13.01.18

Comulgar bien. A próposito de una excelente pastoral

¿Cómo comulgamos? Una excelente pastoral del Obispo de Jaén

 

Hace unos años, al iniciar un nuevo curso pastoral, un compañero sacerdote me preguntaba cuáles eran mis objetivos prioritarios. Le dije que me alegraría si pudiera obtener dos cosas: Que se redescubriera el inmenso valor del sacramento de la Penitencia y que comulgáramos bien. Si nos confesáramos bien y comulgáramos bien seríamos muy pronto santos.

 

Hoy quisiera reflexionar sobre el segundo aspecto. El motivo de esta reflexión ha sido propiciado por la carta pastoral que ha escrito el Obispo de Jaén, Mons. Amadeo Rodríguez. El simple hecho de plantear el tema me parece muy conveniente y oportuno. Quisiera ofrecer algunos comentarios a lo que ha expuesto este obispo.

 

Me admira que Mons. Amadeo constate que son muchos los gestos y las actitudes que tiene la oportunidad de observar en sus comunidades, especialmente el sentido de adoración que se manifiesta en el momento de la Consagración, cuando “una mayoría de fieles se hincan de rodillas ante el Santísimo Sacramento”. Me congratulo por tan gratificante experiencia que, por desgracia, en otras latitudes brilla por su ausencia. La genuflectofobia y la artrosis espiritual han hecho estragos, pues la eliminación sistemática de los gestos tradicionales de adoración ha comportado la pérdida del sentido del Sagrado, como tantas veces insistía el Papa Benedicto. Dejar de arrodillarse durante la Consagración cuando es posible hacerlo no es un gesto insignificante. Comulgar con cualquier gesto no es anodino. La mejor antropología nos enseña la coordinación y armonías necesarias entre el cuerpo y el espíritu.

 

Con todo, Mons. Amadeo confiesa que le disgusta cómo algunos se acercan a comulgar y cómo vuelven a sus asientos los que han recibido el Cuerpo del Señor. Reconoce una especie de desconcierto en el templo. Yo me preguntaría si tiene algo que ver con este desconcierto el jolgorio en que a menudo degenera una praxis aberrante del rito de la paz. Creo que no hace mucho tiempo la Sede Apostólica dio unas normas precisas sobre cómo practicar correctamente el rito de la paz. Por mi experiencia puedo afirmar que estas normas han caído en saco vacío y que nadie hace el más mínimo caso. A menudo los mismos presbíteros que concelebran  Misa son los primeros en manifestar la mayor ignorancia sobre las disposiciones de la Santa Sede sobre este tema. Considero que una buena preparación para la Comunión sería observar lo que la Iglesia dispone para el rito de la paz. Sobrio y esencial.

 

Oportunas son las reflexiones de Mons. Amadeo sobre el modo de comulgar  y gran verdad es lo que afirma: “No siempre en las manos que reciben al Señor se percibe aquello de que la mano izquierda ha de ser un trono para la mano derecha, puesto que ésta debe recibir al Rey”, citando a San Juan Crisóstomo. Es evidente que Mons. Amadeo da por supuesta la fe y la adoración sin las cuales ningún sentido tendría la Comunión. Ya San Agustín decía que “pecaríamos si comiéramos sin adorar”. Es innegable en ciertas actitudes externas un profundo oscurecimiento del sentido de la fe. Se impone pues una catequesis litúrgica y doctrinal simultáneamente. La liturgia es escuela de la fe y el principio lex orandi, lex credendi sigue siendo fundamental. Hay que explicarlo todo muy bien y muchas veces y no dar nada por supuesto por elemental que parezca. No estaría de más insistir en la comunión en la boca, bien hecha, por supuesto y en la posibilidad de facilitar la comunión de rodillas a los fieles que lo prefieran y que tienen todo el derecho a recibirla.

 

Una observación muy atinada de esta pastoral de obligada lectura del Obispo de Jaén, es la importancia que tiene la actitud y los gestos del sacerdote que celebra la Santa Misa. La piedad sacerdotal siempre ha sido profundamente educadora de la piedad de todo el pueblo de Dios. No hay mejor catequesis de la Santa Misa que la celebración de la misma por parte del sacerdote. El pueblo de Dios intuye rápidamente cuando ve la piedad y reverencia en sus ministros. En esta perspectiva el Papa Francisco nos decía hace muy poco que los sacerdotes debemos favorecer el silencio en la celebración. Este silencio que brota de la adoración y de la conciencia de estar ante Dios.

