InfoCatólica / Javier Tebas / Categoría: Viajes

28.01.10

Impresiones desde Beirut

Beirut mira al mar Mediterráneo, como si quisiera mostrarse a un occidente que le ignora. Ha nevado en las montañas que rodean la ciudad, y al atardecer, desde el puerto, el sol ilumina los barrios y pequeños pueblos de las afueras, que caen por la ladera hasta el mar. La luz tibia y perpendicular de última hora refleja en los cristales de esas casas lejanas, mostrando un paisaje genuino a los cientos de beirutíes que terminan su jornada, caminando por el confluido paseo que linda con el mar. Un marco privilegiado para hacer “footing”, para pasar una tarde en familia, o incluso para alguna pareja de enamorados, que bajo el anaranjado e inmenso sol en el horizonte, encuentran un climax peliculero en el que pasear su amor.

En ese marco único entre la montaña y el Mediterráneo, entre campanarios y minaretes, se levantan algunos edificios deshabitados, roídos por las bombas, recordando los padecimientos nada lejanos de sus calles. Otros edificios, la mayoría, se alzan entre andamios y grúas, como síntoma de un país volcado en una reconstrucción, que parece haber aunado fuerzas por fin para presentar al mundo su potencial. Y esa es la principal sensación que transmite Beirut, una ciudad en potencia, llena de oportunidades, de lugares que cuentan historia, de rincones bonitos y de vistas únicas.

Como una mezcla entre lo árabe y lo mediterráneo, los libaneses son un ejemplo de la mejor síntesis entre ambas culturas. No forman parte de una globalización occidental en el peor de los sentidos, de exportación ostentosa y hortera, como los fastuosos y fracasados intentos de las clases dominantes en muchos países árabes, que se pirran por ser occidentales. Muy al contrario, la parte occidental de los libaneses es la consecuencia natural de su cultura, de su raíz cristiana y de su propia historia.

El color albero, como la tierra clara, de los edificios más antiguos, los porches de las calles de la zona histórica, apoyados sobre arcos de herradura, o el agradable olor de las pipas de sisa de la gente fumando en las cafeterías, recuerdan el ineludible peso de la cultura árabe sobre el país. Paseando se puede escuchar llamar al rezo desde los minaretes, o las campanas de una iglesia maronita, pero las calles de Beirut son un ejemplo de armonía y de convivencia. Se sorprenderán quizás quienes no conozcan Líbano, pero por la calle no me he cruzado con Hezbollá ni Ben Laden, sino con señoras que parecieran salir de la misa de tarde en cualquier parroquia española, con ejecutivos que pudieran estar caminando por la quinta avenida de Nueva York, o con grupos de jóvenes que cotillean en torno a unas cervezas, como lo harían en cualquier ciudad europea.

Beirut crece a una gran velocidad, y los locales de su parte antigua empiezan a albergar tiendas de las primeras marcas; Gucci, Armani, Rolex, Versacce, Christian Dior, y casi sin excepción todo este tipo de multinacionales del lujo, que abren sus puertas a una sociedad que empieza a tener un importante poder adquisitivo. Pero hay que remarcar, que ese poder adquisitivo no es consecuencia de una política de esclavitud, no surge de las élites explotadoras y de los magnates del petróleo, como en todos los Emiratos Árabes. Muy al contrario, la clase media libanesa es emprendedora, arriesga, apuesta por lo suyo y genera riqueza y desarrollo. Por eso existe ya una clase con mayor renta, y no es extraño ver pasar continuamente coches de primera gama entre el caótico tráfico de la capital.

En definitiva, Líbano es el ejemplo de una nación volcada en su crecimiento, con un desarrollo económico razonablemente justo y en equilibrio. Un referente para Oriente Próximo, en cuanto a la armonía entre lo árabe y lo occidental, en lo mejor de sus dos expresiones. Un sinfín de oportunidades de una economía creciente. Un lugar donde la fe sobrevive en la pureza y la fortaleza que nace frente al acoso. Líbano ofrece una riqueza cultural y paisajística que podría envidiar cualquier país del mundo, un mundo que le ignora, que no quiere conocerle, y que se desentiende previo envío de unos cuantos cascos azules.

Desde Beirut a 28/01/2010
Javier Tebas
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16.08.09

Patria y Virgen

Ayer visité con mi familia la basílica de la Virgen de Luján, cerca de Buenos Aires, un punto de peregrinación muy significativo para Argentina, que tiene en ella a su patrona.

