16.10.09

IBB. Un documento que confunde

En unos momentos históricos y cruciales, cuando la batalla entre los defensores de la vida y los partidarios de la cultura de la muerte se recrudece en nuestro país, cuando tenemos a las puertas la irrupción de una de las leyes más nefastas y a pocos días de una colosal manifestación a favor de la vida y la maternidad, el posicionamiento emanado desde la Tribuna Abierta del Instituto Borja de Bioética ha supuesto un auténtico jarrón de agua fría sobre la cabeza de tantas y tantas personas que dedican tiempo, medios y mucha energía en la noble defensa de la vida humana. Un documento ambiguo por su contenido y tremendamente inoportuno por el momento en que se publica.

Un sentimiento profundo de sentirte engañado, traicionado por los que supones comparten tus ideales es innegable. Comprendo muy bien la reacción de Mons. Sanz Montes, por lo que él llama un triple engaño:

“La primera impresión que me brota es la de sentirme engañado: engaño científico por apelar a la bioética para legitimar la destrucción de la vida y para transgredir la ética. Sólo quien tiene otros intereses (ideológicos, económicos, políticos, etc.) puede estar cerrado éticamente y científicamente para reconocer lo que la comunidad bio-médica en sus máximos y mejores exponentes no han dejado de afirmar: la existencia de la vida humana desde la concepción por la unión del espermatozoide y el óvulo generando una nueva realidad que embrionariamente es un ser humano.

En segundo lugar, hay un engaño cultural, porque con el apoyo a la ley del aborto admitida a trámite por el Parlamento español, se aducen también razones de índole relativista: no se trata de descubrir lo que es verdad o lo que es falso, sino lo que nos permite colocarnos en el bazar de la vida con una equidistancia neutra, indiferente, transgresora con tal de no crear ni crearnos problemas conviviales.

Y en tercer lugar hay un engaño eclesial, por presentarse desde una posición doctrinal católica y una institución universitaria católica, desde una identidad eclesial que representan importantes órdenes o congregaciones religiosas que de modo escandaloso escenifican esa disidencia respecto de la tradición cristiana y del Magisterio de la Iglesia.Por estos tres engaños, me siento perplejo y dolido, por la connivencia con una ideología de la muerte, con una cultura relativista y con una disidencia eclesial, en quienes menos cabría esperar esta postura”.

Comparto plenamente las palabras del Prelado.

A propósito del primer engaño hay que decir que el texto del IBB se hace cómplice de una tremenda falacia esparcida por doquier según la cual existe un misterioso instante en que el embrión muta su estatuto ontológico para pasar de ser una realidad impersonal a una realidad personal. Nada más falso, engañoso y capcioso. Contrario a la razón y a la fe católica.

Hace muy poco, mi Obispo, Mons. Joan Enric Vives, en perfecta sintonía con la doctrina católica, escribía estas sensatas palabras:

“La vida humana, es obvio, tiene un inicio, un punto de partida. Con la fecundación comienza un proceso que, si no se interrumpe, dará lugar al nacimiento de una persona, de un nuevo miembro de la comunidad humana. Es engañoso y arbitrario poner un momento puntual en esta evolución para identificar al ser personal. ¿Quién puede fundamentar razonablemente la afirmación según la cual un feto no puede ser considerado persona antes de determinadas semanas, y sí que lo es, pasado un solo segundo después de este margen? Desde el primer momento se trata de vida humana, de la generación de un ser personal. Podemos decir que somos personas y que cada vez nos hacemos más personas. La doctrina de la Iglesia en esta materia es profundamente sensata, enraizada en la fe y en la razón más elementales. Por esto debemos hablar alto y claro, y confiar en la capacidad de las conciencias para acoger y responder a la verdad. Y a ser más valientes en la defensa de la vida”.

Juan Pablo II en Evangelium Vitae afirmaba contundentemente que “la decisión deliberada de privar a un ser humano inocente de su vida es siempre mala desde el punto de vista moral y nunca puede ser lícita como fin, ni como medio para un fin bueno”.

Esta es la Doctrina Católica que todo católico en comunión con la Iglesia debe profesar y sostener. Una doctrina clara y bien elaborada, presentada, por ejemplo en los más recientes documentos magisteriales sobre la temática referente a la vida humana. La declaración del IBB no sólo se distancia gravemente de esta doctrina católica sino que la contradice en puntos importantísimos. Las posturas defendidas en el informe del IBB, en palabras de Mons. Manuel Monge, “son contrarias a la moral católica expresada sin ambigüedades por los Papas y Obispos en nuestros días”.

