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1.04.20

En busca de la masculinidad con Homero, Austen, Tolkien y otros

                 El caballero en la encrucijada. Óleo de Viktor M. Vasnetsov (1848-1926).

  

    

«Estando ya cerca los días de su muerte, dio David a su hijo Salomón estas órdenes: Yo me voy por el camino de todos los mortales; muéstrate fuerte y sé hombre».

Reyes III, 2,2.


«Velad, estad firmes en la fe, esforzaos y portaos varonilmente».

1 Co., 16, 13.

  

  

En el tema de hoy no voy a descender a profundidades metafísicas, ni siquiera culturales o sociales. Me propongo constatar brevemente algo que todos ustedes viven cada día ¿Qué pasa con los hombres? La respuesta es de sobra conocida: se les persigue, se les acosa y parece que hay una intención “social” de exterminarlos ––incluso por parte de muchos de esos hombres––. Y ante eso nuestros jóvenes crecen desorientados. Unos y otros, chicos y chicas, se muestran desconcertados ante ese impulso social suicida. Si a los chicos no se les deja ser masculinos ¿qué pueden ser entonces? 

Pero comencemos por el principio. Todo tiene su origen en una mentira. Es el procedimiento habitual del Malo. Así, desde las instancias de opinión y los distintos “ministerios de la verdad”, se denuncia la existencia secular e inmemorial de una peculiar y dañina mística de la masculinidad que englobaría dentro sí intolerables manifestaciones de violencia, racismo y xenofobia, que promovería una una cierta actitud de arrogancia y superioridad, y que ha venido perviviendo como el ideal de lo que debería ser todo hombre que se precie.

Sin embargo, no hace falta ser un erudito, haber leído y releído La Rama Dorada (1890) de James G. Frazer, o tener una licenciatura en antropología, para saber que nada de esto es la masculinidad. Sin duda un hombre debe ser masculino, este es su telos, su destino, su propósito vital. No puede ni debe ser otra cosa. Pero esa masculinidad, esa virilidad que caracteriza la condición de hombre, la vieja vir de los romanos, no es nada de lo que trata de imputársele falsamente: no es bravuconería, abuso, violencia, conquista y dominio. Estas no son sino desviaciones, faltas y perversiones de aquello que debe ser un hombre, de lo que de verdad significa la masculinidad. Y sobre lo que ella es y dónde podemos encontrarla en este nuestro mundo, para ofrecérsela a nuestros desconcertados hijos, va esta entrada (y quizá otras).

Vivimos en un mundo que solo ofrece a los jóvenes dos modelos de hombre: aquel que representa lo que falsamente atribuyen los corifeos sociales a la virtud masculina y que, como acabo de referir, no es más que su perversión, y aquel que, por reacción, borra en él todo vestigio de masculinidad. Unos por exceso y otros por defecto, abandona ambos el concepto de ser hombre, de ser viriles y masculinos. 

Así, tenemos a un hombre que solo busca el poder y el dominio (a través del dinero o de una carrera política o laboral que le dé potestas, o por medio del abuso de su superior fuerza física y de la violencia, o haciendo mal uso de su inteligencia y encanto) y que por el camino de su existencia va dando muestras de miseria moral y falta de grandeza, pues usa esa fuerza y ese poder para someter a otros en su propio beneficio. El hombre se vuelve bestia, pierde su condición social y solo mira hacia sí mismo. Ello da lugar a varias figuras características de nuestro tiempo (y no solo de nuestro tiempo), como el narciso, que cultiva únicamente su cuerpo de forma obsesiva (olvidándose del viejo proverbio clásico: mens sana in corpore sano), con la única intención de ser admirado o de hacer uso de esa belleza fugaz como medio de conquista y de poder, o el jefe sicópata, «líder» de hombres que en los ámbitos empresariales o corporativos o de otra índole, hace uso de los prójimos para sus fines (o los de la corporación), asfixiándolos, explotándolos y denigrándolos, en pos de su particular progreso pecuniario y de su personal escalada de poder. 

En el otro extremo, encontramos al grupo (cada vez más numeroso), de aquellos que renuncian a la fuerza y a la grandeza para evitar hacer abuso de ella, sin darse cuenta que solo castran su propio destino y con ello hurtan de esa fuerza y grandeza a aquellos que las necesitarían. El hombre se vuelve así débil, femenino. Algunas de las figuras que encontramos aquí son más novedosas, pero no por ellos menos llamativas: tenemos al activista feminista, al progre de salón, al oportunista de toda la vida y al clásico pusilánime y tibio. Todos ellos, débiles y dispuestos a lo que sea (como los otros), pero en este acaso, para comulgar con ruedas de molino y prosperar a través de la renuncia a su propia naturaleza en el nuevo mundo postmoderno que parece avecinarse. 

Todo esto es lo que se anuncia con altavoces, lo que se proclama en las calles, lo que las radios, televisiones e internets vociferan a cada paso. Esto es con lo que tiene que crecer nuestros hijos. 

Pero el verdadero hombre no ha de ser así. No ha de ser ni bestia ni mujer. Solo ha de ser hombre, viril y masculino.

Y esto no es algo banal. No es un mero juego de palabras.

Un hombre es siempre un hombre y una mujer, siempre una mujer. La lógica, la biología y miles de años de experiencia humana nos lo dicen a gritos.

Y entonces, ¿cómo se llega a ser hombre? ¿a dónde de deben mirar los jóvenes? ¿quizá podríamos encontrar alguna ayuda en los libros? ¿en los grandes y buenos libros? Podemos intentarlo.

Para ello, voy a presentar una serie, forzosamente incompleta, de ejemplos literarios de masculinidad en los que deberían verse reflejados nuestros jóvenes y en algunos casos, sus supuestos némesis, perfectamente encajables en el espíritu de nuestro tiempo.  

Pero advierto que esto no es un manual de instrucciones sobre como lograr un exitoso retorno a la verdadera masculinidad o sobre como salvar a la masculinidad de su evidente declive. No. Pero al menos es volver a colocar ante los jóvenes modelos de aquello que deberían esforzarse en imitar.

Así que miremos esos libros. Curiosamente, muchos de los autores de estas obras son mujeres. A eso se refiere la frase de Jane Austen, recogida en su obra Persuasión (1817), de que «las damas son las mejores jueces». Empecemos pues escuchándolas a ellas.

 

 

                   El galante pretendiente. Obra de Edmund Blair Leighton (1853-1922).

Y comienzo precisamente con la misma Austen. Propongo simplemente leer sus novelas para aprender a ser un hombre (por cierto, los libros perspicaces de Austen también enganchan a los hombres, pero únicamente a aquellos que se dignan a leerla. En mi familia ha sido así. Alguno de mis tíos, de indiscutible reciedumbre, ha llevado ese entusiasmo hasta completar decenas de lecturas de Orgullo y prejuicio). Mr. Darcy, el protagonista masculino de la novela de Jane Austen, Orgullo y prejuicio (1813) es un ejemplo estimable. Y el malvado de la historia, Wickham un contraejemplo memorable, con sus esfuerzos en hacer carrera estafando a la gente a través de lo que ahora llamamos construcción de una imagen pública: un bluff, peligroso y amoral. Frente a él, Fitzwilliam Darcy es un personaje con carácter, y si enamora a Elizabeth Bennett no es ni por sus 10.000 libras al año y su fabuloso Pemberley, ni por el atractivo y encanto superficial e interesado que encontramos en Wickham. No, el indiscutible éxito de Mr. Darcy a lo largo de los 200 años transcurridos desde que la señora Austen nos lo regaló, reside en su carácter de hombre cabal, de una pieza, en su virilidad firme: el tipo en el que podemos confiar cuando las cosas se desmoronan, el hombre amable y confiable (la Sra. Reynolds lo describe como «el joven de temperamento más dulce y corazón más generoso del mundo»), el protector que se devela por aquellos a quien ama, que siempre está ahí, a nuestro lado, y que Elizabeth descubre cuando cae el velo de sus prejuicios.  

Otro ejemplo austeniano de lo que es la verdadera hombría y virilidad es el sr. George Knightley, el protagonista de Emma (1816). En Knightley (atención al nombre elegido por Austen, sin duda nada azaroso), destaca una de las cualidades más exigentes y menos ponderadas hoy: el culto a la verdad y con ello a la caridad que le va asociada y a la justicia que la escolta. Mr. Knightley nunca se preocupa por complacer. Es tan honesto y veraz moralmente como físicamente firme y recto. Tradicionalmente la manifestación de la verdad, a pesar de su dureza y su exigencia, ha sido siempre un emblema de la caballerosidad que aparecía contrapuesto a la cortesía mal entendida, que únicamente buscaba ocultar aquella para agradar y no ofender. Mr. George Knightley trata de complacer a Emma, pero no a expensas de la verdad: siempre la reprende cuando siente que debe hacerlo, indicándole dónde falla, aunque esto pueda ser desagradable y corra el riesgo de perderla. Pero el amor sincero que siente por Emma, le impulsa a ello. Se muestra muy severo, tanto en los precipitados y negativos juicios de Emma sobre la Sra. Bates, como en los positivos sobre el sr. Frank Churchill. Y es en este último personaje dónde encontramos el contrapunto del sr. Knightley: Churchill, según el mismo Knightley advierte a Emma, «será el sujeto más insoportable que hay bajo la capa del cielo (…) pretendiendo ser el primero de todos, el gran hombre, el que tiene más experiencia del mundo, que sabe adivinar el carácter de cada cual y aprovecha el tema de conversación que interesa a cada uno para exhibir su propia superioridad… Que prodiga adulaciones a diestra y siniestra para que todos los que le rodean parezcan necios comparados con él…»

Según Emma, Knightley no es un caballero galante ni cortés. Quizá, pero es un hombre muy humano que pone la honestidad y la confianza, por muy duro que ello pueda ser, por delante esa la galantería y esa cortesía. Austen, señala el Dr. Johnson, «recobra algunos ideales antiguos al crearlo», desde luego que sí, recobra la franqueza, la autenticidad y la confianza como cualidades viriles.

