Inmaculada Madre y Fuente de la Divina Misericordia

Ofrezco hoy a los lectores del blog este pequeño artículo que se publica en la revista Cristiandad de este mes de diciembre, con la esperanza que la Virgen Purísima nos ayude a sacar frutos abundantes del Año Santo.

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Inmaculada Madre y Fuente de la Divina Misericordia

 

Breves reflexiones sobre la Inmaculada Concepción de María y la Misericordia

 

Hace ya varios años fui invitado, en Roma, a un encuentro muy reducido de profesores de teología con el gran teólogo Leo Scheffczyk. El tema que trató con gran maestría no fue otro que el del pecado original, tema teológico denso y complicado. Recuerdo una cita de San Agustín que comentó para nosotros el insigne maestro alemán: “Nada tan oscuro para comprender, nada tan necesario de predicar”. Efectivamente, el pecado original, a pesar de su gran dificultad para ser comprendido, es del todo imprescindible no sólo para la comprensión cabal de la fe católica por lo que respecta a la realización del designio divino de salvación ,sino también para la comprensión misma del ser y del actuar del hombre.

 

El Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda certeramente que “aunque propio de cada uno, el pecado original no tiene, en ningún descendiente de Adán, un carácter de falta personal. Es la privación de la santidad y de la justicia originales, pero la naturaleza humana no está totalmente corrompida: está herida en sus propias fuerzas naturales, sometida a la ignorancia, al sufrimiento y al imperio de la muerte e inclinada al pecado” (CEC, 405). Es la situación de miseria en que se encuentra la naturaleza humana y, como decía bien San Juan de la Cruz, no puede entenderse la misericordia sin hablar de la miseria. El olvido de esta miseria comporta una falta de realismo que es fatal, en el significado más profundo del término, como también enseña la Iglesia: “La doctrina sobre el pecado original, vinculada a la de la Redención de Cristo, proporciona una mirada de discernimiento lúcido sobre la situación del hombre y de su obrar en el mundo. Por el pecado de los primeros padres, el diablo adquirió un cierto dominio sobre el hombre, aunque éste permanezca libre. Ignorar que el hombre posee una naturaleza herida, inclinada al mal, da lugar a graves errores en el dominio de la educación, de la política, de la acción social y de las costumbres” (CEC, 407). Todo esto es absolutamente imprescindible para comprender que es y que significa la Inmaculada Concepción de la Virgen María. Y, obviamente, es imprescindible para saber qué significa la misericordia en su sentido más auténtico. Hay que recordar a muchos contemporáneos que “misericordia” viene de “miseria” y “corazón” y que no hay peor falsificación de la misericordia que aquella actitud que minimiza y justifica el pecado por una falsa indulgencia. Pasar por alto una situación de pecado, tranquilizar de manera engañosa al pecador, es la mayor falta de caridad posible. Dios ama profundamente al pecador pero detesta justamente su pecado. Nada más erróneo aquello de “humano es pecar”. Es lo más inhumano. Si no, Cristo y María no serían humanos. Combatamos la confusión que ofusca la mente y desvía la conducta.

 

Estos días he disfrutado mucho leyendo un excelente texto de Leo Scheffczyk recientemente traducido al español y que constituye uno de estos libros fruto de una gran sabiduría y madurez que merece ser leído y preservado de la inexorable criba que ejerce el paso del tiempo. La obra se titula “El mundo de la fe católica. Verdad y forma” y la introducción corre a  cargo, nada más y nada menos, de Benedicto XVI. En esta obra se dedican páginas luminosas a la consideración de la Virgen María en la historia de la salvación.  Cito el siguiente párrafo a propósito del tema sobre el que estamos reflexionando: “La posición de María en la teología y en la religiosidad no puede compararse con la de ningún otro santo o apóstol, ya que ningún santo o apóstol tiene como persona individual una posición o un significado en el orden salvífico. Tal significado es un privilegio  exclusivo de María debido a su relación singular con Cristo y con el misterio de la encarnación redentora a cuya expansión, crecimiento e integración ha contribuido, justo desde el lado humano”. Leo Scheffczyk advierte también con razón que esta consideración de María como privilegiada no debe entenderse en el sentido de una realización arbitraria de Dios, como una excepción singular centrada en si misma, es decir, admirable y maravillosa pero desvinculada del designio universal de salvación de Dios. En una concepción semejante “la figura de María corre el riesgo del aislamiento y de constituirse únicamente como objeto de la admiración humana”. Olvidaríamos entonces algo esencial: que Dios nos eligió en Cristo para que fuéramos santos, inmaculados en su presencia.

