(51) San Pelayo mártir, defensor del orden natural ante el Islam y la homosexualidad

Corte Abderraman III

Ante cada flagelo, ya sea éste físico, moral o doctrinal, Nuestro Señor suscita a través de sus santos, los estandartes y luceros que fortalecen a su Iglesia en el combate, y para las almas sencillas son como las rocas donde asirse para que no las arrastre la corriente. Los santos no son figuras decorativas, no; son nuestros benditos cirineos, muy concretos. ¿Cómo no acudir a San Pío X para desentrañar las penumbras del modernismo y cómo no ir a San Agustín para “vacunarnos” contra pelagianismos de toda laya? ¿Cómo no pedir a Sta. Catalina de Siena un amor y celo recto por la Iglesia, o a Sta. Teresita para curarnos de tentaciones de cuño jansenista? Ante la abominación del aborto, la Divina Providencia nos ha regalado últimamente a Sta. Gianna Beretta Mola, a la Madre Teresa de Calcuta, y a otras varias madres ejemplares, como Chiara Corbella, que aún no han sido elevadas a los altares pero que han dejado una huella más que luminosa en la defensa de la vida.

Viendo entonces la cantidad de aberraciones que presenciamos en la “dictadura gay”, o al oír y leer argumentos tan absurdos como los de un sacerdote que se atreve a hablar de amor al bendecir el pecado contranatura, pensamos que es hora de desempolvar de la memoria católica a este santo joven español, quien precisamente derramó su sangre en protesta ante las insinuaciones perversas de los enemigos de la Cruz . Su testimonio es doblemente elocuente en estos momentos en que los cristianos cautivos y martirizados son noticias “frescas", y en que la imposición de la cultura gay se expande como mancha de petróleo sobre las conciencias débiles.

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San Pelayo de Córdoba nació en Galicia a orillas del Miño; seguramente solía jugar en el pórtico de la escuela episcopal de Tuy, junto a la Catedral, por ser sobrino del obispo Hermogio; en las solemnidades entonaba los cantos de rito mozárabe y servía como monaguillo.

En la batalla de Val de Junquera, ocurrida cerca de Pamplona (26 de julio del año 920) entre Abderramán III y los reyes cristianos Sancho de Pamplona y Ordoño II de León, éstos sufrieron una gravísima derrota, y los obispos que acompañaban a los monarcas cristianos, Dulcidio de Salamanca, y Ermogio de Tuy (tío de Pelayo), fueron hechos prisioneros y llevados a Córdoba bajo la vigilancia de la guardia real del Califa, descrito por algunos como “culto y refinado”. La Crónica anónima de al-Nasir resume así el reinado de Abderramán III: “Conquistó España ciudad por ciudad, exterminó a sus defensores y los humilló, destruyó sus castillos, impuso pesados tributos a los que dejó con vida y los abatió terriblemente por medio de crueles gobernadores hasta que todas las comarcas entraron en su obediencia y se le sometieron todos los rebeldes.”  Leemos también, sin embargo, que “bajo su mandato, Córdoba se convirtió en un verdadero faro de la civilización y la cultura”. Esto dice por ejemplo Wikipedia, desde una perspectiva semejante a la que hoy aplaude las “conquistas” del Iluminismo y mira con aire superado el “refinamiento” sodomita, como si se tratara de una exquisitez de espíritu (sic).

Al año siguiente, lo llevan también a Pelayo engañado, con la promesa de ver a su tío, pero a quien no esperaba hallar en un calabozo. Se había pedido oro para su rescate, y al no llegar, el rescate es su sobrino porque más valía allí un joven que un viejo. Al despedirse de su tío, creyó que sería liberado pronto, con la esperanza de que se enviarían prisioneros musulmanes en precio de su rescate, pero tres años y medio después, Pelayo seguía en prisión y nunca supo más de los suyos.

Las tareas de los prisioneros eran arreglar jardines, limpiar mezquitas, atender los baños, arrimar tierra y amontonar ladrillos para las grandes construcciones de la ciudad.