 

                                       Dos ediciones del libro de Harper Lee.

Otro, personaje interesante es Atticus Finch, el padre abogado de Matar a un ruiseñor (1960), novela escrita por Harper Lee (hoy perseguida y proscrita por la elites políticamente correctas) y llevada la cine en la magnifica película de 1962, del mismo título, dirigida por Robert Mulligan y protagonizada por Gregory Peck. Atticus Finch es la personificación de un hombre de carácter y lleno de coraje, preocupado por el bienestar de los demás y resuelto a hacer lo correcto a pesar de las dificultades que ello pueda conllevar. Finch es un hombre de una pieza para quien su propia conveniencia no adquiere relevancia alguna ante lo que considera su deber, que, en este caso, enlaza con una de las cualidades sobresalientes de los caballeros andantes: la reparación de la justicia. Y en ese lance da muestras de una enorme fortaleza. Pero no se trata de fuerza física y brutal, sino más bien de fortaleza interior y de la firme voluntad de mantener una posición conforme a las propias convicciones y a la conciencia personal. Todo lo cual le lleva a ser un héroe. Atticus no sólo muestra lo que significa ser un hombre (también ser padre, por cierto), sino también lo que conlleva ser un héroe virtuoso. Es el héroe que lucha contra los dragones de la injusticia y del espíritu de su tiempo. 

Todos los personajes literarios comentados, representan de una u otra manera, aspectos parciales de una noción de caballero más antigua, romano/medieval, en la que destacaba el cultivo de las cualidades que eventualmente civilizaron a la sociedad: la virilidad, la valentía, la lealtad, la cortesía, la veracidad, la pureza, el honor y un fuerte sentido de protección hacia los débiles y oprimidos. En una palabra, la virtud.

 

 

La despedida de Héctor a Andrómaca y Astianacte. Karl Friedrich Deckler (1838-1918).

Y en este regreso al origen, quiero detenerme primero en Héctor, uno de los héroes de la Ilíada de Homero. Se trata de un poderoso príncipe de Troya. Un gran guerrero. Pero también es un hombre sabio, un hombre cariñoso, un hombre de familia. Es prudente y misericordioso (él es el único que trata de comprender a Helena). Desde siempre los cristianos hemos recibido a Héctor con más amor que a cualquier otro personaje homérico. Desde siempre lo hemos preferido a Aquiles. Héctor es colocado en el Limbo por Dante. También fue elevado a la categoría de uno de los nueve dignatarios de la fama del mundo cristiano medieval, formando parte así del Panteón de la caballería. Y ello no debería sorprendernos.

Héctor es una figura masculina, pero no al modo de Aquiles, bajo cuya espada muere. Héctor es más humano, es, frente al divino Aquiles, totalmente humano. Y por ello más rico y complejo. Según la filosofa Rachel Bespaloff, en su clásico ensayo sobre la Ilíada (De L’Iliade, 1932), Héctor es «libre, valiente y gentil. Héctor es el que nos muestra cómo ser verdaderamente humanos (…) es el guardián de las alegrías perecederas cuyo celo por la gloria lo exalta, pero no lo ciega». La filosofa continúa destacando el contraste entre la masculinidad de Héctor y la de Aquiles: «El amor de Héctor por su ciudad y su familia está marcado por un noble olvido de sí mismo y el deseo de preservar y proteger. El amor de Aquiles, por el contrario, es un amor propio totalmente narcisista».

El amor, el dolor, el sufrimiento y el miedo que la entrega a los demás supone, nos son mostradas en el príncipe troyano. Hay tres escenas de Héctor que representan lo que quiero expresar: su compasión y comprensión hacia Helena, la confesión de su miedo a su esposa Andrómaca, que no obstaculiza el cumplimiento de su deber de luchar por los suyos, y la despedida de su hijo pequeño, cuando el príncipe guerrero se desprende de su armadura y su casco para confortar las lagrimas del pequeño y decir una oración a Júpiter.

Pero su final es quizá su mayor lección. Como señala Bespaloff, «Homero quería que fuera un hombre completo y no le ahorró el temblor del terror ni la vergüenza de la cobardía». Su huida en el combate con Aquiles es de hecho la huida de todos los hombres ante la muerte, y su recomposición, una enseñanza de cómo habremos de enfrentarnos a ella.

«Y así los troyanos enterraron a Héctor, domador de caballos.»

En las obras medievales también podemos encontrar numerosos ejemplos de verdadera masculinidad. El ideal del caballero andante es plasmado con vigor y belleza en muchos romances, poemas o novelas. El ciclo artúrico es un buen lugar para encontrar lo que buscamos (del mismo ya hablamos aquí: El Rey Arturo y sus caballeros). Y, en concreto, Sir Gawain y el caballero verde, es una buena elección. Dicen que esta historia, en realidad poema, es probablemente el mejor texto artúrico inglés. De autor desconocido y situado en el siglo XIV, la historia comienza en la mañana víspera del año Nuevo, cuando un misterioso caballero de verde llega a la corte del rey Arturo y emite un extraño desafío. Solo sir Gawain responde al reto, pero ¿sabe realmente nuestro caballero a que se expone con tan valiente gesto? … 

El protagonista, Sir Gawain, es uno de los caballeros de la corte de Arturo, de hecho, es su sobrino, un guerrero cortés, noble y valiente, paradigma de perfecciones. Es también un servidor de Nuestra Señora, representada en el interior de su escudo por un pentáculo que simboliza los Cinco Gozos de María y las Cinco Llagas de Cristo. Su piedad, su castidad y su virtud como caballero (la misma que sería puesta a prueba en la historia) era legendaria:

«Y toda su fe tenía puesta en las cinco llagas que Cristo había recibido en la Cruz, como el credo nos enseña. Y cada vez que tomaba parte en alguna batalla, tenía puesto el pensamiento en esto más que en ninguna otra cosa, y todo su valor dependía de los Cinco Gozos puros que la Santa Reina del Cielo recibiera de su hijo. Por ello, el cortés caballero llevaba la imagen de la reina pintada en la cara interior del escudo, a fin de que, viéndola, no desfalleciese su corazón.  

Las cinco quintas virtudes que este famoso hombre practicaba eran la liberalidad y la bondad, luego la castidad y cortesía, que nunca se corrompieron en él; y como virtud más destacada, la piedad. Estas cinco perfecciones estaban más hondamente arraigadas en él que en hombre alguno (…) Ahora Gawain estaba preparado: cogió su lanza al fin, y se despidió de todos, convencido de que era para siempre».

Junto a la belleza, la obra nos ofrece una historia ejemplarizante e instructiva, en la que el idealismo de la caballería se entrelaza y deja poseer por la moral cristiana, que la trasciende y donde una de las cualidades caballerescas que se manifiesta es la de la castidad, la de la pureza. Podemos decir que la tentación de Gawain no es heroica, en el sentido que hasta entonces tenía el término, sino moral. El mejor ejemplo es Beowulf, cuyo heroísmo se manifiesta al enfrentarse a una muerte segura, mientras que Sir Gawain, demuestra su masculinidad al evitar el adulterio, por cierto, en contraste con otro famoso caballero artúrico, compañero de la Tabla redonda, Sir Lancelot.

Tolkien señala: «El más noble de los caballeros de la más alta orden de Caballería rechaza el adulterio, ubica el odio por el pecado como último recurso por encima de los demás motivos, y escapa de una tentación que lo ataca bajo el disfraz de la cortesía, por la gracia obtenida de la oración». ¿Qué más podemos pedir como ejemplo para nuestros hijos?  

 

                                      La vigilia. Obra de John Pettie (1839-1893).

Y para terminar podemos hacerlo con el mencionado J. R. R. Tolkien y su Señor de los anillos. Su universo literario de la Tierra Media es un muestrario de personajes con virtudes viriles y caballerescas, pero si me dan a elegir entre sus protagonistas humanos tomaría partido por Faramir. De hecho, el propio Tolkien admitió en una carta de 1956: «En la medida en que cualquier personaje es ‘como yo’, ese es Faramir».

«De repente Faramir se agitó, y abrió los ojos, y miró a Aragorn que se inclinaba sobre él; y una luz de conocimiento y amor se encendió en sus ojos, y habló en voz baja. Mi señor, tú me llamaste. Voy presto. ¿Qué ordena el rey?»

La humildad y el afán de servicio. Esta es la faceta de la masculinidad que nos muestra Faramir, el hijo pequeño, aquel que no tenía el favor de su padre Denethor, aquel que venció a la tentación del Anillo, el que finalmente se postra para servir a su Rey. Porque Faramir es verdaderamente humano. Se ve tentado por el poder, pero sólo para poner fin a la guerra que azota su pueblo. Esta tentación, sin embargo, es vencida de manera virtuosa. Dice respecto al anillo: «Ni siquiera si lo encontrara en el camino lo tomaría». Y en el resto de ese camino no cesa de luchar denodadamente, arriesgando numerosas veces su vida. Finalmente, Faramir reconoce a su Rey y se entrega a su servicio; ya no es un hombre juzgado por su padre o por la dolorosa competencia con su hermano, sino por su propio valor y por la virtuosa moralidad de sus actos.   

