25.03.23

Poemas a la Anunciación

La Anunciación es uno de esos misterios colosales de los que se puede decir poco y uno siente que lo más apropiado es el silencio, la contemplación y la adoración. Donde la prosa no alcanza, sin embargo, quizá la poesía pueda balbucir unos versos que agraden a nuestra Señora en este día (tratándose de nosotros, sus hijos torpes, se contenta con poco, como buena Madre).

Traigo al blog dos poemas. Uno breve y delicado, como un suspiro de nostalgia hecho letra, escrito por un conocido comentarista del blog, el capitán Haddock. El segundo, más modesto, lo escribí yo en recuerdo del día dichoso en que visité la basílica de la Anunciación en Nazaret.

Animo a los lectores a que, en honor de Santa María y de la Encarnación de nuestro Señor, escriban otros poemas sobre la Anunciación en los comentarios, ya sean de cosecha propia o ajena.

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20.03.23

Por un instante, la eternidad

Casi todos los días tengo que hacer treinta o cuarenta kilómetros con el coche muy pronto por la mañana, cuando otros más afortunados aún están durmiendo. El trayecto pasa junto a un edificio de apartamentos aislado, sin otras edificaciones cerca, sobre una colina bastante alta a la vera de un río. A pesar de su ubicación pintoresca, no es nada del otro jueves: debió de construirse en los años setenta u ochenta y es el típico paralelepípedo de cemento, cristal y ladrillo que sobreabunda en las ciudades de hoy.

En otoño e invierno, la oscuridad de la noche echa un caritativo velo sobre el edificio de apartamentos, mejorando bastante el paisaje. Cuando el trayecto es durante el día, en primavera y verano, la vista pasa sin detenerse sobre la construcción insulsa y prescindible o, como mucho, se detiene brevemente en ella y uno refunfuña por lo bajo por la falta de belleza que parece aquejar a nuestra sociedad moderna.

Hay un día al año, sin embargo, o a lo sumo dos, en que todo cambia y el edificio de apartamentos se transfigura, se hace glorioso.

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8.03.23

¿Tenemos la misma religión?

A veces, cuando escucho algunas homilías y declaraciones de clérigos, me veo obligado a preguntarme si tenemos la misma religión. No es algo agradable, pero la pregunta surge sola. Así me ha sucedido al escuchar una homilía de Mons. Víctor Manuel Fernández, arzobispo de La Plata, pronunciada el cinco de marzo en su catedral.

No me refiero al envoltorio, sino a lo esencial. Dejemos aparte la cansina afectación, las vaguedades y más vaguedades, el sentimentalismo exacerbado, la horizontalidad radical apenas camuflada con menciones a Dios y la adulación al Papa constante y lastimosa (y, con franqueza, risible, porque el Papa Francisco tendrá muchas virtudes, pero la misericordia con los que piensan distinto claramente no es una de ellas). Todas estas cosas son lamentables en una homilía y muy poco ejemplares, pero los seglares estamos acostumbrados a sufrirlas con paciencia e, incluso, si Dios nos lo concede, con amor a nuestros pastores.

Lo que no podemos (ni debemos) soportar es que un clérigo nos dé gato por liebre. O piedras en vez de pan, como dice el Evangelio. Si en vez de darnos la fe de la Iglesia, pretende sustituirla por sus ocurrencias disparatadas, la paciencia se acaba. Entre otras cosas, porque así nos lo manda el propio Dios por boca del Apóstol San Pablo: si nosotros, o un ángel del cielo, os anunciáramos otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema.

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6.03.23

Arte de bien morir

Recuerdo que, en cierta ocasión hace unos años, durante la homilía de la Misa, el sacerdote se dirigió a una señora a la que iban a operar al día siguiente del corazón y le dijo: mañana te operan y es muy posible que te mueras, así que tienes que estar preparada. Aquello me impresionó vivamente, porque nunca había oído a un sacerdote hablar con esa claridad y naturalidad de la muerte. Aquella señora podía perfectamente morirse y lo sensato, lo razonable y lo cristiano era animarla a que estuviera lista para ello.

Cualquiera que haya leído algunos libros religiosos antiguos se habrá dado cuenta de que los católicos de otras épocas hablaban a menudo de la muerte, reflexionaban sobre ella y, sobre todo, se preparaban para ella, conscientes de lo importante que era tener una muerte cristiana. Hoy, en cambio, es un tema que apenas nunca se trata en homilías, catequesis, libros de espiritualidad y devocionarios. Y, si se menciona, suele de forma eufemística, dando por supuesto que todos vamos a ir al cielo, que si nos morimos será dentro de muchos años y que no hay que pensar demasiado en el asunto.

Si bien es comprensible que el mundo poscristiano y desesperanzado no quiera hablar de la muerte, resulta descorazonador que suceda lo mismo entre los católicos. ¿A qué se debe este silencio de los católicos sobre la muerte? Se podrían mencionar muchas causas, pero voy a dejar que responda a la pregunta San Roberto Belarmino, con la clarividencia que le caracteriza:

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12.02.23

Qué podríamos aprender del debate sobre la pena de muerte

“Un católico que no puede entender cómo la muerte puede ser una pena adecuada en algunos casos, necesariamente encontrará intolerable el concepto del purgatorio (que es algo mucho peor) y considerará completamente imposible el del infierno. El debate sobre la pena de muerte, en realidad, es un debate sobre el castigo en sí mismo y solo constituye la primera ficha de dominó doctrinal”

Edward Feser, filósofo y catedrático católico norteamericano

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