El sabía que en la frontera cristianos y musulmanes seguían combatiendo, y cada tanto llegaban nuevos rebaños de prisioneros. Al principio lloró amargamente, pero acabó por resignarse sostenido por la fe, rezando los salmos y tratando de descifrar la escritura de los códices visigóticos, pues era un lector asiduo, y cuando no entendía la lectura, consultaba por la noche a los clérigos presos con él.

Según el presbítero cordobés Raguel, que refiere su martirio, Pelayo mantenía una actitud altamente sobrenatural. Veía la reclusión como una prueba y purificación de sus pecados. «Cuál era allí su comportamiento, sus compañeros de prisión no lo ocultan y la fama no lo silencia», dice Raguel. «En efecto, él era casto, sobrio, apacible, prudente, atento a orar, asiduo a su lectura, no olvidadizo de los preceptos del Señor y promotor de buenas conversaciones». Su fervor religioso le inspiraba santos atrevimientos: discutía con los musulmanes, y, dotado de una palabra fácil y de mucha gracia en el decir, llegó a confundirlos más de una vez.

Sus carceleros le miraban con simpatía y le trataban sin rigor. Jamás alborotó en la cárcel, ni les miró con odio, ni tuvo con ellos palabras o actitudes de rebelión. Además, veían en él una gracia que presagiaba un halagüeño porvenir. En los tres o cuatro años que pasó en cautiverio, Pelayo creció sin perder su gran atractivo juvenil.

Comprendió la corrupción generalizada de Córdoba y con frecuencia escuchaba a poetas que solían cantar las gracias de los mancebos con versos apasionados, comprobando la confusión moral generalizada del lugar donde vivían hacinados los trabajadores esclavos y los presos sometidos a condena, y allí mismo necesitó energía heroica para guardar su pureza. Por eso decía “Dios quiera que no me vea en apuros más terribles“. Porque allí se enteró de que los altos cargos se compraban -como hoy es tan frecuente- con la prostitución de las conciencias (Cualquier parecido con nuestra actualidad no es “pura coincidencia": el pecado original no es un mito). Así, al renegar de la religión venían sin mucho esfuerzo las casas, los palacios con esclavos del mediterráneo o judíos comerciantes, oro y tierras. Era la política de Abderramán III, que los hacía instrumentos útiles y manejables al cambiar de religión y prestarle infames servicios; todos los empleos los puso en manos de esclavos vendidos por los piratas en el Mediterráneo, o traídos por tratantes de Francia y Alemania. El antiguo estudiante de Tuy podía ver en la cumbre de los honores a muchachos que en otro tiempo habían dormido, como él, en el suelo: eran generales, administraban las rentas del Califa, tenían esclavos, tierras, casas, jardines; formaban bibliotecas, se rodeaban de literatos y “clientes” y miraban con desdén a la antigua aristocracia. Instrumentos dóciles y flexibles en manos del califa, empezaban por apostatar, y a cambio de la confianza con que se les honraba, se prestaban a todo tipo de “servicios".

La belleza natural de Pelayo fue entonces comunicada al Califa, quien ordenó que el niño fuera conducido a su presencia. El testigo Ibn Hazam (994-1063), autor de El collar de la paloma,relata la escena siguiente:

«Así al comienzo de un banquete envió a sus subalternos para que hiciesen comparecer al que iba a ser víctima para Cristo, con el fin de mirarlo detenidamente». Vestido con todo lujo pero sujeto aún con las cadenas de la prisión fue presentado al emir. Ante él procedieron a cortar los hierros cuya caída sirvió para impresionar al niño, a los asistentes y al propio califa. «A Pelayo, que habían vestido con toga regia, lo expusieron a las miradas de aquél, mientras que a los oídos del santo niño musitaban que por su hermosura era llevado a tan alto honor». Las crónicas relatan a partir de este momento el diálogo entre ambos: Pelayo, de 13 años y Abderramán III. 

