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3.12.19

La dama del relato policial

       

  

«No hay fundamento más seguro para una hermosa amistad que un gusto mutuo por la literatura».

P. G. Wodehouse. Estricnina en la sopa (Las noches de Mulliner)


«El primer valor esencial de la novela policíaca radica en que es la primera y única forma de literatura popular en la que se expresa, de alguna forma, el sentido poético de la vida moderna».

G. K. Chesterton. Una defensa de las historias de detectives

      

  

Vuelvo a mis querencias literarias infantiles y juveniles. Esas que me inculcó mi familia o que simplemente viví u observé vivir, y que ahora trato de hacer llegar, de un modo u otro, a mis hijas. Y así, embarcado en esa regresión, me detengo hoy en una fuente casi inagotable de distracción y, al tiempo, en un medio de inocular en la mente de cualquier jovenzuelo, imperceptiblemente, el sentido de la observación y del detalle y de apuntalar allí los andamios más básicos del pensamiento crítico. Me refiero a Agatha Christie.

Como el recientemente comentado Wodehouse, Christie forma parte de mis recuerdos más agradables: tardes de verano devorando, con languidez, pero con fruición, novela tras novela. Y no son pocas. Su producción casi casi alcanza a la de Wodehouse. Estamos hablando de 66 novelas y 12 libros de relatos (me estoy refiriendo a su obra fundamental y por la que es reconocida: el relato policial). Creo que he leído la mayoría. Mis hijas están empezando y yo no he terminado todavía, ¿qué les parece?

Pero la fecundidad artística no es la única relación entre Christie y Wodehouse. Ambos fueron (y son) escritores muy populares (aunque aquí la dama le toma ventaja al caballero: Agatha Christie es el escritor de ficción más exitoso de la historia, ocupando el tercer lugar por número de ventas, solo superada por la Biblia y por Shakespeare). Y ambos se profesaban admiración mutua. Christie dedicó a Wodehouse el caso nº 38 del detective belga Poirot (Las manzanas, 1969) con estas líneas:

«Para P.G. Wodehouse, cuyos libros y historias han iluminado mi vida durante muchos años. Además, para mostrar mi satisfacción por haber tenido la amabilidad de decirme que disfrutó de mis libros».

Por su parte, Wodehouse también sentía por ella aprecio y admiración (en la novela Jeeves y el espíritu feudal, 1955, una de las múltiples tías de Bertie, tía Dahlia, va a todas partes con un ejemplar de Agatha Christie). De hecho, mantuvieron una relación epistolar donde dejaron muestras de este interés y afecto. En la que finalmente resultó su carta de despedida (de fecha 14 de enero de 1975, solo un mes antes de que Wodehouse muriera, a los 93 años), Agatha Christie finalizaba su misiva con estas conmovedoras palabras: 

«Adiós por ahora y gracias por todas las risas».

Bien, vale, todo esto puede ser interesante, pero volvamos al tema de este blog: ¿tiene la obra de Agatha Christie algún interés educativo? se preguntarán algunos. Al fin y al cabo, trata sobre crímenes y muertes. 

La cuestión se resuelve fácilmente examinando todas sus historias (¿fácilmente?… ¡que son casi 100!). En cada una de ellas la estructura narrativa, el argumento y los detalles presentan los casos como un ejercicio intelectual, un juego de ajedrez entre el criminal y la ley, haciendo caso omiso a los aspectos violentos del crimen y la persecución. Eso las aleja de la violencia expresa, del sexo explícito y del morbo, propios de la novela criminal posterior a la segunda Guerra Mundial. Tampoco se centran en problemas sociales y políticos, sino que arrinconan el por qué del crimen y fijan la mirada en el quién y el cómo. Todo esto las hace asequibles y de fácil lectura y la convierte a ella una embajadora propicia para introducir a los adolescentes en relatos más maduros. 

No obstante, no vayan a creer que estas historias son una suerte de ejercicio mental de los que pululan hoy encerrados en libritos de a un euro. No, hay un verdadero relato, con un sólido argumento y con toques de humor y pinceladas de dramatismo, con logros meritorios tanto en el desarrollo de las historias como en el dibujo de los personajes.  

Además, hay otras razones, como señaló Chesterton con mucha agudeza:

«La popular novela de detectives tiene una profunda cualidad en común con el cristianismo; sitúa el crimen en un lugar del cual nadie sospecha: en toda buena novela de detectives el último será el primero, y el primero será el último. El juicio al final de cualquier historia tonta y sensacional es como el juicio al final del mundo: inesperado. Así como la historia sensacional hace que el aparentemente inocente banquero o el aristócrata inmaculado de quien no se sospecha sea en realidad el autor del crimen incomprensible, así el autor del cristianismo nos dijo que al final el cerrojo caería con una brutal sorpresa y que quien se ensalza será humillado».  

Y no es esta una enseñanza menor sobre la humildad, aplicable a Christie y sus relatos, como paradigmas de las historias detectivescas. En todo caso, no acaban ahí los paralelismos, ya que las historias de detectives en general, al igual que el cristianismo, comienzan en un misterio y terminan con una revelación.

