Bonifacio VIII: El triste final de un Papa (y 2)

HISTORIA CONTROVERTIDA CON FINAL DRAMÁTICO

Para comprender en conflicto central y dolorosísimo del pontificado de Bonifacio VIII, hay que recordar que en la edad media los reyes cristianos se comprometían, por el juramento de su consagración, a respetar todos los derechos y a reprimir todas las injusticias; existían entre rey y pueblo relaciones jurídicas que aquel no podía violar; no era justa la ley que fuese contra el bien común, y los reyes eran responsables del ejercicio de su poder ante Dios, ante el pueblo y, en ciertos casos, ante los papas. Pero muchos legistas proclamaron que el soberano de una nación debe ser el princeps en el sentido romano de la palabra, fuente y origen de toda ley, y, como jefe del Estado, debe disponer de todos los medios apropiados para proteger el bien de todos, el honor y la libertad de todos. En nombre de este bonum commune, no le reconocían límites a su poder, ni en lo militar, ni en lo judicial, ni en lo legislativo, ni en lo administrativo; ya se ve que la intrusión regalista en el campo religioso era facilísima.

En su afán absolutista de poseer bajo su dominio directo todos los territorios franceses, Felipe IV el Hermoso se apoder6 de la Gascuña, propiedad de Eduardo I de Inglaterra, su vasallo. En 1294 estalló la guerra entre los dos monarcas, y fueron inútiles las tentativas de Bonifacio VIII y de sus legados en pro de la pacificación. La flota inglesa sembraba el terror en las costas de Francia desde la Rochela hasta Bayona. Eduardo I, que, apoyado también en los legistas, aspiraba a una gran monarquía unitaria, pidió una contribución para sufragar la guerra a la nobleza y al clero. Como las circunstancias eran apuradas, no hubo dificultad en concedérsela. El arzobispo de Canterbury, de acuerdo con el episcopado, ofreció al rey la decima parte de las rentas eclesiásticas sin contar con el papa. Lo mismo hizo en Francia, y con más rigor, Felipe IV, tratando de acumular a expensas del clero el oro que necesitaba para la guerra.

Era frecuente que los papas concediesen a los reyes cristianos el diezmo de los beneficios eclesiásticos cuando se preparaba una cruzada contra los infieles o en otras ocasiones de verdadera necesidad, pero sin licencia del pontífice, ningún tributo podía imponerse a los prelados, abades, párrocos, etc. Felipe el Hermoso ya en 1292 había suplicado a Nicolás IV autorización para exigir nuevos diezmos a las iglesias y el papa se había opuesto decididamente. Ahora el rey echó mano de todos los medios que estaban a su alcance. Los cistercienses en 1294 concedieron generosamente el diezmo de dos años, pero ante nuevas extorsiones del rey, creyeron de su deber apelar, en nombre propio y de todo el clero francés, al papa Bonifacio VIII.

Un antiguo cisterciense, el abad Simón de Beaulieu, obispo de Palestrina, entonces en legado apostólico en Francia, ordenó a los arzobispos de Reims, Sens y Rouen convocar en Paris un concilio nacional el 22 de junio de 1296. Pero antes que dicho concilio se celebrase, el 24 de febrero de 1296 Bonifacio VIII fechaba la bula Clericis laicos, no dirigida especialmente contra el rey de Francia, sino redactada en términos generales contra las injerencias abusivas de la autoridad laica en el campo eclesiástico. Y, a fin de poner coto a las intrusiones de los príncipes, fulminaba la excomunión contra todos los laicos que sin autorización de la Sede Apostólica exigiesen del clero cualquier tasa o tributo.

La reacción que se dejo sentir en Francia y en Inglaterra no fue igual en los dos países. El monarca ingles recurrió inmediatamente a la violencia, y el 3 de noviembre de 1296 decretó nuevos impuestos extraordinarios para continuar la guerra contra Felipe el Hermoso y contra Escocia, amenazando a los obispos obstinados con ponerlos fuera de la ley, despojándolos de todos sus feudos, por lo que empezaron las contemporizaciones. Pero llegaban noticias de las derrotas sufridas por los ejércitos ingleses en Gascuña y de la invasión realizada por los franceses en Flandes, cuyo conde era aliado de Inglaterra. Eduardo I hubo de restituir los bienes confiscados y prometer respeto a las inmunidades del clero, mientras éste condescendía ofreciendo al rey ciertos subsidios, supuesta la licencia de Roma, que no se haría esperar.