Éste le dijo sin titubeos:  -«Niño, te elevaré a los honores de un alto cargo, si quieres negar a Cristo y afirmar que nuestro profeta es auténtico. ¿No ves cuántos reinos tengo? Además te daré una gran cantidad de oro y plata, los mejores vestidos y adornos que precises. Recibirás, si aceptas, el que tú eligieres entre estos jovencitos, a fin de que te sirva a tu gusto, según tus principios. Y encima te ofreceré pandillas para habitar con ellas, caballos para montar, placeres para disfrutar. Por otra parte, sacaré también de la cárcel a cuantos desees, e incluso otorgaré honores inconmensurables a tus padres si tú quieres que estén en este país».

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San Pelayo respondió decidido:
-«Lo que prometes, emir, nada vale, y no negaré a Cristo; soy cristiano, lo he sido y lo seré, pues todo eso tiene fin y pasa a su tiempo; en cambio, Cristo, al que adoro, no puede tener fin, ya que tampoco tiene principio alguno, dado que Él personalmente es el que con el Padre y el Espíritu Santo permanece como único Dios, quien nos hizo de la nada y con su poder omnipotente nos conserva».
AbderramánIII no obstante, más enardecido, pretendió cierto acercamiento físico, tocándole el borde de la túnica, a lo que Pelayo reaccionó airado:
-«Retírate, perro, dice Pelayo. ¿Es que piensas que soy como los tuyos, un afeminado?, y al punto desgarró las ropas que llevaba vestidas y se hizo fuerte en la palestra, prefiriendo morir honrosamente por Cristo a vivir de modo vergonzoso con el diablo y mancillarse con los vicios».
Abderramán III no perdió por ello las esperanzas de seducir al niño y ordenó a los jovencitos de su corte que lo adularan, a ver, si, apostatando se rendía a tantas grandezas prometidas. «Pero él, con la ayuda de Dios, se mantuvo firme y permaneció sin temor proclamando que sólo existe Cristo y afirmando que por siempre obedecería sus mandatos»«El emir, al ver que la fervorosísima alma de Pelayo perseveraba en oposición a su voluntad, y al darse cuenta de que era rechazado en su deseo, picado de rabia, dijo:
-‘Colgadlo en garruchas de hierro y, una vez constreñido hasta el máximo elevándolo hacia lo alto, bajadlo reiteradamente el tiempo necesario para que exhale su espíritu, o niegue que Cristo es Dios’.
Pelayo, pasando por la prueba con voluntad inconmovible, se mantuvo impertérrito, por cuanto ya  no rehusaba en absoluto padecer por Cristo. Al conocer el emir la firmeza de Pelayo, ordenó que lo despedazasen con la espada, miembro a miembro, y que fuese arrojado al río. Los verdugos, por su parte, en virtud de la orden recibida, después de sacar el puñal, se entregaron frenéticamente a tan crueles escarnios contra él, que se podría pensar que ejecutaban el sacrificio que, sin ellos saberlo, era necesario que se ofreciera en presencia de nuestro Señor Jesucristo. Uno le amputó de cuajo un brazo, otro le segó las piernas, otro incluso no dejó de herir su cuello. Entre tanto permanecía sin espantarse el mártir, del que gota a gota manaba abundante sangre en vez de sudor, sin invocar más que a nuestro Señor Jesucristo: ‘Señor, líbrame de la mano de mis enemigos’. Así marchó su espíritu a la presencia de Dios; su cuerpo, en cambio, fue arrojado al fondo del río Guadalquivir. Pero no faltaron fieles que lo buscasen y llevasen solemnemente hasta su sepulcro. Su cabeza la guarda el cementerio de San Cipriano; su cuerpo, empero, el verde campo santo de San Ginés»
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«¡Oh martirio verdaderamente digno de Dios -concluye Raguel- que comenzó a la hora séptima, y llegó a su cumplimiento al atardecer del mismo día! El santísimo Pelayo, a la edad aproximada de trece años y medio, sufrió el martirio según se ha dicho, en la ciudad de Córdoba, en el reinado de Abderramán, sin duda un domingo, a la hora décima, el 26 de junio en la era de 963 [925]».