Jorge N. Ferro, en su estupendo y esclarecedor, Leyendo a Tolkien (Vórtice, Buenos Aires, 2012), nos dice de Faramir: «no sólo es buen guerrero, sino «sabio»: un atributo propio del orden superior, del cual lo recibe. Lo cual le posibilita rechazar, al igual que los sabios (Elrond, Gandalf, Galadriel, el propio Aragorn y, a su particular manera, Bombadil), la tentación de apoderarse del anillo». Y continúa diciendo: «En tiempos decadentes, la figura del guerrero se priva de esa apertura a lo sacro y a la sabiduría. Se transforma en un «profesional» de la guerra. Boromir parece deslizarse por esta peligrosa ladera; no así Faramir, en quien se mantiene la subordinación de lo bélico a una dimensión más alta». ¿No les recuerda a Héctor? 

Y acabo. Hay una palabra que he venido repitiendo en este escrito: «virtud». Es una palabra antigua, una palabra que tiene el poder de curar el alma si logramos rescatarla del olvido e instalarla de nuevo entre nosotros y nuestros hijos, para que así intenten llegar a ser viriles, valientes, leales, corteses, francos, puros, honorables, protectores y justos ¿Quién puede no querer que su hijo sea un hombre así? ¿Quien puede negar que desearía que sus hijos se preocupasen por su cuerpo sin dejarse atrapar por la vanidad, supiesen luchar sin enojarse, hacerse oír sin gritar, poseer un vigor disciplinado, ser valientes sin temeridad, osados sin cobardía y hacer gala de un coraje prudente? Podemos empezar de esta forma. Ellos nos lo agradecerán.

No obstante, es necesario recordar siempre nuestra pequeñez y fragilidad, propia incluso de los más grandes hombres, y que todo gran hombre, en su humildad, hace suya: Nada somos sin Dios. Como dice el salmo:

Porque hiciste del Señor tu refugio,

Y del Altísimo tu defensa,

No te alcanzará el mal

Ni plaga alguna rondará tu tienda.

Pues Él te ha encomendado a sus ángeles,

Para que te guarden en todos tus caminos.

Ellos te llevarán en sus palmas,

No sea que lastimes tu pie contra una piedra.

Caminarás sobre áspides y víboras;

   Pisarás leones y dragones.

28.03.20

La piedad, una virtud olvidada

                      La tumba del padre. Obra de Georg Osterwald (1803-1884).

 

 

«No hubo otro Rey más justo por su piedad ni más grande por sus hazañas guerreras, que Eneas».

Virgilio. Eneida (I, 544).

 

«¿Qué mejor muerte puede haber
que enfrentar una suerte adversa
por las cenizas de sus padres
y los templos de sus dioses?»

Thomas Macaulay. Horacio

 
«La piedad, ésta es la sabiduría, y huir del mal, ésta es la inteligencia».

Job, 28,28.

 

 

«Para los antiguos la palabra “pietas” significaba en primer término el amor filial, el sentimiento de los hijos para con sus padres; de donde impío en latín significaba lo que el criollo llama desmadrado, que luego por extensión se aplicaba a Dios, de modo que en castellano la impiedad conservó solamente ese segundo sentido de animadversión contra Dios; con lo cual la sabiduría de los pueblos aludía quizá a un lazo misterioso que existe entre el amor a los padres y la reverencia a Dios.

De hecho, el 5º Mandamiento del Decálogo ––4º para nosotros––, “Honrar padre y madre”, está colocado en la primera tabla de la Ley, que contiene las obligaciones del hombre para con Dios; porque los padres son representantes vivientes de Dios». 

Quien habla así es el padre Leonardo Castellani en su obra, El Evangelio según Jesucristo (1957). Y sea o no este el origen de la palabra, lo cierto es que se trata de algo importante que hoy es olvidado por muchos y mal entendido por casi todos los demás.

Los antiguos la tenían por una de sus virtudes más valiosas. 

En uno de sus diálogos, Eutifrón (399 a. de C.), Platón discute por boca de Sócrates el concepto de piedad y de piadoso. 

Platón nos dice que Piedad viene de la palabra griega «hosion». Esta palabra también puede traducirse como la santidad religiosa o corrección religiosa y es discutida por Sócrates y Eutifrón en dos sentidos: En un sentido estricto, como conocer y hacer lo que es correcto en los rituales religiosos dando agrado a los dioses, y un sentido amplio, como una parte de lo justo mediante la que nos inclinamos a reconocer nuestra dependencia de una realidad más grande que nosotros mismos, de lo que también hablará más adelante san Tomás.

Eutifrón comienza apoyando el primer sentido, el concepto más estrecho de piedad. Pero Sócrates, fiel a su punto de vista general, defiende su sentido más amplio. Él está menos interesado en el ritual correcto que en vivir moralmente. No obstante, el diálogo queda inconcluso.

          La salida de Eneas de Troya. Ilustración de Bartolomeo Pinelli (1781-1835).

Ya en la Roma clásica, su gran poeta, Virgilio, escribió su obra magna, La Eneida, (19, a. de C.) sobre la base de esa virtud. Eneas, el protagonista, es el héroe que representa la pietas, el amor debido a los antepasados y a los dioses, frente a la ira y fortaleza de Aquiles y la astucia e inteligencia de Odiseo. Este amor de piedad se originaba en un aspecto particular de la virtud de la justicia como el deber doméstico de respeto a los padres y continuaba ascendiendo hacia los dioses del hogar/domus, la patria y las grandes deidades del Panteón. Así y todo, Virgilio dio un nuevo alcance al concepto al incorporarle la misericordia hacia sus compañeros de sufrimiento en esta vida, universalizando su alcance. 

Así que, desde siempre ––al menos hasta tiempos muy recientes––, esa condición fue basal para la vida de los hombres; la relación paterno-filial, pilar y fundamento de la familia, y su reflejo trascendente, fundamento de toda religión, estuvo en el centro de la vida del hombre de toda condición, raza, religión o pensamiento. Por tanto, la piedad constituyó el alimento y argamasa de todas nuestras relaciones, desde el origen de los tiempos. 

Pero el concepto no alcanza su pleno sentido sino con el cristianismo. De esta forma, el cristianismo aportó algo más, algo trascendente, que nos explicita y aclara aquello que el Creador gravó a hierro y fuego en nuestro corazón.

Así que, quizá sea conveniente adentrarse y profundizar un poco en busca de ese su verdadero significado.

Y para ello, nada mejor que acercarnos a las explicaciones claras y precisas de santo Tomás de Aquino.

¿Cuál sería para un cristiano la condición radical del ser humano? Sin duda ser hijo, esa es nuestra condición revelada y es la condición que el propio Dios asumió como hombre y que humanizó en su relación de amor trinitario.

Así que, lo que el cristianismo aporta, lo que hace crecer de forma gigantesca la anciana virtud pagana es su inversión y su carácter recíproco, propio del amor, de la caridad en la que se integra. La piedad pierde su aspecto timorato y servil, y como parte del amor, desciende del Cielo, para luego, de vuelta, elevarse con gratitud y amor, al tiempo que se extiende en este mundo con reciprocidad de lo más alto a lo más bajo, y viceversa. Y ello, aunque su origen esté siempre en lo alto, puesto que, en todo caso, toda paternidad proviene de Dios y toda filiación conduce a Dios. 

De esta forma, santo Tomás nos dice en su Suma Teológica (1265-1274) que, en origen, la piedad es «cierto testimonio de la caridad con que uno ama a sus padres y a su patria», pero «la religión y la piedad son partes de la justicia, y difieren entre sí en que la religión es culto de Dios; mas como Dios no solo es creador sino también es padre, debémosle, por consiguiente, además del culto como a creador, amor y culto como a padre. Y por eso algunas veces tómase la piedad por el culto a Dios». De este modo, «La piedad dice cierta inclinación por afecto a su principio; y principio de la generación es el padre y la patria. Por eso es necesario que el hombre para con ellos sea benévolo. Y Padre de todos es Dios».

Por tanto, santo Tomás establece entre estos tres ámbitos (familia, patria, Dios) una jerarquía y prevalencia en cuya cima está la Divinidad. El profesor Alejandro Llano en su obra La vida lograda (2002) nos lo explicita muy gráficamente:

«Cultivamos la tierra que nos nutre y la tradición que espiritualmente nos hace ser quienes somos, seres en la verdad y en el tiempo. Los padres cuidan de los hijos; el político, de la ciudadanía; y la divinidad cuida de todos. Pero este movimiento descendente encuentra una respuesta en la aceptación y el reconocimiento. El hijo maduro cuida de sus padres. El ciudadano responsable se preocupa de la suerte de la ciudad y cuida de que el estadista no utilice la cosa pública para sus intereses parciales. Y el hombre y la mujer ofrecen a Dios su culto».

Se trata de una virtud a rescatar hoy, pues en estos tiempos, como decía Ovidio en sus Metamorfosis (8 d. de C.), «Vencida yace la piedad». De hecho, la impiedad es probablemente uno de los vicios definitorios de la modernidad, instalados en la cual los hombres respondemos como nunca a la descripción del apóstol: «desobedientes a los padres, insensatos, desleales, desamorados, despiadados» (Rm 1, 30-31). En palabras llanas, nos falta el reconocimiento de las deudas y el agradecimiento a lo debido. Nos falta humildad porque no hay piedad en aquel que es autosuficiente, que cree que nada y a nadie debe. El hombre, en su ser más íntimo, debe ante todo reconocer y venerar de quien, de dónde y de que manera proviene, pues sin eso, no solo no sabe quién es, sino que no es nada. Como dice Josef Pieper en su obra Las virtudes fundamentales (1976), sin «la íntima experiencia de una deuda impagable» no es posible la piedad.