Felipe el Hermoso, sin gestos de violencia y hostilidad, por una ordenanza del 17 de agosto de 1296, prohibió terminantemente cualquier exportación de oro y plata en lingotes o en moneda, en vasos, ornamentos, etc., con lo que descargaba un golpe durísimo contra las finanzas pontificias. Ningún extranjero podía permanecer en Francia sin permiso del rey; consiguientemente, los legados pontificios, los colectores de diezmos y otros censos, los italianos que disfrutaban de beneficios eclesiásticos en Francia, debían dejar el país. De nada sirvió que el papa por la bula Ineffabilis amoris, del 20 de septiembre del mismo año, amenazase al rey con la ira de Dios; ni que se lamentase amargamente de la ingratitud de Felipe para con la Santa Sede; ni que le echase en cara el haber perdido el don inestimable del corazón de sus súbditos.

Crítica debía ser la situación de Bonifacio VIII cuando, en vez de exasperarse, conforme a su temperamento irascible, se calmó y empezó a retroceder. En la bula De temporum spatiis, del 7 de febrero 1297, aunque protestando de nuevo y pidiendo la revocación de la ordenanza real del 17 de agosto, se abajó a dar explicaciones de la Clericis laicos, diciendo que admitía interpretaciones menos estrictas y rígidas de lo que pensaban algunos consejeros del rey. Y con la misma fecha expidió la bula Romana mater Ecclesia, insistiendo en sus deseos de conciliación y lamentándose de que la astucia o necedad de algunos hubiese dado al documento una interpretación que no responde a la mente del autor.

Pocos dias antes de redactarse estas dos bulas, y por supuesto antes que fuesen conocidas en Francia, el clero galicano había manifestado públicamente su decidida voluntad de obedecer a su monarca. Bonifacio VIII se apresuró a contestar con otra bula, Coram illo fatemur, del 28 de febrero 1297, desbordante de benevolencia. Finalmente, como si todo esto fuera poco, mandó promulgar una declaración autentica -que es más bien una publica derogación- de la constitución Clericis laicos y lo hace con palabras de elogio y de afecto para con el cristianísimo reino de Francia y para con el ilustre rey y carísimo hijo en Cristo, Felipe.

Y para sellar la reconciliación entre ambas potestades, nada pareció mas a propósito que la canonización de San Luis, rey de Francia, abuelo de Felipe el Hermoso, en la que se venía trabajando desde hacia veinticuatro años. El mismo Bonifacio, siendo cardenal, había tornado parte en las indagaciones para iniciar el proceso canónico, y ahora, siendo Papa, tenía la satisfacción de elevar al honor de los altares a un rey a quien él personalmente había conocido y admirado y que debía ser propuesto a todos los príncipes, y particularmente a Felipe el Hermoso, como modelo a quien imitar. La canonización tuvo lugar en Orvieto el 11 de agosto de 1297.

Este cambio de actitud de Bonifacio VIII se pudo deber a que la reacción de Felipe el Hermoso significaba una grave pérdida, casi una ruina, para las finanzas pontificias. No pudiendo sacar dinero de Francia, le era muy arduo y costoso el sostener la desastrosa guerra de Sicilia en pro de Carlos II, por lo que había, pues, que contemporizar. Todavía fue más decisivo el temor de que Felipe IV se aliase abiertamente con los Colonna, una de las más altas y poderosas familias romanas, y provocase un cisma en la Iglesia y le derribasen a él violentamente del pontificado.

Los Colonna se hallaban en guerra con Bonifacio VIII desde principios de 1297, le negaban la obediencia y proclamaban que no era papa legítimo. En realidad, no habían tenido inconveniente en favorecer la elección pontificia de Bonifacio VIII. Le hospedaron festivamente en su castillo de Zagarolo cuando se dirigía de Napoles a Roma y lo acompañaron, hasta su coronación. Pensaban, sin duda, que podrían servirse de él para sus planes de grandeza y ambición, pero pronto se persuadieron de lo contrario. En vez de apoyarse en los Colonna, buscó el papa la amistad de los Orsini. En la lucha por la corona de Sicilia, el papa sostenia a Carlos II de Anjou, mientras los Colonna estaban por el aragonés don Fadrique. Por otra parte, Bonifacio VIII prescindía en su gobierno de los cardenales, no obstante el disgusto y protesta de los mismos, especialmente de los dos cardenales Jacobo y Pedro Colonna. A los Colonna en particular, lejos de favorecerlos, los trataba dura y friamente.

