Una inyección de sonrisas

Yo había leído el libro que publicó en 2013, «De profesión, cura», y me encantó, haciéndome pasar ratos buenísimos. Este los ha superado. Y mi mujer, que me lo tuvo secuestrado unos días hasta que terminó de leerlo, es de la misma opinión.

Hoy voy a hablaros de un libro de humor (*). Que es muy necesario en la vida y más en estos tiempos preocupantes que nos han tocado. Y no por aquello de que un santo triste es un triste santo, que santos no abundan y tristes son unos cuantos. Sino porque a todos, aunque algunos como yo distemos tanto de la santidad, nos viene muy bien sonreír, y hasta reír, de vez en cuando. Y este libro de anécdotas lo consigue con no pocas de ellas.

Son todas anécdotas eclesiales y contadas por un cura de larga trayectoria y notable personalidad. Fraile agustino algún tiempo y ya bastantes años sacerdote secular de la archidiócesis madrileña, de ágil pluma como acredita desde su leidísimo blog en Infocatólica, ha recogido en este libro ya de título rompedor –«¿A qué hora es la misa de doce?»- una serie de sucesos, que le ocurrieron a él o a otros compañeros, y que constituyen una divertidísima galería de tipos humanos, ya parroquianos divertidos, grotescos, pesados, entrañables, más brutos que un arado… ya sacerdotes pintorescos, que también los hay.

Todas ellas escritas desde el afecto y la comprensión de lo incluso incomprensible. Nadie queda mal, ni el más bruto, aunque sí todos retratados.

No tengo duda de que el libro puede ser además instructivo. Sería más fácil la vida eclesial si todos los que se pudieran ver reconocidos en alguna de las páginas hicieran algo por corregir esa línea. Con lo que todo mejoraría en la Iglesia. Pero reconociéndole el valor didáctico, muy notable, por el que no dudo en recomendarlo, me parece que su efecto principal y su valor más señalado es el de echar una mirada risueña sobre la Iglesia a la que no pocas veces miramos con preocupación y algunos hasta con antipatía.

Yo había leído el libro que publicó en 2013, «De profesión, cura», y me encantó, haciéndome pasar ratos buenísimos. Este los ha superado. Y mi mujer, que me lo tuvo secuestrado unos días hasta que terminó de leerlo, es de la misma opinión.

Las anécdotas son muy breves. Ocupan una página, dos como mucho, y son no pocas verdaderos retratos psicológicos de muchas personas que pisan la Iglesia. Lo más preocupante quizá la supina ignorancia religiosa que se encuentra en muchos laicos que da lugar a situaciones no por inverosímiles menos reales. Y luego la paciencia con lo que muchos curas soportan todo o casi. Aunque también los hay de armas tomar.

Os recomiendo vivamente la lectura en este caso como sano relajante espiritual. Hay anécdotas, muchas, casi increíbles, tronchantes, indicadoras del mínimo nivel de no pocos…

Podría mencionaros muchísimas, sólo traeré dos. La de aquella primera comunión en la que se estropeó la cámara de la familia de Manolito, en el momento en el que el niño comulgaba. Terminada la misa se acercan al cura consternados porque el niño no tenía la fotografía de ese momento como todos sus compañeros y que si el cura puede volver a darle la comunión para lograr la fotografía. El cura naturalmente diciendo que eso era imposible. Pero ante tanta insistencia y consternación en los familiares de Manolito les ofrece darle a comulgar, revestido y todo, una forma sin consagrar y que en ese momento se haga la foto. Pero ante eso se encampana la abuela. ¿Cómo vamos a tener la fotografía de algo que sabemos que es falso? Usted le da a comulgar una forma verdadera. Como ante eso ya el cura echó las patas por alto, la abuela dice, vamos a la iglesia de Don N que ese seguro que le da la comunión porque es mucho más amable que éste.

La otra es de sacerdote. Uno en una ocasión no se dio cuenta de que en una esquina de la mesa del altar había un copón para consagrar y celebró la misa sin consagrarlo por falta de intención. A la hora de la comunión otro sacerdote de la parroquia comenzó a repartirla de ese copón mientras que el que celebró la misa lo hacía con el reservado en el sagrario. Y al darse cuenta de que se estaba repartiendo la comunión desde otro copón y que en el sagrario sólo había uno, le pregunta al otro sacerdote de donde salió ese copón. Del altar, lo has consagrado tú. Y entonces, con todos los comulgantes parados esperando, les dice.

Los de esta fila, señalando la del compañero, que se pasen a la mía porque esas formas no están consagradas. Pero aquellos que hayan comulgado en esa fila, sin haber comulgado, ya no pueden ponerse de nuevo a comulgar porque han roto el ayuno eucarístico. Me parece pasarse en el literalismo.

Os divertirá a todos leerlo. Con diversión sana. Y amando más a la Iglesia que, compuesta por hombres, y mujeres, a veces resulta hasta esperpéntica. Pero todo sin la menor acritud. Con mucho amor. A Dios, a la Iglesia y a los esperpénticos. Por insoportables que resulten algunos.

 

Francisco José Fernández de la Cigoña

Publicado originalmente en La Cigüeña de la Torre (Infovaticana)

(*) Jorge González Guadalix: ¿A qué hora es la misa de doce?. ViveLibro,, Madrid, 2016, 288 pgs (haga clik para comprar en Amazón)

2 comentarios

Pepito
Gracias Don Paco-Pepe por su atinada recensión del libro del presbítero Jorge Gonzalez, el cual sin duda, de no haberle llamado Dios a ser un ortodoxo y probo despensero de los divinos dones de la Gracia, hubiese hecho también nuestras delicias con su habilidad y arte literario.

Gracias también Don Paco-Pepe por su tenaz esfuerzo en favor de la ortodoxia y ortopraxis pastoral, desde la torre-atalaya hermana de Infovaticana en estos tiempos tan recios de consufión pastoral.
11/05/16 1:51 PM
Luis Fernando
Los comentarios a este artículo de Paco Pepe deben hacerlos en su blog.
12/05/16 11:58 AM

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