Pero sobre todo nos falta amor, nos falta el sentirnos hijos de un Padre. Por eso es tan extraordinaria la mayor historia jamás contada, la de Aquel que nada debe y que todo Es, que nada pide y que todo da, que se humilló ante sus creaturas para pagar las deudas de estas, regalándoles la inmensa gratitud que eso supone, y todo por amor, amor al Padre, a los hijos y los hermanos. Nacemos con una deuda, una deuda impagable, y mientras no lo reconozcamos careceremos de piedad.

             Leyendo el devocionario al abuelo. Obra de Alfred Anker (1831-1910).

De esta forma, sin pietas no hay recompensa ni salvación, pues quien no muestra agradecimiento, no ama y quien no ama no podrá jamás habitar «en la luz inaccesible» hacia la que debemos ir (I Tim., 6,16).  

¿Y qué libros pueden hablar a nuestros hijos de esta virtud? Podemos hacer aquí una distinción de grado. No nos ha de caber duda al respecto de que la mayor muestra de la piedad se encuentra en la persona de Nuestro Señor Jesucristo y en los libros que nos hablan de Él, Los Evangelios. Nos dio el ejemplo: «Jesús les dijo: «Cuando hayáis alzado al Hijo del hombre, entonces conoceréis que soy Yo (el Cristo), y que de Mí mismo no hago nada, sino que hablo como mi Padre me enseñó. Y El que me envió, está conmigo. Él no me ha dejado solo, porque Yo hago siempre lo que le agrada» (Juan, 8, 28-29). La dedicación, la devoción y la atención primera de Jesús hacia el Padre es constante y expresa. Él nos dice que bajó del cielo «para honrar a mi Padre», «para hacer no mi voluntad, sino la voluntad del que me envió» y por ello él hace siempre «lo que le agrada». No hay mayor muestra de piedad que esta, una piedad que culmina en la cruz («está cumplido»).

Pero, si volvemos la vista a la inmanencia de nuestro mundo sublunar, a nuestra pequeña humanidad, La Eneida parece una obra adeucada, pues la piedad es su leitmotiv y Eneas, su héroe, la personificación de lo piadoso. Cuando todo parece perdido durante el asedio de Troya y Eneas había resuelto morir con su familia luchando contra los invasores, la diosa Afrodita lo disuade y le muestra un camino de escape. Eneas coge a su padre, Anquises, sobre sus hombros, toma los Lares y los Penates de Troya, y acompañado de su esposa, su hijo Ascanio y un pequeño grupo de seguidores, escapa del asedio. Con el tiempo, llegará al Lacio y se convertirá en el progenitor del pueblo romano, antepasado de Rómulo y Remo. Los Julianos (es decir, la familia de Julio y Augusto) remontan su linaje a Ascanio y a Eneas. Todo esto nos cuenta Virgilio en su magna obra. Dante, nos dice al respecto: 

«La piedad hace que se espere el máximo bien de una persona, hace que todas las demás bondades brillen con su luz. Por esta razón Virgilio, hablando de Eneas, en su más alta alabanza lo llama piadoso». 

De hecho, en su Divina Comedia, sitúa a los piadosos en el Paraíso, en el sexto cielo, el cielo de Júpiter, el cielo de los Justos, desde dónde las almas de los justos y piadosos le cantan:

«Per esser giusto e pio

Son io qui essaltato a quella gloria

Che non si lascia vincere»

 

(Por ser justo y pio

Estoy aquí exaltado a esa gloria

Que no puede ser vencida por el deseo)

 

Divina Comedia. Canto XIX

 

Pero, La Eneida es una obra compleja, elevada y profunda; hoy quizás inaccesible para el común de nuestros jóvenes. ¿Qué, entonces? La literatura medieval también es prolija en muestras de piedad, y además de una piedad cristianizada. Una de las cualidades de todo buen caballero es la pietas, y el poema medieval Sir Gawain y el Caballero Verde (1400), es una muestra. Un caballero cristiano debe poseer las cinco virtudes, que Tolkien, al traducir al inglés el poema, enumera como generosidad, camaradería, castidad, caballerosidad y «como virtud más destacada, la piedad»

«Por debajo de ellos el valeroso caballero cabalgaba sobre Gringolet; cruzaba solitario pantanos y lodazales, temeroso de no poder asistir, por mala fortuna, al oficio del Señor, que esa misma noche había nacido de virgen para redimirnos de nuestras aflicciones. Y suspirando, decía: 

—Te suplico, Señor, y a ti, María, la más dulce y querida de las madres, que encuentre un refugio donde pueda oír misa con el debido recogimiento, y maitines por la mañana: humildemente lo pido, y rezo el padrenuestro y el avemaría y el credo. Y se santiguó y lloró por sus pecados, exclamando, mientras espoleaba al caballo: 

—¡Qué Cristo ampare mi causa, y su Cruz me guíe!»

Y quedándonos ya con Tolkien, en su obra literaria podemos ver trazas de esta virtud de la piedad. No se trata solo de que la realización de la gigantesca empresa de su trilogía y de las obras adyacentes es sin duda fruto de su propia piedad religiosa, sino que en el interior de estos relatos podemos ver muestras de tal devoción o de su falta. Por ejemplo, en El señor de los Anillos (1954-55), tenemos el caso del Reino caído de Númenor, el reino humano más noble jamás fundado, que fracasó en su piedad, abrazó una cultura de muerte rebelándose contra el Creador, y acabó siendo tragado por las olas. O la figura de Faramir, quien no deja de mostrar reverencia hacia sus ancestros y el pasado mítico donde estos moran. Esta piedad se manifiesta cuando le vemos a él y a sus hombres observar rituales de culto y veneración, deteniéndose antes de comer para mirar hacia «Númenor que fue, y más allá de Elvenhome que es, y hacia lo que está más allá de Elvenhome y lo que siempre será». Este respeto por las cosas elevadas, por los antepasados y la divinidad, le aproxima a la figura de Eneas. Pero quien de verdad reúne similitudes con el héroe virgiliano es Aragorn, aunque esta afinidad no es solo con Eneas, sino también con Ulises, reuniéndose en él lo bueno de uno y otro. Así, Aragorn representa, como los dos personajes clásicos, el arquetipo de héroe errante, encontrándose en él la astuta inteligencia de Ulises combinada con la piedad y el alto destino de Eneas.

Las muestras de personajes piadosos no se agotan aquí. Como no podía ser de otra manera, el personaje principal de la trilogía debe hacer gala de tan valiosa virtud. Frodo ha de soportar la “carga” del Anillo y el deber de su destrucción, y lo hace por piedad. De esta manera, Tolkien nos lo muestra como un héroe piadoso desde el principio, debido a su conciencia del «deber hacia la familia [y] hacia el pueblo»

Y termino con otro héroe griego, que, aunque no era piadoso, una vez la piedad le fue invocada y penetró en su corazón:

«––Acuérdate de tu padre…

Y el corazón de Aquiles, embravecido de furores como el negro mar, se aplacó al instante y sus ojos se humedecieron».

Iliada. Canto XXIV

23.03.20

Jane Eyre: el orden del corazón

                         Jane Eyre, obra de Sigismund de Ivanowski (1875-1944).

  



«Jane Eyre es quizá el libro más verdadero que jamás se haya escrito».

G. K. Chesterton

  

  

Jane Eyre (1847) es la novela más famosa que escribió Charlotte Brontë y relata, en primera persona, la vida de una pobre huérfana ––Jane Eyre––, quien, tras una dura vida guiada por el valor y la integridad, es finalmente premiada con un matrimonio con la persona a quien ama ––el Sr. Rochester––. 

Si bien tradicionalmente la historia suele calificarse como un romance trágico cargado de misterio y con final feliz, también puede verse, como alguien ha señalado, como un collage de cuentos de hadas superpuestos por la autora, para así llevarnos mejor a lo largo de lo que es el peregrinaje de una niña desde su orfandad hasta un feliz matrimonio por amor. De hecho, el Sr. Rochester comenta al ver a la protagonista:

––«No me extraña que parezca venir de otro mundo. […] Cuando la vi […] la pasada noche me hizo pensar en los cuentos de hadas».

Al comienzo de la novela, en Gateshead, el hogar de los Reed donde la huérfana Jane es acogida por su tía política, Jane nos es presentada como una joven cenicienta, empleada como «criada, para limpiar las habitaciones, desempolvar las sillas», que es sometida diariamente a reproches, y perseguida hermanastros desagradables (representados por su primo de catorce años, John Reed) y por una “madrastra” que le tiene una «aversión insuperable y arraigada». Sin embrago, Jane no actúa como la dócil y dulce cenicienta de Perrault o los hermanos Grimm, sino que muestra una rebeldía notable. Pero la de Jane no una rebeldía caprichosa o sin causa, sino que su insumisión se dirige contra lo que ella reconoce como injusticia e hipocresía. En particular, insiste en el valor de la verdad ante quienes la tachan de fingidora y mentirosa. Esta estancia en la casa de los Reed y más tarde en la escuela Lowood es la propia de un huérfano, llena de sufrimiento y desesperanza, dificultades y penurias físicas y emocionales. 