Elvira, hermana del rey Sancho el Craso, realiza las gestiones para la obtención de sus reliquias, que llegan a León en 967. Por temor a las campañas de Almanzor, su cuerpo fue trasladado a Oviedo y se depositó en la iglesia del monasterio femenino de San Juan Bautista en 996. En 15 1794 fray Juan de Ron y Valcárcel, general de la Congregación de San Benito en España, autorizó desde el monasterio de San Pelayo de Oviedo, el traslado a Córdoba de una reliquia de San Pelayo, recibida en la ciudad en 1798 y conservada en la capilla del Seminario. Celebramos su fiesta el 26 de junio, en que con la Liturgia rezamos:
Señor, Padre nuestro, que prometiste a los limpios de corazón la recompensa de ver tu rostro, concédenos tu gracia y tu fuerza, para que, a ejemplo de san Pelayo, mártir, antepongamos tu amor a las seducciones del mundo y guardemos el corazón limpio de todo pecado. Por nuestro Señor Jesucristo.

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Así que la homosexualidad no se inventó en el siglo XXI, como vemos que tampoco son “historia antigua” los mártires, los testigos fieles, aunque haya por allí más de uno que se atreve a hablar de santos “anacrónicos”, lo cual es una tremenda barbaridad. Cuando tanto invertido de uno y otro sexo anda hoy reclamando sus derechos, San Pelayo no envejece, y perdura en la historia para alentar a los que saben que la verdad es Una. Y en vísperas de la celebración de la Primavera, que en nuestra patria se usa como pretexto para todos los vicios, viene bien este florido y feliz testimonio de frescura cristiana.

Tal vez más que nunca debemos insistir en la a veces soslayada vocación martirial -no pacifista, que no es lo mismo- del cristiano, ya que el hedonismo imperante pretende que el dolor ha de desaparecer de la faz de la tierra (¡si hasta la realidad misma de la muerte se intenta disimular, cambiando de nombre a los cementerios, o suprimiendo el tiempo de los velatorios, apurando la cremación de los cadáveres!). Y así se persigue al sentido común; se persigue a la misma realidad.

Por eso, como la sola mención de la diferencia entre los dos sexos ya está siendo penalizada en algunos países “civilizados”, la cobardía amenaza y amordaza a más de un católico que se creía fiel. ¿Podemos dudar que detrás de la “ceremonia” infame a la que accedió el párroco santiagueño, o tras la tímida y débil notificación de su obispo, esté latente el miedo a oponerse a lo que el mundo celebra como conquista y victoria? ¿Cuántos pastores denuncian contundentemente el cáncer de la homosexualidad con todo lo que supone de amenaza social, personal y espiritual, velando más por el bien de sus ovejas que por la tranquilidad impune de los lobos? ¿Cuántos llaman por su nombre al pecado-esclavitud, defendiendo con ello al pecador, y demostrando auténtica misericordia? Nos preguntamos entonces si la homosexualidad no será el sello distintivo de una civilización que ha renunciado a la hombría, en todo lo que ésta tiene de específico, como por ejemplo en la virtud de fortaleza. ¿No es la perversión sexual el signo de una civilización decadente, tibia, pusilánime y apóstata?

Tal como señala el Mayor australiano Bernard Gaynor -víctima actual de la agenda gay-, Como sociedad, ya no tenemos sentido colectivo de valores, ni sabemos lo que creemos. Si tuviéramos algún instinto de supervivencia, no habría, por ejemplo, problema islámico en este país, ya que simplemente no le habríamos permitido echar raíces y crecer.“.

Ya se ha dicho que históricamente, el Islam fue frecuentemente un castigo providencial a la infidelidad de los cristianos, y hoy lo estamos comprobando… Ciertamente, su avance - sea silencioso o por el terror-, juntamente con las legislaciones contra-natura, constituyen tal vez las mayores persecuciones y esclavitudes de nuestro tiempo.

En un marco en que los hombres son cada vez más afeminados y las mujeres -custodias de la vida por antonomasia- llegan a enarbolar con gesto demoníaco las banderas de la muerte de sus propios hijos, el Dios verdadero no puede permanecer impasible, pues de El (y no “de la naturaleza") nadie se burla. Es natural que clamemos “¡Misericordia, Señor!” a quien es abismo de Misericordia, pero también es justo que haya reparación, y esto sin contradicción.

