InfoCatólica / Espada de doble filo / Categoría: Familia

29.11.16

Protestantes sin saberlo

A veces, la parte humana de la Iglesia me desespera y necesito una buena inyección de oración ante el Santísimo para avivar la esperanza teologal. Ya sabemos que la Iglesia está formada por hombres débiles, falibles y pecadores, pero a veces las barbaridades son tan grandes… Desgraciadamente, es frecuente que incluso altos personajes de la Iglesia hablen como protestantes, supongo que sin darse cuenta.

Veamos un ejemplo de esta semana. A Mons. Pío Vito Pinto, Decano de la Rota Romana, máxima autoridad de la Iglesia católica en procesos de nulidad, le han preguntado en la Universidad San Dámaso si la Iglesia podría estar abrazando la reforma protestante. Y Mons. Pinto responde:

“Lutero destruyó la fe católica de los apóstoles. La Iglesia católica cree que en la Eucaristía está presente Jesucristo, y el protestantismo no cree en la presencia real de Cristo en la comunión. Esta es la gran diferencia".

A la primera frase, nada que objetar. Lutero rechazó una gran parte de la fe católica. Hay decenas y decenas de dogmas, sólo en el Concilio de Trento, que condenan sus herejías.

La segunda frase, sin embargo, es increíble. ¿Cuál es la “gran diferencia” entre el protestantismo y el catolicismo para Mons. Pinto? Que “la Iglesia católica cree que en la Eucaristía está presente Jesucristo, y el protestantismo no cree en la presencia real de Cristo en la comunión". ¡Increíble! Eso apenas tiene nada que ver con la realidad. Lo que Mons. Pinto ha calificado de fe católica es, de hecho, la postura protestante.

Todos los protestantes creen que Cristo está presente en la comunión. Unos piensan que está espiritualmente presente, otros que simbólicamente y otros que realmente (es decir, sustancialmente). Precisamente los luteranos (siguiendo a Lutero) piensan que Cristo está realmente presente en la Comunión, en el pan y el vino (es lo que se llama técnicamente consustanciación, porque la sustancia de Cristo está presente junto con la sustancia del pan y el vino).

La diferencia está en que los católicos creemos en la transustanciación. La sustancia, el mismo ser, del pan y vino se transforman en el Cuerpo y la Carne de Cristo, de manera que del pan y el vino sólo queda la apariencia, los accidentes. Es decir, los católicos somos los únicos que creemos a Cristo cuando dice: “Esto es mi Cuerpo". No “simboliza” mi Cuerpo, ni “recuerda a mi Cuerpo", ni “ahí dentro está mi Cuerpo", ni “es pan y también durante un rato mi Cuerpo", sino real y propiamente “Esto es mi Cuerpo".

Por supuesto, las diferencias esenciales con respecto simplemente a la Eucaristía son mucho más numerosas. Para los protestantes la Misa no es un Sacrificio, ni se puede ofrecer por los difuntos, ni tiene que ser celebrada por un sacerdote (ni existe el sacramento del orden sacerdotal), muchas de las lecturas bíblicas que se leen en ella (deuterocanónicos) ni siquiera son Sagrada Escritura, el credo que se proclama no es más que una orientación, el sagrario no es más que un armario para guardar pan, la adoración del Santísimo es una idolatría, el Corpus es una reliquia escolástico-medieval, se puede comulgar después de cometer cualquier pecado por grave que sea, dar la comunión bajo una sola especie es antievangélico y un largo etcétera. Pensar que la gran diferencia con los protestantes consiste en creer en la Presencia real es no conocer la postura protestante y, a la vez, dejar de lado una enorme parte de la fe de la Iglesia.

Curiosamente, como señalamos en el último artículo de este blog, el otro día Mons. Agrelo dijo que había que dejar de hablar de transustanciación. Y algún que otro comentarista estuvo de acuerdo con él. Pues bien, aquí tenemos el resultado: augustos personajes eclesiales hablan como si fueran protestantes, presentando la postura protestante como si fuera la católica. O no conocen las diferencias entre la fe católica y el protestantismo o son incapaces de expresarlas. ¡Y eso cuando lo que quieren es despejar cualquier duda sobre una posible protestantización de la Iglesia!

Quizá no es extraño que el mismo Mons. Pinto eche pestes de los cuatro cardenales que, lo único que han hecho, es pedir claridad y defender la fe y la moral de la Iglesia sobre el matrimonio y la Eucaristía. No deja de ser irónico, sin embargo, que después de cuestionar implícitamente lo que dice el Concilio de Trento sobre la Eucaristía, se rasgue las vestiduras porque los cuatro cardenales cuestionen “dos sínodos de obispos sobre el matrimonio y la familia ¡no un sínodo sino dos! Un ordinario y otro extraordinario. No se puede dudar la acción del Espíritu Santo". ¿Será que los sínodos consultivos los dirige infaliblemente el Espíritu Santo (una novedad que, hasta donde yo sé, nadie había enseñado anteriormente y que se basa en… nada en absoluto), a diferencia de los Concilios Ecuménicos infalibles, que pueden dejarse de lado tranquilamente?

En fin, volvamos la mirada a Cristo, que para eso estamos en Adviento. Ven, Señor Jesús.

