20.07.10

Las raices cristianas de Europa: San Bonifacio, evangelizador de la Germania

PATRONO DE ALEMANIA, UNO DE LOS MÁS GRANDES APÓSTOLES DE LA EDAD MEDIA Y QUIZÁS DE TODOS LOS TIEMPOS

Recordamos hoy al más grande de los monjes evangelizadores de la Edad Media y acaso de todos los tiempos: Bonifacio. Numerosas fuentes nos hablan de él; entre ellas, la más límpida: sus propias cartas. Y esta copiosa documentación ha sido repetidamente estudiada, interpretada y utilizada por buenos historiadores.

Su verdadero nombre era Winfrido. Nació en Devon, Inglaterra, hacia el año 672 o 673, en una familia noble. Desde los siete años se educó en el monasterio de Exeter. Mas adelante abrazó la vida monástica en Nursling, bajo el gobierno del abad Wulfardo, al que veneró como su maestro durante toda su vida. Recibió una formación esmerada. Se encariñó con los tesoros de la sabiduría antigua que iba revelándose ante sus ojos maravillados. Alma sensible a la belleza, se sintió atraído por las ficciones de los poetas latinos. Pero, al decir de su primer biógrafo, se dejó seducir sobre todo por la divina Escritura, a la que consagró las mejores horas de su existencia. “Desde su infancia hasta la decrepitud de la vejez, imitando de un modo poco común la sabiduría de los Padres antiguos, se ejercitaba diariamente en aprender de memoria las palabras de los profetas y de los apóstoles… y la evangélica tradición de Dios nuestro Señor".

Aventajado en los estudios, fue nombrado maestro de la escuela monástica. Sería entonces cuando, a imitación de Aldelmo, compuso versos acrósticos, enigmas de figuras caprichosas, poemas en los que alternan las peroraciones de los vicios y las de las virtudes. Juegos ingenuos e ingeniosos, con poca o ninguna poesía. También compuso un tratado de gramática según las reglas de Donato y un tratado de métrica. Con aplauso general ejerció asimismo, en su monasterio de Nursling, el cargo de predicador. La fama del joven monje se iba extendiendo por el país. “Como era tan grande su afabilidad con los hermanos y tanto el caudal de su celestial doctrina", su nombre iba de boca en boca en los monasterios de monjes y de “vírgenes de Cristo".

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15.07.10

Pío XII se dirige a Hitler al comienzo de su pontificado

LA REUNIÓN QUE TUVO EL NUEVO PAPA CON LOS CARDENALES DE HABLA ALEMANA

Nada más elegido nuevo Papa, Pío XII tuvo que afrontar la cuestión candente y muy delicada de las relaciones con el régimen alemán, concretamente con ocasión de algo tan sencillo como la posibilidad de mandar al Canciller Hitler un mensaje de buena voluntad, como años antes había hecho Leon XIII, con buen resultado, en circunstancias similarmente difíciles. Ante esta cuestión, el Papa Pacelli quiso recabar el consejo de los directamente interesados.

Por eso, es de indudable gran interés, para conocer de primera mano la preocupación por este tema, no sólo del nuevo Pontífice, sino también de los cardenales de habla alemana, la lectura de algunas parte de la relación de la reunión del recién elegido con los cardenales Bertram de Breslau, Schulte de Colonia, Faulhaber de Munich e Innitzer de Viena, publicada en las Actes et documents du Saint-Siège relatifs à la seconde Guerre Mondiale, vol II. El texto de la relación es largo, por lo que seha resumido a sus puntos principales en los que se aprecia lo espinoso del tema de las relaciones con Alemania y la claridad de ideas de Pío XII, que conocía bien el percal.