Respecto al engaño cultural, hay que añadir que la argumentación católica sobre el aborto y la defensa de la vida no es una argumentación “confesional”. Es sin duda un discurso iluminado y animado por la fe pero que hunde sus raíces en la razón, en el sentido común, en la naturaleza y las leyes que Dios le ha dado. Es evidente que necesitamos un consenso para convivir pero en los elementos fundamentales de este consenso mínimo hay que situar la ley natural que todos los hombres han de respetar para edificar una convivencia humana digna de este nombre. La cultura de la muerte no sólo es contraria a la fe cristiana sino a la razón humana más elemental. Sería bueno que los redactores del texto del IBB releyeran la Veritatis splendor de Juan Pablo II.

Y, finalmente, respecto al tercer engaño, el escandaloso disenso eclesial que suponen estas declaraciones y otras parecidas como la de la inefable Teresa Forcades, hay que reconocer que tenemos un serio problema en el seno de la Iglesia Católica y que hay que ponerle solución cuanto antes, antes que el cáncer nos devore.

No voy a entrar en un análisis detallado del texto del IBB puesto que ha lo han hecho y bien otros articulistas pero quiero insistir en que hay afirmaciones en el documento que dinamitan el esfuerzo doctrinal y pastoral que la mayoría de pastores intentamos llevar a cabo en un contexto sociocultural bien difícil. Uno trata de explicar sobretodo a chicas jóvenes que, pase lo que pase, la vida es un don precioso que hay que acoger, incluso en circunstancias difíciles y que encontrarán ayuda para realizarlo y se encuentra con que según el texto del IBB “… la vida del feto y del futuro bebé depende de que la mujer se vea capacitada para asumirla responsablemente, con todo lo que pueda comportar, y, por tanto, no se la puede forzar a llevar a cabo la gestación en contra de su decisión… consideramos que la dignidad de la mujer violada, que se ha visto brutalmente agredida en su integridad, no puede hacer exigible el sacrificio de llevar adelante una gestación fruto de la agresión… desde el punto de vista ético consideramos que el simple hecho de haber sido víctima de una violación podría justificar la demanda del aborto…”.

¿Qué pensara una chica a la que su párroco le ha enseñado que a pesar de todo la vida de aquel hijo que tal vez no ha deseado o que se lo han impuesto es sagrada y merece ser acogida y que un mal no justifica otro? Pensara que alguien la está engañando. Que un pastor de la Iglesia le está diciendo una cosa, que le va a suponer un gran sacrificio, totalmente diferente de lo que les está enseñando otra persona de Iglesia que, además, parece investida de una autoridad para enseñar.

Creo que es hora de actuar. Siguiendo el principio de subsidiariedad, fundamental en la vida de la Iglesia, hay que poner remedio a tan grandes males. Si yo, por poner un ejemplo, como párroco, tengo un catequista que está enseñando a los jóvenes teorías contrarias a la fe católica, yo le llamaré, le recordaré cuál es la misión que le ha sido confiada, le pediré que rectifique, y, si no está dispuesto a hacerlo, lo cesaré inmediatamente como catequista. Evidentemente, en el ejercicio de la autoridad, hay momentos bien desagradables, pero hay que asumirlos y ejercerlos. Cada instancia desde la competencia que le corresponde.

Lamento profundamente el posicionamiento desafortunado del IBB. Estoy convencido que para nada representa esta su enseñanza a la Iglesia Católica ni a la benemérita Compañía de Jesús. Ahora toca a los superiores de los firmantes recordárselo públicamente con claridad.

Finalmente quisiera plantear unas preguntas a los firmantes del texto del IBB. ¿Han consensuado todos los firmantes el texto final? Tengo mis dudas. ¿Han pensado seriamente la repercusión social y mediática del texto?
¿A quién aprovechará todo esto?
¿Qué es lo que pretenden ustedes?

¿Y a quién sirven realmente?
Ciertamente, eso creo yo, no a la causa de la verdad, de la defensa de la vida y de la Iglesia Católica.
Dicen que de sabios es rectificar. Háganlo.

9.10.09

Liturgia: algo se está cociendo...