 

Este silencio, como bien observa Mons. Amadeo, debe fomentarse especialmente en el momento de acción de gracias habiendo recibido la Sagrada Comunión. Por desgracia este es un tema bastante desdeñada actualmente y sin embargo, grandes teólogos como Rahner y Galot le dedicaron estudios específicos. Hay que invitar a los fieles a adorar, alabar, bendecir en profundo recogimiento, sin cantos estrepitosos ni otra distracción. Tal vez una música de órgano suave y íntima que nos ayude a unirnos profundamente al Señor, eso es, a vivir la communio. Sabias palabras las de Mons. Amadeo: “Yo propongo a que se eduque con unas buenas catequesis mistagógicas a cómo encontrarse con el Señor tras comulgar. Es importante que se recuerde que es tiempo de rezar…”. Todo un reto para teólogos y pastores. Los fieles de antaño tenían en sus misalitos preciosas plegarias para este dulce momento. Siempre recordaré la primera vez que participé en la Misa matutina de San Juan Pablo II en su capilla privada y contemplé cómo el Papa, después de comulgar se arrodillaba en su reclinatorio para una larga acción de gracias. Por cierto, proveer los bancos de cómodos reclinatorios ayudaría mucho al respecto.

 

Hay otros y ricos aspectos en la carta pastoral del Obispo de Jaén. Insisto, hay que leerla y, sobre todo, vivirla. Comulgar bien es una cuestión fundamental en la vida cristiana. Por supuesto, hay que priorizar los aspectos internos fundamentales como son la fe y la gracia y que ya consideramos en otra ocasión en este mismo blog y que Mons. Amadeo trata muy bien en la misma pastoral.

 

1.11.17

Adorar

Adorar

Me preguntaban hace poco por la adoración eucarística y cuándo debe realizarse en una parroquia. Cada vez que celebramos la Santa Misa debemos adorar. A menudo se confunde la adoración debida a la Santísima Eucaristía y el culto eucarístico fuera de la Misa. La Santa Misa es el acto por excelencia de adoración a Dios y sería incomprensible sin la adoración de Jesucristo realmente presente en el Sacramento.

Participando de manera correcta a la Misa tributamos la debida adoración a la Eucaristía. San Agustín, hablando de la comunión eucaristica afirmaba que “pecaríamos si la comiéramos sin adorar”. La adoración brota de la fe ante la presencia de Dios a quien debemos y queremos darle el primer lugar, por encima de todo.

El Código de Derecho Canónico establece: “… el sacramento más augusto, en el que se contiene, se ofrece y se recibe al mismo Cristo Nuestro Señor, es la santísima Eucaristía, por la que la Iglesia vive y crece continuamente. El Sacrificio Eucarístico, memorial de la muerte y resurrección del Señor, en el cual se perpetúa a lo largo de los siglos el Sacrificio de la cruz, es el culmen y la fuente de todo el culto y de toda la vida cristiana, por el que se significa y realiza la unidad del pueblo de Dios y se lleva a término la edificación del cuerpo de Cristo. Así, pues, los demás sacramentos y todas las obras eclesiásticas de apostolado se unen estrechamente a la santísima Eucaristía y a ella se ordenan. Tributen los fieles la máxima veneración a la santísima Eucaristía, tomando parte activa en la celebración del Sacrificio augustísimo, recibiendo este sacramento frecuentemente y con mucha devoción, y dándole culto con suma adoración; los pastores de almas, al exponer la doctrina sobre este sacramento, inculquen diligentemente a los fieles esta obligación

La Adoración Eucarística debe considerarse unida siempre a la Santa Misa, como prolongación de ella, y constituye una de las formas de culto más importantes de la vida de la Iglesia. El culto eucarístico fuera de la Misa contribuye poderosamente a vivir mejor la misma Misa. Desde los inicios hay una conciencia clara de la presencia de Cristo en las especies eucarísticas, pero fue desde el siglo XI cuando comenzó la adoración eucarística tal y como la vivimos hoy

Podemos participar también con la “comunión-adoración espiritual” y prolongando un poco la adoración y acción de gracias después de comulgar.  Recuperar la vista al Santísimo. También es bueno recordar que es posible la adoración eucarística desde casa, especialmente por parte de ancianos y enfermos, cuando no podamos hacerlo presencialmente. Y no olvidemos los gestos corporales de adoración cuando la salud nos permita hacerlos, en especial el noble gesto de arrodillarnos durante la consagración. Como decía Saint Exupery, el autor de Le Petit Prince, el hombre nunca es tan grande como cuando se arrodilla ante Dios.