Pío XII: León XIII, al comienzo de su pontificado, envió un mensaje de paz a Alemania. En mi modesta persona, me gustaría hacer algo parecido (el Papa lee el borrador de una carta en latín) ¿Es correcta? ¿Necesita algún cambio o ampliación? Agradecería infinitamente el consejo de Vuestras Eminencias.
Cardenal Bertram: No me parece que haya nada que añadir.
Cardenal Faulhaber: En una carta de este tipo no se puede expresar ningún deseo concreto. Sólo una bendición. Pero tengo una duda ¿Debe ir redactada en latín? El Führer es muy susceptible con respecto de las lenguas extranjeras. No creo que desee recurrir a los teólogos para que se la expliquen.
Cardenal Schulte: Por lo que se refiere a su contenido me parece excelente.
Pío XII: Podría enviarse en alemán. Si la consideramos como una simple cuestión de protocolo, podría pasar inadvertida la connotación sobre el mal estado de las cosas para la Iglesia. Y nuestra mayor preocupación es el bien de la Iglesia en Alemania. Para mí esa es la cuestión más importante. Quizás podría redactarse en latín y en alemán.
Cardenal Faulhaber: Es mejor enviarla en alemán

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10.07.10

¿Cómo llegó el Papa Luna al Pontificado? (3ª parte)

TERCER EPISODIO DE LA AVENTURA DE ESTA CONTROVERTIDA FIGURA

RODOLFO VARGAS RUBIO

Entramos ahora en el capítulo que constituye la lógica consecuencia de la trayectoria de Pedro de Luna: su elección como papa. A pesar del entusiasmo despertado a favor de Aviñón en Francia, la hija primogénita de la Iglesia se mostraba veleidosa. Clemente VII, poco antes de su muerte, había recibido una carta insolente de la Universidad de París, que fue como una primera señal de desacato. La muerte del Papa fue vista por los principales jefes de la Cristiandad como una magnífica oportunidad de liquidar el cisma, por lo cual enviaron emisarios a la ciudad del Ródano requiriendo a los cardenales que no se convocara el cónclave hasta nuevo aviso. Lo que se pretendía, en realidad, era que reconocieran al papa de Roma sin más trámite.

En este punto una vez más se irguió imponente el cardenal de Aragón en defensa de los derechos y libertades de la Iglesia, que ve amenazados y que los poderes temporales quieren conculcar por pura conveniencia política y no por amor a la justicia. A Aviñón llegaron sendas cartas de Juan I de Aragón y Carlos VI de Francia. El cónclave, a pesar de todo, se hallaba reunido, una vez acabados los funerales por el difunto papa, el 26 de septiembre. Se entabló una viva discusión entre los electores: los cardenales franceses pretendían que se leyera la carta de su rey o que se difiriera la elección. Don Pedro de Luna se opuso tajantemente en nombre de las leyes canónicas. La experiencia del cónclave de 1378 estaba presente en su mente con todo su cortejo de tropelías e irregularidades que no podían repetirse, ya que no debía subsistir la mínima duda sobre el que resultara designado pontífice. Tres días tan solo duraron los escrutinios y de ellos emergió por unanimidad el cardenal de Aragón como nuevo papa con el nombre de Benedicto XIII. Todo el mundo estuvo de acuerdo en que fueron su talento, su inteligencia, su nobleza y autoridad nata los que le llevaron al sacro solio como el más idóneo para ocuparlo cuando se avecinaban tiempos difíciles para el papado aviñonés.

El largo reinado de Benedicto XIII está lleno de vicisitudes y salpicado de episodios de una gran densidad moral. Este hombre que alcanzaba las cimas más altas de la Iglesia y del mundo era ya un sexagenario próximo más bien a la setentena y, no obstante, iba a embarcarse en empresas que exigirían normalmente los bríos de un joven. Las circunstancias le obligaron a trasladarse de un sitio a otro; se vio, incluso, obligado a huidas precipitadas; emprendió hasta una expedición –lamentablemente fracasada– a Roma. En todo momento su tenacidad le sostuvo y le hizo indoblegable. Lo que no se puede dudar en calificar de heroica resistencia en Peñíscola constituye el ejemplo extremo. Pero ya se llegará a ello. Lo que interesa ahora es fijar la atención en dos episodios del pontificado del papa Luna especialmente significativos para la Historia entre todos los hechos que jalonan esos casi treinta años caracterizados por marchas y contramarchas, triunfos y repliegues, intrigas, conjuras, traiciones y hasta intentos de asesinato contra Benedicto XIII. Los dos episodios aludidos son: el Compromiso de Caspe y la Conferencia de Judíos de Tortosa.