Me contaba una buena amistad de Barcelona y digna de todo crédito algunas aventuras litúrgicas vividas este pasado verano. En una Parroquia de una diócesis vecina, el sacerdote, en una Misa ferial, advirtió a los feligreses que, dada la terrible epidemia de gripe (sic), deberían comulgar todos en la mano. Mi amiga y sus familiares, entre ellos cuatro jóvenes (los únicos que había en aquella celebración), se pusieron al final de todos para recibir la Comunión. En el momento de recibir el Cuerpo de Jesucristo lo pretendieron hacer según su costumbre y legítima preferencia, disponiéndose a comulgar directamente en la boca. El sacerdote le dijo a la señora, la primera de la fila, que debía comulgar con la mano. Ésta replicó que quería recibir la Sagrada Comunión directamente en la boca y que sus familiares así lo preferían. El sacerdote insistió en que cogiera con la mano el Cuerpo de Cristo. Al negarse la mujer, el presbítero dio media vuelta y dejo sin Comunión a toda la familia. Omito el diálogo que siguió en la sacristía.

Esta misma señora, otro día, en otra parroquia de otra diócesis, constató con estupor que a la hora de la Consagración, todos los asistentes pronunciaban las palabras consagratorias reservadas al sacerdote. Después preguntó al celebrante quién había consagrado. Respuesta: ¡Todos! ¿No sabe usted que después del Concilio Vaticano II todos somos sacerdotes?

Afortunadamente estos episodios son raros pero demuestran que, efectivamente, hay que poner un poco de orden en la liturgia. Estos días hay un vivo debate sobre supuestas intervenciones de la Santa Sede en materia de liturgia, reformas de la reforma y otras cosas por el estilo. Personalmente creo que se trata de poner orden y de hacer que las cosas se hagan bien. Me parece una insensatez contraponer el “Novus ordo” con el anterior. La liturgia, especialmente la celebración de la Santa Misa, si se hace como se debe hacer, como estipulan los libros litúrgicos vigentes, tiene una gran sobriedad y belleza y una fuerza de renovación espiritual extraordinaria.

Yo me ordené sacerdote el año 1985 y, evidentemente, siempre he celebrado según los libros litúrgicos emanados después del Concilio Vaticano II. He visto de cerca celebrar la liturgia a Juan Pablo II, participando en más de una ocasión en la Santa Misa que celebraba en su capilla privada cada mañana en los Palacios Apostólicos. Y me parece una liturgia hermosa en continuidad con la tradición de la Iglesia. Lamentablemente, los abusos, que en palabras de Benedicto XVI, han ido a menudo más allá del límite de lo tolerable, han creado en muchos perplejidad y escándalo. A veces, veo en ciertas páginas de internet fotos y videos que se presentan como muestra de la liturgia renovada y que son auténticas abominaciones comparado con la Misa que la mayoría de sacerdotes procuramos celebrar con dignidad y devoción y mucha fe.

Igualmente me parece magnífico que, por voluntad del Santo Padre, muchos fieles y sacerdotes vinculados al antiguo ordo y otros que quieran redescubrirlo, puedan celebrar en paz el modo extraordinario del único rito romano.

Dicho esto, creo que nada obsta a que se introduzcan mejoras y se corrijan defectos. Yo no sé qué hay de cierto en algunos rumores que se propagan, incluso entre reconocidos vaticanistas. Algunos dicen que se pretende recuperar más el uso de la lengua latina. Tal vez en muchos casos deberíamos hablar de resucitar la lengua latina. Yo pienso que nunca debió abandonarse hasta el grado en que se ha hecho. No era ésta la intención del Concilio. Es hermoso constatar en Roma, en Lourdes, cómo podemos rezar tantos fieles y de tan distintos lugares y lenguas en una misma lengua: la latina.

Reconociendo la riqueza inconmensurable que ha supuesto dar cabida de las lenguas vernáculas en la liturgia,sin embargo, la pérdida del latín ha sido una auténtica catástrofe cultural. Tal vez una forma de irlo recuperando sería introduciendo paulatinamente algunas partes del ordinario de la Misa en latín: acto penitencia, gloria, credo, sanctus, benedictus y cantos de la tradición católica de probada belleza y seguro contenido doctrinal. Hoy la gente gusta estudiar idiomas. ¿Por qué no el latín? Sería una riqueza recuperar este tesoro, así como el canto gregoriano.

