3.11.15

Dueños de un Tiempo Desesperado

La vida se nos escapa. Es demasiado corta. Y tenéis que disfrutarla intensamente porque creéis que no hay más vida que esta. Por eso estáis obsesionados con el cuidado del cuerpo, con manteneros sanos, con alargar todo lo posible vuestros años en este mundo. Dietas, ejercicio físico, comida saludable… Rara es la semana que periódicos o informativos de radio o televisión no recojan la noticia de un avance científico, real o ficticio, que cure el cáncer o prolongue la vida. La obsesión por la juventud se ha convertido en un negocio fructífero para farmacéuticas y clínica de cirugía estética. Queréis vivir eternamente a cualquier precio. Pero la muerte llega cuando menos lo esperamos. Recordemos a Jorge Manrique:

Recuerde el alma dormida,

avive el seso e despierte

contemplando

cómo se pasa la vida,

cómo se viene la muerte

tan callando.

Para vosotros, la muerte es el final. Nada hay más allá de esta vida. Carpe Diem. Comamos y bebamos que mañana moriremos. La muerte os aterra hasta tal punto que ya no se habla de ella. La muerte es el gran tabú del siglo XXI. Habéis inventado los tanatorios para arrinconar a la muerte y sacarla de vuestras casas. Antes, nuestros abuelos morían en sus casas, rodeados de sus hijos y de sus nietos. Ahora morimos solos en un hospital y desde allí nos trasladan a las frías salas de los tanatorios. Ya no hay Dios ni alma. Sólo somos una realidad biológica que como cualquier otro animal, nace, crece y muere. Ya no hay transcendencia. No hay una más allá. Ya no hay un cielo ni un infierno. El sueño  necio de John Lennon hecho realidad:

Imagine there’s no Heaven

It’s easy if you try

And no Hell below us

Above us only sky

Imagine all the people

Living for today

Imagine there’s no country

It isn’t hard to do

Nothing to kill or die for

And no religion too

Imagine all the people

Living life in peace  

Para los descreídos, la vida no tiene sentido alguno. No venimos de ninguna parte ni vamos a ningún sitio. Somos un producto del azar y caminamos sin rumbo hacia la nada. Lo expresaba magistralmente Gustavo Adolfo Bécquer en su Rima II:

Saeta que voladora 
cruza, arrojada al azar, 
y que no se sabe dónde 
temblando se clavará;

hoja que del árbol seca 
arrebata el vendaval, 
sin que nadie acierte el surco 
donde al polvo volverá;

gigante ola que el viento 
riza y empuja en el mar, 
y rueda y pasa, y se ignora 
qué playa buscando va;

luz que en cercos temblorosos 
brilla, próxima a expirar, 
y que no se sabe de ellos 
cuál el último será;

eso soy yo, que al acaso 
cruzo el mundo sin pensar 
de dónde vengo ni a dónde 
mis pasos me llevarán.

La palabra clave es “disfrutar”. Y cuando la enfermedad, la vejez o los imponderables de esta vida nos impiden disfrutar, la vida ya no merece la pena. Una vida es digna de ser vivida cuando puedes disfrutar. Pero cuando no hay disfrute, la vida deja de merecer la pena: es preferible una muerte “digna”; es decir, sin sufrimiento. La vida de un discapacitado, de un niño con Síndrome de Down, de un anciano incapacitado, no se considera digna: mejor abortar al niño con alteraciones genéticas o matar al anciano o al enfermo terminal. Así ya no sufren. Su vida no es digna de ser vivida porque no pueden disfrutar.

Por esa razón, ya no tenemos hijos o tenemos uno o la parejita como mucho. Los hijos han dejado de ser una bendición para convertirse en una desgracia, en un estorbo. Porque si tienes hijos ya no puedes disfrutar de la vida: no puedes salir a cenar, no puedes ir de vacaciones o tienes que limitar tus viajes… Los hijos te atan y te impiden ser feliz. Porque la felicidad hedonista consiste en pasarlo bien y en hacer siempre lo que me apetece. Y cuando tienes un hijo no siempre puedes hacer eso que te apetece. Así que lo mejor es no tener hijos. Y si un hijo no es deseado, la solución es fácil: el aborto. Asesinar al hijo no deseado es la solución. Así no me complico la vida y puedo seguir disfrutando.