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30.06.10

Monseñor Basulto, obispo de Jaen, un paso más cercano a los altares

LOS TEÓLOGOS DEL VATICANO APRUEBAN UNÁNIMEMENTE EL CARÁCTER MARTIRIAL DE LA MUERTE DE DON MANUEL BASULTO

El pasado martes 21 de junio, en la vaticana Congregación para las Causas de los Santos, se reunieron un grupo de 8 Consultores Teólogos presididos por el Promotor General de la Fe (el que antes se conocía popularmente por el “Abogado del diablo”) para valorar la Causa de beatificación, por vía de martirio, del que fue obispo de Jaen, Monseñor Manuel Basulto Jiménez, asesinado en el madrileño pueblo de Vallecas el 12 de agosto de 1936. Junto a él, se valoraba también el martirio de otros 5 compañeros de la misma suerte trágica: El entonces Vicario general de Jaen, dos sacerdotes, un seminarista y un laico de la Acción Católica. Por si a alguien le pudiera caber alguna duda, ya digo desde el principio que el parecer de todos los presentes fue unánime.

De modo paralelo en esa misma tarde, el grupo de Teólogos valoró otra Causa de Beatificación proveniente de Jaen, también por vía de martirio: Se trataba de la religiosa Franciscana de la Divina Pastora, Victoria Valverde, asesinada brutalmente en enero de 1937 junto a otras superioras religiosas de la localidad jienense de Martos: La de las Trinitarias y la de las Clarisas. Lo que tuvieron que pasar estas tres mujeres antes de ser asesinadas, se lo puede uno imaginar, solamente decir que uno de los milicianos que participaron al asesinato comentó: “Yo nunca creí que las monjas eran vírgenes hasta hoy”. Ni que decir tiene que también en el caso de Sor Victoria el voto de los teólogos fue unánime.

Dicha unanimidad de parecer deja las puertas abiertas al estudio de estas Causas por parte de los Obispos y Cardenales pertenecientes al dicasterio de las Causas de los Santos, cosa que ocurrirá en los próximos meses, sin duda después del verano o “post aquas”, pues ya en estas fechas, los Prelados van a “las aguas”, expresión curial para expresar que se van de vacaciones veraniegas. Después de pasar por dicho grupo, las Causas serían presentadas al Santo Padre para que, aprobándolas, les abra el camino de la Beatificación.

Estas dos Causas, como las dos que fueron estudiadas al día siguiente, 23 de junio (los Benedictinos de El Pueyo y los Oblatos de Pozuelo), forman parte de un gran grupo de Causas martiriales que se están estudiando con vista a una futura Beatificación, por supuesto, pero también para ir acortando la larga lista de mártires españoles que todavía esperan ser estudiados y valorados en Roma. Por no hablar de aquellos cuyas Causas se están instruyendo todavía en las diócesis.

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27.06.10

La Intervención de los Papas en los comienzos de la evangelización de América

EL PATRONATO REGIO Y LA INTERVENCIÓN DE LOS PONTÍFICES

La actitud de los primeros pontífices que tuvieron que intervenir en la organización episcopal americana puede quedar incompleta y erróneamente concebida si se urge demasiado el hecho, también cierto, pero con sus debidos límites, de la omnipresencia del patronato real (o patronato regio) en Indias. Dicho Patronato consistió en el conjunto de privilegios y facultades especiales que los Papas concedieron a los Reyes de España y Portugal a cambio de que estos apoyaran la evangelización y el establecimiento de la Iglesia Católica en América. Se derivó de las bulas papales otorgadas en beneficio de Portugal en sus rutas atlánticas, y de las llamadas Bulas Alejandrinas emitidas en 1493, inmediatamente después del Descubrimiento a petición de los Reyes Católicos. El patronato regio o indiano para la Corona Española, fue confirmado por el Papa Julio II en 1508.