Por eso los mártires siguen siendo nuestras columnas; ¡nuestra débil fe y perseverancia sigue siendo regada con su sangre, que es simiente de esperanza y prenda de Pascua!. Como en la fábula del “Clérigo borracho, el joven y la custodia”, roguemos al Señor porque El sabrá darnos la gracia de muchos y santos jóvenes, nuevos Pelayos, que se planten valientemente a defender la virtud en medio de las actuales esclavitudes, para edificación de toda la Iglesia.

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XVII Encuentro de Formación Católica de Bs.As.: Fe y Patria -maestros y testigos del catolicismo argentino- (11 al 13-10-2014)

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9 comentarios

  
Pedro L. Llera
Gracias, Virginia. Como siempre, valiente y lúcida; la lucidez que otorga el Señor a quien le es fiel.
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V.G.: ¡Bendigamos a Nuestro Señor!
19/09/14 9:23 PM
  
Curro Estévez
Como siempre Virginia, nos confortas en la fe.
El testimonio de los santos es imperecedero, y actualísimo.
¡Qué Dios te bendiga!
19/09/14 10:06 PM
  
Pedro
Hola
Cual es la diferencia entre la actitud del mártir y la no-pacifista?

Gracias por el artículo.
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V.G.: Gracias por el comentario, Pedro. El pacifismo es esencialmente violento, porque buscando sólo la paz del mundo, no la de Cristo (que es Paz verdadera), no vacila en componendas y silencios cómplices. Un pacifista por ejemplo, le diría a San Pelayo que es violento por las palabras que responde al Califa, y que con eso lo está "provocando". En última instancia, que debería ser más diplomático y tratar de conservar su vida; el martirio, desde esta perspectiva -mundana y miope-, es un hecho de violencia -del oponente-, que es provocado por el mártir por su empecinamiento.
El pacífico (que es lo que corresponde a la conducta cristiana) no busca el enfrentamiento, pero no lo rehúye si debe responder con la verdad. Aunque ésta le sea molesta al agresor, no la esconde, y se atiene a las consecuencias, pues necesariamente la luz rompe las tinieblas del error, y corregir al que yerra es una de las obras de misericordia.
¿Se comprende la diferencia?
19/09/14 11:49 PM
  
pacomio
¡¡¡Maravilloso!!! ojalá lo lean también obispos y sacerdotes "apóstoles" del diálogo con el vicio y la tolerancia con el error. Los que no juzgan a los malos, pero destrozan a los justos y leales...
20/09/14 12:05 AM
  
Ricardo de Argentina
Si bien el Islam es una religión falsa, errónea, tiene algo que hoy en día atrae como un imán: es una doctrina de certezas contundentes, absolutamete ajena a cualquier atisbo de relativismo.
Y eso a los jóvenes (que están hechos para el heroísmo y no para el placer) los galvaniza, los encandila. Porque están hartos de que se les quiera hacer creer que el Mal y el Bien pueden cohabitar en existencia pacífica. Están hartos de que los dirigentes se proclamen impotentes para juzgar, entonces se vuelcan decididos hacia quienes juzgan sumaria aunque erróneamente.
Así es como el Islam florece pujante en las tierras abonadas por la putrefacción del Relativismo, otrora cristianas.

Puertas adentro de la Iglesia pasa lo mismo: los jóvenes huyen del Relativismo como de la peste. Las congregaciones religiosas progresistas (relativistas) languidecen en creciente senectud, mientras que los seminarios y noviciados adonde se enseñan las recias verdades católicas, ésas que defendían los Castellani y los Meinvielle, se pueblan de vocaciones pujantes y entusiastas.