Otro tema que circula, es la recuperación de la posición del sacerdote, hacia el Señor, con todo el Pueblo “conversus ad Dominum”. Ciertamente ésta sería, al menos en muchos lugares, una innovación que suscitaría admiración. Personalmente pienso que la reubicación de la cruz en el centro del altar, como vemos en las hermosas liturgias papales, sería un avance suficiente en este tema.

Otra posibilidad, a mi juicio, si se dispusiera la celebración “ad Dominum o ad orientem” sería reservar el altar exclusivamente para la liturgia eucarística, y resaltar la sede para el resto de la Misa.

Se habla de recuperar la belleza y el sentido de lo sagrado. Creo que es algo sumamente necesario, especialmente en lo que respecta a la distribución de la Sagrada Comunión ( es lamentable la degradación que se observa en muchos lugares) y a los gestos explícitos de adoración que cada vez más se han escatimado a nuestro Señor. He leído con sumo agrado el precioso librito, Dominus est, de Athanasius Schneider y que recomiendo vivamente a sacerdotes y fieles. También he leído con interés el sugerente ensayo de Nicola Bux en su obra La reforma de Benedicto XVI y especialmente el prólogo que hace el cardenal Cañizares a este libro. Invita a reflexionar sobre cuestiones de fondo muy importantes.

Personalmente no me gusta la expresión “reforma de la reforma” y preferiría hablar de “perfeccionamiento de la reforma” y, en expresión muy querida por nuestro Papa, “hermenéutica de continuidad” también para lo que se refiere a la liturgia. En este sentido creo que se está articulando todo un movimiento litúrgico cuya expresión más patente no deja de ser las admirables catequesis litúrgicas implícitas en las celebraciones del Santo Padre. Algo se está moviendo en la liturgia y estoy convencido que será para bien.

Ahora, animada la reflexión, invito a los lectores a participar en el foro y a responder a una sencilla pregunta: ¿Qué cosas considera usted que podrían y deberían mejorar en las celebraciones de la liturgia? ¡Buen debate!

20.09.09

Sacrificios sensatos

Hace poco publiqué una respuesta sobre el tema de la mortificación. A pesar de haber expuesto, eso creo, la doctrina católica, algunos lectores no acabaron de entender muy bien la exposición. Aprovecho una nueva pregunta que he recibido para completar la enseñanza con otros aspectos del tema que estaban implícitamente apuntados en mi anterior escrito.

Pregunta:

Dr. Mateo, tengo una prima que se ha propuesto un auténtico disparate. Dice que hizo una promesa y que ahora ha de cumplirla. Se trata de subir descalza a una ermita con muy mal camino. El problema es que ella padece una deformación grave en los pies y si hace este despropósito puede conllevarle muy malas consecuencias. Un amigo médico ya se lo ha dicho pero no hay manera de que lo entienda. Tal vez si lee su respuesta en Catalunya Cristiana se le piense…

Respuesta:

Lo intentaremos. Para bien de su prima y para formación de otros penitentes poco sensatos. Probablemente si acudiera a su Párroco o a otro sacerdote aconsejarían a su prima sustituir su promesa por otra obra de penitencia o de caridad más apropiada a sus posibilidades. De hecho, la promesa no tiene validez porque su prima ofreció algo que va en contra de la obligación moral de cuidar responsablemente de su salud. Ya lo dijo San Ignacio: “En las penitencias, cuidar que no se corrompa el sujeto”.

Es un deber de caridad de su prima para consigo misma y para los demás, pues si se destroza los pies va a darles muchos trabajos. Cumplir esta promesa sería un auténtico pecado. Que acuda a su confesor y éste le orientará sobre lo que le conviene hacer. Y antes de hacer promesas, consultarlo con el sacerdote.

Dicho esto, será bueno aclarar algo el concepto de sacrificio.

“Sacrificar” equivale a hacer una cosa sagrada, ofrecerla a Dios. Es algo noble y sublime y no algo necesariamente oneroso y doloroso, como a menudo se entiende, aunque pueda resultarlo. El mejor sacrificio que debemos ofrecer a Dios es el de una vida buena y justa, una vida de amor a Dios y al prójimo, y asumir las consecuencias de ello. En la realización del bien, a menudo, encontramos obstáculos y dificultades que pueden provenir tanto del exterior, del mundo, como de nuestra propia naturaleza. La práctica fiel y constante del bien en un mundo y en una naturaleza herida por el pecado suele comportar sacrificios, pero que asumimos con fortaleza y esperanza sabiendo que son para bien y contienen el germen de la resurrección. Es el camino de la cruz, el camino de Jesucristo y el camino del cristiano. Quien quiera venir conmigo, dice Jesús, que cargue la cruz y me siga. Es decir, que asuma mi camino y mi destino, hacer en todo la voluntad de Dios y realizar el proyecto del Reino de Dios. La ascética cristiana no es una ascética de faquires ni un ejercicio de masoquismo.

