El Vaticano mostró desconfianza inicial ante el régimen de Franco (y II)

EL GOBIERNO DE BURGOS ENCONTRÓ FRIALDAD EN LOS AMBIENTES VATICANOS

JOSÉ FRANCISCO GUIJARRO

E1 28 de julio de 1936 el presidente de la Junta de Defensa Nacional de Burgos, el general Miguel Cabanellas, remitió a los ministros de Asuntos Exteriores de las diversas naciones un telegrama diplomático, en francés, que confirmó seguidamente mediante una carta de la misma fecha, asimismo en francés, en la que comunicaba la toma del poder en España por parte de la junta, así como la relación de los miembros que la componían. Llama la atención que el documento está extendido, como multicopia, y con la firma autógrafa del general, sobre un papel que ostenta un membrete impreso, con el escudo de la República española, con la corona mural y las columnas de Hércules a ambos lados, y las dos leyendas «Plus» y «Ultra»; y, debajo, la inscripción «Junta de Defensa Nacional», y en el renglón inferior, «Burgos», a lo que se le ha añadido a máquina «Espagne».

En un principio, la actitud oficial del Vaticano pudo calificarse de «prudente reserva», 1o cual era explicable, ya que no había medios de conocer de antemano, desde la Santa Sede, las probabilidades de éxito que pudiera obtener lo que, en caso contrario, podría quedar reducido a una bienintencionada intentona. Esta actitud, unida a la ausencia de una toma de posición pública sobre las «reprobables violencias» que tenían lugar en España contra todo lo religioso católico, produjo un notable malestar, sobre todo entre los españoles que habían podido salir de Barcelona en barcos italianos y estaban refugiados en Roma. El Vaticano daba la impresión de reaccionar de una forma tibia ante la barbarie que estaba teniendo lugar y la pobreza de explicaciones por parte del Gobierno de Madrid. De hecho, el Vaticano ya había protestado ante la embajada de España ante la Santa Sede por medio de dos notas diplomáticas, la primera de fecha 31 de julio y la segunda de 21 de agosto, que no tuvieron ningún efecto.

También el periódico oficioso vaticano L’Osservatore Romano publicó una primera reacción oficiosa explicando que la Santa Sede no había dejado de hacer llegar al Gobierno de Madrid enérgicas protestas ante los excesos cometidos. El artículo apareció en el número correspondiente al día 10-11 de agosto. La línea diplomática vaticana, en frase de monseñor Tardini, consistía en salvar lo salvable, mantenerse al margen desde el principio, esperando que las aguas volviesen a su causa. Se trataba de evitar la radicalízación de la persecución y también hacer pasar más desapercibida la presencia del encargado de negocios de la Santa Sede en Madrid.

El día 18 de agosto, entre las fechas, pues, de la primera y de la segunda de las infructuosas notas diplomáticas de la Secretaría de Estado, llegó a Roma el almirante Antonio Magaz y Pers,` marqués de Magaz, que había sido embajador ante la Santa Sede en los últimos años de la Monarquía, y que contaba, obviamente, con considerables relaciones y amistades entre los diferentes círculos romanos, tanto civiles como eclesiásticos.” Comisionado por la junta de Defensa Nacional de Burgos para servir de enlace con el Vaticano, solicitó -sin obtenerlo- el plácet de la Santa Sede para establecer relaciones oficiosas, de cara a poder establecerlas oficiales más adelante. Este primer fracaso se atribuye a que el primer fallo de Magaz y de la junta de Burgos fue presentarse en Roma acreditado ante el Papa y ante el rey de Italia, ignorando que la Santa Sede exige siempre un representante propio, para que no parezca que el Vaticano es un apéndice del estado italiano. Sólo fue recibido en Secretaría de Estado cuando el gobierno de Burgos designó embajador ante el rey de Italia a García Conde.

Pretendió Magaz expulsar de la Embajada al embajador de la República, Luis de Zulueta, pero no lo logró directamente, al encontrar la oposición, lógica, del Vaticano, Estado ante el cual seguía acreditado como embajador de España;` si bien parece ser que Magaz contaba para intentarlo con la complacencia, al menos, del ministro de Asuntos Exteriores del Reino de Italia, conde Ciano. Pero en mes y medio el diplomático logró, mediante subterfugios, lo que no pudo conseguir directamente: consiguió el mismo resultado aislándole y haciéndole la vida imposible dentro y fuera del recinto diplomático. El embajador llegó así a encontrarse desamparado, alejados de Roma sus mejores amigos y colaboradores por el gobierno italiano, con el personal de la embajada en contra, sin claves para comunicarse con Madrid al haber sido sustraídas, y sin poder disponer del dinero de la Obra Pía, al haberlo impedido el canciller Mori, que se encontraba a las órdenes de Magaz.