Dicen que durante los primeros años del siglo XVII en un traslado entre Brasil y Argentina, viajaba una pequeña imagen de la Virgen María muy sencilla. Soprendió a los que estaban allí que sin obstáculos a la vista, en un momento del camino el carro quedó completamente quieto, la imagen parecía decir que ese era su lugar. La Virgen quiso pararse allí, y quedar siempre para ser luz de tierras que abrían entonces sus ojos a Dios. Eligió ser una más y llegar en un carro, ubicándose en los inhóspitos campos argentinos, donde tantos igual que ella llegaban entonces. La Virgen de Luján quiso ser luz e interceder por sus hijos argentinos ante Dios.

Ha sido una alegría poder visitar la basílica, y las impresiones han sido muy buenas. Pero muchas veces los sitios de peregrinación a imágenes, son lugares donde existe el peligro de que la gente caiga en pecado de idolatría. Ante una imagen los católicos debemos benerar lo que representa, más allá del material físico de la estatua o la pintura en sí, y saber que en realidad es solamente Dios quien actúa, y la Virgen y los santos quienes interceden ante Él. No es la imagen en sí misma la que realiza el favor, sino Dios por la intercesión de aquellos a quienes rezamos.

Más allá de esa observación, que por desgracia forma parte de una realidad frecuente, no queda sino sentir envidia de los argentinos. La Virgen de Luján no es en vano patrona de Argentina. La basílica y sus alrededores rezuman patriotismo por los cuatro costados. La bandera nacional preside en el altar junto a la del Vaticano, y tiras celestes y blancas caen de la cúpula central. En las capillas laterales abundan jaculatorias preciosas de oraciones por la Patria.

Creo que el amor es el motor del mundo, y el amor a la Patria es un amor imprescindible. Saber además ser humildes y encomendarse a la Virgen para caminar juntos hacia la verdad como nación, es un ejemplo que a día de hoy -y viniendo yo de España- no puede sino admirarme.

Desde Buenos Aires, Argentina

Javier Tebas
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ORACIÓN POR LA PATRIA A NUESTRA SEÑORA DE LUJÁN

Jesucristo, Señor de la historia, te necesitamos.
Nos sentimos heridos y agobiados.
Precisamos tu alivio y fortaleza.
Queremos ser nación,
una nación cuya identidad
sea la pasión por la verdad
y el compromiso por el bien común.
Danos la valentía de la libertad
de los hijos de Dios
para amar a todos sin excluir a nadie,
privilegiando a los pobres
y perdonando a los que nos ofende,
aborreciendo el odio y construyendo la paz.
Concédenos la sabiduría del diálogo
y la alegría de la esperanza que no defrauda.
Tú nos convocas. Aquí estamos, Señor,
cercanos a María, que desde Luján nos dice:
¡Argentina! ¡Canta y camina!
Jesucristo, Señor de la historia, te necesitamos.
Amén .

Conferencia Episcopal Argentina

6.08.09

Misión y Tradición

Volví de Mozambique hace unos días. Circunstancias que más adelante podré contar nos hicieron adelantar la vuelta. De todas formas, creo que el tiempo del viaje ha sido suficiente para empezar a conocer de un modo más completo la realidad de un país genuinamente africano.

Pasamos unos días en la capital, acogidos en el convento de las Hermanas Misioneras de Jesús y María. Mientras en el campo -donde estaba la primera Misión que visitamos- los huertos y las casas de adobe y paja tenían su encanto, la pobreza urbana es extremadamente deprimente. Las bolsas de población masificada en torno a vertederos, el tráfico asfixiante… La vida en una gran ciudad de África es verdaderamente gris. Me he dado cuenta de que si fuese un mozambiqueño sin recursos, preferiría sin duda vivir en el medio rural.

En mitad de la dificultad, la fe se desarrolla en un entorno dificil. Por una parte la situación es muy propensa a la proliferación de sectas. Las promesas absurdas de milagros inmediatos, y de remedios mágicos a los problemas habituales de la gente, han hecho que las misiones católicas encuentren una competencia desleal en “iglesias” de parlanchines que se aprovechan de las enfermedades, los problemas, y cada dificultad para terminar sacando algo de dinero a esa pobre gente.

La realidad es que gran parte de la población sobrevive -aunque sea bajo mínimos- gracias a la numerosa presencia de órdenes religiosas de la Iglesia Católica, y es por eso que el gobierno pseudocomunista no pone demasiadas restricciones. Pero no se puede pasar por alto la autocrítica en una situación que se puede considerar bastante estancada.