Negarse a si mismo, morir al hombre viejo y pecador, someter toda nuestra vida a la gracia de Dios, erradicar los pecados y vicios, corresponder al amor de Dios y amar al prójimo como a si mismo, éste es el camino a seguir. Y en cuanto a aspectos más específicos de la mortificación cristiana me remito a una respuesta ya publicada sobre la mortificación.

8.09.09

El aplauso de Dios o el aplauso del mundo, o, ¿por qué no es noticia la buena teología?

Decía en una ocasión el Papa Benedicto XVI que el teólogo debe buscar el aplauso de Dios y no el aplauso del mundo. Lamentablemente, a pesar de que son mayoría los teólogos que realizan un inestimable y fiel servicio a la Iglesia, parece que sólo encuentran eco en los medios de comunicación los teólogos que manifiestan distancias con la doctrina de la Iglesia. No hace falta citar nombres de la larga caterva de personajes que son aplaudidos por el mundo porque, en su condición de teólogos, discrepan en mayor o menor medida del Magisterio de la Iglesia. No es preciso mencionar las flagrantes injusticias cometidas en algunos lugares en que se ha vetado la docencia en Facultades Teológicas a teólogos por el simple hecho de saberlos fieles al Magisterio de la Iglesia.

Y ¿por qué no destacar, al menos alguna vez, la labor silenciosa y eficaz de los teólogos fieles a la Iglesia?

La pasada semana, del 2 al 5 de septiembre, participé en Madrid en la LX Semana de Estudios Marianos, organizada por la Sociedad Mariológica Española. 16 ponencias serias y trabajadas sobre “María y la palabra de Dios". No ha aparecido en los titulares de los periódicos. Y, sin embargo, la Sociedad Mariológica Española (SME) es una institución con casi setenta años de historia, 75 volumenes de la Revista Estudios Marianos que son indispensables para un estudio serio de la Mariología Española Contemporànea y medio centenar de téologos que trabajan, nunca mejor dicho, por “amor al arte". Miles y miles de horas de estudio y trabajo que son luz ( ¡y no humo!) para el Pueblo de Dios.

En las jornadas de este año han disertado teólogos como Alejandro Martínez Sierra, Miguel Ponce Cuellar, Lucas Francisco Mateo Seco, Luís Díez Merino, Gonzalo Gironés, Juan Miguel Ferrer (que pasa a ser Subsecretario de la Congregación para el Culto Divino) y muchos otros autores que no aparecen en los medios de comunicación pero que representan a la verdadera y buena teología que que contribuye a la edificación de la Iglesia.

Hemos tenido este año el gozo de incorporar a la SME a Mons. Francisco del Cerro, Obispo de Cáceres Cória, que disertó esplendidamente sobre el tema “María, Palabra de Dios, en el Sínodo de los Obispos".

El Presidente de la SME es actualmente el P. Enrique Llamas, OCD, Profesor Emérito de la Pontificia Universidad de Salamanca.

Sean estas breves líneas un homenaje a todos los teólogos que ejercen con fidelidad y sin estridencias su trabajo al servicio de la Iglesia. Y si alguién quiere conocer un poco más la SME le invito a entrar en la web de la Institución (www.sociedadmariologica.com).

16.08.09

Mortificación ¿tiene sentido hoy?

El Santo Padre, con motivo del 150 aniversario de la muerte del Santo Cura de Ars, ha convocado un año sacerdotal. San Juan Maria Vianney fue maestro de oración y adoración, de celo pastoral y también de mortificación. Indagando por los archivos de mi ordenador me encuentro con una reflexión que escribí hace algunos años dando respuesta a una pregunta sobre la mortificación. En unos momentos en que muchos rehuyen el camino del esfuerzo y la abnegación y no son pocos los que se hacen un cristianismo a la carta sin sacrificio y sin cruz, me ha parecido un tema interesante para volver a considerar.

