InfoCatólica / Espada de doble filo / Categoría: Nueva Evangelización

10.08.18

Donde no hay odio a la herejía, no hay santidad

El colmo de la deslealtad para con Dios es la herejía. Es el pecado de los pecados, lo más odioso de las cosas que Dios contempla desde el cielo en este mundo malvado. Apenas entendemos, sin embargo, lo detestable que resulta. Es la contaminación de la verdad de Dios, la peor de las impurezas.

Aun así, no le damos importancia. Contemplamos la herejía y permanecemos tranquilos. La tocamos y no nos estremecemos. Nos mezclamos con ella y no sentimos temor. Vemos cómo afecta a cosas sagradas y no tenemos sensación de sacrilegio. Aspiramos su olor y no mostramos ninguna señal de rechazo o asco. Algunos buscamos su amistad e incluso atenuamos su culpa. No amamos lo suficiente a Dios como para airarnos por causa de su gloria. No amamos lo suficiente a los hombres como para tener con ellos la caridad de decirles la verdad que necesitan sus almas.

Habiendo perdido el tacto, el gusto, la vista y todos los sentidos celestiales, podemos habitar en medio de esta plaga odiosa, con tranquilidad imperturbable, acostumbrados a su vileza, presumiendo de lo liberales que somos, incluso con cierta diligente ostentación de simpatía y tolerancia.

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29.06.18

La meditación de las dos fronteras

Quizá sorprenda a mis lectores si digo que una de las cosas que más me gustan de este Papa es su insistencia en ir “a las fronteras”. Tiene un cierto aire de la noble virtud de la magnanimidad (de la que también ha hablado el Papa en varias ocasiones), del magis de San Ignacio, el “siempre más” que ardía en su corazón y que llevó a los jesuitas a ir literalmente al fin del mundo para anunciar a Jesucristo. También me hace pensar en el plus ultra o “más allá” de la monarquía española, que llevó el Evangelio a un nuevo continente.

Como decían los escolásticos, sin embargo, pensar es distinguir y creo que conviene preguntarse de qué frontera estamos hablando, porque en las alusiones que muchos hacen a ir a las fronteras, se pueden reconocer claramente dos sentidos. Inspirémonos de nuevo en San Ignacio y hagamos una meditación de las dos fronteras.

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20.04.18

Colegios en la arena

Hace años, mi esposa y yo tuvimos que ir a hablar a los alumnos de un colegio religioso, como parte de una iniciativa diocesana. Pasamos por varias clases, contando nuestra experiencia como familia cristiana. En general, partíamos de nuestra propia historia para hablar de la importancia de la fe para la vida familiar, la vocación a la santidad, el matrimonio cristiano o el noviazgo, entre otras muchas cosas. Una de esas otras muchas cosas era la apertura a la vida según la moral de la Iglesia. En general, los estudiantes, de edad adolescente, escuchaban con bastante atención y hacían preguntas que mostraban su interés y, en ocasiones, su sorpresa ante algo que les resultaba completamente nuevo. Solo hubo una excepción y no se trató de un alumno, sino de un profesor, que, al oír hablar de apertura a la vida, empezó a resoplar, a poner mala cara y a mascullar, por lo bajo pero asegurándose de que todos lo oyeran. El profesor en cuestión era uno de los religiosos del colegio.

No estoy diciendo que hubiera relación, pero curiosamente, a las pocas semanas, el colegio se hundió. Literalmente. El edificio se derrumbó, gracias a Dios sin víctimas, por un defecto de construcción. Siempre me ha parecido un signo perfecto de lo que es un colegio “católico” que no está basado sobre la roca firme de la fe de la Iglesia: será como el hombre insensato que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, irrumpieron contra aquella casa y cayó, y fue grande su ruina.

Como contraste, quiero mencionar otro colegio que he visitado, este en Estados Unidos, cuyos cimientos están a la vista de todos, en la misma entrada del colegio, donde hay un cartel (ver foto más arriba) que dice:

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26.03.18

¿No hay que predicar a los judíos?

Cuando Jesús “vuelca las mesas de los cambistas del Templo, se trata de una acción de rechazo del rito más importante del culto israelita, la ofrenda diaria, y, por lo tanto, es una afirmación de que existe un tipo de expiación que no es esa ofrenda diaria, la cual, a partir de entonces, queda anulada. ¿Y qué era lo que iba a sustituir a la ofrenda diaria? El rito de la Eucaristía: una mesa sustituye a otra mesa, ofrenda sacrificial por ofrenda sacrificial. Por lo tanto, me parece que el contexto adecuado para leer la acción de volcar las mesas de los cambistas no es la destrucción del Templo en general, sino la institución del sacrificio de la Eucaristía en particular.

De esto se deduce también que la contrapartida de la acción negativa de Jesús al volcar una mesa debe ser su acción afirmativa al establecer o preparar otra mesa y con eso me refiero a las narraciones de la pasión centradas en la Última Cena. Sin ser experto en las investigaciones de este campo, así es como sugiero que debemos leer este pasaje. El aspecto negativo es que la expiación del pecado proporcionada por la ofrenda diaria queda anulada y el positivo que la Eucaristía realiza esa expiación del pecado: una mesa volcada y otra mesa colocada en su lugar, y ambas con la misma finalidad de redención y expiación del pecado”.

Jacob Neusner, “Money-Changers in the Temple: The Misnah’s Explanation”, New Testament Studies 1989

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25.05.17

La abuela de Santa Maravillas

Releyendo la más que recomendable vida de Santa Maravillas de Jesús escrita por el P. Iraburu y publicada por la Editorial Gratis Date, me he fijado en una frase que, en anteriores lecturas, no había llamado mi atención:

Doña Patricia Muñoz, viuda, vive con ellos, ha hecho voto de pobreza, e influye mucho en la formación espiritual de su nieta Maravillas, le lee vidas de santos, le enseña a orar y a amar la pobreza y a los pobres”.

Supongo que es comprensible que no me fijara en estas líneas, porque la abuela no es uno de los “protagonistas” del libro y, si no recuerdo mal, no vuelve a mencionarse más en él después de esta breve aparición.

Creo que la referencia a la abuela de la santa, sin embargo, es más importante de lo que parece. Seguro que muchos pensarían que estaba loca. ¿Qué sentido tenía que una anciana viuda hiciera voto de pobreza y se consagrara a Dios? Además, ni siquiera había ganado la compañía y el apoyo de otras religiosas en un convento, sino que era un voto privado. ¿A quién beneficiaba eso? ¿Para qué podía servir? ¿No había hecho ya suficiente? ¿No era mejor que se dedicara a otras cosas, en lugar de tanto rezar, y que viviera lo más a gusto posible los pocos años que le quedaban de vida?

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