 

 

                                                Alguna de las ediciones españolas

¿Libros recomendables? o, ¿por dónde empezar? Pues quizá Asesinato en el Orient Express (1934) no estaría mal: durante un viaje en el famoso ferrocarril, el detective Hercules Poirot queda atrapado con el resto de los viajeros en los vagones a causa de la nieve. Mientras la ayuda está en camino, uno de los pasajeros, el señor Ratchett, es encontrado muerto. La puerta de su cabina está cerrada por dentro y la ventana rota… También podría venir bien la primera novela de la escritora, El misterioso asunto de Styles (1920). Cuenta la historia de una viuda rica, Emily Cavendish, quien se vuelve a casar con Alfred Inglethorp. Emily, junto con su nuevo esposo y sus hijastros, vive en una finca en Styles (heredada de su primer marido). Una mañana la familia se despierta y encuentra a Emily muerta. Un clásico cluedo que hará devanarse los sesos a cualquier lector hasta que Hercules Poirot ponga todo en su sitio. 

Tampoco puede faltar algún caso de la perspicaz e inocente señorita Marple. Cualquiera podría servir, pues toda la serie de Miss Marple (12 novelas y unos 20 cuentos) es igual de interesante. Las historias, basadas en su infalible habilidad para detectar el pecado gracias a su elemental pero profundo conocimiento de la naturaleza humana, se desarrollan en el ambiente apacible de los pequeños pueblos de la campiña británica. De tener que señalar un libro, sugeriría empezar por el principio, el de su primera aparición: Muerte en la vicaría (1930).  

Y, cómo no, Diez negritos (1939), la novela más exitosa de su autora y la más vendida del género. Su único relato dónde no hay un detective. Diez personas, desconocidas entre sí, reciben la invitación de un misterioso señor Owen para pasar unos días en su mansión, situada en uno de los islotes de la costa de Devon. De repente, uno por uno, los diez invitados son asesinados en una atmósfera de miedo y mutuas acusaciones y recelos. La clave parece estar en una vieja canción infantil del mismo título que la novela, en la que, en cada estrofa, alguien muere de manera extraña tal y como sucede en el relato: «Diez negritos fueron a cenar, uno se ahogó y quedaron nueve», dice la canción. Es una obra increíblemente inteligente y a la edad de 13 o 14 años les deslumbrará.

En la lista no puede faltar el famoso Asesinato de Roger Ackroyd, de 1926 ––un clásico de Poirot––, que sorprenderá a cualquier lector, aunque la autora fuera tildada de tramposa en su momento. Por último, también son recomendables las historias del matrimonio de detectives aficionados Tommy y Tuppence Beresford. 

Tanto Poirot como la señorita Marple, los grandes detectives de Agatha Christie, representan dos grandes tradiciones: el primero, con el uso de sus “pequeñas células grises”, continúa la senda del Arsenio Dupin de Edgar Allan Poe y del Sherlock Holmes de Conan Doyle; y la segunda, con el uso de la intuición y su comprensión empática de la herida condición humana, se incardina en la tradición del padre Brown de Chesterton. 

Para terminar, parafraseando a la propia Agatha Christie en la última de las cartas que escribió a Wodehouse, podemos despedirnos de ella diciéndole: 

«Adiós por ahora y gracias por todas las intrigas y misterios».

 

23.11.19

Ilustradores geniales (VI). En pos de la belleza. N. C. Wyeth y Zdeněk Burian: ilustrando la aventura

               El hombre de confianza del Rey. Óleo de N. C. Wyeth (1882-1945).

    

  

«Para expresar la verdad pintando es preciso acudir a la naturaleza».

N. C. Wyeth


«Un pintor debe ser capaz de experimentar toda la aventura de su dibujo. Si quiere pintar un caballo que nada a través de los rápidos, debe montar ese caballo».

Zdeněk Burian

 

 

N. C. Wyeth (1882-1945)

 

Sus obras son celebradas en todo el mundo y ha dado forma a personajes universales; sin embargo, su nombre es poco conocido. Porque, Newell Convers Wyeth, sepan ustedes, es uno de los grandes de la ilustración, alumno aventajado del maravilloso Howard Pyle e ilustrador, con su maestro, de todos los grandes clásicos de la literatura popular, además de padre de una dinastía de conocidos pintores. Las ilustraciones de La Isla del Tesoro de Stevenson son suyas, como las de Secuestrado y Catriona. Las de Robinsón Crusoe también, al igual que las de Robín Hood. A través de sus ilustraciones, Wyeth ha ayudado a conformar la imagen de muchos de los héroes de la cultura popular, abriendo a multitud de jóvenes las puertas a un mundo de magia y aventura.

 

 

                                                  Algunas ilustraciones del artista. 

A pesar de su aparente interés por la evasión y la aventura, Wyeth tenía un concepto cuasi metafísico de la ilustración como expresión, no solo de la verdad particular que el autor concreto hubiera querido comunicar en la obra objeto de ilustración, sino también como algo más profundo, algo basal sin lo cual, en su criterio, cualquier ilustrador carecería de autenticidad: revelar la verdad de las cosas. En sus propias palabras, el ilustrador «debe comenzar por ocupar sus sentidos con la verdad, y nada más que la verdad, mediante la adquisición de un conocimiento profundo de la naturaleza en sus formas más simples, antes de intentar presentarla adornada con los aderezos impresionistas de sus emociones». Para ello, según Wyeth, el artista «debe profundizar en el objeto que está dibujando; debe aprender a amar ese objeto por sí mismo, no porque sea pintoresco, extraño o llamativo, sino simplemente porque es un objeto con una forma y una sustancia que revela una pequeña parte del gran orden de lo creado».