Es evidente que el cúmulo de concesiones otorgadas por Alejandro VI a los Reyes Católicos desbordaba ampliamente los límites generales de un patronato ordinario, a pesar de carecer de la concesión típica de la presentación a los beneficios eclesiásticos. La citada bula Inter Caetera, del 3 y 4 de mayo de 1493, les mandaba, en virtud de santa obediencia, enviar a las tierras descubiertas a varones probos y temerosos de Dios, doctos, peritos y experimentados para instruir a los naturales y habitantes de ellas en la fe católica e imbuirlos en buenas costumbres, y esto poniendo en ello toda la diligencia debida. Esto adquiría toda su significación con la bula Eximiae devotionis, del mismo mes, reconociendo a España las mismas concesiones ya hechas a Portugal y que la bula comprende bajo los nombres de «libertades, inmunidades, exenciones, facultades, letras e indultos» (apostólicos); algo más tarde habla de gracias, prerrogativas y favores», y al fin se recogen otra vez todas estas expresiones.

Aunque algunos de los términos empleados en las bulas portuguesas parecen referirse a los derechos patronales, no conceden ese privilegio en forma explícita, y hubo que esperar unos años, cuando León X lo concedió a Portugal, que se benefició del ejemplo español y del tenaz empeño de Fernando el Católico en asegurar aquel patronato universal, que el no menos tenaz pontífice Julio II se resistía a conceder. Además de las facultades especiales concedidas a fray Bernal Boyl, primer delegado pontificio enviado a América a establecer y organizar su Iglesia, el punto definitivo de las concesiones de Alejandro VI se redondeó el 16 de noviembre de 1501 con la donación de los diezmos a los Reyes Católicos, con la obligación de fundar y dotar convenientemente a los eclesiásticos encargados de aquellas iglesias.

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13.06.10

Los comienzos de la Iglesia en China: El egregio discípulo de Matteo Ricci

PERSONAJE ILUSTRE DURANTE LA DINASTÍA MING, SE ESFORZÓ POR ACOPLAR LA FE CRISTIANA EN LA CULTURA CHINA

Xu Guangqi nació en Shanghai en 1562. A la edad de 19 años, pasó la primera etapa del sistema chino de examen de servicio civil y recibió el grado de shengyuan (licenciatura). Sin embargo, no pasó el segundo grado, juren o maestría, hasta el 1597, e incluso entonces el conseguirlo fue casi un milagro. Cuando el jefe examinador ChiaoHung (1541-1620), preocupado por no poder encontrar a un candidato destacado para el “graduado número uno”, empezó a revisar los exámenes de los candidatos rechazados, sorprendiéndose al encontrar los excelentes ensayos de Xu Guangqi. Rápidamente elevado de la categoría de “no aceptado” a la posición “número uno", se convirtió en alguien bien conocido, pero le costó otros dos intentos en un período de siete años antes de pasar a la tercera etapa de jin-shi (doctorado), grado que obtuvo en 1604. A la edad de 42 años, obtenido el doctorado, estuvo por fin preparado para obtener posiciones importantes en el gobierno, cosa que ocurrió rápidamente.

Xu había nacido en una familia con problemas económicos. Aunque su abuelo había amasado una pequeña fortuna a través de relaciones comerciales, los terrenos de la familia habían sido saqueados por los piratas japoneses que habían atacado la zona de Shangai entre el 1551 y el 1557. La división de las propiedades de la familia entre los varios parientes llevó también a un mayor empobrecimiento. El padre de Xu se dedicaba a la agricultura y la enseñanza para llegar a fin de mes, mientras que su abuela y la madre aumentan los ingresos con el hilado y el tejido. Por pura necesidad, Xu combinó su preparación para los exámenes de la función pública con puestos de trabajo en la agricultura y la artesanía. Los rumores sobre nuevas incursiones de piratas japoneses también lo llevaron a prestar atención a los asuntos militares y estudiar los problemas de la defensa marítima.