15.08.17

Incrédulos, escépticos, burlones...

Comparto con los lectores del blog esta consulta que recibí hace poco y su respuesta. Por si sirve…

Incrédulos y escépticos

¿Qué me recomendaría para vencer a incrédulos y escépticos? Tengo muchos amigos que no creen y que me dicen que la fe está superada. Incluso algunos, me parece, me miran con lástima y burla…

Su consulta me recuerda una anécdota que viví hace años. En aquellos momentos me dedicaba a impartir clase de Religión a chicos y chicas de Bachillerato. En el instituto había un personaje curioso que ejercía como profesor de Filosofía y que venía a ser una versión degenerada de la escuela de los cínicos. Un día, en la sala de profesores, yo estaba con otros compañeros trabajando y entró él un poco alterado. Sin ningún preámbulo se dirigió a mí y me dijo: «¡Qué lástima Joan! Piensa que cuando te mueras y veas que no existe Dios ni nada, considerarás que te has perdido tantas cosas buenas…».

Algunos se echaron a reír. Otros que le conocían, me miraron como diciendo que no le hiciera ni caso. Yo le dije: «Me sorprende que seas tan incompetente en filosofía que, entre otras cosas, se supone que debe enseñar a la gente a pensar con rigor.» Puso una cara indescriptible y, antes de que pudiera abrir la boca le dije: «Sí, hombre. Si no existe Dios ni hay nada después de esta vida, yo no me daré cuenta de nada, ni nada me preocupará, ni haré ninguna consideración ni lamentación, ni nada de nada, porque, simplemente, ya no existiré. Y si no existo, no pienso ni soy, como diría Descartes”.

Se puso de un color entre rojo y amarillo y su cara era todo un poema. Todos nos miraron. Y yo seguí impertérrito: «Sin embargo, piensa que quizás sí existe Dios y que después de esta vida hay cielo e infierno y tendremos que rendir cuentas del bien o del mal que hayamos hecho. Y entonces, la sorpresa puede ser desagrada- ble.» Se escapó diciendo que tenía trabajo y que ya conversaríamos en otro momento. Años después todavía espero esta conversación.

Él quería sembrar dudas sin demasiados razonamientos y yo las sembré de manera más fundamentada. En el fondo utilicé la vieja argumentación de Pascal que siempre es buena en estos casos.

Vencer a escépticos, burlones e incrédulos es complicado, por no decir imposible. Quizás lo que tendríamos que hacer es intentar «convencer», implicando al otro a superar el obstáculo de la incredulidad, aportando argumentos y testimonio de vida.

A mí, a aquellos que presumen de incredulidad y ateísmo, me gusta decirles: «Y esta forma de pensar cerrada a la trascendencia, ¿te hace más feliz?, ¿te ayuda a vivir? A mí, al menos, la fe me da alegría y esperanza…» Sé, por experiencia, que estas reflexiones muchas veces ayudan a remover actitudes cerradas y a abrir rendijas a la luz. Poco más se puede hacer. Rezar, sobre todo. Finalmente, le diría que seleccione bien a sus amigos. Un buen amigo siempre respeta y no mira con “lástima”.

 

17.06.17

La tentación del silencio. ¿Es posible enseñar la moral sexual criatiana sin ser lapidado?

LA TENTACIÓN DEL SILENCIO

¿Es posible hablar de moral sexual en clave cristiana sin ser lapidado?