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V.G.: Completamente de acuerdo, Ricardo. Mientras ciertos católicos "superados" se niegan a bautizar a sus hijos recién nacidos para que al ser mayores "elijan ellos", por un respeto falsamente entendido, algunos luego eligen de esta manera, y luego vienen las lágrimas...
21/09/14 11:13 PM
  
andrea
Plenamente de acuerdo!!! gracias,muchas gracias.
22/09/14 3:00 PM
  
juan nadie
ESTIMADA SRA, le agradezco que nos ilumine con estos datos tan interesantes sobre la vida de S. Pelayo. Sin embargo al leer su introducción, me doy cuenta de apenas se de esas cuestiones que cita sobre otros santos como S. Agustín, etc. ¿No podría usted ilustrarnos tambíen con mas datos de esos santos para que los menos versados podamos enterarnos bien de esas cuestiones que usted apunta, pero que solo quien conozca bien puede entender?. Gracias de antemano.
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V.G.: Estimado Juan, soy yo quien le agradece este comentario, que tal vez represente también la inquietud de otros lectores.
-San Pío X afrontó durante su pontificado los embates más violentos de la herejía modernista, a la que combatió con medidas disciplinares y desenmascarando su doctrina sobre todo en la encíclica Pascendi.
-San Agustín, llamado también "Doctor de la gracia", desarrolló de modo orgánico la doctrina de la gracia y de la naturaleza del pecado original, que era negado prácticamente por Pelagio, monje de Gran Bretaña. Sin embargo, la semilla de sus heterodoxias siguieron germinando a lo largo de toda la historia, y hoy padecemos sus consecuencias. Le aconsejo muchísimo la maravillosa serie que el p. Iraburu ha dedicado al tema, que también puede leer en la página de la Fundación Gratis Date: www.gratisdate.org
-Sta. Catalina de Siena: se la suele representar con una barca (la Iglesia) al hombro, pues en una oportunidad pidió al Señor que le sea concedido llevar sobre sí el peso de los pecados eclesiales de su tiempo (s.XIV), que eran inmensos. Gracias a sus gestiones, el Papa (Gregorio XI), residente en Avignon como los cinco precedentes, cobró valor para regresar a Roma. Se la recuerda asimismo con pacificadora, en momentos de grandes discordias eclesiales.
-Sta. Teresita (cuya fiesta acabamos de celebrar), propone el "caminito" de la infancia espiritual, que en realidad es el espíritu indicado por Nuestro Señor cuando habla de la necesidad de hacernos como niños para llegar al Cielo. No se trata de infantilismo, sino de un espíritu dócil a la gracia, basado sobre todo en la confianza de que todas, absolutamente todas las cosas que ocurren son para nuestro bien (Rom. 8,28). El jansenismo, por el contrario, era otra herejía, de cuño rigorista y pesimista, propuesta por un obispo holandés, que consideraba que el hombre no es plenamente libre para obrar el bien, y de alguna manera, veían manchados o pecaminosos todos nuestros actos. Frente a este gran error de visión, el "caminito" de Teresita es un remedio completamente evangélico, pues como a Pedro, Jesús también nos invita a ir a Su encuentro sobre las aguas, pero esto será posible sólo mirándolo a El, pues si miramos principalmente nuestra fragilidad, nos hundimos.
-Sta. Gianna Beretta Mola, médica, esposa y madre a quien se le detecta un tumor maligno durante el embarazo de su última hija, pero cuyo tratamiento implicaba poner en riesgo la vida de ésta, por lo que elige preservarla a costa de su propia vida. Un caso semejante es el de Chiara Corbella, y otras madres de nuestro tiempo. Puede ver aquí y aquí videos muy edificantes sobre ellas.
- Sta. Teresa de Calcuta dedicó su vida a los más pobres, entre los cuales se hallaban sobre todo los niños no nacidos (tan pobres que no cuentan ni con voz, ni con su propio nombre ni reconocimiento universal como personas), solía decir incansablemente a quienes esgrimían supuestos derechos al aborto y no los querían, "¡Dénmelos a mí!"...
29/09/14 3:33 PM
  
Luisfer
Mª Virginia.
Da Vd. la impresión de no tener caridad cristiana con un colectivo de personas que bastante tienen en su vida orientación sexual diferente.
Los adjetivos y calificaciones que les dedica son impropios de una persona a la que presupongo bondad y temor de Dios. No se ofusque con este tema, que no es atribución nuestra el juzgar, sino de Dios. Lo digo con cariño. Aunque no lo parezca, me consta que este colectivo está machacado en muchos sitios en el mundo y en nuestras sociedades, por mucha influencia que les supongan, son muy discriminados en poblaciones pequeñas.
Piense, lo que hubiera hecho Jesús al ecribir este artículo. No podemos saberlo con seguridad, pero estaremos de acuerdo en que no hubiese usado términos como "invertido", "perversos", "cáncer de la sociedad".
Virginia... no juzgue, déjeselo a Dios.
Rezaré para que su corazón se ablande respecto a este tema.
No es preciso que publique el comentario.
Un saludo muy cordial.


