9.05.18

Sobre «el padre de la DSI», Karl Marx

Karl Marx

Mi primer contacto con Marx (el pensador, no el cardenal) fue allá en mis años mozos, calculo que hacia 1988, cuando en la asignatura de Estructura, en Ciencias Económicas, me vi obligado a leer El Capital. Estábamos en plena perestroika, pero mi profesor había defendido una tesis doctoral sobre la eficiencia de las fabricas soviéticas (con estancia incluida en el paraíso socialista) y seguía insistiendo, sin siquiera pestañear, en que era una evidencia que el capitalismo iba a colapsar en breve debido a sus contradicciones internas (que, por supuesto no afectaban al socialismo real, una balsa de aceite que iba viento en popa).

A nadie que haya leído realmente El Capital le extrañará que recuerde aquella lectura como algo peor que una indigestión: aburrida, abstrusa, construida sobre falacias, un alarde continuo de hueca prepotencia y unos prejuicios ideológicos que la envenenan y le supuran por doquier. En suma, una lectura toxica, desagradable y árida, quizás eficaz para impresionar a los ignorantes, que como en la fábula del traje nuevo del emperador suponen que tanta oscuridad debe de ser reflejo de una arcana sabiduría, cuando en realidad estamos ante una gran estafa intelectual. Muy lejos, por cierto, del tono romántico y literariamente vibrante, aunque escalofriante en su desnudo llamamiento al terror, que encontramos en El Manifiesto comunista (quizás debamos atribuirle esos méritos a su coautor, Federico Engels).

El caso es que leo que el cardenal Marx ha declarado sentirse fascinado por los escritos de Karl Marx: “fascinantes", con una “gran energía” y con un “gran lenguaje". El cardenal también ha comentado que “el Manifiesto comunista en particular le “impresionó bastante", sobre todo en la manera en la que los escritos del economista -"uno de los primeros sociólogos serios” - “pueden ser muy útiles“. Para quien no lo haya leído, estamos hablando del libro que proclama lo siguiente: “Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente”. Ya lo ven, todo muy cristiano y edificante.

Uno, más que escandalizarse, no puede evitar una sonrisa ante tan patético espectáculo: realmente hay clérigos a los que ni siquiera les frena el sentido del ridículo en su loca carrera por ganar el aplauso del mundo. Y digo que todo el asunto me produce una irrefrenable risa porque que un príncipe de la Iglesia se sienta fascinado por Marx y afirme, sin el menor rubor, que sin su aportación no habría Doctrina Social de la Iglesia significa, una de dos, o que no ha leído a fondo a Marx (quiero pensar que es lo más probable), o que su incapacidad para comprender lo que lee es oceánica. A no ser, siempre nos queda esta última opción, que se trate simplemente de un asunto de orgullo familiar.

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5.04.18

Sobre Dios y la historia

La reflexión pausada no se estila hoy en día. Preferimos correr detrás de la última ocurrencia o anécdota. Pero aún existen rara avis que sí se paran a pensar, a reflexionar pausadamente y si su campo es la historia y quien reflexiona es cristiano, no cabe otra que acabar planteándose el papel de Dios en la misma. Es lo que ocurre con Rafael Sánchez Saus, que después de ofrecernos un magnífico estudio sobre el devenir de los mozárabes en su Al-Andalus y la Cruz, ahora ha publicado en Editorial Encuentro un libro titulado “Dios, la historia y el hombre”.

Las cuestiones abordadas son amplias y de calado profundo. No aspira Sánchez Saus a decir la última palabra sobre ellas, sino que plantea, apunta, desarrolla, documenta y nos deja abundante material para nuestra propia reflexión y estudio. En este sentido estamos ante un libro que abre numerosos caminos por los que los interesados en la filosofía y la teología de la Historia podrán avanzar. Eso sí, el autor nos sugiere algunos guías para orientarnos mejor, aquellos que también le han acompañado en estas indagaciones: Dawson, el Maritain de la Filosofía de la Historia, Pieper, Löwith…

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21.03.18

Donoso Cortés tenía razón

Estado de disoluciónEn su último libro, Estado de disolución, el profesor Elio Gallego expone una tesis original. Existe un cierto consenso acerca de que los tres grandes profetas de nuestro tiempo, aquellos que supieron adivinar algunos de los rasgos más característicos de nuestra época, fueron Tocqueville, Nietzsche y Dostoievski. Y no es que Gallego lo niegue, al contrario, pero sí que propone completar esta tríada con un cuarto pensador: ni más ni menos que con el español Juan Donoso Cortés.

De forma muy esquemática, podemos afirmar que Donoso Cortés predijo la transición del liberalismo, que sería derrotado, al socialismo, que se erigiría en la ideología triunfante y hegemónica. Muchos han visto en esta previsión un error de Donoso. ¿No ha caído el socialismo con la caída del muro de Berlín y el descrédito del “socialismo real”?¿No vivimos en regímenes liberales, peor aún, para algunos en pleno “neoliberalismo”, esa especie de monstruo de contornos difusos con el que se espanta a los niños que no quieren irse a la cama?

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21.02.18

Desde China al Reino Unido, se redobla la ofensiva contra la libertad de los cristianos

Libertad religiosa

Se supone que los cristianos deberíamos estar atentos a los signos de los tiempos pero resulta evidente que es más fácil decirlo que hacerlo. De hecho, la historia reciente de la Iglesia exhibe una descomunal miopía en la mayoría de católicos para discernir los tiempos que nos ha tocado vivir. Es la parte humana de la Iglesia, con todas sus miserias, la que se hace así patente.

En este sentido sólo puede atribuirse no ya a miopía, sino directamente a ceguera (involuntaria o no), la negativa a reconocer la creciente e imparable persecución que se cierne sobre la Iglesia. Preferimos desviar nuestra mirada hacia cuestiones más agradables y soñar con que, por el hecho de que el New York Times dedique algún titular positivo al Papa, los cristianos seremos por fin tolerados.

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9.02.18

No, los cambios de paradigma no existen en la Iglesia

En los agitados tiempos en los que nos ha tocado vivir, cuando numerosos pastores, en vez de edificarnos en la fe, nos castigan a diario con estrambóticos declaraciones (en el mejor de los casos) o afirmaciones abiertamente heterodoxas, resulta confortador que se alcen voces que, de forma respetuosa pero firme, nos recuerdan las enseñanzas de la Iglesia. Es el caso del último artículo publicado por George Weigel en First Things, “La Iglesia Católica no hace “cambios de paradigma”, que me ha parecido especialmente oportuno por recuperar algo que me parece vital: el concepto de “desarrollo doctrinal” (cuándo se puede aplicar y cuándo lo que hay es corrupción, ruptura o herejía) y el profundo estudio que el Beato John Henry Newman realizó al respecto y sobre el que escribí una entrada titulada Las siete notas de Newman para distinguir desarrollo doctrinal de corrupción. Fue Newman quien, por ejemplo, advertía que “una doctrina será un desarrollo verdadero y no una corrupción, en proporción a cómo parezca ser el resultado lógico de su enseñanza original” o que “los que contradicen e invierten el curso de la doctrina que se ha desarrollado antes que ellos y en la cual tuvieron su origen son ciertamente corrupciones”.

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