Precisiones en torno a la eutanasia

Para un correcto juicio moral sobre la eutanasia, es necesario ante todo definirla con claridad. Por eutanasia en sentido verdadero y propio se debe entender una acción o una omisión que por su naturaleza y en la intención causa la muerte, con el fin de eliminar cualquier dolor.

El tema de la eutanasia es realmente complejo, mucho más que cualquier otro del campo de la bioética. De esto se aprovechan los interesados en la cultura de la muerte: buscan confundir con las palabras a la gente para lograr su objetivos: atentar contra la dignidad de la persona humana. Es por esto por lo que se necesita claridad de ideas.

La precisión de la Evangelium Vitae

Para un correcto juicio moral sobre la eutanasia, es necesario ante todo definirla con claridad. Por eutanasia en sentido verdadero y propio se debe entender una acción o una omisión que por su naturaleza y en la intención causa la muerte, con el fin de eliminar cualquier dolor. « La eutanasia se sitúa, pues, en el nivel de las intenciones o de los métodos usados ».

De ella debe distinguirse la decisión de renunciar al llamado « ensañamiento terapéutico », o sea, ciertas intervenciones médicas ya no adecuadas a la situación real del enfermo, por ser desproporcionadas a los resultados que se podrían esperar o, bien, por ser demasiado gravosas para él o su familia. En estas situaciones, cuando la muerte se prevé inminente e inevitable, se puede en conciencia « renunciar a unos tratamientos que procurarían únicamente una prolongación precaria y penosa de la existencia, sin interrumpir sin embargo las curas normales debidas al enfermo en casos similares ». Ciertamente existe la obligación moral de curarse y hacerse curar, pero esta obligación se debe valorar según las situaciones concretas; es decir, hay que examinar si los medios terapéuticos a disposición son objetivamente proporcionados a las perspectivas de mejoría. La renuncia a medios extraordinarios o desproporcionados no equivale al suicidio o a la eutanasia; expresa más bien la aceptación de la condición humana ante al muerte.

En la medicina moderna van teniendo auge los llamados « cuidados paliativos », destinados a hacer más soportable el sufrimiento en la fase final de la enfermedad y, al mismo tiempo, asegurar al paciente un acompañamiento humano adecuado. En este contexto aparece, entre otros, el problema de la licitud del recurso a los diversos tipos de analgésicos y sedantes para aliviar el dolor del enfermo, cuando esto comporta el riesgo de acortarle la vida. En efecto, si puede ser digno de elogio quien acepta voluntariamente sufrir renunciando a tratamientos contra el dolor para conservar la plena lucidez y participar, si es creyente, de manera consciente en la pasión del Señor, tal comportamiento « heroico » no debe considerarse obligatorio para todos. Ya Pío XII afirmó que es lícito suprimir el dolor por medio de narcóticos, a pesar de tener como consecuencia limitar la conciencia y abreviar la vida, « si no hay otros medios y si, en tales circunstancias, ello no impide el cumplimiento de otros deberes religiosos y morales ». En efecto, en este caso no se quiere ni se busca la muerte, aunque por motivos razonables se corra ese riesgo. Simplemente se pretende mitigar el dolor de manera eficaz, recurriendo a los analgésicos puestos a disposición por la medicina. Sin embargo, « no es lícito privar al moribundo de la conciencia propia sin grave motivo »: acercándose a la muerte, los hombres deben estar en condiciones de poder cumplir sus obligaciones morales y familiares y, sobre todo, deben poderse preparar con plena conciencia al encuentro definitivo con Dios.

Hechas estas distinciones, de acuerdo con el Magisterio de mis Predecesores y en comunión con los Obispos de la Iglesia católica, confirmo que la eutanasia es una grave violación de la Ley de Dios, en cuanto eliminación deliberada y moralmente inaceptable de una persona humana. Esta doctrina se fundamenta en la ley natural y en la Palabra de Dios escrita; es transmitida por la Tradición de la Iglesia y enseñada por el Magisterio ordinario y universal.

Algunas cuestiones clarificadoras

En realidad, en el texto de la Evangelium Vitae que hemos citado caben pocas dudas pero de todos modos se pueden aclarar algunas cuestiones referentes al uso de los analgésicos y al llamado encarnizamiento terapéutico.

Por lo que se refiere al uso de analgésicos la cuestión moral se resuelve por el principio del doble efecto, es decir, lo que se busca con la acción es aliviar el sufrimiento aunque se produzca, sin ser el objeto primero, un acortamiento de la vida, que no la muerte.

Es en la frontera entre encarnizamiento terapéutico y terapias normales donde se encuentran mayores dificultades prácticas. Se llega al encarnizamiento terapéutico cuando las terapias que se imponen al enfermo son inútiles, penosas y desproporcionadas. Sin embargo, nunca se puede suprimir la higiene, la alimentación e hidratación (aunque sea artificial) y la ayuda a la respiración, la ayuda psicológica y espiritual, etc.

La delgada línea roja

En realidad, a la hora de la aplicación práctica de estos principios, vienen las dificultades de cada caso, porque, como ha quedado indicado, el tema de la eutanasia es realmente complejo, a veces está separado por una delgada línea roja que nunca habremos de pasar pero tampoco dejarnos confundir. La eutanasia es la acción u omisión que por su naturaleza, o en su intención, procura la muerte con el fin de eliminar el dolor.

Rafael Amo Usanos, sacerdote

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