Hilaire Belloc

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En estos días se cumple un nuevo aniversario de la muerte del gran poeta y escritor católico Joseph Hilaire Pierre René Belloc (+ 16 de julio de 1953). Autor de más de 150 obras, entre libros y escritos breves, se dedicó con gran ímpetu y maestría a la defensa de la fe católica. Fue contemporáneo de Gilbert Keith Chesterton, en quien encontró no sólo un amigo sino también un talentoso ilustrador para sus libros y un hombre que compartió y abogó públicamente por muchas de sus propias opiniones políticas y religiosas. Además de esto, es muy probable que Belloc haya tenido incidencia directa en la conversión de Chesterton al catolicismo

En 1934, Belloc fue condecorado por el Papa Pío XI con la Cruz de la Orden de San Gregorio, en atención a sus servicios a la Iglesia como escritor.

Robert Royal (escritor y jefe de edición de The Catholic Thing) dice no sorprenderse de que las obras de Belloc tengan hoy pocos lectores. Otros autores del mismo período son, por el contrario, muy leídos. Belloc ha sido olvidado a causa de su aguda oposición a casi todo lo que forma parte del mundo liberal moderno. El mundo no se preocupará de leer a Belloc, pero aquellos que echen mano a sus mejores libros para saborear su perspicacia histórica, la agudeza de su mente, y la simple fuerza de su prosa, no necesitarán otra razón para volver a él una y otra vez.

Recordando a Belloc, y en humilde homenaje a él, traducimos aquí un breve fragmento salido de su pluma.

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En diciembre de 1923, fue publicada en el “Evening Standard” de Londres una carta abierta de Hilaire Belloc dirigida a un clérigo de la iglesia anglicana, el deán William Inge. Previamente, Inge había publicado varios artículos en los que atacaba a la Iglesia Católica. Después de responder a todas las objeciones del deán, Belloc concluye su carta de la siguiente manera:

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Me contentaré concluyendo con esto: se le escapa a usted enteramente el carácter de la Iglesia Católica. Usted la juzga mediante indicadores muertos y sin valor, usted –debido a toda su detestación por ella – no ha experimentado su vida, no la conoce tal como es. Usted es como uno que examina desde dentro los vitrales de Chartres a la luz de una vela y se maravilla de que alguien encuentre gloria en ellos; pero nosotros tenemos al sol brillando a través de ellos. Usted es como un curioso que observa las marcas en la parte de atrás del lienzo de un Raeburn, y se maravilla de oír que su anverso muestra la verdadera imagen de un hombre. Mas, ¿qué es la Iglesia Católica? Es la que responde, coordina, establece. Es aquella en la cual está el orden correcto; afuera están las puerilidades y las desesperaciones. Es la posesión de una perspectiva en la visión general del mundo. Es la realidad. Aquí está la promesa y el fundamento.

Aquellos de nosotros que nos jactamos de tener un legado tan estable, no por eso reclamamos una paz personal; no estamos salvados con eso solo. Pero pertenecemos a una muy gloriosa compañía de la que recibimos apoyo y con la que tenemos comunión. La Madre de Dios es nuestra también. Nuestros muertos están con nosotros. Incluso en medio de nuestras miserias terrenales a lo lejos siempre oímos algo de la música eterna y olemos un aire de hogar. Hay un estandarte puesto ante nosotros al que respondemos con todo nuestro ser, que es el de una vida heredada y eterna, plena, en nuestro propio país. Puede usted decir: ‘todo eso es retórica’. Pero estaría usted equivocado, porque es más bien una visión, un reconocimiento y un testimonio. Mas, tómelo nomás por retórica. ¿Tiene usted alguna semejante? Si es sólo retórica, ¿de dónde fluye este río? ¿O qué reserva es esa que puede llenar con fuego incluso a un hombre como yo? ¿Puede acaso su opinión (o duda o agudeza) hacer lo mismo? ¡Pienso que no!