La brevedad de la vida y la muerte nos producen terror, espanto. Porque la muerte supone desaparecer en la nada, extinguirse. Por eso no hablamos de la muerte y miramos hacia otro lado o cruzamos los dedos o tocamos madera (cualquier superchería vale) cuando vemos pasar un cortejo fúnebre. Y los insensatos pretenden proteger a sus hijos de la evidencia de la muerte impidiéndoles despedirse de su abuelo muerto o asistir a los funerales de sus familiares fallecidos. Como si nuestros hijos fueran pequeños príncipes Siddharta, a los que a toda costa hay que evitar que conozcan la existencia del sufrimiento y de la muerte. Necedad. Pura necedad.

Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,

y más la piedra dura porque esa ya no siente,

pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,

ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

 

Ser y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,

y el temor de haber sido y un futuro terror…

Y el espanto seguro de estar mañana muerto,

y sufrir por la vida y por la sombra y por

 

lo que no conocemos y apenas sospechamos,

y la carne que tienta con sus frescos racimos,

y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos, 

¡y no saber adónde vamos,

ni de dónde venimos!…

 

Nadie como Rubén Darío ha sabido expresar el dolor de una vida consciente de la inexorabilidad de la muerte; la desesperación de quien vive una vida sin sentido cuya única certidumbre es la muerte: la nada.

La vida sin Cristo carece de sentido. Y Occidente ha apostatado. Pero la apostasía tiene un precio: el infierno de la desesperación.

Los que seguimos creyendo en Dios vivimos la vida con esperanza. Sabemos de dónde venimos y a dónde vamos. Dios nos ha dado la vida por amor. No somos fruto de un azar ciego, de una casualidad biológica: somos fruto del amor de Dios. Venimos de Dios. Dios nos ha dado la vida porque antes de engendrarnos en el vientre de nuestra madre, ya nos quería. Y nos da la vida para que amemos como Él ama: estamos hechos su imagen y semejanza. Dios es Amor. Y nosotros somos creados para amar y de ese modo, dar gloria a Dios. Cristo es el Principio y el Fin. Venimos de Dios y vamos hacia Dios. Cristo vive – ha resucitado – y está realmente presente en la Eucaristía. Allí nos encontramos con el Señor. Allí lo podéis encontrar vosotros si lo buscáis.

Lo único que puede hacernos realmente felices es el Amor. El Amor es la fuerza más poderosa del Universo. El Amor lo puede todo. Los momentos más plenos de mi vida son aquellos en que he amado y me he sentido amado: el amor a mi mujer, el nacimiento de mis tres hijos… Pero el amor auténtico no es pura sensiblería o mero sentimentalismo. El amor implica asumir compromisos, negarse a uno mismo para hacer feliz al otro, renunciar a lo que me apetece o a lo que me gusta para cumplir con las obligaciones y las responsabilidades contraídas con las personas a las que quieres. Amar implica negarse a uno mismo para entregarse al otro. Amar implica asumir el sufrimiento como algo propio de la vida. Sufrimos por nuestros hijos, por las enfermedades, por los problemas propios y por los problemas de nuestros hijos. Renunciamos a nuestro bienestar con tal de que a tus hijos no les falte lo necesario. Sólo el amor da sentido a la vida. Y el amor no muere nunca. El amor ha derrotado al mal y a la muerte. Cristo murió en la Cruz para romper las cadenas del pecado y de la muerte. Yo sé en quién he puesto mi esperanza. Pero a los que vivís sin Dios os falta mirada sobrenatural. No veis a Dios. Estáis ciegos y vivís desesperados. La muerte no tiene poder alguno sobre nosotros. La muerte no es nada. La muerte es encontrarse cara a cara con nuestro Creador y Señor, con nuestro Padre que nos quiere a cada uno de nosotros con locura.

Nuestro ejemplo son los santos y santas que nos han enseñado que vivir conforme al mandamiento del amor es posible si nos fiamos de Dios, si ponemos nuestra vida en manos de Dios, si confiamos en el amor de Dios y nos dejamos transformar por Él. Todo es gracia. El Señor nos da la vida y el Señor es el único que nos puede hacer santos, que es a lo que todos estamos llamados.