 

                                                   Más ilustraciones de Wyeth. 

Wyeth tenía la idea de que «para poder dibujar imágenes viriles se debe vivir virilmente», y esto se refleja en su trabajo. Sus pinceladas, gruesas o tenues, abiertamente sólidas o rebajadas con colores aguados, dan lugar a imágenes de una energía y de una vitalidad difícilmente igualada. La masculinidad de sus héroes contrasta muchas veces con la suavidad de los tonos con que el artista los rodea. El juego de la luz, del color y de la sombra no tenía misterios para él.  

 

                           Ilustración para El último de los mohicanos, de Fenimore Cooper. 

La relación de este artista con la obra de R. L. Stevenson fue especial; ilustró todos sus clásicos y lo hizo de manera magistral. Stevenson era de la opinión de que «el ilustrador también ha soñado un sueño, tan literal, tan pintoresco y casi tan acertado como el del autor; (…). Texto e imagen no son sino las dos caras de la misma apasionada historia». Por esta razón creo que el escritor escocés habría estado muy de acuerdo con la representación que Wyeth hizo de sus héroes. Porque, sin duda, el artista norteamericano se apasionaba con aquello que pintaba y con la manera con la que pintaba. Tanto es así que ante su primer gran encargo (la ilustración de la obra de Fenimore Cooper, El ultimo de los mohicanos), Wyeth viajó a los bosques de la región de los Grandes Lagos, en el Canadá, para conocer de primera mano, in situ, el escenario en el que se desenvolvía el relato. Ese era el tipo de conocimiento de la naturaleza que él demandaba para todo buen ilustrador. Y por la calidad y expresividad de sus imágenes no cabe duda de que tenía razón. 

 

                       Distintas ediciones en español conteniendo las ilustraciones de Wyeth. 

En español se han editado algunos libros clásicos de la aventura conteniendo sus maravillosas ilustraciones. La editorial Valdemar en su colección Avatares ha reunido unos cuantos: La isla del tesoro y La flecha negra, de R. L. Stevenson, Las aventuras de Robín Hood, de Paul Creswick, Robinson Crusoe, de Daniel Defoe y La compañía blancade Arthur Conan Doyle. También se pueden encontrar sus ilustraciones en La isla del tesoro, editada por Biblok en su colección Neverland y en la novela de Charles Kingsley, Rumbo a poniente, editada por la editorial Rey Lear. Aunque lo cierto es que añoramos más ediciones iluminadas con sus magníficas imágenes. 

 

Zdeněk Burian (1905-1981)

 

 

Ilustración de Burian para la novela de Fenimore Cooper, El último de los Mohicanos.

Zdeněk Michael František Burian fue un magnífico pintor e ilustrador checo que, desgraciadamente, y a pesar de nuestros tiempos de difusión e información, es todavía un gran desconocido en nuestro país. Fue un artista precoz que dio muestras de su enorme talento ya en la escuela primaria. A la edad de catorce años ingresó en la Academia de Bellas Artes de Praga, la cual abandonaría al poco tiempo para trabajar como ilustrador. A la edad de dieciséis años ilustró su primer trabajo, Las aventuras de David Balfour (la reunión de Secuestrado y Catriona), de Robert Louis Stevenson.

 

                                  Serie de ilustraciones de Zdeněk Burian. 

Fuera de su país recibió un extraordinario reconocimiento, pero no por sus estupendas ilustraciones de los clásicos de la aventura (Julio Verne, R. L. Stevenson, Jack London, Fenimore Cooper, Karl May o Ruyard Kipling fueron ilustrados por él), sino por sus, también magníficas, reconstrucciones de animales y plantas extintos, para lo cual trabajó en colaboración con expertos destacados, como el paleontólogo Josef Augusta y el antropólogo Vojtěch Fetter, entre otros. Curiosamente, en su propio país fue durante mucho tiempo poco y mal considerado, en gran medida, porque al régimen comunista no le gustaba su predilección hacia la literatura occidental de aventuras, a la que ilustró con profusión, arte y belleza.

Su estilo es, como el de Wyeth, viril y dinámico, y en su obra abundan las escenas de acción y lucha, sea entre hombres o de hombres con animales. Su pasión por los detalles y su la fidelidad a la realidad natural (resultado de un estudio previo, concienzudo y serio) son manifiestas.

 

                                       Varias ilustraciones de Zdeněk Burian. 

Burian ilustró la mayoría de sus libros utilizando la técnica de la aguada, pero también utilizó tinta negra rebajada con color sobre un papel inicialmente húmedo. Así mismo, hizo uso del color con gouaches, óleos y temperas, principalmente para portadas de libros, que pintaba previamente sobre lienzo, madera contrachapada o cartón.