Una cosa en este mundo es diferente a todas las demás. Ella tiene una personalidad y una fuerza. Ella es reconocida (y cuando se la reconoce) de la manera más intensa se la ama o se la odia. Se trata de la Iglesia Católica. Dentro de esa casa el espíritu humano está en el hogar. Fuera de ella, es la noche.

In hac urbe lux solemnis
Ver aeternum, pax perennis
Et aeterna gaudia.

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Shaw - Belloc - Chesterton

Con el deseo de que algún lector que aún no lo conoce, al tomar contacto con Belloc se interese en la lectura de sus obras, transcribimos debajo la dedicatoria a Chesterton de su libro “Cómo aconteció la Reforma”.

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Mi querido Gilbert:

Le dedico este ensayo sobre la Reforma porque paréceme que coincidimos en muchas maneras de pensar sobre los principales problemas de la humanidad. Pero no sin vacilación lo dedico a un hombre de su talla, porque el esquema es ligero, sumario y elemental: su forma y contenido requieren cierta justificación, y esa justificación puedo expresarla aquí mejor que en ninguna otra parte.

En primer lugar, tal vez me preguntará por qué emprendí esta tarea. La he emprendido porque deseaba una apreciación exacta de esa cuestión histórica en la cual los dos grandes campos del mundo moderno (los católicos y sus opositores) están más vitalmente interesados, y para llenar la laguna que la enseñanza oficial de dicha cuestión ha dejado entre nosotros a través de la historia.

La causa de esta laguna en nuestra información parecería provenir del hecho de que el sector anticatólico se considera, no sólo necesaria y aceptadamente victorioso, sino también poseedor exclusivo del conocimiento histórico. Por lo tanto, todo lo que se ha escrito al amparo de esta curiosa prepotencia está tergiversado por la ignorancia de lo que la Reforma destruyó: ignorancia de la unidad del mundo cristiano. Pero nuestra enseñanza oficial, al ignorar así el alma misma de Europa, difunde historia falsa; y nunca la historia es peor que cuando trata, honestamente, de ser lo que la jerga moderna llama “objetiva”.

El otro sector (el de la verdad) parecería haber adoptado una especie de permanente actitud defensiva, sin plan general alguno. Se discuten los detalles; los entusiastas vindican a este o a aquel personaje; se logra la destrucción de este o aquel mito académico; pero muy rara vez se hace un esfuerzo para establecer en delineamientos amplios la verdad pura que los católicos han olvidado, casi tanto como los anticatólicos, verbigracia, que el catolicismo es la cultura de Europa y que, por efectos de la Reforma, Europa fue herida, y no sólo herida, sino desmembrada y lanzada por el sendero que la ha conducido a su actual peligro de disolución.

Sin embargo, cualquier historia justa de la Reforma, por general o detallada que sea, sólo puede presentarse de este modo. La Iglesia Católica creó a Europa. La Reforma resultó, en sus efectos decisivos, un esfuerzo para extinguir ese principio vital y, en la medida que pudo lograrlo, una destrucción de nuestra unidad, y por lo tanto de nuestra cultura europea común; puesto que una cosa es, porque es una.

Sostengo, entonces, que lo que intentaré decir en este libro es necesario; y tengo la esperanza de que los estudiosos más jóvenes, entre los que hay ahora tantos paganos casi libres ya de odio, y tantos católicos particularmente aptos para comprender la importancia del tema expuesto, empiecen a presentar el pasado tal cual fue. Pueda así quedar destruida, en el siglo XX, esa costumbre fatal del XIX: “la lectura de la historia hacia atrás”, que convierte al presente no sólo en fruto necesario y apetecible del pasado, sino también en criterio y medida del pasado. Antes bien, cualquier hombre que describiere el pasado debería juzgar el presente como el pasado lo hubiese juzgado. Historia sana es la que hace comprender al hombre el horror que nuestros padres hubieran sentido ante la plutocracia moderna, y no la que señala con moderno horror la cruel intensidad de lucha que ellos desplegaban en sus esfuerzos por mantener o por restaurar lo que consideraban la realidad. Existen, por cierto, tontos que nos dirán, empleando la misma jerga, que la historia (¡y todo lo demás!) es “subjetiva”. No pueden concebir que no sea falso el relato de cualquier conflicto, porque dé preferencia a uno o a otro combatiente: imaginan que no es posible alcanzar la verdad pura. Pero creo que coincidimos en el desprecio que semejante “subjetivismo” merece. Para los que abrigan la idea fija de que un católico (o un anticatólico) no puede ver la Reforma tal cual era, y que el relato de ese período hecho por un católico (o un anticatólico) tiene que estar necesariamente falseado, no hay razonamiento que los saque de su error. Los hombres más sensatos estarán de acuerdo, junto con la generalidad de la raza humana, en que la mente del hombre percibe la realidad, y que la historia fiel existe en la medida que existe una pintura fiel de una cara o de un paisaje.