 

 

Me comentaba hace poco una maestra de religión sobre la dificultad de hablar a adolescentes y jóvenes sobre la sexualidad en clave cristiana. Lo sucedido al Obispo de Solsona es un buen ejemplo. Esta maestra me refería el caso de un profesor de filosofía que se encuentra en situación de baja y depresión por la reacción suscitada ante una opinión suya. La maestra concluía que tal vez era mejor callar y que los padres se ocuparan de estos asuntos. Mi respuesta fue la siguiente:

 

Plantea usted un tema denso e importante. En primer lugar y atendiendo su misión educadora, le recomiendo que lea con mucha atención el apartado que el Papa Francisco dedica en la educación afectiva y sexual de niños, adolescentes y jóvenes. Los primeros protagonistas son, tendrían que ser, los padres, y con ellos la escuela católica y la catequesis. La doctrina católica reivindica la función de los padres como los primeros educadores en este delicado terreno. También hay que tener en cuenta la situación real de los padres y las acciones u omisiones de los mismos en su misión educadora. Y, en la medida de lo posible, suplir las negligencias.

 

Hay que hablar y, sobre todo, hay que hablar con acierto. No es trata de expresar simples opiniones, más bien se trata de proyectar la luz del Evangelio, la visión cristiana del ser humano, sobre esta importante dimensión de la persona. Muchos querrían que calláramos para llevar a cabo más cómodamente su tarea des-educadora.

 

No hay duda, en una visión sensata y realista de la vida, que ciertas opciones y decisiones que se toman en la adolescencia y primera juventud, afectarán a toda la vida de la persona. Para poner ejemplos muy entendedores y elementales: hábitos de vida saludables o insanos, estudios que se eligen, compañías y amistades, relaciones afectivas, experiencias sexuales…. Todo esto tiene más importancia del que pensamos y pueden marcar de por vida nuestros jóvenes.

 

Constatamos una situación curiosa: nuestros jóvenes reciben “informaciones” y propuestas en cuanto a su vida afectiva y sexual desde tantas instancias. Hay que ser muy incauto para no darse cuenta que está en marcha toda una ingeniería social para inculcar una visión de la vida que está en los antípodas del Evangelio. Estudios recientes resaltan el impacto que reciben en este campo de las redes sociales. Y no se piense que se limitan a la teoría…

 

Y nos tenemos que preguntar: ¿Quién los da una buena formación humana?, ¿Quién los desintioxica? Y como cristianos, ¿quién los presenta la visión que nace del Evangelio? Resulta que, muchas veces, todo el mundo les habla de sexo y afectividad menos los padres, la escuela católica y la catequesis. Y luego nos maravillamos  de los resultados.

A mí me parece que en este punto los hijos del mundo son más astutos y diligentes que los hijos de la luz. En la clase de religión de secundaria, para poner un ejemplo, hay un temario establecido por los Obispos que hay que desarrollar y que contiene, entre otras cosas, la visión cristiana de la afectividad y sexualidad. Hay que hablar a los chicos y chicas con claridad y hacerlos razonar que, en este aspecto tanto importante, cualquier opción y cualquier estilo de vida no los harán felices. 


Hay que practicar una misericordia hoy muy olvidada: la misericordia de la verdad. Pasar por alto la verdad nunca es positivo. Un planteamiento oscuro, dudoso o laxo en cuestiones importantes siempre dará lugar a conductas sesgadas. Hay que distinguir la exposición sistemática del tema con la formación más personal.

 

En el contexto de una clase de religión y en la catequesis no se tiene que entrar en temas muy particulares y personalizados. Hay que exponer los principios fundamentales de la antropología cristiana: la bondad de la creación, del cuerpo y del sexo, la profunda alteración que introduce el pecado original, el combate espiritual, el discernimiento y los medios para vencer la tentación, la necesidad de integrar la sexualidad en un proyecto de auténtico amor y de superar planteamientos hedonistas y sentimentalistas, el valor del autodominio como requisito fundamental para autodonación  y el compromiso. Hay que estar muy atentos a las falsificaciones del amor y la sexualidad que reciben nuestros jóvenes desde tantas instancias y ayudarlos a razonar por discernir.