De ahi que estos se uniesen a los exaltados espirituales, repitiendo con ellos que Bonifacio no era Papa legitimo por haber sido injusta y anticanónica la abdicación de Celestino V. Pues a poco de subir al trono pontificio, tropezó violentamente con la secta de los espirituales, monjes fanáticos, secesionistas en su mayoría de la Orden de San Francisco, que no podían tolerar que el nuevo papa les hubiese privado de los privilegios otorgados por Celestino V, y particularmente de la exención de la Orden franciscana. Ellos, lo mismo que los ariscos ermitaños celestinos, con quienes durante el pontificado anterior habían estado unidos, se habían ilusionado con el “Papa angélico”, y afirmaban ahora que Bonifacio era el anticristo, que había subido a la Cátedra de San Pedro por la violencia y por el fraude, contra todo derecho.

En mayo de 1297, los dos cardenales Jacobo y Pedro Colonna, reunidos en el castillo de Lunghezza con cinco clérigos, capellanes de la familia, y con tres franciscanos, lanzaban al mundo un memorial, en el que hacían saber que Benedicto Gaetani no era legitimo papa, puesto que la renuncia de su antecesor había sido invalida y anticanónica, lo cual intentan probar con trece argumentos; en consecuencia, debía convocarse un concilio general. Este manifiesto revolucionario, llevado rápidamente a Roma, fue depuesto en el altar de San Pedro y fijado en las puertas de las principales iglesias probablemente el mismo día en que el Papa reunía en el Vaticano a los cardenales y clérigos de curia y les echaba un discurso lleno de indignación contra los rebeldes. El día de la Ascensión del Señor, 23 de mayo, publicó, bajo forma de un proceso solemne, una sentencia condenatoria en la que nombraba expresamente a los dos cardenales Jacobo y Pedro y a los cinco hermanos de éste. No se dieron por vencidos los Colonna, sino que desde su plaza fuerte de Palestrina lanzaron un nuevo manifiesto a los príncipes cristianos, y en particular al rey de Francia y al canciller, maestros y escolares de la Universidad de Paris.

Con tanto repetir que Bonifacio VIII no era papa legítimo, el peligro de un cisma se agravaba, sobre todo si se tiene en cuenta la hostilidad que abrigaban para con Bonifacio el rey de Francia, el rey don Fadrique de Sicilia y Alberto de Austria, candidato al imperio. Comenzó pues Bonifacio una auténtica cruzada contra los Colonna que comenzó por la destrucción de sus palacios en Roma. El 15 de octubre, los dos cardenales, con Agapito, Esteban, Sciarra, Juan y Otón, prisioneros y con una cuerda al cuello, se echaron a los pies del Sumo Pontífice, suplicando perdón y misericordia, retractándose y reconociendo la legitimidad del papa. Bonifacio no se mostró cruel con los vencidos, los hizo hospedar decorosamente y, en espera de ulteriores disposiciones, les señaló como lugar de confinamiento la ciudad de Tivoli. A Esteban Colonna le impuso la particular penitencia, que nunca cumplió, de peregrinar a Santiago de Compostela. Y no la cumplió porque, con otros seguidores, escapó y se refugió en la corte de Felipe el Hermoso, complicando todavía más el embrollo.

Una tregua en todo este conflicto fue la celebración del jubileo del 1300, que según los cronistas de la época fue excepcional y atrajo a Roma unos doscientos mil peregrinos. Dicho éxito sirvió para reforzar la figura de Bonifacio ante sus enemigos. El Pontífice, sintiéndose ya seguro en su sede después de la victoria sobre los Colonna y del triunfo del jubileo, se decidió a cambiar su actitud amistosa con Francia, enviando al obispo de Pamiers, Bernardo Saisset, en calidad de nuncio a Paris, para que exhortase al rey a respetar los derechos de la Iglesia y a emplear los diezmos y otros censos y rentas de los beneficios eclesiásticos en preparar la Cruzada, no en otros fines seculares. Personaje bastante poco diplomático, el nuncio empeoró las cosas y provocó las iras de los nobles franceses, que decidieron encarcelarlo. Apenas llegaron estas noticias a oídos de Bonifacio VIII, este se sintió herido en lo más vivo de su ser. En la bula Salvator mundi (4 de diciembre) revoco inmediatamente todos los indultos, concesiones y privilegios otorgados al rey de Francia para la defensa de su reino en momentos críticos. Con otra bula posterior, la Salvator Mundi, convocando al rey Felipe a un concilio en Roma, el Papa exasperó todavía más al monarca francés.