El hombre quiere ser dueño de su tiempo, pero no puede añadir ni un solo segundo más a su vida. El tiempo de un hombre sin Dios es un tiempo sin esperanza. Dios es el Señor de la Vida, porque como nos enseña Jorge Manrique, “querer hombre vivir, cuando Dios quiere que muera, es locura”. El hombre contemporáneo sin Dios es un loco. Quiere dominar la vida y el tiempo. Pero solo Dios es el dueño de la vida y señor del tiempo. Nuestros días están contados. Y algún día tendremos que presentarnos ante Dios y dar cuentas. Algún día nos examinarán a todos del amor. Nuestra vida no termina con la muerte. Hay un cielo y hay un infierno. Podemos vivir amando o tratando de disfrutar de manera egoísta. Podemos vivir sirviendo y amando a Dios y al prójimo o desperdiciar nuestra vida en fiestas, vino y mujerzuelas: como el hijo pródigo.

Paradójicamente, quienes quieren salvar la vida y vivir disfrutando acaban perdiendo su vida. Quienes niegan a Dios, quienes consideran que no existe el pecado ni el cielo ni el infierno, acaban convirtiendo su vida y el mundo en un verdadero infierno. Quienes aman a Dios y cumplen sus mandamientos no “disfrutarán” seguramente de los placeres de este mundo, pero su vida tendrá sentido y la muerte no acabará con su existencia, sino que la llevarán a su plenitud en el banquete eterno de su Reino. Quienes niegan a Dios y viven sin Dios, ellos solos se condenan al infierno. Es lo que el Señor nos enseña con la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro.

El paraíso de John Lennon nos condena al infierno de la desesperación. Un mundo sin Dios es un infierno de muerte y desesperanza. En eso se están convirtiendo nuestras sociedades apóstatas. Estáis ciegos si no veis que os estáis convirtiendo en siervos del Demonio: aceptáis la mentira, convertís la muerte de niños inocentes en un derecho de la mujer; destruís las familias; sacrificáis la felicidad de vuestros hijos y de vuestros esposos en nombre de vuestro derecho a disfrutar; propugnáis la muerte de enfermos y ancianos en nombre de una “muerte digna”. El suicidio o el asesinato no es una muerte digna, es un pecado mortal. Muere con dignidad quien vive con dignidad. Muere con dignidad quien vive amando y muere rodeado del amor de su familia y de sus amigos. Muere con dignidad quien muere en Gracia de Dios.

Sólo Dios es dueño de la Vida y del Tiempo. Cuando queréis ser como dioses y dictaminar lo que está bien y lo que está mal, la soberbia os mata y os acaba condenando al infierno de la desesperación. El tiempo y la vida son el regalo que Dios nos hace para que amando, trabajemos en la viña de su Reino.

El mensaje sigue siendo el mismo que hace dos mil años: convertíos y creed en la Buena Noticia. Habéis perdido la fe. Cambiáis los Mandamientos de la Ley de Dios por leyes que justifican vuestro pecado y vuestras depravaciones. Os molesta Cristo y quitáis los crucifijos porque denuncia vuestra iniquidad. La luz de la Verdad destapa la oscuridad de vuestros pecados. Habéis construido ídolos a los que adoráis: el dinero, el placer, el bienestar. Y los ídolos exigen sacrificios humanos: niños inocentes, ancianos, enfermos… Convertíos al único Dios verdadero.

Me siento como quien predica en el desierto. No sé por qué el Señor me incita a llamaros a la conversión. Probablemente no sirva de nada. Os habéis hecho dioses a vuestra medida y despreciáis a Dios. Él Es El Que Es. Él vive y reina por los siglos de los siglos. Él es el único Rey. Él es el dueño de la Vida y del Tiempo. A Él el poder y la gloria por siempre. 

26.10.15

En la Festividad de Todos los Santos

Los católicos celebramos la fiesta de Todos los Santos el 1 de noviembre y el Día de los Difuntos, al día siguiente. No celebramos “Halloween” ni creemos en fantasmas, brujas ni supercherías por el estilo. Nosotros no celebramos la muerte: celebramos la vida.