Por todo ello, Luis de Zulueta optó por abandonar Roma y salió en dirección a París. La zona republicana perdió con ello una baza importantísima que después echaría de menos, cuando intentó normalizar las relaciones con la Santa Sede. E1 30 de septiembre, la noche de la marcha del embajador, el marqués de Magaz tomó posesión del palacio de España y al día siguiente izó la bandera bicolor monárquica en el balcón central, iniciando una durísima contienda con la Secretaría de Estado para conseguir el reconocimiento de la zona controlada por los nacionales o zona blanca. La Santa Sede daba toda la impresión de reaccionar de una forma tibia ante la tremenda persecución religiosa que estaba teniendo lugar en la zona republicana.

De todos modos, el marqués de Magaz no logró nunca ser reconocido oficialmente por el Vaticano como representante, ni siquiera oficioso, del Gobierno de Burgos. Fue tratado, incluso, con verdadero desprecio: cuando en fecha 12 de febrero de 1937 solicita de la Secretaría de Estado el reconocimiento del carácter diplomático de los automóviles de la representación del Gobierno de Burgos, la Secretaría de Estado remite sin más su escrito a la Embajada de Italia ante la Santa Sede, a fin de que formalmente fuera el Reino de Italia, y no el Estado de la Ciudad del Vaticano, el que entendiera en el asunto de la matriculación y circulación por Roma de aquellos automóviles. No obstante, como si se tratara de una representación diplomática abierta en condiciones normales, el 11 de marzo de 1937 comunicó Magaz a la Secretaría de Estado la llegada a Roma, como segundo secretario, de José Fernández Víllaverde y Roca. Cuando pide a la Secretaría de Estado un documento de identidad para sí y para Villaverde, se le «hace presente» su petición a la Embajada de Italia ante la Santa Sede, al igual que cuando solicita una franquicia diplomática para el coche del segundo secretario: no interviene el Vaticano, sino que remite todo al Gobierno italiano. En alguna ocasión, su petición fue verdaderamente impertinente para alguien que no estaba acreditado y aceptado como diplomático en representación de un Estado; y lo hubiera sido también, aun en el caso de haber estado acredi¬tado, como, por ejemplo, cuando e121 de mayo de 1937 pide nada menos que el nombramiento de otro español para la Academia Pontificia de las Ciencias.

Durante el año escaso que duró su misión, Magaz no cesó de exigir a la Santa Sede la condenación canónica de los nacionalistas vascos, que se negaban a rendirse a los sublevados, protestó con vehemencia porque L’Osservatore romano y su suplemento quincenal ilustrado, L’Illustrazione Vaticana eran, según él favorables a los rojos, denunció «el ambiente regionalista español que domina en Roma» y la facilidad con que tenían acceso en la prensa católica, influenciando tendenciosamente los centros de decisión del Vaticano; recordó los «coqueteos de Gil-Robles y la CEDA con las huestes regionalistas», formuló no sólo quejas, sino verdaderas amenazas por lo que él llamaba «neutralismo» del Vaticano ante una guerra de religión como la que ellos estaban haciendo, trató inútilmente de impedir que don Antonio Pildain Zapiain, que dos meses antes de estallar la guerra había sido nombrado obispo de Canarias, fuera consagrado y tomase posesión de su sede y negó que el Papa pudies nombrar obispos para España al margen del gobierno llamado nacional.

Por último, en mayo de 1937, fue decidido el traslado del marqués de Magaz como embajador a Berlín. Le sustituyó don Pedro de Churruca y Dotres, marqués de Aycinena, cuya actitud supuso un cambio considerable en el resultado de la misión . E121 de julio comunicaba el cardenal Pacelli al cardenal Gomá «la decisión de Pío XI de recibir como encargado oficial de Negocios al, hasta el momento, simple representante oficioso», que e127 de agosto entregó las cartas de gabinete al cardenal Pacelli. Y a mediados de septiembre fue designado como encargado de Negocios de la Santa Sede ante el Gobierno de Burgos monseñor Ildebrando Antoniutti, que desde finales de julio ya se encontraba en España, aunque sin misión oficial alguna, y manteniendo su título de delegado apostólico en Albania, intentando conseguir alguna solución en los diferentes problemas de los católicos vascos. Posteriormente, en junio de 1938, la representación diplomática de la Santa Sede fue elevada a la categoría de Nunciatura, a la que fue trasladado el nuncio en Viena, monseñor Gaetano Cicognani, que había quedado sin oficio al ser anexionada Austria por el Reích alemán.

1 comentario

  
Jesmarn
El titular "El Vaticano mostró desconfianza inicial ante el régimen de Franco (y II)", da una impresión bastante diferente a la que se extae de la lectura del texto. El Vaticano, más que desconfianza, toma distancias, primero hasta conocer la situación, y luego ante las exigencias un tanto imperiosas del embajador Marqués de Magaz. Al leer el titular se puede pensar que el Vaticano des-confiaba, tenía motivos para recelar...
Permítame que le confíe que mi impresión es que el autor se ha dejado deslizar por la pendiente de la tendenciosidad, anti-franquista.
09/04/10 3:11 PM

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