Como alguien ha señalado con acierto, con el paso de los años sus pinturas se despojan de todo lo innecesario sin dejar de expresar la realidad misma: ciertos detalles son suprimidos, las pinceladas pierden precisión, partes de figuras humanas y cuerpos de animales a menudo desaparecen confundidos en rocas, hierba o selva y grandes áreas negras se mezclan suavemente con una bruma blanquecina (la niebla buriana). Esta es la genialidad del artista, por eso son tan especiales las ilustraciones de Burian, unas ilustraciones que se engrandecen con la historia que cuentan, llevándonos en volandas sobre olas de intoxicación exótica contenidas en sus pinceladas.

 

                 Ilustración de la obra de Julio Verne, Quince semanas en globo. 

En suma, un artista muy destacado y con una gran obra (se calculan en más de 15.000 las ilustraciones, bocetos, dibujos y pinturas que realizó), a quién, por desgracia para nosotros, todavía no podemos disfrutar, ya que no existen en castellano ediciones de estos clásicos de la aventura ilustrados por él. Esperemos que sea por poco tiempo.

12.11.19

Generosidad y liberalidad en los libros infantiles

     Una mano auxiliadora. Obra de Josephus Laurentius Dyckmans (1811–1888).

 

  

«Dad y se os dará».

Lucas, 6, 38


«Sostener a los débiles, acordándose de las palabras del señor Jesús, que dijo Él mismo: ´Más dichoso es dar que recibir`».

Hechos, 20, 35


«Es en dar que recibimos».

San Francisco de Asís

   

  

La generosidad es, tras el coraje y la templanza, la tercera de las virtudes de carácter discutidas por Aristóteles en su Ética a Nicómaco (349 a. C.). Para el Estagirita, el hombre generoso es aquel que da entrega a los otros de su riqueza de una manera que logra un equilibrio entre el despilfarro y la codicia, y que, además, da de buena manera, es decir, no indiscriminadamente y sin medida, sino en función de lo que tiene y de quien verdaderamente lo precisa. Pero el filósofo griego se limitaba a hablar del aspecto material del asunto, del dar lo que se tiene, no del dar lo que se es. Este concepto clásico es transformado y sublimado por la doctrina cristiana, que nos revela con toda claridad aquello que ya estaba escrito entre las brumas de nuestra conciencia: que la donación ha de ser integral, de toda la persona, de lo que se tiene y de lo que se es. En el medievo, santo Tomás se encarga de explicitarnos esto, aunque en sus escritos no utiliza el término «generosidad» para referirse a esta virtud, sino los de «liberalidad» y «largueza», incluyéndola entre las virtudes anejas a la justicia.

«La liberalidad, aunque no se funda en el débito legal, propio de la justicia, posee no obstante un cierto débito moral, nacido del decoro de la virtud por el que uno se obliga con otros. Tiene por tanto una razón mínima de débito», nos dice el Aquinate. 

Dicho de otro modo, la generosidad se distingue de la justicia solamente en el grado de lo debido. Pero siempre hay una deuda moral. El débito moral es el que la recta razón, al conocer el bien ––la voluntad de Dios––, impone sobre las pasiones interiores del hombre. 

El amor existente entre de las tres Personas divinas se expresa externamente en la creación y la redención del mundo. Santo Tomás nos dice que nosotros, como hechos a la imagen y semejanza de Dios, estamos llamados a responder en gratitud a ese amor devolviéndolo a Quien nos lo da y amando a los demás hombres. En los actos de generosidad buscamos hacer el bien hacia los demás de manera que emule el bien que Dios ha hecho y está haciendo por nosotros. Dar simplemente para recibir no es caridad, sino codicia o interés movido por el egoísmo. 

 

 

                               El buen samaritano, óleo de  Zannoni Giuseppe (1849-1903).

Porque esta liberalidad, del que da todo sin esperar nada a cambio, la del que se entrega por los demás, está en el centro mismo de lo que Dios nos ha revelado:

 

«Porque así amó Dios al mundo: hasta dar su Hijo único, para que todo aquel que cree en Él no se pierda, sino que tenga vida eterna».

Juan 3, 16

 

La generosidad, pues, es propia del cristiano. No hay caridad sin generosidad, pues esta última es aquella puesta en acción y aquella es el motor o causa sin el que no existiría esta.

No quiero entrar en profundidades, pero, si bien ya el Antiguo Testamento trata sobre esta virtud, fue Nuestro Señor quien nos reveló su verdadera profundidad y alcance. Entre «El ojo compasivo será bendito, porque parte su pan con el pobre» (Prov. 23, 9) y «Anda, vende todo lo que posees y dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo» (Marcos, 10, 17) hay un grado, y no pequeño. Entre compartir y desprenderse hay una diferencia sustancial, pues aún siendo las dos acciones valiosas, el valor de la segunda es muy superior. Solo me limitaré a citar a Chesterton, pues él ilustra el punto mucho mejor: «Si yo fuera un Dios creando un mundo, lo haría deliberadamente un mundo de dar y recibir, en lugar de un mundo de compartir». Y así parece que ha sido, a pesar de nuestros malos usos y costumbres. 

Y entrando ya en lo nuestro, ¿podemos encontrar algún librito, historia o cuento que muestre a los niños el valor y alcance de esta virtud? Ya lo creo que sí. 

 

 

Ilustración de Arthur Rackham (1867-1939) para El rey del río dorado, y de Charles Folkard (1878-1963) para el cuento de los Grimm Los tres enanitos del bosque.