Estoy totalmente convencido de que la regeneración de África pasa por Cristo, por fundamentar los principios de la sociedad sobre el amor y la fe cristiana. África necesita entender el sentido del dolor, del esfuerzo, de la caridad para con los que están a su alrededor, dar un sentido a la vida. Acercarles a la conciencia de los sacramentos, a la presencia del mismo Cristo en el altar, al aspecto más espiritual de la fe es la premisa necesaria para consolidar de una forma total la obra que la Iglesia realiza allí.

Con esto quiero criticar la idea de que la Misión es una cuestión meramente filantrópica, dedicada a los sectores más progresistas de la Iglesia. Mientras no nos demos cuenta de que la evangelización para regenerar África pasa claramente por la tradición, a toda esta obra le seguirá faltando el principal fundamento.

Javier Tebas
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18.07.09

¿Te dan pena? Pues son más felices

Inhamizúa es un pueblo a las afueras de Beira, la segunda ciudad de Mozambique. Y cuando digo “pueblo a las afueras” no hablo del prototipo de urbe periférica a la que estamos acostumbrados. Inhamizúa es una acumulación de casas de barro y madera, que se distribuyen desordenadas entre cultivos y caminos estrechos. Aquí la luz llega a unos pocos afortunados, y la televisión se ve como cuentan nuestros mayores que era antaño, en comunidad, todos juntos, previo pago de un Meticai.

La casa para huérfanos en la que estamos pasando nuestros primeros días se encuentra en este lugar, rodeada por la cara más genuina de África. Aquí cuando salimos a pasear, nuestra piel pálida causa la misma expectación que una estrella de rock.

Si la sociedad mozambiqueña se caracteriza ya por la miseria, los niños de un orfanato vienen a ser los más miserables entre los miserables. Abandonos, maltratos, SIDA, niños que a veces ni siquiera conocen su fecha de cumpleaños… Cualquiera podría pensar, que ante una precariedad tan difícil de imaginar, solo cabe la desolación. Si en España -que se supone una sociedad desarrollada- ante la más mínima complicación de cualquier índole -que aquí sería envidiable- el Estado ampara el aborto. Supongo que frente a las situaciones de estos pobres niños del orfanato de Inhamizúa, los ideólogos de nuestra sociedad no tardarían en pedir una “interrupción voluntaria de la precariedad” o algún eufemismo del estilo.

Pero me atrevo a decir con convencimiento, que cada uno de los niños de este orfanato, es cien veces más feliz que los ideólogos de esa mentalidad cada vez más macabra que se extiende en nombre del “bienestar”. Porque estos niños han recibido poco, pero han sabido valorar el mejor regalo que podían darles, amor. La vida les ha enseñado el valor del amor, y a saber entregarlo con generosidad. Sus sonrisas inocentes nos dan la lección que necesitamos escuchar. La felicidad, no la encontraremos en los aspectos materiales que nos proporcionan el bienestar, en una videoconsola, un ordenador, un coche. Somos felices cuando sabemos valorar el amor que recibimos, y sabemos entregarlo a los demás.


Desde Beira, Mozambique
Javier Tebas

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15.07.09

Mozambique

Los colores en las calles de Mozambique contrastan los tonos vivos de la forma de vestir de sus gentes, con los carteles de Coca-cola que invaden cada esquina. El olor a tierra mojada, se mezcla con el humo de los coches destartalados que circulan por la ciudad.

Cuando uno llega a África no tarda en darse cuenta de que está inmerso en una realidad totalmente distinta. Basta con el trayecto en el coche desde el aeropuerto, para darte cuenta de que te rodea una forma de vida muy diferente a la que conocemos, una cultura y un modo de afrontar el día a día, que por lo que diste del nuestro, nos resulta muy peculiar.

Quizás tan solo en unos días es difícil asimilar todos los contrastes de fondo que presenta un país como Mozambique. Si el Santo Padre en su última Encíclica nos ha hablado de la necesidad de un modelo diferente para los países que padecen de miseria y analfabetismo, Mozambique –como tantos otros países en África- es un ejemplo muy claro tanto de esta necesidad, así como del descalabro de un modelo hacia el desarrollo que olvida el bien común, y que hace de los sistemas una búsqueda desproporcionada del beneficio egoísta.

La homogeneización de la cultura, en la pérdida de la tradición y las peculiaridades de los pueblos -a la que hace mucha referencia Caritas in Veritate- desnaturaliza el curso de las sociedades, en la que se amputa la idea íntegra del hombre y de su dimensión social.

La sociedad del consumo ha creado un ideal de vida que quiere imponer a todo el mundo. Unos cánones obligatorios a los que parece que todos debieran aspirar, en los que no caben las peculiaridades de unas gentes con una idiosincrasia y una tradición que les conforma también en su dimensión social.

Desde Beira, Mozambique
Javier Tebas

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