Después se me preguntará, quizá (y es una grave crítica), por qué, tratándose de una revolución moral y religiosa, he preferido escribir una crónica y no un examen del estado de ánimo espiritual. Se me podrá decir que he descuidado el “porqué” de la Reforma, para ocuparme exclusivamente del “cómo”. ¿No hubiese sido mejor presentar los móviles en toda su complejidad, e intentar una apreciación de los resultados, considerados no como el fruto de los acontecimientos, sino de las convicciones?

Ahora bien, la razón por la cual he destacado principalmente el orden de sucesión de los acontecimientos, y me he ocupado en forma menos completa de los móviles actuantes, es la siguiente: que el desmembramiento de nuestra civilización en el siglo XVI, con su difícil salvamento de lo que pudo ser salvado y la pérdida de todo lo demás, fue un accidente . Los que lo deploran lo presentan como podría interpretarse un crimen; los que hallan en él motivo de regocijo, como un hecho heroico. No fue ni lo uno ni lo otro. No fue nada semejante al incendio malintencionado de un noble edificio, y menos aún, nada comparable a la meritoria acción de demoler un edificio indigno. Fue algo más parecido a la iniciación de un inmenso incendio destructor, provocado por los habitantes de una casa, ocupados en algún recio experimento que involucrara el uso de una llama, y que estaban demasiado entusiasmados para advertir el peligro que corrían. Mal manejado, el experimento destruyó por el fuego la mitad de la casa; la otra mitad se salvó, quedando, empero, chamuscada y ennegrecida.

Al ocuparse de resultados a tal extremo involuntarios, la mente recibe una impresión más exacta al considerar las etapas externas del acontecimiento en sus debidas proporciones que procurando penetrar las mentes de quienes lo abordan con criterio equivocado.

Dándoles, respectivamente, la exacta importancia que tienen a mi entender, he mencionado los principales móviles actuantes: la poltronería e indulgencia de los intereses creados que retardan la defensa de la cristiandad, la indignación apasionada contra el abuso, la oscura pero poderosa mente de Calvino… y mucho más. Pero he preferido la crónica de los hechos externos, antes que la conjetura sobre las fuentes internas. Sólo he citado, sin glosarlo –aunque estuve tentado de hacerlo – el famoso epigrama: “La Reforma fue un levantamiento de los ricos contra los pobres”.

Si se me pregunta por qué tantos factores se hallan ausentes de mi exposición, o apenas mencionados (por ejemplo, el conflicto en pie del Papado y el Imperio, los concilios de Basilea y Constanza y lo que han legado), debo responder, primero, que un esquema no admite detalles, y segundo, que la causa esencial menos conocida necesita mayor insistencia que lo más sabido.