Dar o darse y no esperar nada a cambio; con esta claridad y sencillez hemos visto recogida en algunos de los libros comentados en este blog esta virtud de la generosidad. Por ejemplo, en el álbum ilustrado El árbol generoso (1964) de Shel Silverstein (comentado aquí), donde un árbol ofrece a un niño (desde su más tierna infancia y a lo largo de toda su vida, hasta la ancianidad), todo lo que es, con un desprendimiento radical, incluso a costa de su propia existencia.

También la encontramos en los cuentos hadas. Por ejemplo, en las hermosas historias de Wilde, El Gigante egoísta (1888) y El príncipe feliz (1888) (ver aquí). O en el no tan conocido, El Rey del río dorado (1851), de John Ruskin (del que hablé aquí), que cuenta la historia de tres hermanos, Hans, Shwartz y el pequeño Gluck. El egoísmo y la avaricia de los dos mayores arruinan el hermoso y fértil ´Valle del Tesoro` donde viven y acaban con sus vidas. Solo la generosidad y el sacrificio personal del hermano pequeño, Gluck, logra restaurar la fertilidad del valle. Sobre este cuento comentó el editor Oliver Lodge: «Se trata de una parábola dividida en dos partes: la primera semeja una especie de Paraíso Perdido y la segunda de un paraíso recuperado; el primero perdido por el egoísmo, el segundo recuperado por el amor». Así mismo, en las historias Dios te socorra (1815), Los tres enanitos del bosque (1812) Madre nieve (1812), de los hermanos Grimm, y El ruiseñor (1843), de Hans Christian Andersen, podemos encontrar muestras notables de esta virtud.  

 

 

Ilustraciones para El gigante egoísta, de Chris Beatrice y para El principe feliz, de P. J. Lynch (1962-).

El tema de la generosidad se encuentra también en el centro de un pequeño álbum ilustrado mucho más reciente: El pez arcoíris (1992), de Marcus Pfister. Sus pocas páginas encierran un mensaje sobre esta virtud y ese carácter difusor y sobreabundante que la acompaña, fruto de su fundamento en el amor. Como sabemos, «bonum est essentialiter diffusivum sui», el bien es esencialmente difusivo de sí mismo, y este librito lo muestra.

 

 

                                          Portada del libro y una de las ilustraciones.

El hermoso, pero vanidoso pez arcoíris no puede hacer amigos, está demasiado ocupado admirando orgulloso sus brillantes escamas y menospreciando la ausencia de las mismas en los demás. Cuando un pez azul, deslumbrado de su belleza, le pide una escama, el pez arcoíris lo rechaza, y esta actitud de soberbia y orgullo hace que todos los demás peces le abandonen. Pero entonces, el viejo y sabio pulpo enseña al pez algo sobre la la generosidad: «¡regala tus escamas y serás feliz!». Y así lo hace. Es cierto que cada vez es menos hermoso que antes, pero ahora tiene amigos a quienes amar y que le aman; amigos que le aprecian no por su superficial y caduca hermosura, sino por generoso corazón. Y el pez arcoíris es la criatura más feliz del mar.  

 

                                                        Doble página del albúm.

El pez arcoíris es un excelente libro que nos presenta una virtud ––la generosidad––, de forma sencilla y expresiva, lo que es de agradecer porque se trata de un tema muy presente en los niños pequeños. La enseñanza de que el bien (la felicidad que todos añoramos) está en dar y no en atesorar puede ser suficiente razón para leérselo, ¿no creen?

30.10.19

El misterio y el padre Brown

Diseño creado por fanart.tv para la última serie de televisión sobre el padre Brown.

      

  

 

“El hombre ordinario se mantendrá sano en tanto tenga misterio”.

G. K. Chesterton

 

“La vida es una extrañeza, una aventura y un misterio imprevistos e interminables”.

Walter de la Mare

      

 

  

Les he hablado del tema de las historias detectivescas en más de una ocasión. Sin mucho esfuerzo habrán podido colegir que se trata de una de mis debilidades; quizá por eso no puedo evitar volver sobre el asunto de vez en cuando. Hoy es el turno de los relatos protagonizados por un personaje muy querido para mí: el padre Brown, el sacerdote detective de G. K. Chesterton. 

Tratándose de misterios, estarán conmigo en que uno de los muchos asuntos que la modernidad no es capaz de resolver es el de la aparente confrontación entre misterio y conocimiento. Cierto es que, de entrada, y en los terrenos del materialismo y el empirismo en que hoy nos movemos, parece haber ya una contradicción in terminis simplemente cuando ponemos estos dos conceptos en la misma frase. 

Pero no hay tal contradicción. Ocurre, simplemente, que la modernidad plantea mal el problema formulándolo de forma equívoca. Así dice que la cuestión del misterio se reduce a dos opciones: o bien, con el aumento de nuestro conocimiento experimental y material deberemos diluirlo hasta hacerlo desaparecer, o bien, si fuere inabarcable e inasible, tendremos que desecharlo como algo irreal e inexistente. Más tal reduccionismo deviene insatisfactorio, pues, por un lado, resulta evidente que no parece posible hacerlo desaparecer, sino que a cada paso semeja ir en aumento, y por otro, la mera negativa no ayudará, pues el misterio continuará ahí fuera, al tiempo que permanecerá en nuestro interior. Así que no hay forma de huir de la realidad del misterio, de lo que Flannery O’Connor calificó como “gran vergüenza para la mente moderna”, todo lo cual conduce a una suerte de desesperación.