Se dio cuenta de que la dinastía Ming era diez veces más débil militarmente que la cdinastía Song (Sung o Soong, 960-1279) que había sido conquistada por los Mongoles. La cuestión de cómo hacer la dinastía próspera y fuerte absorbió una gran parte de su pensamiento. Influido por las teorías tradicionales chinas, se convenció por el año 1597 que sólo a través del énfasis en la agricultura China podría ser próspera, y sólo a través de una adecuada formación y unas fuerzas militares bien equipadas la dinastía Ming podría ser fuerte. Según contaba su único hijo, Xu Guangqi albergaba un profundo sentido de patriotismo hacia la nación china. Con su interés en la agricultura, artesanía, tecnología y artes militares, poco a poco desarrolló un espíritu científico y una actitud innovadora. Su hijo dice que Xu Guangqi regularmente investigó las fuentes antiguas y evaluó los registros contemporáneos sobre la economía nacional. Tomaba notas voluminosas y reunió información variada en materia económica.

A comienzos del siglo XVII, la dinastía Ming era no sólo económicamente, y militarmente débil, sino también políticamente corrupta. Las habilidades de los emperadores habían ido degenerando y los eunucos habían ido ganando poder. Los funcionarios chinos eruditos estaban preocupados y el destino de la nación se convirtió en inquietud. Algunos de ellos formaron grupos partidistas para promover las reformas necesarias, otros se refugiaron en el interés por el budismo y el taoísmo. Es así como algunos ilustrados empezaron a interesarse por el Gran Oeste (Europa), del cual el misionero jesuita Matteo Ricci (1552-1610) y sus compañeros habían traído noticias a China a partir de 1583. Fue en este clima político e intelectual que Xu Guangqi se convirtió a la fe católica.

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9.06.10

¿Fue un Papa sin pontificado? (2)

GLORIA Y OCASO DEL PAPA LUNA (II)

RODOLFO VARGAS RUBIO

La muerte sorprendió a Gregorio XI (en la imagen) en plenos preparativos para volver a Aviñón. Como su predecesor, el beato Urbano V, había llegado a la conclusión de que Roma seguía siendo una ciudad insegura y peligrosa y, por lo tanto, el regreso a ella había sido prematuro. A la sazón, el cardenal de Aragón tenía cincuenta años; estaba, pues, en plena madurez, madurez física e intelectual de la que dará clarísima muestra durante los acontecimientos que se avecinaban y en los que iba a tomar parte y ser protagonista con una lucidez y entereza únicas. El 7 de abril se inicia el cónclave que debe elegir al sucesor de Gregorio XI. Los auspicios no podían ser peores. El populacho se hallaba soliviantado ante el temor de que el papa elegido volviera a abandonar la Urbe, sobre todo porque la mayoría de los electores eran franceses (once de dieciséis presentes en Roma, hallándose otros siete en Aviñón). Los ánimos se encrespaban y los cardenales se hallaban atemorizados ante las amenazas –incluso de muerte– que les llegaban desde el exterior. La situación era indudablemente gravísima.

Existió un claro atentado contra la libertad de elección de los purpurados. La plebe exigía un papa romano o, al menos, italiano: Romano, romano lo volemo, o almanco italiano!, gritaban las turbas con furor desencadenado. El senador de Roma y los jefes de los doce rioni (distritos) instaban a los electores a satisfacer tales exigencias. El fragor de los tumultos llegaba hasta las celdas de éstos, que consideraron la necesidad de ponerse de inmediato de acuerdo en la designación del nuevo papa. A todo esto, hay que decir que una sola voz se elevó rehusando someterse a tan flagrantes coacciones y declarando que votaría a quien en conciencia tuviese por el candidato idóneo, pesara a quien le pesara y tanto si agradaba a los romanos como si no: la de don Pedro de Luna. Los cardenales acabaron eligieron a un prelado napolitano, súbdito de los Anjou: Bartolommeo Prignano, arzobispo de Bari. Al no ser miembro del Sacro Colegio (circunstancia que no se ha dado en los papas elegidos desde entonces), se hubo de mantener secreta su exaltación al Sumo Pontificado hasta obtener su aceptación, condición necesaria para dar aquélla por válida. Pero mientras se enviaba a buscarle, ocurrieron hechos que pueden calificarse de rocambolescos.