Hace un tiempo, rezando ante el Sagrario, me di cuenta de que Cristo nunca está solo dentro de su Tabernáculo. No es cierto eso que dicen de que tenemos que ir a visitarlo para que el Señor no esté solo. Cristo nunca está solo. Donde está Cristo, está su Padre y está el Espíritu Santo. Y donde está la Santísima Trinidad, allí están sus ángeles y sus santos, contemplando su gloria y alabando su Santo Nombre. Donde está Cristo, está el Cielo. Y el Sagrario de cada Iglesia es la puerta que nos acerca el Cielo a la tierra. Cuando rezamos ante el Sagrario, cuando adoramos al Santísimo, nos unimos a toda la corte celestial que alaba y adora permanentemente al Señor Resucitado. Allí están mis santos: San Francisco de Asís, Santa Teresa de Jesús, Santa Clara, San Juan Bautista de La Salle, San Juan Bosco, San José de Calasanz, el Santo Padre Pío, San Juan Pablo II, San Ignacio de Loyola, San Francisco Javier, San Francisco de Borja, Santo Tomás Moro, San Agustín, Santo Tomás de Aquino; los Santos Apóstoles: San Pedro, San Pablo, Santiago, San Juan; Santa Teresita del Niño Jesús, Santa Bernardette Soubirous, Santa Teresa Benedicta de la Cruz, San Maximiliano Kolbe, Santo Domingo… Y, claro está, en un lugar privilegiado está nuestra madre: la Santísima Virgen María.

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25.10.15

Educar el Corazón

 

Algunos apuntes sobre cómo enseñar a amar desde una escuela católica

Ante que nada, a amar se enseña amando. Una escuela católica tiene que ser un espacio donde el amor sea el cimiento de las relaciones entre profesores, alumnos y padres. Los maestros deben amar a sus alumnos de manera similar a como un padre o una madre quiere a sus hijos. Si un profesor no quiere a sus alumnos, podrá ser un buen o un mal instructor; pero no podrá ser verdaderamente un educador. 

El amor y la verdad tienen que ir necesariamente de la mano. “No aceptéis nada como verdad que esté privado de amor. Y no aceptéis nada como amor que esté privado de verdad. La una sin el otro se convierten en una mentira destructora”, decía Santa Teresa Benedicta de la Cruz. Una persona tiene que tener palabra y ser auténtica y coherente. Nada degrada más nuestra dignidad que la mentira. Y nada provoca más sufrimiento que el engaño.

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23.10.15

Reyes de Narnia

(Sólo para quienes hayan leído “Las Crónicas de Narnia. El León, la Bruja y el Armario” de C.S. Lewis o visto la película basada en dicha novela; o en su defecto, para quienes no les importe que les cuente su argumento)

A veces damos los católicos una imagen equivocada. Mucha gente cree que asistir a misa es algo aburrido (siempre lo mismo). Los cantos suelen se bastante ñoños. A veces parece que ser creyente es cosa de niños inocentes que luego se harán mayores y no creerán en nada (igual que dejarán de creer en los Reyes Magos, dejarán de creer en Dios); o de beatas cursis. Parece que ser creyente es cosa de amanerados, ignorantes o ingenuos. Nada más lejos de la realidad. Ser católico es ser soldado de Cristo y combatir la batalla permanente contra el pecado y contra Satanás. Ser creyente es para gente con arrestos, no para blandengues. Esta guerra no es para cobardes. “Rezar el rosario es cosa de viejas ociosas”. Cuidado: detrás de una anciana con un rosario en la mano se esconde un temible guerrero. Las apariencias engañan… No te fíes de una anciana blandiendo un rosario. Satanás las teme.

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3.10.15

Contra la eutanasia: mi abuela Eloísa

En marzo de 2008, publicaba este artículo en La Nueva España. Creo que es un buen momento para recuperarlo. Esto de la eutanasia no es nada nuevo. Y está claro que la cultura satánica tiene entre sus planes asesinos acabar imponiéndonos por ley esta nueva barbaridad (una más). Pero no será con mi silencio cómplice.  

Llevaba grabados en las arrugas de su rostro los sufrimientos de una vida larga y dura. Había criado a sus cuatro hijos en los tiempos difíciles del hambre y la guerra. Trabajó mientras pudo. Sacó adelante a su familia junto al abuelo Rogelio. Tuvo que despedir a sus hijos uno a uno y ver cómo todos dejaban el pueblo para buscar un futuro mejor lejos de casa. Así se quedó sola, con el abuelo y conmigo. Ellos me criaron y me enseñaron casi todo lo que sé; seguro que lo más importante: a vivir como una persona decente, a ser honesto, a cumplir siempre la palabra dada, a buscar siempre la verdad; a esforzarme, a creer en mí mismo y en Dios; y a querer entrañablemente a la Santina, a la que visitábamos cada verano en Covadonga, con la tartera llena de filetes empanados guardada en una bolsa. La Santina de Covadonga era (y sigue siendo) una más de la familia: una madre buena que nos cuida. Lo que soy, a ellos se lo debo. A ellos y a mis padres, que también trabajaron duro durante muchos años para pagarme unos estudios y sacarme adelante.

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