InfoCatólica / Espada de doble filo / Categoría: Liturgia

18.05.18

Oración al Espíritu Santo

El domingo se celebra Pentecostés. Nos hace falta rezar para pedir el Espíritu Santo. Tanto la Iglesia en conjunto como nosotros en particular necesitamos, más que comer y beber, hacer silencio y suplicar el don del Espíritu. Es más urgente que respirar, porque sin Él nuestra vida no es más que un morirse poco a poco. El premio es seguro y deja a la lotería a la altura del betún. Es Él quien puede “arreglar” la Iglesia y no nosotros, quien nos conoce de verdad y sabe lo que nos hace falta. El descanso que ofrece no se acaba y es más real y profundo que todas las vacaciones del mundo. Sin que nos demos cuenta, nuestro corazón lo desea y nuestra alma suspira por Él. Es justo lo que nos hace falta hoy, ahora, en este instante.

Para mi propio uso, he compuesto una oración para rogar que venga a nosotros el Espíritu Santo, que incluyo a continuación por si puede servir a algún lector:

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1.04.18

Dejad que el aleluya al fin despierte

Soneto de Pascua Florida

Dejad que el aleluya al fin despierte,
después de tantos días enterrado,
y del miedo, que es hijo del pecado,
con gran gozo, cristianos, os liberte.

Pues quiso el mismo Dios daros en suerte
un Capitán tan bravo y esforzado
que un mapa con su sangre ha dibujado
de la gran aventura de la muerte.

Pilotando una cruz como navío,
con rumbo a la derrota y la victoria,
atravesó el océano bravío.

Así, su viaje en dos quebró la historia,
al volver vencedor del desafío
llevando a sus hermanos a la gloria.

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29.03.18

Por qué sufre Jesús el Jueves Santo

Jesús se dirige suplicante al Padre como si fuera el criminal y no la víctima. Su agonía toma forma de culpa y de compunción. Está haciendo penitencia. Parece llevar a cabo una confesión. Ejercita la contrición con un realismo y una virtud infinitamente mayores que los de todos los santos y penitentes juntos, porque es la única víctima por todos, la única satisfacción, el verdadero penitente: es todo menos el auténtico y real pecador“.

Beato John Henry NewmanDiscourses to mixed congregations.

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28.03.18

Aún queda tiempo

Generalmente, nos planteamos la Cuaresma como una carrera de obstáculos, un tiempo de dieta espiritual o un conjunto de buenos propósitos. Casi inevitablemente, cuando llega el final de esa Cuaresma y los propósitos cumplidos, los obstáculos saltados o los kilos espirituales perdidos son escasos o no existen, sentimos que hemos perdido el tiempo, que la Cuaresma ha pasado y no ha sido más que un desastre, porque seguimos siendo los mismos orgullosos, iracundos, perezosos y envidiosos de siempre.

Gracias a Dios, la Cuaresma no es eso. Los sacrificios, las limosnas y los rezos no son pruebas superadas ni propósitos que nos hacen mejores si los cumplimos. Se parecen, más bien, a los cinco panes y dos peces del muchacho que Jesús multiplicó para dar de comer a miles de personas. Esos panes y peces eran radicalmente insuficientes y habrían seguido siéndolo aunque el chico hubiera traído ocho, doce, veinte o solo un mendruguito. Pero Jesús quiso que el muchacho se los entregara porque lo amaba infinitamente y deseaba asociarlo al milagro que iba a realizar.

Lo mismo quiere hacer con nosotros en esta Cuaresma. El milagro de la conversión es de Dios, nosotros podemos hacer poco más que estar allí y ponernos en sus manos. Todos nuestros sacrificios, propósitos, ayunos y limosnas son como ir a una guerra atómica armados con un cortaúñas y una cacerola en la cabeza: radicalmente insuficientes. Pero Dios quiere que vayamos al combate, que nos presentemos a la lucha aunque seamos derrotados una y otra vez. Es más, a menudo quiere precisamente que seamos derrotados una y otra vez, porque eso es lo que necesitamos para aprender que el milagro de la conversión es suyo y no nuestro, que él es Dios y nosotros no.

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29.11.17

Adiós a las penas del infierno

Esta mañana se me ocurrió mirar en Internet el acto de contrición que aprendí de pequeño y que tantas veces he repetido desde entonces: “Señor mío Jesucristo, Dios y hombre verdadero…”. Las primeras oraciones que se aprenden son las que quedan grabadas más firmemente en nuestra memoria y con más profundidad marcan nuestra vida.

Pensé que probablemente habrían cambiado el Vos por el tú, como tienden a hacer con todas las oraciones, con la peregrina idea de que dirigirse a Dios como si fuera el vecino de al lado hará que nos sea más fácil conversar con Él. Hasta donde puedo ver, el resultado ha sido que la gente ha terminado por preferir conversar con vecino de al lado (preferiblemente por WhatsApp) y ha dejado de rezar, pero eso no parece desanimar a los promotores de la desacralización de la oración, que prosiguen su cruzada mundanizadora, inasequibles al desaliento.

Quizá, pensé, también hayan cambiado esa expresión peculiar que intrigaba tanto a los niños (al menos a los que pensaban un poco lo que decían): “Señor mío Jesucristo… Creador, Padre y Redentor mío”. ¿Por qué se dirige la oración a Cristo y le llama Padre y Creador? Por supuesto, la oración no está diciendo que Cristo sea la Primera Persona de la Santísima Trinidad, sino que utiliza “padre” como término de honor y cariño. ¿Pero será también un vestigio del impresionante capítulo 1 de la Carta a los Hebreos, que presenta a Cristo como imagen de la sustancia de Dios, como Aquel que en el principio fundó la tierra y de cuyas manos es obra el cielo? ¿Estaría pensando el autor de la oración en aquellas sobrecogedoras palabras de Cristo: quien me ve, ha visto al Padre? No importa, porque hay un tipo de eclesiástico que considera que tiene la sagrada misión de destruir todo aquello que no entiende, aunque sea un legado de épocas más católicas y menos prosaicas que la suya.

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