Cuando más tarde, siendo ya institutriz, encuentra al Sr. Rochester en su mansión de Thornfield Hall, Jane se coloca en una posición similar a la Bella del cuento de Madame Leprince de Beaumont, junto a un hombre en apariencia hosco que se describe como «metamorfoseado en león» (la bestia) y que habita en una casa con «un pasillo del castillo de Barba Azul». Esto último nos lleva tras las huellas de otro cuento de hadas, pues Thornfield Hall contiene una apartada cámara prohibida (donde el Sr. Rochester mantiene oculta a su enajenada esposa), perfectamente reconocible para los lectores del Barba Azul de Charles Perrault. El misterio característico de las novelas góticas de la época se engarza aquí con el relato fantástico de las hadas. 

Por último, los finales felices de las historias de hadas se hacen presentes en la novela, que no es sino un romance apasionado y romántico: «Por un momento estoy más allá de mi propio dominio. ¿Qué significa esto? No pensé que debía temblar de esta manera cuando lo viera, ni perder mi voz o el poder del movimiento en su presencia», dice Jane ante la presencia de su amado. Aún así, como toda buena historia, la novela tiene una inflexión dramática cuando la boda entre los protagonistas deviene imposible. Jane huye de lo que sería un amor ilícito. Porque el amor verdadero es tan intransigente como generoso; exige «hasta que la muerte nos separe», pero promete a cambio toda la eternidad. Y Jane lo sabe y con su gesto dignifica el matrimonio y dignifica el amor. Y así, esta íntegra renuncia termina siendo recompensada. La providencia interviene y la bonanza y felicidad de la sufriente y virtuosa Jane se recompone cuando encuentra de forma inesperada a unos parientes junto a los que mejora de fortuna… para acabar reuniéndose con su amado Rochester en otra misteriosa acción providencial, tras escuchar entre los páramos un misterioso llamado de su amor que la hace acudir a Thornfield Hall, donde ambos acaban finalmente contrayendo matrimonio, pues la esposa enferma de Rochester ha fallecido.

 

 

         Ilustraciones de E. Dulac (1882-1953) y de Mary V. Wheelhouse (1868-1947).

 

Sin embargo, Chesterton es de otra opinión. Para él, «La historia de Jane Eyre es tan monstruosa que no puede ser confundida con (…) un cuento de hadas. Los personajes no hacen lo que deberían hacer, ni lo que podrían hacer, ni tan siquiera ––nos es lícito decir, en vista de lo demencial del mundo que los rodea–– lo que quieren hacer». No obstante, no vayan a creer que no admiraba la obra, en el mismo ensayo dice: 

«Jane Eyre es quizá el libro más verdadero que jamás se haya escrito. Su esencial fidelidad a la vida nos permite respirar. No fidelidad a las apariencias, que son siempre falsas, ni a los hechos, que casi siempre son falsos, sino fidelidad a lo único verdadero, al mínimo irreductible, al germen indestructible: la emoción (…) La grande y perdurable verdad que la obra de Brontë representa es una verdad importantísima que tiene que ver con el eterno espíritu juvenil: (…) el goce de la esperanza, el goce de una ignorancia radiante y apasionada (…) La discreta y mal vestida institutriz de Charlotte Brontë, con sus miras estrechas y sus creencias estrechas, sabe más de las pavorosas y elementales fuerzas del universo que mil rebeldes poetas menores. Ella contempla el mundo con verdadera sencillez y, en consecuencia, con auténtico miedo y con auténtica fruición».

Por otro lado, hay dos circunstancias que no deben ser olvidadas a la hora de acercarse a esta obra: Jane Eyre, en cierto modo, trata sobre la infancia, aunque no es una historia para niñas. En una de las primeras historias escolares de la época, Un mundo de niñas (1886) de Meade, la novela Jane Eyre se destaca como un libro que las niñas tenían prohibido leer. No obstante, la adolescencia es un buen momento para su primera lectura (mi hija mayor lo encontró maravilloso).

En segundo lugar, no podemos obviar el olvidado subtitulo de la novela: Una autobiografía. Como decía Virginia Wolf, en esta novela «la escritora nos lleva de la mano, nos fuerza a ir por su camino, nos hace ver lo que ella ve, nunca nos abandona ni un momento ni permite que la olvidemos”. Y es que la novela es una autobiografía, sí, pero la de su autora, pues como acertadamente señala Harold Bloom «es, por mucho, un autorretrato de Charlotte Brontë; podría pensarse que el libro es “El retrato de una artista adolescente”».

Autobiografía novelada o no, lo cierto es que sus dos personajes principales son inolvidables. El señor Rochester, «es reflexivo por naturaleza y tiene un corazón sensible; (…) La experiencia le enseña graves lecciones, y tiene la sabiduría de aprender de ellas. Los años lo mejoran; pasada la efervescencia de la juventud, lo mejor de él permanece. Su naturaleza es la de un vino de buena cosecha, que no se agria con el tiempo, sino que se suaviza. Al menos así era el personaje que yo quería retratar», nos dice la autora en una de sus cartas. 

 

 

Ilustraciones de Mary V. Wheelhouse (1868-1947) y de Charles E. Brock (1870-1938).

 

La protagonista, Jane, es caracteriza acertadamente por el mismo Rochester como indomable; lo que él no sospecha (y al final de la historia se le revela), es que el objeto de esa indómita voluntad es él mismo. Quizá lo mejor que puede decirse de ella (además de sus muchas cualidades, de las que hablaré a continuación), es lo que dijo en su día una crítica contemporánea: «Jane es una mujer, no un personaje».

Y tras lo dicho, ¿por qué creo que Jane Eyre debería ser leída por los jóvenes y adolescentes? No solo es una gran novela, un clásico de la literatura que como tal debería ser leído; no se trata solo de una apasionante historia de amor, atravesada de retazos de misterio gótico, lo que ya de por sí la haría lo suficientemente interesante para ser devorada con fruición, sino que, además, nos presenta una heroína ejemplar, poseedora de un sentido de integridad y de un coraje moral que la acompaña a lo largo de toda la novela, que son dignos de admirar.  

Jane pone las cosas en su orden: a la bondad y a la corrección en primer lugar sobre todo lo demás ––por mucha renuncia, sufrimiento o privación que pueda suponer–– y esto al final dará sus frutos. En su enérgica defensa de la verdad y la integridad no se verá afectada por las privaciones y humillaciones sufridas en su infancia y adolescencia; en su apasionado amor por el sr. Rochester no se dejará cegar por la pasión, lo que la lleva a renunciar él cuándo no parece posible el matrimonio; su sentido de la integridad y de conciencia la conduce a rechazar también la oferta de matrimonio del clérigo St. John, porque, como dice Mitchell Kalpakgian «Jane se niega a conformarse con imitaciones de amor, ya sea en forma de pasión desenfrenada o de abnegación antinatural». Jane le da al amor y al matrimonio donde aquel crecerá, el valor y dignidad que merecen, porque sabe que el amor es sobre todo renuncia y dación de sí. Y de esta manera, esa vida dura y llena de privaciones la lleva finalmente a la felicidad. 

En suma, la vida de Jane Eyre da testimonio de las palabras de Cristo: «Buscad, pues, primero el reino de Dios y su Justicia, y todo eso se os dará por añadidura» (Lucas 12:31 y Mateo 6:33). Y Charlotte Brontë apuntaba a ello. Al parecer la autora afirmó en una ocasión: “Confío en que Dios me quitará cualquier poder de invención o expresión que pudiera tener, antes de que quede ciega ante el sentido de lo que es apropiado o inadecuado decir»; creo que, al escribir Jane Eyre, Charlotte Brontë mantenía ese discernimiento intacto.

Y un apunte más: sepan ustedes que cerrado el libro el encanto continúa. Sus hijos se lo confirmarán.

19.03.20

Acercando a los chicos al buen cine

 

 

 

«Todo lo bello que ha sido expresado por cualquier persona, nos pertenece a nosotros, los cristianos».

San Justino

 

    

Creo que, sobre recomendaciones lectoras, en mi blog hay “dabondo” (suficiente), como dirían en mi tierra, material de sobra para, con lo que se tenga en casa, ir entreteniendo a los chicos y quizá algo más. Por eso, me permito introducir una pequeña variación en lo que se refiere a la temática del blog (aunque no del todo apartada de su fin último). Esta variación se refiere al posible valor del cine en la educación de los niños y los jóvenes, y su oportunidad tiene mucho que ver con las circunstancias que nos rodean a algunos de nosotros. Como he dicho, puede parecer un contrasentido que un blog que defiende y trata de promover la lectura de libros se vuelva hacia lo audiovisual. Sin embargo, creo que no es así, y trataré de explicarlo.

Partiendo de que estamos inmersos en una cultura audiovisual y que, lo queramos o no, hemos de vivir en ella (lo mismo que nuestros hijos), y que, por otro lado, lo audiovisual no es, por si mismo, dañino (sino su mal uso, en cuanto a tiempo de exposición y contenidos), no creo que nos encontremos con una situación (al menos en lo que se refiere a los contenidos), diferente a la que enfrentaron los primeros cristianos inmersos en la cultura pagana. 

En este sentido, y si bien hubo excepciones (como Tertuliano, por ejemplo), la mayoría de los Padres, empezando por san Agustín, señalaron la conveniencia de acercarse a esa cultura y beber de ella, si bien, con las debidas precauciones. Cuenta nuestro amigo Jack Tollers que una vez le preguntaron al P. Castellani por qué ya no iba al cine, y que él contestó: «Porque me gusta saber quién es mi profesor de moral». Estoy de acuerdo con él. No obstante, la Iglesia mantiene que las comunicaciones sociales modernas (incluido el cine) son «medios, si se utilizan rectamente, [que] proporcionan valiosas ayudas al género humano, puesto que contribuyen eficazmente a descansar y cultivar el espíritu y a propagar y fortalecer el Reino de Dios» (Inter Mirifica), y que, si bien pueden usarse tanto para el bien como para el mal (como cualquier construcción humana), nuestro trabajo y esfuerzo está en emplearlas para el bien.

