El primer Cardenal hispanoamericano de la historia

SANTIAGO LUIS COPELLO, PREDECESOR DE BERGOGLIO EN BUENOS AIRES

RODOLFO VARGAS RUBIO

La llegada al sacro solio de Francisco, “el papa venido del fin del mundo” atrae nuestro interés a los cardenales argentinos que, antes de Jorge Mario Bergoglio, han destacado en la historia de la Iglesia.

Comencemos por Santiago Luis Copello (1880-1967), natural de San Isidro en la provincia de Buenos Aires. Realizó sus estudios eclesiásticos en el seminario arquidiocesano de La Plata y en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 28 de octubre de 1902 y destinado al ministerio pastoral, que ejerció hasta 1918, año en que fue preconizado por Benedicto XV obispo titular de Aulon en el Epiro con el cargo de auxiliar de La Plata. El 30 de marzo de 1919 recibió la consagración episcopal en su ciudad natal de manos de Mons. Juan Nepomuceno Terrero Escolada, arzobispo de La Plata, asistido por Mons. Francisco Alberti, obispo titular de Siunia y auxiliar de Buenos Aires, y Mons. José Américo Orzali, obispo de San Juan de Cuyo. El 15 de mayo de 1928, fue trasladado a Buenos Aires como auxiliar y vicario general del arzobispo franciscano José María Bottaro, al que sucedió cuatro años más tarde por dimisión del mismo.

El 20 de octubre de 1932 fue preconizado por Pío XI sexto arzobispo de Buenos Aires. Monseñor Copello fue el gran organizador del XXXII Congreso Eucarístico Internacional de Buenos Aires de 1934, el mayor acontecimiento eclesial que tuvo lugar en Hispanoamérica en la primera mitad del siglo XX, que contó con la asistencia del cardenal Eugenio Pacelli, secretario de Estado y legado a latere de Pío XI. La magnífica impresión que se llevó de Argentina el futuro Pío XII no dejó de tener su influjo decisivo en la creación del dinámico arzobispo bonaerense como cardenal por el papa Ratti en el consistorio del 16 de diciembre de 1935, en el que recibió el título de San Jerónimo de los Croatas, siendo el primer purpurado hispanoamericano de la Historia.

La acción pastoral del cardenal arzobispo Copello se orientó según dos líneas fundamentales: la elevación moral de las almas por un mayor conocimiento de la fe católica y la promoción de las clases más necesitadas de la sociedad. Para ello no le faltaban ideas claras e innegables cualidades como sabio administrador. Ya como obispo auxiliar se había dedicado a la erección de parroquias en los nuevos núcleos de población que se iban formando y necesitaban ser cristianizados y a la apertura de seminarios para la adecuada formación del clero. También se le deben la fundación de la enfermería popular del Seminario de Villa Devoto, la del sanatorio de San José para enfermos pobres y la mutual de la Federación de Círculos Católicos de Obreros.

El cardenal Copello, primado de la Argentina, tuvo que hacer frente a la crisis de las relaciones Iglesia-Estado que estalló en 1954, después de un período de concierto con el peronismo llegado al poder en 1946. Habiéndose captado en un principio el apoyo de la Iglesia, Juan Domingo Perón evolucionó hacia una política claramente anticlerical orientada a la total separación de la Iglesia y el Estado. Copello se entrevistó con Perón a principios de 1955 con el fin de llegar a una conciliación que acabase con un enfrentamiento que ponía a los católicos en el dilema de escoger entre la defensa de su fe o la lealtad a lo que consideraban su ideal patriótico. La escalada anticatólica del gobierno culminó el 16 de junio de 1955 con la quema de iglesias, principalmente en Buenos Aires, como respuesta al fallido golpe de Estado de horas antes y del que se culpó a la Iglesia como cómplice. El inaudito atropello fue motivo de la excomunión de Perón declarada ipso facto por decreto de la Sagrada Congregación Consistorial con la misma fecha de los trágicos acontecimientos (de dicha excomunión no sería absuelto el general hasta 1963 a petición suya tramitada por mediación de Mons. Eijo y Garay, obispo de Madrid-Alcalá y patriarca de las Indias Occidentales).

Después de la quema de iglesias cesó por completo de manera oficial la campaña anticatólica, aunque Perón –que echó la culpa de los desórdenes a los comunistas– seguía alimentando los rescoldos. La iglesia argentina respondió a una con su primado mediante una carta pastoral que, con el título “Nuestra contribución a la paz de la Patria", denunciaba el intento de crear un sedicente “cristianismo auténtico” para sustituir a la Iglesia católica, por lo cual se había comenzado a injuriarla y atacarla con el fin de subordinarla al poder, verdadero atentado contra la patria, de innegable mayoría católica. Los obispos reclamaban, además, el restablecimiento de las libertades públicas, en especial las de reunión, prensa y radio, así como la tutela de los derechos y las legítimas libertades religiosas. Un nuevo golpe de Estado –la llamada “Revolución Libertadora del 16 de septiembre de 1955– obligó a un Perón radicalizado a dejar el gobierno y salir del país.