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Estimado Luisfer: no considero estar faltando a la caridad, pues si algo debemos desear a los enfermos, de todo corazón, es la salud. Tengo, de hecho, algunos conocidos muy queridos que padecen la atracción homosexual, como otros que padecen una gran tendencia a la lujuria, otros a la ira, otros a la envidia. En ningún caso les deseo que "hagan las paces" con sus vicios, sino que combatan con energía y esperanza firme en poder vencerlas. También espero de mis amigos que me ayuden a vencer mis debilidades y pecados, no que me los "acaricien". El ejemplo de los santos, que han repudiado TODOS los vicios, siempre son un estímulo a nuestra esperanza en poder vencerlos.
Yo no juzgo a ninguna persona, pero tengo el grave DEBER DE CARIDAD (como cualquier bautizado, si somos hijos de la luz, y en mayor medida quienes son más audibles) de juzgar HECHOS y palabras. En este momento que vivimos, la apología de la homosexualidad es, por supuesto, un cáncer, porque no es sólo una costumbre gravemente pecaminosa sino una ideología que destruye al que la padece.
Por otra parte, ¿Ud. cree que Jesús faltó a la caridad cuando llamó a los fariseos y judíos "sepulcros blanqueados", "raza de víboras", etc.? ¿Acaso buscaba su muerte, o más bien su conversión?...
Yo comprendo también, sin embargo, su preocupación, y la comparto. Pero la solución no es no hablar del tema, mirando para otro lado, sino posiblemente, tomar el "toro por las astas", y ayudarlos a salir del vicio, sin desplazarlos pero también sin callarnos la verdad. Créame que se puede. Con El, que es la Verdad, podremos.
13/10/14 8:15 AM
  
pacg
Glorioso San Pelayo. Conocía la historia del joven héroe de Cristo, recuerdo cuando la oí por la radio, en la voz del desaparecido Luis Carandell (Dios le tenga en el Cielo), cuando todo eran alabanzas a la "religión de paz" por parte de los izquierdistas que tantos años tuvieron (prefiero utilizar ese tiempo verbal, con algo de exceso de optimismo) atrofiada a mi España, desde principios de los '80 (es curioso ver lo bien que se llevan la bestia y el falso profeta, mismas intenciones, mismos fines).
Aquella santa crónica (esta vez no "parlamentaria" como las que tan a menudo refería aquél buen periodista), dejó honda huella en un servidor: la actitud heroica, la radicalidad en la verdad (pues ésta no es relativa ni ambigua), la miserable condición de aquellos sátrapas moros que tenían ocupada nuestra Nación (y lo que costó expulsarlos), y desde luego, el sucio rostro del pecado nefando (que ya en mi juventud -'80,'90, y no digamos ahora- recuerdo cómo se nos pretendía mostrar como algo inocente, "normal"... y a mí siempre me pareció indigno, asqueroso y deplorable)
Paseando habitualmente por la madrileña Gran Vía, y contemplando el vergonzoso desfile de tanto "pozolón" cogidito de la mano del queridito de turno (sábados tarde, familias paseando, niños incluídos...) y habiendo visto por TV las lamentables imágenes de los fomentados y protegidos por el ¿NWO? y la zapatera siniestra "desfiles de orgullo gay", uno, ya madrileño de adopción, comenzó a pedir a San Isidro y a su Santa Esposa que limpiaran todo aquello (que se convirtieran esos -"y esas"- infelices), que esos tristes espectáculos debían desaparecer, por el bien de todos (de la Iglesia), que Madrid debía ser una ciudad santa, gloriosa, ejemplar, y que eso no podía tener cabida en ella.
Ahora ya sé a quién puedo pedirle también :-)

Muchas gracias por su extraordinario artículo.
17/10/14 12:06 AM

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