os lo solucionáis vosotros; yo no quiero ser juez de esos asuntos. Y los expulsó del tribunal.
Entonces todos ellos agarraron a Sóstenes, el jefe de la sinagoga, y comenzaron a golpearle delante del tribunal, pero nada de esto le importaba a Galión.
Después de permanecer allí bastante tiempo, Pablo se despidió de los hermanos y embarcó rumbo a Siria. Iban con él Priscila y Aquila. Se había rapado la cabeza en Céncreas porque había hecho un voto.
Hech 18,9-18

“Tengo en esta ciudad un pueblo numeroso", dijo el Señor a san Pablo. ¿Quién podía ver dónde estaba ese pueblo? Nadie. Solo Dios. ¿Qué habían hecho para ser parte del pueblo de Dios? Nada.

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25.05.17

Como se le oponían y blasfemaban, sacudió sus vestidos

Primera lectura del jueves de la sexta semana de Pascua:

Pablo se fue de Atenas y llegó a Corinto. Encontró a un judío que se llamaba Aquila, oriundo del Ponto, que recientemente había llegado de Italia, con su mujer Priscila, por haber decretado Claudio que todos los judíos salieran de Roma. Se les acercó y, como tenía el mismo oficio, vivía y trabajaba con ellos, porque eran de profesión fabricantes de tiendas.
Todos los sábados discutía en la sinagoga e intentaba convencer a judíos y griegos.
Cuando Silas y Timoteo llegaron de Macedonia, Pablo se entregó de lleno a la predicación de la palabra, dando testimonio a los judíos de que Jesús es el Cristo. Como se le oponían y blasfemaban, sacudió sus vestidos y les dijo: -¡Que caiga vuestra sangre sobre vuestra cabeza! Yo soy inocente. Desde ahora me dirigiré a los gentiles.
Salió de allí y entró donde vivía un prosélito que se llamaba Tito Justo, cuya casa estaba contigua a la sinagoga. Crispo, jefe de la sinagoga, creyó en el Señor con toda su casa. Y muchos corintios al oír a Pablo creían y recibían el bautismo.
Hech 18,1-8

Lo primero que hacía San Pablo al llegar a una población era dirigirse a la sinagoga local. Aun siendo el apóstol de los gentiles, sentía vivo celo por su pueblo. Así lo expresa en la epístola a los Romanos:

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24.05.17

Dios anuncia ahora a los hombres que todos en todas partes deben convertirse

Primera lectura del miércoles de la sexta semana de Pascua:

Los que conducían a Pablo le llevaron hasta Atenas, y se volvieron con la indicación, para Silas y Timoteo, de que se uniesen con él cuanto antes.

Entonces Pablo, de pie en medio del Areópago, habló: -Atenienses, en todo veo que sois más religiosos que nadie, porque al pasar y contemplar vuestros monumentos sagrados he encontrado también un altar en el que estaba escrito: «Al Dios desconocido». Pues bien, yo vengo a anunciaros lo que veneráis sin conocer.  El Dios que hizo el mundo y todo lo que hay en él, que es Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos fabricados por hombres, ni es servido por manos humanas como si necesitara de algo el que da a todos la vida, el aliento y todas las cosas. Él hizo, de un solo hombre, todo el linaje humano, para que habitase sobre toda la faz de la tierra. Y fijó las edades de su historia y los límites de los lugares en que los hombres habían de vivir, para que buscasen a Dios, a ver si al menos a tientas lo encontraban, aunque no está lejos de cada uno de nosotros, ya que en él vivimos, nos movemos y existimos, como han dicho algunos de vuestros poetas: «Porque somos también de su linaje». Si somos linaje de Dios no debemos pensar, por tanto, que la divinidad es semejante al oro, a la plata o a la piedra, escultura del arte y del ingenio humanos. Dios ha permitido los tiempos de la ignorancia y anuncia ahora a los hombres que todos en todas partes deben convertirse, puesto que ha fijado el día en que va a juzgar la tierra con justicia, por mediación del hombre que ha designado, presentando a todos un argumento digno de fe al resucitarlo de entre los muertos.
Cuando oyeron lo de «resurrección de los muertos», unos se echaron a reír y otros dijeron: -Te escucharemos sobre eso en otra ocasión.
Así que Pablo salió de en medio de ellos. Pero algunos hombres se unieron a él y creyeron, entre ellos Dionisio el Areopagita, y también una mujer que se llamaba Dámaris, y varios más. Después de esto se fue de Atenas y llegó a Corinto. 
Hech 17,15.22-34;18,1.

En el segundo capítulo del libro de Hechos vemos la primera predicación de san Pedro a los judíos de Jerusalén para que se convirtieran. En la lectura de hoy, vemos cómo hizo san Pablo en Atenas buscando el mismo fin. Evidentemente los argumentos usados son distintos. San Pedro podía apelar a las Escrituras, que daban testimonio de Cristo. Eso no era posible con los paganos. Pero ambas predicaciones tienen un punto en común: la necesidad de la conversión.

No en vano, el propio Cristo empezó su ministerio de predicación llamando a la conversión:

Desde entonces comenzó Jesús a predicar y a decir: -Convertíos, porque está al llegar el Reino de los Cielos. 
Mat 4,17

Hoy, como entonces, la Iglesia tiene el deber -otra cosa es que lo cumpla- de llamar a la conversión de todos los hombres. Y hoy, como entonces, muchos rechazarán ese llamado de mil y una maneras. Otros muchos, sin embargo, aceptarán por gracia la palabra de Dios y podrán salvarse. 

En el caso de Atenas vemos una situación peculiar. Cuando san Pablo habló de la resurrección de Cristo, a uno les dio la risa y otros le rechazaron guardando las formas, señal de que al menos eran educados. Hoy ocurre algo mucho peor. Vemos a unos cuantos sacerdotes y teólogos soberbios que se mofan públicamente de los fieles que osan creer que Cristo resucitó verdaderamente. Ellos hablan de una fe adulta, que no necesita de milagros como el de la resurrección. En realidad, son mucho peores que los paganos atenieses. Sin embargo, se consiente que permanezcan en la Iglesia difundiendo su inmundicia entre los fieles. 

Señor, limpia tu Iglesia de quienes te niegan y pisotean la fe de los más débiles. Concédenos la perseverancia final para salvarnos del día de la ira.

Luis Fernando