De muros, puentes y desafíos pastorales

Hace unos días llegó a mis manos un documento en pdf sobre pastoral familiar de los “Equipos de Nuestra Señora” (en su web pueden ver lo que son), cuyo contenido llama la atención no tanto por una cierto iconoclasmo -habría costado muy poco poner alguna imagen religiosa en vez de emoticones-, como por algunos de sus presupuestos y ejemplos. Cito de la página 62:

La fragilidad de los lazos se evidencia por el creciente número de separaciones y divorcios. En muchas realidades se prefiere evitar los lazos del matrimonio y en cualquier caso el matrimonio civil supera al religioso. Son cada vez más numerosas las parejas que se presentan al matrimonio ya habiendo convivido, e incluso algunas con hijos; las separaciones y los divorcios, por lo menos en el mundo occidental, superan a los matrimonios, la crisis de la pareja no tiene edad (son muchas las parejas que después de muchos años de matrimonio sobre sus espaldas deciden separarse), la dificultad para la procreación también es creciente, teniendo en cuenta que se desean los niños en una edad más que madura.
Sin entrar en juicios morales, como iglesia de nuestro tiempo, debemos vivir el presente y acoger esta complejidad. Tenemos que vivir el hoy sin lástima y sin lecturas nostálgicas, insatisfechas o peor, demonizantes.

Sobre este tema, ya el Papa Juan XXIII, en el discurso de apertura del Concilio el 11 de octubre de 1962 usó unas palabras fuertes a propósito de los cristianos a los que llamó “profetas de calamidades”:…

A ver si lo entiendo. Como quiera que hoy en día el divorcio, el amancebamiento y el adulterio están a la orden del día, debemos abstenernos de emitir juicios morales sobre esas situaciones para no caer bajo la acusación de “profetas de calamidades” de San Juan XXIII. Se trata de “acoger esta complejidad” y no caer en la nostalgia.

Para empezar, ya que apelan al discurso de apertura del último concilio, no está de más recordar lo que el mismo dice sobre la situación de la institución familiar en esos momentos:

Sin embargo, la dignidad de esta institución no brilla en todas partes con el mismo esplendor, puesto que está oscurecida por la poligamia, la epidemia del divorcio, el llamado amor libre y otras deformaciones; es más, el amor matrimonial queda frecuentemente profanado por el egoísmo, el hedonismo y los usos ilícitos contra la generación.
Gaudium et spes,47

En otras palabras, la Iglesia emitió, sin la menor duda, un juicio moral sobre todo aquello que atenta contra el plan de Dios para el matrimonio. ¿A cuento de qué vamos ahora a hacer algo distinto?  Si hace 50 años la situación era digna de ese juicio moral, ¿qué no será en estos momentos?

Bien está acoger esa realidad, pero no para dejarla como está, sino para transformarla. Es decir, se trata de ayudar a la gente a no divorciarse, a dejar de convivir sin estar casada, a no convertir la “procreación” en algo a dejar de lado. En definitiva, se trata de ser instrumentos para que la gente no viva alejada de la voluntad de Dios, en pecado, en claro peligro de condenación eterna.

No es que este movimiento diga que hay que quedarse tal cual, pero miren como lo plantean:

En el interior de nuestro Movimiento hay personas solas que viven la experiencia de la soledad. Especial
mente, las viudas (y los viudos). El equipo les ofrece su cuidado y atención, que les alivia el dolor y les cura las heridas de la pérdida. En cuanto a otras situaciones que afligen a la familia y que vienen añadidas (Papa Francisco- Alocución a los responsables regionales del Mundo, 10/09/15) como las parejas que conviven o las que viven en una nueva unión, necesitamos rezar para poder discernir los signos de los tiempos, También sobre estos casos se abren en el Movimiento espacios de reflexión sobre la modalidad de ayuda y de acercamiento.

Precisamente los signos de los tiempos indican que el matrimonio cristiano, el matrimonio conforme a la ley natural, es hoy más atacado que nunca. Contra la mentira, contra el error, contra el pecado, tenemos el poder de la gracia, de la verdad y de la santidad. Debemos, como poco, ofrecerlos.

En otras palabras, el testimonio de Andreina que aparece en la pág 25…:

Estoy con mi compañero desde hace dos años. Es un buen tipo. Naturalmente, a veces reñimos, pero, sobre todo, nos comprendemos. A pesar de ello, a veces me sorprendo a mí misma pensando si no habrá otro que me convenga más. ¿Seré feliz con él? ¿Cómo estar segura de sí es el hombre de mi vida?
(Andreina)

… debe ser abordado desde la fe católica, catequizando o evangelizando a esa mujer sobre la verdadera esencia del matrimonio. No se trata de rechazar al pecador, sino de ayudarle a ser consciente de su pecado para que pueda arrepentirse del mismo y recibir el perdón de Dios. Por supuesto, todo eso es un proceso que, por lo general, lleva tiempo, pero el objetivo final es siempre el mismo.