Con estas prevenciones y consejos en la alforja, pasaré a referir un par de lugares en internet que orientan y aconsejan sobre cine, para que en estos días de tribulación y encierro, si deciden entretener a sus hijos con alguna película, al menos tengan herramientas a mano que les permitan, parafraseando al Padre Castellani, «saber quien es el profesor de moral de sus hijos».  

Y quizá algo más… El profesor Anthony Esolen se pregunta «¿cómo podemos educar a los jóvenes a fin de que puedan participar en la belleza, donde sea que esta se encuentre?». Como verán más adelante, él ve en el buen cine una oportunidad para hacerlo. Una oportunidad para, como dice, que los chicos «desaprendan el mal hábito de consumir imágenes y aprendan la virtud de contemplación».   

 

 

Decentefilms

 

 

Enlace: http://www.decentfilms.com/   

 

Dejemos que sus creadores se expliquen (disculpen la mala traducción):

 

«Me llamo Steven D. Greydanus. Creé DecentFilms.com en el 2000. Soy el crítico de cine del National Catholic Register.

Soy miembro del Círculo de Críticos de Cine de Nueva York y diácono permanente de la Arquidiócesis Católica de Newark. Tengo títulos en artes mediáticas, teología y estudios religiosos.

Con David DiCerto, soy co-anfitrión del programa de televisión por cable “Reel Faith", ganador del premio Gabriel, para la televisión de la Nueva Evangelización.

«Un sitio de apreciación, información y crítica cinematográfica informada por la fe cristiana» fue como describí por primera vez a Decent Films en el año 2000. Escribí entonces, y escribo ahora, por un amor permanente a las buenas películas, la buena escritura y la buena conversación. Escribo como un cristiano católico, con la esperanza de dirigirme a los lectores interesados de mi propia fe, de otras religiones y de ninguna. He aprendido y me he beneficiado mucho de los críticos y otros escritores con puntos de vista diferentes a los míos, y mi trabajo se ofrece con ese espíritu.

Mis escritos para el Registro han sido reconocidos cinco veces por los Premios de la Asociación de la Prensa Católica, con un primer lugar en 2017 y 2016, un segundo lugar en 2019 y 2015, y un tercer lugar en 2018.

En el pasado he escrito regularmente para Catholic Digest y Crux.

He escrito sobre fe y cine para la Nueva Enciclopedia Católica y la Enciclopedia del Pensamiento Social Católico, Ciencia Social y Política Social. Mi trabajo ha aparecido en Christianity Today, Catholic World Report, Our Sunday Visitor, Image Journal, This Rock y otros. También he escrito para la Oficina de Cine y Radiodifusión de la Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos y EWTN.com.

Aparezco la mayoría de los viernes en “Morning Air” y en el “Son Rise Morning Show". Soy un invitado habitual en Kresta en “Afternoon” y “Catholic Answers Live", y de vez en cuando he aparecido en la televisión de EWTN. He sido entrevistado por Radio Vaticano y NBC News.

Tengo una licenciatura en Artes de los Medios de Comunicación de la Escuela de Artes Visuales de Nueva York y un máster en Estudios Religiosos y Teología del Seminario San Carlos Borromeo y del Seminario de la Inmaculada Concepción de la Universidad de Seton Hall, respectivamente.

Mi esposa Suzanne y yo tenemos siete hijos».

 

 

The Educational guidance Institute (Instituto de orientación educativa)

 

 

Enlace: https://educationalguidanceinstitute.com/

 

Para esta dirección les muestro la aprobación y comentarios del Dr. Anthony Esolen, pensador católico, traductor y profesor de Renacimiento inglés y literatura clásica. Fue profesor de inglés en el Providence College, donde impartió cursos de literatura medieval y renacentista y del desarrollo de la civilización occidental, y miembro de la facultad de Thomas More College of Liberal Arts; actualmente da clases en el Magdalen College of the Liberal Arts (autor, entre otros de la Guía políticamente incorrecta de la civilización occidental y Diez caminos para destruir la imaginación de su hijo).

Disculpen de nuevo la traducción.

 

USANDO PELÍCULAS CLÁSICAS PARA GANAR LAS GUERRAS CULTURALES (o LECCIONES DE VIDA APRENDIDAS DE LA EDAD DE ORO DE HOLLYWOOD)

 

Por Anthony Esolen

 

«Ustedes, jóvenes demonios», dice Satanás, el viejo y astuto misántropo, sabio en los caminos del hombre, «creen que pueden condenar a las alimañas humanas con argumentos razonados. La razón, como deben saber, y por su propio bien es mejor que recuerden, es del Enemigo. Cuando luchamos con eso, lo hacemos con sus propias armas. Lo que queremos en esa línea, como nos han mostrado nuestros queridos amigos los sofistas», y aquí un par de jóvenes se ríen, mientras uno de ellos agita en el aire una especie de baqueta espiritual, que una vez perteneció a un tipo llamado Dewey, «son enredos de argumentos sin razón, y cuanto más abstractos sean, y menos dependientes de ese guiso de barro y mugre llamado Naturaleza, mejor. No», dice, «el hombre es un animal irracional. ¿Estás tomando notas, Asmodeus?»

Un demonio, que expide un pestilente olor a pescado, deja su pedazo de carbón que había estado usando para dibujar una caricatura no del todo halagadora de su instructor.

«El hombre es un animal irracional. Actúa según las indicaciones de lo que le complace llamar “su corazón”. El corazón del hombre es malvado desde su juventud, como el mismo Enemigo ha dicho. Pero no debemos depender de él sin una acción de nuestra parte. El Enemigo también ha dicho, y en este caso nuestro departamento de espionaje ha determinado que la declaración expresa alguna medida de la verdad, que hizo al hombre a su imagen y semejanza. El hombre es un subcreador, como dijo ese vil vendedor ambulante de bondad, el fabulista Tolkien. Como el Enemigo hace al hombre, el hombre hace al hombre, en su arte y su imaginación. Nuestra tarea es convertir su corazón en una fábrica de ídolos. No es una tarea difícil. Danos la imaginación», dice, con una sonrisa en los labios, «y con gusto concederemos todo lo demás».

«Que el Enemigo tenga todas las razones, cada catecismo, cada seminario, y cien mil ministros que crean hasta la última jota y tilde de ese vil libro cuyo nombre no me dignaré a pronunciar. Que disfrute de algunas victorias políticas de vez en cuando. ¿Y si la Unión Soviética cayera? Dejen que China caiga también. Danos la imaginación y haremos nuestra danza macabra en la tumba de la cristiandad, ahora y siempre».

Ante lo cual Asmodeus aplasta el carbón entre sus garras, y se ríe fuerte y largamente.

He empezado con una historia, porque así es como la Dra. Onalee McGraw dice que debo empezar, y es su trabajo el que deseo promover, con entusiasmo y un sentido de urgencia. La Dra. McGraw es la fundadora del Instituto de Orientación Educativa, cuya tarea es llevar la palabra de vida a una cultura muerta por medio de películas clásicas.

No pongan los ojos en blanco, queridos lectores. Mi trabajo en el aula es introducir a los jóvenes en la herencia occidental de la poesía y el arte, que abarca tres mil años. Están hambrientos de belleza. En el mejor de los casos, tengo la oportunidad de estar cerca mientras Shakespeare o Milton cambian la vida de alguien. Las circunstancias no siempre son las mejores. ¡Si mis estudiantes fueran unos campesinos honestos, de huesos crudos e ignorantes! No lo son. ¿Quién en nuestro tiempo lo es? ¿Dónde está la joven que no ha respirado el aire malo del feminismo a nuestro alrededor? ¿Dónde está el joven que no se ha chamuscado los sesos con la pornografía? y no seamos tan estúpidos como para creer que esto requeriría un hábito de larga duración. ¿Cuántos asesinatos debe presenciar un pandillero para ser corrupto?

Hay que recuperar la imaginación. Este es el objetivo de Onalee McGraw, y ella lucha con las mejores películas hechas en nuestra propia nación, por el propio Hollywood, y a veces incluso por hombres y mujeres corruptos. He leído sus planes de estudio, que están disponibles para el uso de padres y profesores y todos los que quieran construir una verdadera cultura americana de nuevo. Son espléndidos.

La Dra. McGraw se mueve sin esfuerzo de un momento a otro a través de las películas de las que habla, siempre con la mirada puesta en preguntar, una y otra vez, las grandes preguntas. En Un lunar en el sol (1961, protagonizada por Sidney Poitier), hace más que las preguntas obvias sobre el mal del racismo. Nos pide que veamos en ella una poderosa afirmación de la dignidad de todos los hombres, y no porque sean sabios y santos. Walter Lee, el duro y cínico jefe de la familia Younger, no es ninguna de las dos cosas. Se juega el dinero del seguro de su familia y lo pierde todo, habiendo sido engañado por un hombre de confianza, un compañero afroamericano. Su hermana Beneatha está dispuesta a echarlo, pero su madre la hace reflexionar, con una sabiduría profundamente humana y cristiana.