A diferencia de los modernos, los católicos somos capaces de mirar cara a cara esa realidad misteriosa sin desesperar. Para nosotros, se trata de una “certeza incomprensible” llena de esperanza, como dejó dicho el poeta Manley Hopkins.

Frente al ya clásico planteamiento de Tennyson de la “incertidumbre interesante” (cuando la incertidumbre cesa, cesa también el interés…), Manley Hopkins señala que para un católico el misterio (lo inefable de Dios) es cierto e incomprensible a la vez. Puede ser formulado a través de los dogmas, aunque por el momento no pueda ser comprendido y deba aceptarse a través de la fe. Ocurre que ese misterio, a pesar de su inefable comprensión, es atrayente, con un interés que no decae ni siquiera ante la certeza del creyente. Es más, su interés aumenta y se retroalimenta con el misterio mismo en un circulo virtuoso donde el amor es su principio y su fin, su fuego y su energía. Esto podemos verlo más claramente si fijamos la atención en una de sus facetas: el amor. Así, cuando amamos ––dado que se trata de una pobre imitatio del amor que constituye la vida íntima de la Trinidad––, somos, más y más, imagen y semejanza suya, y de esta forma nos sumimos en una realidad tan deliciosa como incomprensible. Todos, creyentes y no creyentes, percibimos el misterio y la insondable profundidad del amor; sentimos una certeza imposible de constatar, indecible e incontable, al igual que percibimos una atracción y un interés inagotable. “Te amo, no se cómo ni porqué, pero lo sé”, decimos… y, a un tiempo, experimentamos la certeza de lo que afirmamos. Me viene a la memoria el poema de Pedro Salinas:

 

¿Cómo me vas a explicar,

di, la dicha de esta tarde,

si no sabemos por qué fue,

ni cómo, ni de qué

ha sido,

si es pura dicha de nada?

 

Quizá la respuesta se encuentre en que nosotros, los católicos, enfrentamos el misterio sostenidos por una certeza: que ese significado, velado, inefable, infinito y sublime, tiene forma definida porque es algo concreto, porque es una persona, Cristo Nuestro Señor, que une lo finito con lo infinito en el misterio central de la encarnación. Es esta personificación en Cristo, y la gracia por Él derramada, lo que mantiene nuestro interés ante la inmensidad e inefabilidad del misterio.

A este tipo de saber, a este tipo de certeza paradójica, puede uno aproximarse directamente, pero también por vías indirectas, como es el caso de la imaginación poética. A través de los buenos y los grandes libros podemos acercarnos a un saber antiguo y joven como el mundo, que nos ayudará a aceptar y convivir con el misterio, lejos de la reacción desesperada de la modernidad. La poesía es un simple rastro de la grandeza de lo creado, sí, pero sabemos de rastros que conducen a ignotos tesoros. Dejémonos llevar por ese impulso poético. 

Y dejémonos también llevar por las historias que nos cuenta Chesterton, aquellas en las que hace uso de un regordete y despistado sacerdote católico inglés. La visión de la realidad de G.K. Chesterton nos ayudará con su habitual genialidad a aceptar esta paradoja que supone lo misterioso, su atracción y su interés. El escritor inglés nos dice que, contrariamente al concepto moderno, el misterio no disminuye con el conocimiento, sino que se incrementa, porque el conocimiento no agota ni la certeza, ni la incomprensión ni el interés que aquel despierta, los cuales pueden, sorprendentemente, convivir juntos. La manera en que Chesterton logra esta hazaña podemos encontrarla en su forma de abordar las historias de detectives, particularmente en El hombre que fue jueves (1908) y en las historias del padre Brown de las que hablamos hoy.

Ilustraciones para La inocencia del padre Brown, de Sydney S. Lucas (1878-1954).

No creo que pueda discutirse que misterio y novelas de detectives suelen ir juntos. Pero, como es habitual, Chesterton puntualiza finamente, diciéndonos por boca de su pater“La mente moderna confunde siempre dos ideas diferentes: misterio, en el sentido de lo maravilloso, y misterio, en el sentido de lo complicado”. Y es que en algunas historias de detección podemos encontrarnos con uno u otro concepto, o con ambos. Y es importante no confundirlos. Por eso el padre Brown nos lo explica en cada uno de sus casos.

Borges opinaba que “el misterio participa de lo sobrenatural y aun de lo divino; la solución, del juego de manos”, pero Chesterton, como creyente, era de otra opinión. En las historias del padre Brown, la solución también participa de lo divino, porque el misterio que resuelve el pater, no es solo “lo complicado”, no es solo el enigma criminal, sino que se involucra ––como todo lo humano––, en lo maravilloso y lo trascendente, y hasta allí nos arrastra, dejándonos muchas veces ante un misterio mayor, cierto, pero inabarcable. 