Como no podía ser de otra forma, se aborda el tema de la homosexualidad.

Otra realidad emergente es la de las uniones homosexuales.
El Sínodo lo recoge así: “En cuanto a los proyectos de equiparación al matrimonio de las uniones homosexuales, no existe ningún fundamento para asimilarlos o establecer analogías, ni siquiera remotas, entre las uniones homosexuales y el designio de Dios sobre el matrimonio y la familia”, (Relatio Synodi, 76)
Dicho esto, queda en cada caso abierta la compleja cuestión de la homosexualidad y específicamente el tema de las uniones entre personas del mismo sexo. Creemos que es importante que las parejas de los ENS, por su experiencia directa en el tema de las relaciones de pareja y de familia, reflexionen sobre este tema.

No, no queda abierta la cuestión de las uniones entre parejas del mismo sexo. La Relatio Synodi no fue un monumento a la fe católica pero en ese punto dice lo que dice.

También abordan, ¡cómo no!, la cuestión del papel en el mundo y en la Iglesia. Y caen en uno de los grandes males que afligen al catolicismo en las últimas décadas. En vez de tomar como referente la Revelación (Biblia y Tradición) para iluminar esa cuestión, pretenden que el papel de la mujer en la sociedad actual -esta donde hay una epidemia de divorcios, donde el aborto está a la orden del día, donde la cultura de la muerte avanza a pasos agigantados- sea la que ilumine la “relectura” del papel de la mujer en la Iglesia:

En fin, nuestro pertenecer a un Movimiento, que nos gusta definir como “profético”, nos lleva a reflexionar si a este valor de la mujer en la sociedad puede corresponder una relectura de su papel en la Iglesia. Sobre esta cuestión existen muchas resistencias y miedos, quizá ligados a temores residuales sobre el debilitamiento del papel masculino que, en muchas sociedades, ha significado un verdadero y cierto poder del hombre sobre la mujer.

¿Se nos ha olvidado que la Iglesia es la luz del mundo y no el mundo la luz de la Iglesia? 

Con todo, el texto tiene afirmaciones ciertamente importantes que conviene tener en cuenta. Por ejemplo:

Verdad y misericordia son igualmente necesarias y están relacionadas recíprocamente.

Y otras que conviene, altamente, interpretar bien:

Desde esta perspectiva incluso el mal y el pecado, en la medida en el que se abren a la luz de la conversión, pueden convertirse en oportunidad para crecer. La historia de la salvación no es algo distinto de la historia del pecado del hombre y de la mujer. El poder maravilloso y sobreabundante del Evangelio de Cristo muerto y resucitado es ese: Dios te salva a pesar de tus límites y de tus pecados, y a partir de tus límites y de tus pecados. El poder de la misericordia de Dios es tan sobreabundante que incluso los límites y los pecados pueden convertirse en medios de salvación. Como si la vida del hombre se pareciera a un grano de arena caído en una madreperla en un día de tempestad y que la ostra, en lugar de expulsarlo de su interior, lo transforma en una perla preciosa, envolviéndolo en una membrana de amor con paciencia y gradualidad.

Si el texto se interpreta de manera que el grano de arena (hombre caído, pecador) se convierte auténticamente (catolicismo), no solo aparentemente (luteranismo), en una perla preciosa (hombre redimido, realmente santo), todo perfecto. Si se interpreta mal, estamos convirtiendo la gracia en un instrumento incapaz de transformar por completo las vidas de quienes viven alejados de Dios. 

En otras palabras, se trata de que, como dice san Pablo, vivamos por el Espíritu y no en la carne:

Las obras de la carne son conocidas: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, enemistades, discordia, envidia, cólera, ambiciones, divisiones, disensiones, rivalidades, borracheras, orgías y cosas por el estilo. Y os prevengo, como ya os previne, que quienes hacen estas cosas no heredarán el reino de Dios.
En cambio, el fruto del Espíritu es: amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, lealtad, modestia, dominio de sí. Contra estas cosas no hay ley.
Y los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con las pasiones y los deseos. Si vivimos por el Espíritu, marchemos tras el Espíritu.
Gal 5,19-25

Santidad o muerte.

Luis Fernando Pérez Bustamante