“Creí haberte enseñado a amarlo", dice la anciana. «Siempre queda algo que amar… Niña, ¿cuándo crees que es el momento de amar más a alguien? ¿Cuando ha hecho el bien y ha hecho las cosas fáciles para todos? Ese no es el momento para nada. Es cuando está en lo más bajo y no puede creer en sí mismo porque el mundo lo ha azotado tanto. Cuando empiezas a medir a alguien, mídelo bien, niña, mídelo bien. Asegúrate de que has tenido en cuenta las colinas y los valles por los que ha pasado para llegar a donde está».

En Cayo Largo (1948, John Huston), la Dra. McGraw señala lo que de otra manera podría parecer una cosa pequeña en la vida de un ser humano ––un hombre le da de beber a una mujer que tiene sed–– para mostrar cómo en esos pequeños momentos, tan pequeños como el giro de la cabeza del ladrón moribundo, un alma muerta puede volver a la vida. Frank McCloud (Humphrey Bogart) es, como ella dice, «un veterano desilusionado que llega a darse cuenta de que no puede desentenderse de la lucha humana universal del bien y del mal». Está en un hotel, dirigido por un hombre atado a una silla de ruedas (Lionel Barrymore), que ha sido confiscado por la banda de un psicópata, Rocco (Edward G. Robinson). Una buena mujer, que lo ama (y es interpretada por la esposa de Bogart, Lauren Bacall), le ruega que haga algo, pero McCloud se encoge de hombros y dice: «No vale la pena morir por un Rocco más o menos».

No es el asesinato lo que mueve a McCloud a actuar. Es cuando Rocco trata a su amante (Claire Trevor, que ganó un Oscar por su actuación), a la que ahora desprecia, con un insignificante acto de crueldad de más. McCloud le da un trago a la chica. «En su voluntad de arriesgar su vida por ella», dice la Dra. McGraw, «está recuperando el coraje moral que lo sostuvo en la guerra». Cuando un huracán golpea los Cayos y Rocco está aterrorizado por una tormenta que no puede dominar, McCloud ve que el hombre es realmente un cobarde y toma la decisión que derrota a los malvados y salva su propia alma.

La Dra. McGraw conoce el terreno. Hay una foto muy bonita de ella y el difunto Robert Osborne, en el set de Turner Classic Movies, charlando sobre la película que fue invitada a presentar, Doce hombres sin piedad (1957, Sidney Lumet). Pero no piensen que es sólo una esteta. Ni mucho menos. Las películas en particular en las guías de estudio que he revisado, tratan todas sobre la construcción de una verdadera conciencia social, y ella las ha mostrado no sólo en las aulas sino en las iglesias y en las prisiones juveniles. ¿Cómo podemos esperar buenos hombres si a los chicos se les enseña que su sexo es tóxico? Que vean a Shane (Raíces Profundas, George Stevens, 1953) o El hombre que mató a Liberty Balance (1962, John Ford), y aprendan que la hombría a veces puede requerir que renuncien a su amor más querido para hacer lo correcto, pase lo que pase. ¿Cómo podemos esperar buenas mujeres si a las chicas se les enseña que su sexo no puede hacer nada malo, a menos que sea comportándose de forma femenina, de manera que sea atractivo para un buen hombre? Dejemos que vean el baile de cortejo de los sexos en Sucedió una noche (Frank Capra, 1934) o El bazar de las sorpresas (1940, Ernst Lubitsch).

¿Qué le pasa a un pueblo entero cuando su gente se niega a reconocer el mal que han hecho, y avienen a vivir una mentira? Vean a Spencer Tracy en Conspiración de silencio (1955, John Sturges). ¿Qué puede pasar si un hombre, por amor a una buena mujer, llega finalmente a ver que la verdad y la bondad son más importantes que la comodidad, e incluso más importantes que sus antiguos lazos de lealtad? Vean a Marlon Brando caminar por su propia vía dolorosa en la escena final de La ley del silencio (1954, Elia Kazan).

¿Estamos mirando hacia atrás con una nostalgia brumosa sobre las películas que amamos porque fueron las primeras que vimos? No, ni por un poco. Tengo algunos recuerdos sobre lo que supone crecer con películas, porque entonces las cadenas mostraban lo mejor de ellas en las horas de mayor audiencia, año tras año, como El puente sobre el río Kwai (1957, David Lean), Ben-Hur (1959, William Wyler) y El mago de Oz (1939, Victor Fleming). Luego estaban los canales independientes de Nueva York y Filadelfia, y el “late show” o la película de la mañana en los canales locales. Recuerdo haber visto El hombre tranquilo (1952, John Ford), ¿Vencedores o vencidos? (El juicio de Nuremberg) (1961, Stanley Kramer), Solo ante el peligro (1952, Fred Zinnemann), Marty (1955, Delbert Mann), El hombre de Alcatraz (1962, John Frankenheimer), ¡Qué verde era mi valle! (1941, John Ford), Con la muerte a los talones (1959, Alfred Hitchcock), y muchas más. En los últimos años me he dado cuenta de que la edad de oro de Hollywood era precisamente eso, un período de unos treinta años en el que las condiciones culturales y sociales se alineaban perfectamente para hacer grandes y buenas películas.

Un factor con el que no contaba era el muy difamado Código. La Dra. McGraw muestra cómo la Iglesia Católica tomó el liderazgo para hacer que Hollywood aceptara una sabia y saludable autocensura, no fuera que los legisladores con conciencia social bajo el mandato de Franklin Roosevelt, y los ejércitos de americanos comunes que los apoyaban en este sentido, tomaran el asunto en sus propias manos y pusieran a Hollywood de rodillas protestando frente a los cines para así avergonzar a los realizadores de películas perniciosas. La gente entendió, como la Dra. McGraw señala una y otra vez, citando a Adams y Madison y Burke y otros, que no podemos ser libres sin virtud pública, y no tendremos virtud pública sin virtud privada.

Es fácil fijarse en los pequeños defectos del trabajo del censor, pero los principios eran nobles y verdaderos, y en general se mantenían con coherencia y una consideración inteligente por el arte y los objetivos del artista. «La simpatía de la audiencia», reza el principio final y sumativo del Código«nunca debe arrojarse al lado del crimen, la fechoría, el mal o el pecado». De golpe, casi todas las películas producidas ahora no cumplen con este estándar, aunque solo sea por sonreír ante lo grosero, lascivo y licencioso.

Ojalá hubiera sabido del trabajo de Onalee McGraw hace años, cuando dirigí un grupo de hombres durante siete u ocho años en el Providence College. Pero ahora me beneficiaré de ello, ya que enseño películas clásicas a nuestros estudiantes del Thomas More College tres veces al semestre, incluyendo una de sus favoritas este otoño, La ley del silencio. No debemos rechazar a los aliados que la providencia de Dios nos ha dado. Esto es especialmente así cuando el católico ordinario no ha tenido casi ninguna experiencia de gran arte, o incluso de la buena, sólida y saludable carne y patatas que es el genuino arte popular. Cuando va a misa, las cosas son aún peores. Pero eso será el tema de otro artículo.

Busque el Instituto de Orientación Educativa. Se lo agradecerán, como yo.

 

Publicado en la revista Crisis (Octubre 2018). Aquí el enlace:

https://www.crisismagazine.com/2018/life-lessons-learned-from-hollywoods-golden-age

 

Por último, otros dos lugares que, si bien posiblemente no ofrezcan criterios orientadores de tipo moral o religioso útiles, pueden al menos dar una idea a los padres de aquello (detalles del contenido) con lo que se van a encontrar, a fin de que estos prudencialmente decidan. Me refiero a el apartado “Parents guide” de cada película o serie, de la página IMDB (Internet movie data base. Enlace: https://www.imdb.com/) y el portal Common Sense Media (que incluye también referencia de libros y juegos. Enlace: https://www.commonsensemedia.org/).

  

 

25.02.20

¿Novelas de suspense? Edgar Wallace y John Buchan

                            El cadaver era hermoso. Obra de Tom Lovell (1909-1997).

 

 

«Si un hombre no está ansioso de aventuras a la edad de veintidós años, la seducción de las expectativas románticas nunca llegará a él».

Edgar Wallace


«Todo hombre en el fondo de su corazón cree que es un detective nato».

John Buchan

   

 

Me reconozco usuario de la palabra «thriller». Es un vocablo sonoro e impactante, muy en sintonía con su significado. Además, reúne en una sola palabra lo que en español precisaría al menos de tres. Pero es verdad que no aparece en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua. Tenemos que acudir al Diccionario Panhispánico de dudas para encontrar algo. Desde allí se nos dice que «thriller» significa, literalmente, «Obra cinematográfica o literaria que suscita expectación ansiosa por conocer el desenlace. A pesar de su extensión en el uso, se recomienda sustituir esta voz inglesa por expresiones españolas como película o novela de ´suspense` o, en América, de ´suspenso`». Parece que está claro: lo correcto es prescindir de su uso y sustituirlo por «obra de suspense». Pero a pesar de ello la palabra seguirá atrayéndome casi tanto como lo que significa. Porque las «novelas de suspense» son realmente entretenidas.

La atracción y el encanto de este tipo de historias se encuentra en su temática: el centro del relato está radicado en el incidente, en la acción, la aventura y el trajín al que se somete al protagonista, que suele ser un inocente normalmente atrapado en eventos que lo sobrepasan. Estos elementos son los que, sabiamente combinados por el autor, logran que el relato suscite en el lector una «expectación ansiosa por conocer el desenlace». Si bien se trata de un género menor, en cierta medida tiene sus modelos en obras como la Odisea de Homero y, más cercanamente, en libros como los que relatan las aventuras de David Balfour (Secuestrado y Catriona) de Robert Louis Stevenson. En una historia de suspense, todos los elementos son secundarios al incidente, la acción y el movimiento.