Como los romanos continuaban revueltos, el cardenal Giacomo Orsini quiso apaciguarlos indicándoles: “¡Id a San Pedro!”, con lo cual quería decirles que se congregaran en la Basílica Vaticana para esperar en ella al nuevo papa. Sin embargo, la plebe entendió que el elegido era el cardenal Francesco Tebaldeschi, arcipreste de San Pedro, y comenzó a reclamar su presencia. Para disipar la confusión, otro cardenal empezó a gritar “¡Bari, Bari!”, pero lo único que consiguió fue que las turbas asaltaran el palacio vaticano. En esta gravísima coyuntura, no se les ocurrió a los asediados mejor idea que la de presentar al cardenal Tebaldeschi revestido con el manto papal y las insignias pontificias como si efectivamente fuera el elegido al sacro solio. El anciano príncipe de la Iglesia, renuente a prestarse a la mistificación, no hacía más que negar con la cabeza mientras era aclamado. Pero, antes de que los romanos se dieran cuenta de la estratagema, los príncipes de la Iglesia pudieron abandonar su encierro y ponerse a seguro, aunque pronto se fue en pos de ellos para darles caza al grito de “¡Mueran los cardenales!”. Sólo la llegada del arzobispo de Bari y su entronización tras aceptar la elección papal con el nombre de Urbano VI, el 9 de abril, lograron que los ánimos se apaciguaran. Los romanos aclamaron a su nuevo señor y los purpurados respiraron aliviados… por poco tiempo, sin embargo.

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4.06.10

¿Papa o Antipapa? (I)

GLORIA Y OCASO DEL PAPA LUNA (I)

RODOLFO VARGAS RUBIO

Illueca es hoy un municipio de la provincia de Zaragoza, al norte de Calatayud y al pie de las primeras estribaciones de la sierra del Moncayo y de la de la Virgen, en el pequeño valle del río Aranda. El clima es recio, pero no extremado, y los cielos mantienen una pureza cristalina gracias al cierzo que sopla desde las montañas y lo limpia de nubes. El paisaje, en general, es de una gran serenidad y de una belleza austera. Aquí nació en 1328 y se crió don Pedro de Luna, hijo de don Juan Martínez de Luna II y doña María Pérez de Gotor y Zapata, señores de Arándiga, Illueca y Gotor y pertenecientes ambos a familias de noble prosapia aragonesa, que rindieron grandes servicios a sus reyes. El castillo que aún hoy domina Illueca y era casa solariega de los Luna, se hallaba entonces en un enclave importante por estar cerca de la frontera con el reino de Castilla; era, por tanto, teatro propicio a correrías y escaramuzas.

El joven Pedro de Luna, como segundón que era de su familia, estaba destinado a la carrera eclesiástica. Fue, pues, a Montpellier, en cuya universidad cursó Derecho con el máximo aprovechamiento, consiguiendo el grado de doctor in utroque iure y la cátedra de Decretales. Se convirtió en un reputado canonista y, con el tiempo, llegaría a ser el mejor de su época, constituyendo su impecable e irrebatible argumentación jurídica el mejor sostén de la causa aviñonesa durante el Gran Cisma. En Montpellier bebió el clérigo aragonés la cultura amable y refinada que la corte provenzal había difundido por el Mediodía francés y que constituye un preludio del Humanismo. El mismísimo Petrarca, padre del movimiento, aunque suspirando por las antiguas glorias de Italia, vivió en la corte papal de Aviñón, arropado por el mismo ambiente amable y gentil que contribuyó a la formación de Pedro de Luna.