La pregunta que recibí fue la siguiente:

Viendo en la televisión la vida de Santa Rosa de Lima, impresionó mucho a mi señora que esta Santa se azotara para mortificarse. Esto lo he visto también en otros santos y en los pastorcitos de Fátima. Puedo comprender el ayuno y ofrecérselo al Señor pero ¿es conveniente que castigue mi cuerpo? No lo acabo de entender. Mi mente no lo ve claro pero mi corazón me dice que ése es el camino de muchos santos y siento deseos de imitarlo.

La respuesta que dí es la que sigue:

La pregunta me llega desde Santiago de Chile. Mortificarse significa dar muerte a todo aquello que nos separa de Cristo y nos impide crecer en la caridad. Usted alude a ciertas mortificaciones corporales que hoy no están de moda.

El Papa Juan Pablo II lo lamentaba en una hermosa carta que escribió con ocasión del centenario de la muerte de San Juan María Vianney: “Cuántas cruces se le presentaron al Cura de Ars en su ministerio: calumnias de la gente, incomprensiones de un vicario coadjutor o de otros sacerdotes, contradicciones, una lucha misteriosa contra los poderes del infierno y, a veces, incluso la tentación de la desesperanza en la noche espiritual del alma. No obstante, no se contentó con aceptar estas pruebas sin quejarse; salía al encuentro de la mortificación imponiéndose ayunos continuos, así como otras rigurosas maneras de «reducir su cuerpo a servidumbre», como dice San Pablo. Mas, lo que hay que ver en estas formas de penitencia a las que, por desgracia, nuestro tiempo no está acostumbrado son sus motivaciones: el amor a Dios y la conversión de los pecadores. Así interpela a un hermano sacerdote desanimado: ¿Ha rezado? . . . ¿ha gemido? . . . pero ¿ha ayunado, ha pasado noches en vela?. Es la evocación de aquella admonición de Jesús a los Apóstoles: Esta raza no puede ser lanzada sino por la oración y el ayuno”. (Juan Pablo II, Carta a los sacerdotes, Jueves Santo de 1986).

La práctica constante y meritoria del bien en una historia y en una humanidad heridas por el pecado es siempre dificultosa. Como San Pablo todos experimentamos en nosotros una tendencia al mal que es motivo de lucha constante. La doctrina del pecado original y de la concupiscencia siguen siendo muy actuales e imprescindibles para una comprensión realista de nuestra naturaleza y de la situación del ser humano.En nuestra naturaleza anidan pasiones rebeldes y deseos desordenados que hay que controlar con ayuda de la gracia y la cooperación de nuestro esfuerzo. Aquél que quiera seguir fielmente a Cristo le tendrá que acompañar llevando la Santa Cruz.

Sin llegar de entrada a grandes mortificaciones corporales, hay que iniciarse en las mortificaciones ordinarias. Ser puntual, delicado, soportar con una sonrisa las impertinencias (que nunca faltan) del prójimo, combatir un mal deseo, privarse de ciertas comodidades, ser generoso,morderse la lengua en algunas ocasiones o hablar sin tapujos en otras…son buenas mortificaciones que nos ayudan a asociarnos al misterio de la Cruz del Señor. Estos pequeños combates nos preparan para otros mayores. Perdonar a los enemigos,devolver bien por mal, rezar por aquellos que nos detestan son ya grandes mortificaciones.

En cuanto a las mortificaciones corporales (presentes en la mayoría de Santos) como son ayunos fuertes, disciplinas y cilicios hay que ser prudentes. Estas mortificaciones no deben darse nunca sin las ordinarias antes mencionadas y sin el consejo de un buen director espiritual. Dios las suscita en el corazón de los santos a su debido momento y siempre bajo la supervisión de una persona avanzada en el camino espiritual. Podríamos iniciarnos con algunas más sencillas: moderar la calefacción en invierno y el aire acondicionado en verano, utilizar más a menudo el agua fría… Tenga en cuenta que, por otra parte, hoy muchas personas hacen enormes sacrificios para ciertos objetivos que se proponen y nunca aceptarían hacer tales cosas por penitencia.

La mortificación no deja de ser como la sal de la vida cristiana, la medida de nuestro amor y sacrificio. Nulla dies sine cruce. Ningún día sin cruz, pues la alegría cristiana tiene raíces en forma de cruz y cuando uno quiere dar lo mejor de sí mismo a Dios y a los hombres, la cruz aparece con naturalidad y es vivida con alegría.

¿Cómo vivimos la mortificación? La respuesta a esta pregunta tal vez nos informe de manera fidedigna del temple de nuestra vida cristiana.