En contraste con esto, en la novela de detectives el énfasis está en el método, el motivo y la búsqueda de pistas. Puede haber incidente y acción, así como un considerable suspense, pero en el fondo esos elementos son secundarios al procedimiento de investigación. La atmósfera, el escenario, la aventura, todos claros elementos de los relatos de suspense, pueden desempeñar un papel, incluso un papel importante, pero todavía están subordinados a la solución del problema central.

Además, en la novela de suspense la presencia de «la forza del destino» adquiere una relevancia capital. El protagonista suele estar a merced de ese destino, incluso cuando trata de rebelarse contra él. Rara vez se salva solo por la habilidad, la inteligencia, el coraje, o incluso el sentido común. En el mejor de los casos, cuando surge la oportunidad puede aprovecharse de ello, pero por lo general es salvado no por sus propias acciones, sino por su destino. La «fuerza del sino» no es aquí fatal, más bien adquiere un aire providencial y siempre acude en la ayuda del protagonista.

Para ilustrar esto, hoy voy hablarles de dos ejemplos clásicos de novelas de suspense, ambos perfectamente accesibles a nuestros adolescentes y jóvenes mayores de 12 años. Me refiero a El hombre que no era nadie de Edgar Wallace y a Los treinta y nueve escalones de John Buchan, historias que tiene en común no solo su condición de novelas entretenidísimas, sino también, curiosamente, conexiones con el África del Sur.

 

El hombre que no era nadie (1927)

Portada de una de las primeras ediciones de la novela y de la publicada en la revista literaria Novelas y Cuentos.

Edgar Wallace fue un escritor singular. Ciertamente no está considerado como un gran literato, ni siquiera como un buen literato, pero su contribución a esa parte de la función poética que el romano Horacio califica de delectare es notable. Solo unos pocos datos: Wallace fue un escritor tan prolífico que uno de sus editores afirmó que una cuarta parte de todos los libros leídos en su tiempo en Inglaterra estaban escritos por él. Además del periodismo, frecuentó la poesía y el ensayo histórico, escribió 18 obras de teatro, 957 cuentos y más de 170 novelas, 12 solo en 1929. Se han hecho más de 160 películas basadas en sus obras (durante un tiempo fue guionista de la RKO). Y es recordado, no solo por sus novelas de misterio, suspense y acción, sino también por la creación de King Kong, por sus relatos coloniales (serie Sanders), y por la serie de historias de detectives de J.G. Reeder. Vendió más de 50 millones de ejemplares, y The Economist lo describió como “uno de los escritores de suspense más prolíficos del siglo [XX]".

Como anécdota ilustrativa de esta abundantísima fecundidad artística, en la famosa revista de relatos de misterio y detectives, Mystery Scene Magazine, se cuenta un abroma sobre Wallace que era común en la década de 1920. Se decía que un amigo lo llamó por teléfono un día. La persona que contestó informó al interlocutor que el literato no podía ponerse porque estaba escribiendo una nueva novela. “Está bien”, comentó el amigo tranquilamente, “esperaré”.

Sin mucha discusión, podríamos considerar a Wallace como el creador de las historias de suspense, con su novela Los Cuatro Hombres Justos (1905), o al menos como pleno desarrollador de este género narrativo con gran parte de su obra posterior. En sus novelas, el misterio y la acción se entremezclan y son dosificados con maestría conveniente. Así, se suceden sucesos inverosímiles e incongruentes, y es precisamente esta aparente incoherencia la que da acicate al lector a seguir y le sumerge de lleno en la lectura «ansioso por conocer el desenlace». Por supuesto, al final las piezas encajan y el lector termina el libro entre admirado y sorprendido. Como alguna de sus más famosas novelas en este género podrían citarse El misterio de la vela doblada; La puerta de las siete cerraduras; La pista de la llave de plata o El secreto del alfiler. Wallace sigue editándose en español con cierta continuidad desde los años 20/30 del pasado siglo en numerosas editoriales como Acervo, Aguilar, Alhambra, Bruguera, Calleja, Cid, Cliper, Epesa, Granada, Hymsa, Juventud, Maucci, Molino, Mundo Latino, Novelas y Cuentos y Rialto.

                                          Portadas de algunas novelas de Wallace.

La novela que hoy traigo aquí, El hombre que no era nadie, no es quizá uno de sus mayores éxitos, pero es digna representante de su estilo. Y además de traerme gratos recuerdos de mi juventud, ha gustado mucho a mis hijas, dato para mí decisivo. Su protagonista masculino (Pretoria Smith) siempre me recordó vagamente a Indiana Jones, en parte porque cuando leí la novela acababa de aparecer en escena el personaje de Spielberg, en parte por su condición de aventurero, en parte por su fantástico nombre.

El argumento es ciertamente inverosímil, el estilo es ligero, y el resultado es una tarde de lectura divertida e intrascendente. La protagonista femenina (porque, sin dejar de ser un relato de suspense, se trata también una historia romántica), Marjorie Stedman, trabaja como secretaria en la oficina del abogado Vance. La suya es una vida anodina, hasta que un día un hombre misterioso llamado Pretoria Smith entra en escena. ¿Quién es este individuo? ¿Y cuáles son sus relaciones con el tío sudafricano de Marjorie? ¿Qué influencia en los actos criminales que no tardarán en suceder tienen su tío y este singular personaje? Todo se vuelve aún más complicado el día en que en una antigua mansión inglesa aparece muerto su propietario, Sir James Tynewood, cliente del abogado Vance. Y los misterios, en lugar de resolverse, parecen complicarse más y más. Les aseguro que sus hijos pasarán un rato entretenido.

 

Los treinta y nueve escalones (1915)

                                  Portada de una de las ediciones de la novela.

John Buchan, Barón Tweedsmuir y diplomático escocés, era una notoria figura política y reconocido biógrafo e historiador, cuando en 1915 publicó su primera “sorpresa”, como él la llamó: la novela titulada Treinta y Nueve escalones. Por ello, no debe extrañar que decidiera publicar la historia, anónimamente y en forma serial, en la revista Blackwoods. Sin embargo, los extravagantes elogios de sus amigos y el enorme éxito de público le hicieron cambiar de opinión y reivindicar la autoría de la obra, que más tarde apareció en forma de libro. Esta fue la primera ––y más exitosa–– de las cinco novelas protagonizadas por el héroe de Buchan, Richard Hannay.

Hannay es un ingeniero de minas en África del Sur. Sus virtudes son la tenacidad, la lealtad, la amabilidad y la creencia en “el juego limpio”, además de un preclaro sentido del deber para con su patria y sus compatriotas. Una evidente pietas, por tanto, envuelve su carácter. En esta novela el protagonista se ve enredado involuntariamente en una conspiración político militar que le convierte, de la noche a la mañana, en un fugitivo. La novela transcurre en 1914, en una Europa que parece abocada a la guerra. Richard Hannay, recién llegado a Londres desde África del Sur, entra en su apartamento y encuentra en él, moribundo, a su vecino Franklin P. Scudder. Este, antes de morir, le habla de un complot alemán que puede afectar a la seguridad de Inglaterra. Atrapado por estas circunstancias equívocas, la única forma de que Hannay pueda demostrar su inocencia pasa por intentar sacar a la luz la conspiración y desenmascarar a los asesinos.

La novela fue adaptada al cine en numerosas ocasiones; quizá la versión más conocida es la que dirigiera Alfred Hitchcock en 1935, protagonizada por Robert Donat y Madeleine Carroll.

La historia, como todas las que protagonizó Hannay, está más cerca de las novelas de aventuras de escritores como H. Rider Haggard o P. C. Wren que de la verdadera ficción de espionaje. Podríamos decir que es una historia de espionaje aderezada con unos claros elementos de suspense y escrita con un espléndido estilo. Pero deben olvidarse de la clásica novela de espías, tipo John Le Carré o Len Deighton (sin desmerecer estas). Aquí, Buchan evita la intrincada trama y los detalles realistas del mundo del espionaje clásico; sus héroes son gente corriente que se encuentra en situaciones extraordinarias y el protagonista de esta, su mejor novela, Richard Hannay, es el paradigma de este tipo de personaje. «Soy un tipo ordinario, no más valiente que otras personas, pero odio el asesinato de un buen hombre, y ese largo cuchillo no será el fin de Scudder si puedo jugar el juego en su lugar», nos dice en la novela. Como dice Graham Greene, que lo cita como una influencia, Buchan escribe «´entretenimientos` con una clara pureza moral». Obviamente, el escritor escocés es menos ambiguo que Greene ––y menos profundo, hay que decirlo––, hasta el punto de que se ha llegado a decir que sus obras son meras versiones de El progreso del peregrino (1678) de John Bunyan, enmarcadas en aventuras de espionaje.

           Las dos primeras historias de Richard Hannay editadas por Lara y Aymé.

En castellano, Los treinta y nueve escalones ha sido editada varias veces desde los años 40 (Aymé, Bruguera, Planeta y la más reciente, Losada en el año 2016). Además de esta novela, hay publicadas más obras del autor en español. Por ejemplo, la segunda de las aventuras de Richard Hannay, titulada El manto verde (editorial Iberia, año 1929 y Lara, año 1952), ambientada en los inicios de la I Guerra Mundal y en la que Hannay (ahora alto mando de la Inteligencia británica), debe frustrar los planes de los alemanes de ganar la guerra mediante la provocación de una revuelta en el mundo musulmán, novela esta que, sin embargo, no llega al nivel de su predecesora.