22.11.16

Mons. Papamanolis contra los cuatro cardenales

Polémicas matrimoniales XLII. Parece ser que el obispo emérito de Syros, Santorini y Creta ha escrito una carta con acusaciones terribles a los cuatro cardenales que presentaron sus dubia al Papa sobre la Amoris Laetitia. Este obispo emérito de una diócesis griega con un número de católicos similar al de una parroquia pequeñita en España ha hecho públicas sus acusaciones con un lenguaje durísimo y altisonante contra los cardenales Caffarra, Meisner, Burke y Brandmüller, por el terrible delito de haber pedido aclaraciones sobre una serie de puntos oscuros de la exhortación Amoris Laetitia.

¿Tendrá razón en lo que dice este obispo capuchino de nombre tan peculiar? Veamos brevemente sus acusaciones una a una.

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27.09.16

Algunas objeciones a la declaración de fidelidad

Como ya habrán visto los lectores, hoy se ha publicado una declaración de fidelidad a la enseñanza de la Iglesia sobre el matrimonio, firmada por ochenta clérigos y seglares y abierta a la firma de todo el que lo desee. Supongo que no sorprenderé a nadie al decir que me parece un texto excelente, no tanto por sí mismo como por el hecho de que recoge la doctrina milenaria de la Iglesia sobre el matrimonio, que es magnífica y refleja el maravilloso plan de Dios para los esposos.

El objetivo de la declaración es bastante modesto: un acto público de amor y fidelidad a la enseñanza de la Iglesia sobre el matrimonio. A mí, como norma general, no me agradan las recogidas de firmas en temas eclesiales, pero desgraciadamente esta es necesaria, por los terribles ataques que sufre la fe sobre el matrimonio en nuestro tiempo, tanto desde el exterior como desde el interior de la Iglesia. El testimonio público sobre la verdad de la fe, especialmente cuando esa verdad es atacada, forma parte de la vocación de todo católico. Estad prontos para dar razones de vuestra esperanza, dice San Pedro.

Por supuesto, el tema del matrimonio es tan amplio que podrían llenarse libros y libros sobre las cuestiones tratadas en la declaración, de modo que solo voy a analizar brevemente algo que me ha parecido curioso: las objeciones que ya se empiezan a plantear contra la misma.

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11.08.16

Curso pontificio de educación afectivo-sexual

Me han pedido que analice brevemente el curso de educación afectivo-sexual que ha publicado el Pontificio Consejo para la Familia con ocasión de la Jornada Mundial de la Juventud. Este curso, titulado “El lugar del encuentro, la aventura del amor” se puede encontrar libremente en Internet, traducido a cinco idiomas, y se ha repartido a multitud de profesores de religión y catequistas de todo el mundo.

Comencemos diciendo que el curso tiene aspectos verdaderamente excelentes. Por ejemplo, la insistencia en la complementariedad entre hombre y mujer, en la objetividad del bien y en que el ser humano está formado por cuerpo y alma, de manera que no tenemos un cuerpo, sino que somos cuerpo y somos alma. El curso recuerda que, para que un acto sea moralmente bueno, tienen que ser buenos todos sus elementos (objeto, fin y circunstancias). También trata el tema del pudor, como virtud que ayuda a proteger la intimidad tanto del cuerpo como de los sentimientos. Asimismo, recuerda que “la verdadera libertad es una facultad para el bien” y que “el fin no justifica los medios” e incluye algunos testimonios emocionantes y conmovedores. Se explican las virtudes cardinales y las teologales (¡y con una cita de San Gregorio de Nisa!) y hasta se habla de la castidad y la pureza.

Todas estas cosas (y muchas otras) son muy buenas. En algunos casos, sorprendentemente buenas, porque no se encuentran en muchos otros cursos sobre el tema. A esto ha de añadirse, sin ninguna duda, lo oportuno de elaborar un curso sobre un tema tan importante y el reconocimiento de los esfuerzos y la buena intención de sus autores. A mi juicio, sin embargo, el curso muestra también algunas carencias graves que, si no se corrigen, podrían hacer bastante daño. Para mayor comodidad, he resumido esas carencias en siete puntos:

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6.06.16

¿Por qué los católicos están tan mal formados?

Es frecuente oír la queja de que los católicos están muy mal formados en lo referente a la fe, la Escritura, la historia de la Iglesia, la moral, la liturgia y un largo etcétera. Una queja frecuente y más que comprensible. Esa ignorancia se hace especialmente evidente si uno visita Hispanoamérica y observa los millones de católicos que se han hecho (y se están haciendo) protestantes debido en buena parte a que nunca tuvieron una formación adecuada y no sabían responder a acusaciones contra el catolicismo que, en realidad, no tienen fuerza ninguna o están basadas en malentendidos. Lo mismo podría decirse de España, con la diferencia de que los católicos mal formados dejan la Iglesia en dirección al agnosticismo más que al protestantismo.

Como es lógico no basta constatar esta terrible situación (que es como para echarse a llorar), sino que lo importante es responder a la pregunta fundamental: ¿por qué sucede esto? Sólo conociendo las causas de un problema es posible solucionarlo. En lugar de lanzarme a intentar responder a la cuestión, voy a contar una sencilla anécdota que me parece muy reveladora.

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