En cuanto al resto, le debo a usted, sin duda, una satisfacción por repetirme tanto en tan breve examen. Es un rasgo en el que, tal vez, me he excedido; sin embargo, tengo la triste experiencia de que errar en el sentido opuesto hubiera sido peor para mis propósitos. Si un hombre cree que la Tierra es plana, puede ser que, después de oír por tercera vez las pruebas de que es redonda, empiece a tomarlas en cuenta. Si sólo las oye una vez, creerá, si pertenece al moderno término medio, que se trata de pura paradoja. Porque nada caracteriza mejor el letargo en que ha caído la inteligencia que la aceptación indiscutida que otorga a los mitos oficiales; y dudo que la mentira enclavada pueda aflojarse con algo menos drástico que el martilleo de la verdad repetida hasta el cansancio.

Por último, querido Gilbert, no necesito decirle que toda obra realizada en oposición a los mitos oficiales, se ve sometida a un examen minucioso por los que buscan esos errores oficinescos que ningún libro con exposición de hechos y gran contenido de nombres puede totalmente evitar. En las obras oficiales, esos errores se perdonan. En las que yo llamo obras de “oposición”, constituyen el tema principal del examen efectuado por hombres que, por otra parte, son más examinadores que historiadores. Detrás de una lente de aumento andan a la caza de todo desliz de imprenta o pluma, hasta el extremo de estacar la falta de una coma o la transposición de una letra, el lapsus involuntario de Pedro por Pablo, o la paráfrasis de una cita hecha de memoria. Su actividad, como la de los cobayos en el césped, tiene la ventaja de extirpar la cizaña pequeña. Permite que una segunda edición aparezca con la corrección de tan microscópicos errores.

Sin embargo, no insistiremos sobre el particular, y terminaré esta introducción demasiado larga para presentarle el ensayo propiamente dicho.

H. Belloc

King’s Land,

Shipley, Horsham,

Julio de 1928

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4 comentarios

  
Néstor
Con Newman, Chesterton, Belloc, y hasta el mismo Lewis, que no llegó a ser católico, los ingleses no se pueden quejar, Dios les envió profetas.
15/07/14 12:30 PM
  
Maricruz
Bello, muy bello. Gracias,
15/07/14 2:17 PM
  
antonio
Usted la juzga mediante indicadores muertos y sin valor, usted –debido a toda su detestación por ella – no ha experimentado su vida, no la conoce tal como es. Grandes pensadores, que han iluminado muchísimo a Nuestra Madre.
El hombre conteporáneo también la detesta, y muchos de sus miembros, siguen la opinión del mundo.
La opinión objetiva de Edith Stein, es una excepción, la masa amorfa, opina sin ir a las fuentes, piensa de acuerdo a medios que la descalifican, me acuerdo de un conocido que decía que los apostóles eran 12 profesionales, en lo mío debo ser muy serio, en el conocimiento de la Iglesia de la que dependen sus almas también.
18/07/14 7:40 PM
  
EC
Me sorprende la vigencia del pensamiento de Belloc de su dedicatoria a Chesterton en su libro “Cómo aconteció la Reforma”. Y también me entristece que su suposición acerca de la actitud de las nuevas generaciones que expresó en estos términos:

“Tengo la esperanza de que los estudiosos más jóvenes, entre los que hay ahora tantos paganos casi libres ya de odio, y tantos católicos particularmente aptos para comprender la importancia del tema expuesto, empiecen a presentar el pasado tal cual fue. Pueda así quedar destruida, en el siglo XX, esa costumbre fatal del XIX: “la lectura de la historia hacia atrás”

Resulte tan poco ajustada a la realidad presente, donde el odio visceral, infundado y pagano, radicaliza a millones de personas sometidas a la alienación del consumo de “verdades” oficiales, sin la menor rebeldía. La concepción obtusa de que la libertad es realizar lo uno quiere, que el simple deseo de un logro, es suficiente razón para conseguirlo, nos lleva a la conclusión de que muchos seres humanos se aproximan a los animales, en cuanto se conforman con satisfacer los impulsos de sus instintos, al margen de la razón, que les dicta la diferencia existente entre lo que queremos y lo que nos conviene, que es precisamente actuar como seres humanos, regidos por esa libertad autentica consistente en someter sus actos a su proyecto vital y su existencia a su desarrollo espiritual.
12/02/18 6:41 PM

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