El nuevo régimen, cuyo objetivo era desperonizar el país, llevó inicialmente una política de conciliación con la Iglesia, bajo el gobierno del general Eduardo Lonardi, el cual se apoyaba en un sector nacionalista católico de las fuerzas armadas. Sin embrago, Lonardi –que se negaba a emplear mano dura contra los peronistas y era partidario, como el cardenal Copello, de una política de reconciliación nacional “sin vencedores ni vencidos” – fue, a su vez, derrocado, tomando el poder el 13 de noviembre de 1955 el general Pedro Eugenio Aramburu, que acusó a su predecesor de “escudarse tras el estandarte de la religión católica". Lo que no anunciaba tiempos precisamente bonancibles para las relaciones Iglesia-Estado, que volvieron a complicarse en medio de una represión social que puede considerarse como precedente de la de la junta militar de 1976-1984. Las relaciones que el cardenal arzobispo de Buenos Aires había tenido con el peronismo antes de la crisis de 1954 hicieron insostenible su posición en Argentina con el gobierno de la Revolución Libertadora.

El 20 de enero de 1958 se le asignó al cardenal Copello un obispo coadjutor con derecho a sucesión en la persona de Mons. Fermín Emilio Lafitte, arzobispo de Córdoba: era la manera de preparar su traslado a Roma. En octubre de ese año, participó en el cónclave en el que resultó elegido el beato Juan XXIII. Fue este papa quien lo retuvo en Roma, nombrándolo canciller de la Santa Iglesia Romana. El 14 de diciembre de 1959, cambió su título presbiteral de San Jerónimo de los Croatas por el de San Lorenzo en Dámaso. Entretanto, el general Aramburu había cedido el poder a un presidente elegido democráticamente: Arturo Frondizi, una de cuyas principales preocupaciones fue la de las relaciones Iglesia-Estado.

El cardenal Copello asistió a las sesiones del concilio Vaticano II en calidad de miembro de la Curia Romana y participó en el cónclave de 1963, que eligió al siervo de Dios Pablo VI. Sus últimos años los pasó repartiendo su tiempo entre la Cancillería Apostólica y su labor benefactora a favor de la formación de los sacerdotes y el socorro de los más necesitados, testigo el Pontificio Colegio Pío-Latinoamericano, su alma mater de sus tiempos de estudiante, objeto de las larguezas del cardenal. Santiago Luis Copello falleció en Roma, el 9 de febrero de 1967, a los 87 años de edad. Sus restos fueron repatriados a la Argentina para ser enterrados en una sencilla tumba de mármol en la cripta de la basílica del Santísimo Sacramento de Buenos Aires. Dejó el recuerdo de un gran príncipe de la Iglesia, una de las mejores encarnaciones del espíritu pacelliano.

2 comentarios

  
Alejandro
Entiendo que el cardenal Copello fue retenido en Roma antes de 1958. En efecto, Monseñor Lafitte, designado Coadjutor en 1958, ya era Administrador Apostólico "Sede Plena" desde 1956. Creo que ese fue el año en que Copello fue llamado a Roma para ahorrarle los problemas que le generaba, en tiempos de la Revolución Libertadora, su antigua relación con el peronismo. Esa situación "anómala" duró varios años, y efectivamente le tocó a Juan XXIII, en los inicios de su pontificado, darle solución definitiva. Al ser nombrado Coadjutor, Lafitte, Arzobispo de Córdoba, retuvo el cargo de Administrador Apostólico de Buenos Aires. Cuando Copello fue designado Canciller de la Santa Iglesia, la sede porteña pasó automáticamente a Lafitte, quien, sin embargo, fue Arzobispo de Buenos Aires por apenas cuatro meses, ya que falleció en agosto de ese mismo año, 1959.
11/04/13 3:06 AM
  
Profesor D'Amato
Debe recordar que, en realidad, el primer cardenal americano fue estadounidense, mas el primer cardenal hispanoamericano fue preconizado en 1905 por Pío X, más de veinte años antes q nuestro cardenal Copello. Sugiero revisar la fuente historiográfica antes de afirmar algo tajante que luego otras páginas, sin cotejar, reproducen acríticamente.
18/04/18 5:12 PM

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