 

María es concebida sin pecado original, para que nosotros fuéramos arrancados de la miseria del pecado y alcanzáramos la santidad que es nuestra verdadera vocación y destino. La consideración de María en el conjunto y propósito de la historia de la salvación, según   Scheffczyk,  “nos hace comprensible cómo su ser pleno de gracia, su radical libertad respecto al pecado (“inmaculada concepción”)… no representan adornos arbitrarios, sino que corresponden a esa tarea que debía cumplir como mediadora en el evento redentor de Cristo”. La inmaculada Concepción está en función de la dispensación de la misericordia de Dios que no abandona el hombre bajo el dominio del demonio, del pecado y de la muerte y que quiere reconducirlo a su designio original. María, en definitiva, por su inmaculada Concepción, se convierte así en Madre y fuente de la Misericordia. Pablo VI lo dijo bellamente en la exhortación apostólica Marialis Cultus: “El Padre la amó para sí, la amó para nosotros”. María es la única persona humana objeto del amor de Dios en su expresión más primigenia. En Ella el Mal nunca halló nada suyo. Podríamos decir que Ella fue perfectamente amada y nunca “misericordeada”, utilizando un neologismo muy querido por el Papa Francisco. Expliquémoslo algo más.

 

San Juan Pablo II, en su célebre y digna de ser releída encíclica “Dives in misericordia” explica muy bien la diferencia entre “amor” y “misericordia”. Antes del pecado original,  la benevolencia de Dios hacia el hombre es sólo “amor”. No puede haber misericordia porque todavía no hay miseria y no olvidemos que la miseria mayor y fuente de todas las demás es el pecado. Cuando el hombre peca, pierde la gracia divina, se encuentra en una situación de extrema miseria, pero Dios le sigue amando, a pesar de su pecado e infidelidad. En el famoso fragmento de Gn 3, 15, el llamado proto-evangelio o primer anuncio de la salvación, y donde la Iglesia siempre ha reconocido la figura de la Virgen Inmaculada en la mujer que aplasta la cabeza de la serpiente, podemos decir que se inaugura el tiempo de la Divina Misericordia, tiempo que perdurará hasta la consumación de los siglos. En la comunidad celeste y definitiva de los bienaventurados ya no habrá misericordia, sino sólo amor puro pues ya nos habrá miseria.

 

La Virgen Inmaculada aparece así asociada a la irrupción definitiva en el mundo de la Divina Misericordia y a la dispensación de la misma a lo largo de todo el tiempo de la Iglesia. María es Madre Inmaculada de la Divina Misericordia pues Cristo sólo podía ser recibido en el mundo por alguien limpio de todo pecado y María Inmaculada  es fuente de la Divina Misericordia porque la dispensación de la gracia que regenera del pecado esta mediada por la Iglesia cuya personificación y realización más perfecta es María en persona.

 

Un año santo extraordinario de la Misericordia, por lo que hemos visto, sólo puede vivirse desde una perspectiva mariana. Eso sí, María siempre unida a Cristo y operante por la fuerza del Espíritu Santo por designio del Padre. Es significativo el famoso sueño que tuvo Don Bosco sobre el combate arduo de la Iglesia y donde la victoria se sustenta en dos poderosas columnas indisolublemente  unidas: La Eucaristía y la Inmaculada, es decir, Cristo y María, que en palabras de Pablo VI en el famoso “Credo del Pueblo de Dios”, “están unidos de manera indisoluble por designio de Dios en los misterios de la Encarnación y de la Redención”. Y yo explicitaría: de la redención objetiva de todo el género humano y de la redención subjetiva de toda persona que acepta ser salvada.

 

Que la Virgen Inmaculada nos ayude a vivir este año santo extraordinario haciéndonos acoger la Misericordia de Dios en nuestras vidas y convirtiéndonos en apóstoles de esta Misericordia que el mundo necesita más que el aire que respiramos. Una vivencia auténtica y, por tanto, mariana del evento del año santo de la Misericordia nos debe conducir inexorablemente a la permanente conversión de vida hacia la santidad recuperando la normalidad en la recepción válida del sacramento de la Penitencia y en la recepción fructuosa de la Sagrada Comunión. Todo lo demás se nos dará por añadidura.

 

Dr. Juan Antonio Mateo García, Pbro.

Sociedad Mariológica Española

 

 

1 comentario

  
Fernando Benedicto Grima
Buenas noches. Aunque no es lo que debería, aún hay católicos que creen que la confesión por si sola, limpia los pecados, aunque al confesarnos seguimos siendo pecadores y es importante no bajar la guardia. Dios es amor y su misericordia es muy grande, y en nuestro camino hacia la santidad, deberíamos aceptar la seriedad de nuestro compromiso con el Señor.
Aunque seamos pecadores, siempre debemos evitar pecar, el pecado es una ofensa al Creador, el logro es tener cómo objetivo no volver a pecar después de pasar por el sacramento de la penitencia, en la confesión con un sacerdote, él ocupa el lugar de Cristo, y es solo Dios quien perdona los pecados, para esto podemos deleitar a nuestro Padre, cuando observamos sus doctrinas y nos satisface cumplirlas, vemos en estas la verdadera libertad de los hijos de Dios, merecedores de vida celestial. El arrepentimiento hace que el amor de Dios nos abra su corazón y por misericordia, somos perdonados.
09/02/16 9:49 PM

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