 

Creo que es particularmente importante que entren en contacto con otras personas y jóvenes que los puedan dar un testigo de una vida afectiva y sexual exitosa desde planteamientos cristianos y invitarles desde la experiencia de vida a la lucha por la castidad. Esto les impacta mucho. Y a nivel más personal estar dispuestos a orientarlos con caridad y firmeza. No os podéis imaginar el bien que le puede hacer a un adolescente o joven una palabra dicha con oportunidad y caridad por una persona que el joven percibe que le quiere y se interesa por él. Recordemos a Don Bosco. Quizás parecerá que no escuchen, pero aquella palabra dicha con amor y verdad hará reflexionar.

 

Y, sobre todo, animarlos siempre con la misericordia de Dios. Cómo dice bien el Catecismo, la castidad es una lucha, una conquista. Y en este camino siempre hay derrotas y caídas. El recurso al sacramento de la misericordia es fundamental en estas edades y siempre.

 

Finalmente dos consejos: Miramos de implicar los padres facilitándolos personas y recursos que los ayuden y no dudamos de regalar a nuestros adolescentes y jóvenes libros y materiales buenos, que los hay, sobre una temática de qué van hambrientos no sólo de información, sino de formación por una vida virtuosa y feliz.

 

¿Callar? Nunca. Es la peor tentación. La catequesis del Mal es más activa que nunca y no dudo en afirmar que uno de los mayores logros del Enemigo es acabar con la inocencia de nuestros niños y jóvenes cuanto antes mejor.

 

25.04.17

Fátima en las enseñanzas de San Juan Pablo II

Juan Pablo II en Fátima 12 de mayo de 1991

Ofrezco hoy a los lectores del blog unas reflexiones sobre el Mensaje de Fátima a la luz de algunas enseñanzas de San Juan Pablo II. Este artículo será publicado en la revista Cristiandad y es el primero de algunos que quiero dedicar al tema cuando se cumplen los 100 años de las apariciones.

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Fátima: Profecía esencial para nuestro tiempo

Aportaciones de San Juan Pablo II

 

 

Dr. Juan Antonio Mateo García

Sociedad Mariológica Española

 

1. Al cumplirse los cien años de los acontecimientos de Fátima queremos acudir a uno de los pontífices que más se han involucrado en la recepción y difusión del mensaje que no dudamos en calificar como “profecía esencial” para nuestro tiempo. San Juan Pablo II cuyo lema pontificio tiene una clara resonancia de devoción y entrega a la Virgen María, vio la mano providente y maternal de María en el atentado que sufrió un trece de mayo. Poco después de recuperarse, el santo Pontífice quiso leer el texto del mensaje que se custodiaba en los archivos de la Congregación para la Doctrina de la Fe y, como sabemos, pensó inmediatamente en la gestión de la consagración pedida por la Virgen.

 

Juan Pablo II hizo tres viajes apostólicos a Fátima. Por su contenido doctrinal queremos resaltar el primero de ellos, y concretamente su magisterio expresado en la homilía del 13 de mayo de 1982. La enseñanza allí expuesta continua teniendo una gran actualidad para una correcta hermenéutica de Fátima y su mensaje.

 

Juan Pablo II constataba que la maternidad que, por designio divino, se confirió a María, su maternidad espiritual para con todos los hombres y particularmente para los bautizados, se manifiesta de modo particular en los lugares donde ella se encuentra con sus hijos, las casas donde ella habita y se siente una especial presencia de la Virgen. Lugares particularmente privilegiados “donde los hombres sienten particularmente viva la presencia de la Madre” son los santuarios marianos, como Fátima y otros queridos explícitamente por la Virgen. Éste es un fenómeno muy importante en la renovación de la Iglesia. Lourdes, Fátima y otros muchos santuarios de toda la geografía mundial son como un imán poderoso que, por la mediación materna de María, atraen a millones de personas a Dios y las sustraen del mal y del pecado. Por esto, un servicio inestimable de Juan Pablo II al mensaje de la Virgen en Fátima ha sido su reiterada presencia en este importante santuario. El Cardenal Schonborn, en unas inspiradas reflexiones que hacía algunos años atrás constataba que los santuarios marianos del mundo son como el último puerto de salvación para la Iglesia. Juan Pablo II, peregrinando a Fátima, enseñaba con su ejemplo que estos lugares irradian luz, atraen a gente de todas partes y en ellos se realiza de manera admirable aquel singular testamento del Señor crucificado por el que “el hombre se siente entregado y confiado a María y allí acude para estar con Ella como la propia Madre.

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