El fruto de dicho concilio, celebrado en 1302, al que acudieron 39 prelados franceses -que después fueron castigados por el rey con la confiscación de sus bienes- fue la famosa bula Unam Sanctam, que en términos dogmáticos sometía el poder temporal a la potestad espiritual, por lo que “es necesario a todo el que busque la salvación el someterse al obispo de Roma”. La respuesta del rey Felipe, azuzado por los cardenales Colonna que se encontraban en París, no se hizo esperar: En una asamblea de estados europeos convocada en Louvre y presidida por Felipe se le acusó a Bonifacio de sodomita y de asesino de Celestino V, e incluso de hereje. Enterado el Papa de las acusaciones, a comienzos de septiembre de 10303, por la bula Super Petri Solio, pretendió lanzar anatemas pero las circunstancias no le permitieron publicarla pues sus enemigos avanzaban por Italia.

Semejante embolado en el que se mezclaban como ingredientes ambiciones políticas, ambiciones económicas, enemistades personales y cuestiones doctrinales, no si rasgos esperpénticos, ensombrecieron el final del pontificado de Bonifacio VIII, que llegó a ser prisionero de los franceses y los Colonna durante 3 días en Anagni hasta que sus conciudadanos lo liberaron el 9 de septiembre. Arruinaron también su salud y el controvertido pontífice falleció un mes después, concretamente el 11 de octubre de 1303, dejando un triste recuerdo, además de una gran cantidad de estatuas por los estados pontificios, pues ningún Papa como él hasta entonces se hizo inmortalizar todavía vivo con tantas estatuas de bronce y mármol. Los historiadores han visto en tanta estatua una prueba de su personalidad soberbia, que llevó a Dante Alighieri a colocarlo en el círculo octavo del infierno, junto a personajes como Caifás y Simón Mago entre otros, aunque sólo sea un capricho literario.

8 comentarios

  
Pepito
Estoy de acuerdo con Bonifacio VIII: "Todo el que busque la salvación debe someterse al Obispo de Roma."

Incluso en asuntos políticos, económicos y temporales, todos los laicos, incluídos los que detentan el poder democrático, deben obedecer al Papa en todo lo que mande en virtud de su Autoridad Apóstolica, pues en tal caso lo que manda el Papa es lo que manda Cristo, incluso en la vil materia económica.

Bonifacio VIII debió ser todo un carácter, un tanto irascible cierto, pero para conducir a la Iglesia entre aquéllos príncipes tan ambiciosos era necesario un hombre de temple.

01/05/12 11:51 AM
  
Jaume
Las peores desgracias para la Iglesia le han venido siempre de los cardenales. ¡Cuánto daño han hecho!
10/05/12 1:10 PM
  
Carlos
Pepito pepito pero que me estás contando, el Papado en aquella época era "otro" de los grandes poderes europeos, que utilizaba como excusa a Dios para engrandecerse y enriquecerse, a saber cuanta gente inocente a muerto a manos de esta gentuza, como por ejemplo los pobres cátaros.
20/05/12 5:18 PM
  
Carlos Andreu
Tocayo, bájate dela higuera. Que hubieran Papas que no estuvieran a la altura de la circunstancias, vale (sin exagerar), pero hablar de los pobres cátaros,.. hombre es pasarse un poco. Todas las corrientes gnósticas,... tiene un halo de complacencia en el mundo actual. Seguro que eres lector de Dan Brown, Benitez,... y de otras basuras históricas.
22/05/12 12:50 PM
  
Antonio Fernández Benayas
Sin duda que, frente al farisaico Felipe IV de Francia, Bonifacio VIII no podía renunciar a su papel de Sumo Pontífice de la Iglesia Católica, para la cual la "espada espiritual" es una herencia irrenunciable; pero, tal vez, no tuvo muy en cuenta la diplomacia y sentido de la realidad de un Inocencio III, que sí que supo hacerse respetar.
13/02/13 7:27 AM
  
maria de los angeles
señores estamos en 2014 nos les parece que debe actuar el sentido comun la historia nos esta mostrando la verdad de semejantes ultrajos eclesisticos ,matanzas absurdas en nombre de dios la iglesia es cabeza cultural de quien quiera creer pero nada tiene que ver con la politica esta tiene que ser independiente del todo poder incluso del economico
05/08/14 2:58 PM
  
oscar
Esto que dice esta pagina es mentira, Bonifacio fue un asesino que mando a matar a su predecesor Celestino V, quien si era un hombre de Dios, no como este señor y la mayoria e los papas.
05/04/15 5:46 PM
  
JUANTRO
Después de masacrar a la población entera de la ciudad de Palestrina se dió a arreglos con una mujer casada y la hija de esta y adquirió renombre en toda Roma como pedófilo desvergonzado.Proclamó en célebres palabras que mantener relaciones sexuales con niños no era más pecaminoso que frotar una mano contra la otra.El poeta Dante reservó un lugar para él en el octavo círculo del infierno.

LOS PEORES PAPAS DE LA HISTORIA
21/04/15 6:09 PM

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