El sacerdote detective actúa de forma opuesta al conocido Sherlock Holmes (al que, no obstante, Chesterton admiraba). Su método no es la indagación y la deducción guiada por el uso de una razón lógica y cartesiana ––como Holmes––. Trabaja solo (no es acompañado de ningún Watson) y resuelve los crímenes con una mezcla de sentido común, observación y, sobre todo, conocimiento del corazón humano y del pecado. “¿Nunca se le ha ocurrido pensar que alguien que no hace otra cosa que escuchar los pecados de los hombres no puede dejar de estar al corriente de la maldad humana?”, nos dice el curita en uno de sus cuentos. El padre Brown utiliza sabiamente su visión trascendente y espiritual, no obstante lo cual no deja de lado la razón, porque como nos dice: “La Iglesia es la única que, en la Tierra, hace de la razón un objeto supremo; la única que afirma que Dios mismo está sujeto a la razón”.

En estos cuentos, el Padre Brown, por medio de entretenidas disquisiciones, nos lleva hasta lo profundo del corazón humano. Y lo hace de la mano del hombre y alejado de cualquier cálculo mecanicista. La fría lógica de las máquinas es apartada a un lado por Chesterton para dejar sitio a la calidez (y desconcertante complejidad) de las relaciones humanas. Holmes es demasiado frío, demasiado perfecto. Holmes es ciertamente una máquina de razonar, pero no sabía ni podía amar. Y la Verdad no es, ni puede ser, fría, porque la Verdad es una persona y el amor y la misericordia son su lenguaje. Y Chesterton lo sabía.

El mundo actual, apegado a la ciencia moderna como única manifestación y vía del conocimiento, en el mejor de los casos reduce el misterio de la verdad a un mero rompecabezas a resolver con métodos empiristas y puramente racionales. Chesterton, con su pequeño sacerdote, denuncia este reduccionismo y lo proclama insuficiente si de verdad queremos acercarnos plenamente al sentido de la existencia. Como el padre Brown a cada uno de nosotros el padre Brown: “Salga a la luz del día y escuche la voz de la verdad. Llevo conmigo una palabra que es terrible, pero que tiene el poder de romper su cautiverio.

 

                                      Algunas ediciones de las novelas del padre Brown.

Bajo esta inspiración personal, Chesterton escribió unos cincuenta relatos recopilados en cinco libros: El candor del Padre Brown (1910), La sabiduría del Padre Brown (1914), La incredulidad del Padre Brown (1926), El secreto del Padre Brown (1927) y El escándalo del Padre Brown (1935). A estos hay que añadir tres cuentos más, El asunto Donnington (1914), La vampiresa de la aldea (1936) y La máscara de Midas (1936). Todas sus historias han venido editándose en España desde hace muchos años por Calleja, Molino, Plaza, Lauro y Tartessos, y recientemente lo han hecho Valdemar, Acantilado y Encuentro. Dos de los volúmenes (El candor y La sabiduría) fueron editados en la colección juvenil de Anaya, Tus libros.  

Espero que estos relatos gusten a sus hijos (como les sucede a mis hijas). Este tipo de literatura (escaso, hay que decirlo) es una pequeña ayuda en el intento de restaurar nuestro perdido sentido del misterio y de la maravilla y, qué duda cabe, podrá ayudar a nuestros hijos a no perderlo nunca. Por cierto, no me digan que la forma de hacerlo no es genial, pues ¿a quién sino a Chesterton se le podría ocurrir crear un detective católico de sotana y rosario en mano en la Inglaterra anglicana? Se trata de uno de esos retazos de humor con que el escritor inglés nos obsequia de vez en cuando. Como nos explicó con una de sus paradojas, “Si el relato policíaco es la expresión más temprana de la poética de la vida, ¿quién mejor que un sacerdote de la humilde vieja guardia para descifrarla?”. Eso, ¿quién mejor?

22.10.19

El oscuro lugar donde mora el pecado

                                               Duality. Diseño de Capn–Crush–A–Lot.

 

   

«Mas veo otra ley en mis miembros que repugna a la Ley de mi mente y me sojuzga a la ley del pecado que está en mis miembros».

Romanos, 7, 23


«“El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde” no tiene que ver con pócimas ni personalidades dobles, sino solo con el cielo y el infierno».

G. K. Chesterton

   

  

Stevenson no escribió El extraño caso del doctor Jekyll y mister Hyde (1886) sumido en una nube de opio y medio enajenado, como había hecho algún compatriota suyo (sí, estoy refiriéndome a de De Quincey). No, por supuesto que no, pero lo parecería, tal es la aparente oscuridad de la historia. Y digo aparente, porque creo que se trata de una novela de clara inspiración paulina, como pasaré a exponer. 

De entrada, como sabemos y cuenta Borges, «la escena de la transformación le fue dada a Stevenson por un sueño», un sueño que quizá encontró alimento en las viejas lecturas bíblicas que el pequeño Robert Louis escuchó frente al fuego del hogar, en el seno de su ferviente y devota familia presbiteriana.

Como saben, gracias a su popularización a través del cine, circula por ahí una versión de la historia tan errónea como extendida y no muy alejada de lo que tendríamos por un manido cliché de comic de segunda: la historia de un científico loco que bebe una poción para convertirse en un ser monstruoso y depravado. A vuela pluma, quienes así piensan no estarían muy lejos de lo que en la superficie se cuenta. Sin embargo, la novela posee mucha mayor hondura: algunos han subrayado que Stevenson trató de reflejar en su relato el conflicto entre el bien y el mal, otros la oposición entre la razón y la bestialidad; ciertas lecturas abundan en destacar su preocupación por los impulsos animales del hombre y los peligros que se esconden en los límites, muchas veces difusos, de nuestro frágil estado civilizado, y no sigo para no aburrirles. Estamos ante un pequeño libro en el que se han encontrado un número de lecturas y significados que supera con mucho el de sus páginas. 