Parece cierto que llevaba una vida tranquila y desahogada gracias a algunos beneficios eclesiásticos de los que gozaba en Vich, Tarazona, Tortosa y Cuenca. Ello le permitía alternar sus estancias entre Montpellier e Illueca. En su tierra natal transcurrió temporadas más largas a partir de 1352, año en el que murió su padre. Ello le permitió ser testigo de las acciones que tuvieron lugar con ocasión de la guerra civil castellana, que enfrentaba a Pedro I el Cruel y su hermanastro Enrique el Bastardo, conde de Trastámara. El año 1367 tuvo lugar la batalla de Nájera, de la que don Enrique salió malparado, peligrando incluso su vida. Los Luna apoyaban al de Trastámara y fue precisamente Pedro quien ayudó le ayudó a substraerse a la persecución implacable de la gente del rey de Castilla, haciéndole cruzar la frontera de Aragón y conduciéndolo a través del reino bajo disfraz hasta ponerle a salvo en Francia, en tierras del conde de Foix. De allá regresó un año más tarde Enrique, con refuerzos y mayor fortuna, pues venció en Montiel a Pedro el Cruel, con lo que su casa quedó entronizada en Castilla.

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31.05.10

Las raices cristianas de Europa: La conversión de Rusia

SANTA OLGA PUSO EN SU NIETO VLADIMIR LA SEMILLA QUE LLEVÓ A LA CONVERSIÓN DE RUSIA

En el año 862, los eslavos de Novgorod llamaron a Riurik para que los gobernara. Dos de sus compañeros Ascold y Dir, buscando fortuna se fueron de Novgorod al sur del país. A orillas del río Dnieper vieron la ciudad de Kiev y la conquistaron. Desde aquí, en le año 866, realizaron una incursión a Constantinopla. El emperador Miguel III y el patriarca Fotios elevaron sus oraciones a Dios, y, después del oficio de Vísperas realizado en el templo de Vlajern, salieron en procesión a las orillas del Bósforo. Durante la procesión sumergieron la vestimenta de la Virgen en las aguas del golfo. El mar, hasta ese momento tranquilo, repentinamente se agitó y destruyó las naves de los rusos. Muchos de ellos perecieron y los que pudieron volver a casa lo hicieron quedando muy impresionados por el hecho y este acontecimiento posteriormente originó la festividad del Manto de la Madre de Dios.

Al poco tiempo, llegó de Grecia a Kiev, un obispo quien comenzó a predicar a los rusos el Evangelio y a hablar de los milagros de Dios relatados en el Antiguo y Nuevo Testamento. Los rusos, al oír decir que los tres niños no se quemaron en el horno encendido de Babilonia (Dan. 3) interrumpieron al predicador y dijeron: “Si no vemos algo parecido, no creeremos en tu historia.” El obispo, después de rezar a Dios, se atrevió a poner el Evangelio en el fuego. El Evangelio permaneció intacto, hasta las cintas que marcaban las hojas preparadas para la lectura, no se quemaron. Debido al impacto de este milagro, muchos de ellos se bautizaron. Posteriormente sobre la tumba de uno de estos cristianos fue erigida la iglesia San Nicolás Milagroso.

Después de Riurik, su pariente Oleg gobernó el país. Oleg conquistó Kiev y realizó una campaña bastante exitosa contra Constantinopla (906) concertando un tratado muy ventajoso para Rusia, un contrato comercial con los griegos. El hijo de Riurik, Igor en el año 945, después de otra guerra, nuevamente concertó un tratado comercial en Constantinopla. Al relatar este hecho, el cronista recuerda que la guardia del príncipe juró en Kiev la observancia de este tratado: los paganos delante del ídolo Perún, y los cristianos — en la catedral de San Ilías. Esto indica que en Kiev, durante el gobierno de Igor hasta en su guardia había cristianos. La esposa de Igor, la princesa Olga se destacaba por su belleza, su castidad y su mente clara. Al enviudar, debido a la corta edad de su hijo Sviatoslav, gobernó la tierra rusa. Cuenta la crónica que para los enemigos de su patria era temible y terrible. El pueblo la amaba y la estimaba como a su propia madre por su misericordia, su sabiduría y su sentido de justicia. Santa Olga a nadie ofendía, juzgaba con la verdad, imponía los castigos con clemencia, amaba a los indigentes, a los ancianos y a los lisiados. Escuchaba, pacientemente toda petición que se le dirigía y complacía, gustosamente, las peticiones justas.

