Santidad o muerte

Santísima Trinidad

Hemos recibido el don de la fe. Hemos recibido la gracia del bautismo. Hemos recibido la gracia de andar en santidad.  Leemos en la Escritura:

Por lo cual, ceñidos los lomos de vuestra mente y apercibidos, tened vuestra esperanza completamente puesta en la gracia que os ha traído la revelación de Jesucristo.
Como hijos de obediencia, no os conforméis a las concupiscencias que primero teníais en vuestra ignorancia, antes, conforme a la santidad del que os llamó, sed santos en todo, porque escrito está: “Sed santos, porque santo soy yo“.

(1ª Ped 1,13-16)

Sabemos que el Beato Marcelo Cardenal Spínola repetía constantemente: “Si no he de ser santo, ¿para qué quiero la vida?”

Y de él leemos:

La santidad no se pide ordinariamente. Pedimos libertad de males temporales, bienes del mismo orden; pero la santidad, no; y sin embargo, nuestra divisa debiera ser: Santidad o muerte. Por eso la santidad escasea tanto.

Ganarla. ¿Por ventura, por suerte? No. ¿ A fuerza de brazos, de táctica y de habilidad, como se gana una plaza? No, tampoco. El Reino de los cielos no es tampoco de los más sabios. La santidad es una especie de comercio. La parábola evangélica lo indica claramente. En este comercio, el capital es la gracia, la negociación es emplearla o convertirla en gloria de Dios; el interés, la gracia misma aumento de ella.


Y este mísero pecador, que se atreve a escribir a sus hermanos, ruega que Dios le conceda esa santidad que lleva tantos tiempo anhelando. Como escribí hace 17 años:

¿Por qué? ¿Por qué no puedo ser más constante? ¿Por qué me parece eterna la lucha entre mi carne y tu espíritu dentro de mí? Como si yo fuera sólo un observador desde afuera, mientras mi alma se parte, se quiebra. Sólo tú sabes que soy sincero cuando te digo que te amo. Me acuerdo cuando era sólo un niño pequeño, cuando tú y yo nos declaramos amor eterno. ¿Te acuerdas? Yo te prometí servirte con mi vida, aunque casi ni de ti yo sabía. Sólo sé que tú me llenaste de amor y de paz. Sólo sé que desde entonces hablar contigo es mi medicina. Yo tenía muy pocos años, era un niño, pero te quería. Y, ¿sabes?, todavía te sigo queriendo con la inocencia de aquellos días. Tú y yo, a solas, sin más testigos que mi cama y mi almohada. Hablamos como dos enamorados se hablan. Mi voz, temblorosa, se calla, tu voz, poderosa me envuelve. Me enseñas mi lugar a tu lado. Me hablas de tus ilusiones y anhelos. Y yo, que no entiendo aún porqué me escogiste, me quedo alelado; no sé que decir. Palabras que el hombre no entiende, que sólo tu Espíritu me ilumina su significado, son las que tú me hablas. ¿Cuando se daran cuenta de que tú quieres ser nuestro amado? ¿Cuando quitarán el velo de sus corazones? ¿Cuando entregarán sus vidas sin condiciones? ¿Cuando mi Dios? ¿Por qué se empeñan en no dejar que tu amor sea el motor se sus vidas? ¿Por qué no perdonan como tú nos perdonas? ¿Por qué no se aman como tú nos amaste? Oh, mi Cristo, ¿dónde están los que te aman? ¿dónde están mis hermanos? quiero amarlos como tú los amas, quiero dar mi vida por ellos como tú la diste por mi, quiero hablarles de ti, de tu paz, de tu amor, de tu llanto al ver que no se aman entre ellos. ¿Quien se acuerda de tus palabras, mi rey? Amaos como yo os he amado, nos dijiste. ¿Qué hemos hecho? Gritamos, danzamos, levantamos nuestras manos a ti, pero, ¿donde dejamos nuestro amor por el hermano? No tenemos tiempo para oír las necesidades de los demás. Todo es correr de aquí para allá, sube, baja, haz esto, haz lo otro… ¿y tú…?

Me acuerdo el día que me dijiste: Despiértate tú que duermes, y te alumbrará Cristo. Yo estaba dormido, revolcandome en mi propio ego…ese ego que es mi mayor enemigo… quisiera no ser nada sino sólo tu luz en mi vida… morir poco a poco a mí mismo… y dejar que tú lo llenes todo con tu presencia. Quiero seguir siendo tu pequeño, no quiero olvidar cómo te amé siendo niño.. .esa especie de fuego que consumía mi pecho mientras sólo te decía: Te quiero. Qué dos palabras tan bellas: Te quiero. Sólos tú y yo, tú mi Dios, yo tu siervo. Gracias por mirarme a los ojos y declararme tu amor. En él está mi fuerza.

Luis Fernando Pérez (1997)

San José y el Niño JesúsSi llevas un tiempo en que te despiertas en la noche rezando, y si tu alma se turba ante tanta batalla por la fe, recuerda el Salmo que dice:

No se ensoberbece, ¡oh Yahvé! mi corazón, ni son altaneros mis ojos; no corro detrás de grandezas ni tras de cosas demasiado altas para mí. 

Antes he reprimido y acallado mi alma como niño destetado de su madre, como niño destetado está mi alma.
Espera, Israel, en Yahvé desde ahora y por siempre.

(Salm 131)

Confiad en Dios. Rezad. Buscad la santidad. Anhelad la santidad. Encomendaos a nuestra Madre. Recogeos en los brazos de San José como el Niño Jesús lo hizo. 

Luis Fernando Pérez Bustamante

Los comentarios están cerrados para esta publicación.