                                   Ilustraciones de Charles R. Macauley (1871-1934).

Pero, donde quiero centrarme es en el aspecto cristiano de la historia, que ciertamente existe. Chesterton señaló al respecto que «aunque la fábula pueda parecer una locura, la moral es muy sana; de hecho, la moral es estrictamente ortodoxa». Y esa moral ortodoxa a que se refería Chesterton es, ni más ni menos, que la enseñanza sobre el pecado contenida en la carta de San Pablo a los Romanos. Allí, el apóstol presta atención a la naturaleza pecaminosa del hombre, a las terribles agonías del pecado y la angustiosa conciencia de su existencia en nuestro interior, y a cómo afrontar nuestra lucha contra él. 

Stevenson refleja en su historia el peligro del pecado si nos abandonamos a él o si tratamos de combatirlo solos, con nuestras propias fuerzas, y el fatal error de tratar de emancipar al yo malo del bueno como si fueran dos personas distintas. Este es el error del Dr. Jekyll. 

Esta influencia paulina fue percibida casi desde el momento mismo de la publicación del libro. Ya en 1912, el reverendo John Kelman decía: «La religión popular adoptó la alegoría [de Jekyll y Hyde] en parte porque era un eco moderno de las palabras de san Pablo a los romanos»

Stevenson nos presenta a un Dr. Jekyll pecador que, en lugar de reconocer su falta («los vicios furtivos y embarazosos de Jekyll», a decir de Chesterton, difuminados ambiguamente en la historia), arrepentirse e intentar abandonar su pecado volviéndose hacia Dios, intenta solventar su defecto con sus propias fuerzas. Pero este mismo acto de soberbia, apartándose de cualquier redención, en lugar de alejar el mal, lo genera, pues si bien «donde abunda el pecado, hay abundancia de gracia», el solo pecado no engendra sino pecado. La maldad no solo está en Mr. Hyde ––esto es evidente––, sino que persiste en Jekyll y se multiplica en él, conformando su destino fatal, «pues el salario del pecado es la muerte».  

        Ilustraciones de Edmund J. Sullivan (1869-1933) y de William Hole (1846-1917). 

Vladimir Nabokov ve igualmente el mal en Jekyll y en Hyde; según él, «la transformación de Jekyll, más que una completa metamorfosis, implica una concentración del mal preexistente en él. Jekyll no es bien puro, y Hyde (pese a las aseveraciones de Jekyll) no es puro mal; porque del mismo modo que los componentes del inaceptable Hyde moran en el interior del aceptable Jekyll, así, sobre Hyde flota un halo de Jekyll que se horroriza ante la iniquidad de su otra mitad». Y eso es así porque no es posible dividir a un hombre en dos, como decía Chesterton. Es más ––continúa el «Gordo»––, lo que la historia nos cuenta, no es solo eso, que también, sino que los dos hombres son uno solo y por tanto que mal y bien están en lucha permanente en su interior («mis dos caras eran igualmente sinceras. Era yo mismo, tanto cuando, abandonado todo freno, me sumía en el deshonor y la vergüenza, como cuando me aplicaba a la vista de todos a profundizar en el conocimiento y a aliviar la tristeza y el sufrimiento», confiesa Jekyll, parafraseando a San Pablo, en Romanos 7, 14-23). 

Siguiendo esta línea, Chesterton señala que uno de los puntos centrales de la historia es que «un hombre no puede apartarse de su conciencia. Se trata de una operación quirúrgica de fatales consecuencias; una amputación en la cual ambas partes mueren». La historia no es el relato del primero de muchos experimentos de dislocación, de extirpación del mal, sino la advertencia de que deberá ser el último. Y deberá serlo porque tales experimentos necesariamente saldrán mal, como se refleja en el desenlace de la historia. Se trata, en suma, del combate contra el pecado: no es posible una extirpación; solo es posible luchar contra él con ayuda de la gracia.

                                       Algunas ediciones en idioma español de la novela. 

Al decir de Chesterton, este fracaso fatal es «el momento supremo que se repite en cada historia de un hombre que compra el poder del infierno; el momento en el que encuentra el defecto fatal del pacto. Un momento así le llega a Macbeth, a Fausto y a otros cien (…). La moraleja es que el diablo es un mentiroso, y más específicamente, un traidor; que es más peligroso para sus amigos que para sus enemigos». Es también la constatación de que «todo el que comete pecado, esclavo es del pecado» (Jn, 8, 34). Y esta moraleja, como señaló Andrew Lang, es «el cuento mismo, su alma natural, y tan inseparable de este como Hyde resulta inseparable de Jekyll».

Se trata de una pequeña, pero magistral novela, magníficamente escrita (como todas las de Stevenson), que aconsejo vivamente den a leer a sus hijos una vez hayan cumplido su primer quindenio. Les aseguro que les entusiasmará (como le ocurrió a mi hija mayor) y, a un tiempo, que extraerán de su lectura valiosas y sanas enseñanzas.