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25.05.10

Juan Pablo II, Arrupe y Dezza: Los intentos de solucionar una crisis

GEORGE WEIGEL NOS RELATA LOS DETALLES DE LA INTERVENCIÓN DE JUAN PABLO II EN LA COMPAÑÍA DE JESÚS

GEORGE WEIGEL (en “Testigo de esperanza“, Barcelona, 1999)

En 1965, al cierre del Vaticano II, había treinta y seis mil jesuitas. En 1975 la lenta captación de nuevos miembros y las renuncias al ministerio habían reducido la cantidad a veintinueve mil. Seguiría disminuyendo durante el resto de la década, y también en la de los ochenta, aunque en países como India se acelerase el reclutamiento. A pesar de ello, los jesuitas seguían constituyendo una influencia de primer orden entre las comunidades religiosas del catolicismo romano, tanto masculinas como femeninas. Históricamente habían desempeñado un papel protagonista, y tampoco faltaba quien considerase que la dirección que habían tomado desde el Vaticano II era el camino del futuro. A fin de cuentas había sido confirmada y refrendada con entusiasmo por la trigésima segunda congregación general de la Compañía, celebrada en 1974.

El 11 de diciembre de 1978, el general de la Compañía, el padre Pedro Arrupe, carismático vasco que se hallaba al frente de los jesuitas desde 1965, tuvo su primera audiencia con Juan Pablo II para jurar obediencia al nuevo Papa en representación de la orden. Diez meses más tarde, en la asamblea de presidentes de la Conferencia Jesuita (que se reunían una vez al año para acometer un análisis internacional de la Compañía), Juan Pablo se dirigió al grupo por invitación del padre Arrupe. El mensaje fue categórico, y sorprendió a los oyentes. Juan Pablo dijo que el escaso tiempo de que disponían le impedía enumerar todo lo positivo que estaba haciendo la Compañía. No obstante, Juan Pablo fue al grano: «Deseo deciros que habéis sido motivo de preocupación para mis predecesores, y que lo sois para el Papa que os habla.» Por si no bastara con tan rotundo desafío, el Papa envió al padre Arrupe unas palabras críticas destinadas a ser leídas a la jefatura jesuita por Juan Pablo I, cuya muerte lo había impedido. Dijo que estaba de acuerdo con todo.

En junio de 1979 el padre Arrupe empezó a mantener conversaciones confidenciales con los cuatro asistentes generales de la Compañía, sus asesores más directos, sobre la posibilidad de jubilarse. Les dijo que había sido elegido ad vitalitatem, no ad vitam (mientras tuviera vitalidad, no vida), y que sentía menguar sus energías. Seis meses después, el 3 de enero de 1980, Arrupe volvió a entrevistarse con el Papa para organizar otra reu¬nión, a la que acudiría con sus asistentes generales con objeto de que estos expusieran sus ideas sobre el porvenir de la Compañía y averiguaran cómo encajaban en las metas del pontificado. Juan Pablo estuvo de acuerdo, pero no se puso fecha a la reunión. El padre Arrupe siguió pensando en la dimisión. En febrero de 1980 comunicó a sus cuatro asistentes generales que ya no tenía dudas sobre su decisión de dimitir. Durante la primera semana de marzo pidió a los asistentes un voto consultivo sobre su dimisión, alegando la edad como motivo de peso suficiente, el que exigían las constituciones jesuitas. Después de una semana de reflexión oficial, los asistentes confirmaron que Arrupe contaba con motivos suficientes para la dimisión. Su veredicto fue comunicado al general por el primer asistente, un estadounidense, el padre Vincent O’Keefe. Siguiendo el procedimiento establecido, se consultó a los ochenta y cinco provinciales jesuitas repartidos por todo el mundo, y el sí obtuvo una mayoría abrumadora.

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